“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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El espacio que habitas

martes 5 de julio de 2022

Casi tienes doce. Eres aún un niño hermoso. A veces me haces preguntas tan profundas, tan desconcertantes; escondo mi perplejidad buscando la mejor respuesta. La respuesta que necesitas. Con la honestidad que te prometí apenas me miraste aquel 7 de mayo de 2010. Como la de hace pocos días: “¿Por qué no vivimos en Eslovenia?”.

Veníamos bajando de Sabas Nieves y te detuviste a estudiar un escarabajo. Y dijiste que te gustaría vivir en una montaña para siempre. Y luego lanzaste la pregunta. Me quedé muda. Pero tú seguiste tan ligero y etéreo como eres a veces: “También me gustaría vivir en Japón, mamá”. Y continuaste caminando de esa forma peculiar: con las puntas de los pies hacia afuera y un tumbaíto como de quien se quiere comer el mundo pero, antes, prefiere heladitos de la montaña y devora dos sin apenas notarlo.

Te ríes con una risa cristalina y loca que sacude todo tu cuerpo. Como si alguien te hiciese cosquillas. Te ríes con cada músculo, con cada célula, como lo haces todo, con esa concentración y entrega natural con que pintas, juegas o bailas.

Te había deseado, te había buscado, pero sin empeño, sin esperanza, sin obsesiones.

Mi niño de espigas doradas y mirada de nube. Fuiste un milagro desde el principio. ¿Te dije alguna vez que me aterré cuando llegaste? Te había deseado, te había buscado, pero sin empeño, sin esperanza, sin obsesiones. Te busqué con desapego, sin convicción, mirando sin mirar. Como cuando no te atreves a desear algo de tanto que temes que no te lo concedan. Así te esperé sin esperarte. Por mucho tiempo. Tanto, que hice las paces con la idea de que no llegarías, pero allí estabas aquella mañana de septiembre en mi vientre.

No recogí esas losas pesadísimas del patio. No ordené aquella casita de piedra que odiaba. No fui a Monfalcone.

Salí de Brestovica pri Komnu consciente de ti. Te sentí crecer inquieto. Ignoré todo prejuicio acerca de las “madres añosas” y me cuidé mucho. Te cuidé mucho. Tenía tantas ganas de verte. No dije nada en casa y todos pensaron que engordé, que engordé demasiado. No me decían mucho, pero yo veía la reprobación en sus miradas. Me costaba disimular esa felicidad inmensa mezclada con el terror de perderte.

Me puse new age al máximo. Te ponía música de frecuencia 852 MHZ y hablaba siempre contigo. Te soñaba así, como eres, risueño, etéreo, amoroso, testarudo. Estabas conmigo en un bosque al lado de la montaña. Apretabas suavemente mi mano y mirábamos hacia arriba, esos árboles enormes. Y esa sensación de amarnos desde siempre. Desde antes del mundo. Desde antes de todo. Y una lluvia fresca mojándonos que me despertó.

Incienso y ácido fólico. Y náuseas con galletas de soda. La duda de quién iba a ser ahora, después de ti. Y una rebelión inocultable. La ambivalencia. Te quiero pero no te quiero. Claro que te quiero pero te temo.

¿Qué transformación que no controlo vas a causar en mi vida? Eso pensaba cuando eras ese ser diminuto al que sólo llamaba “el granito”. Porque eso eras: un granito de arroz en mi vientre. Inesperado, amenazante, amado. Bienvenido, sí, bienvenido, por supuesto.

Allí estaba yo en aquella casita de piedras al final del camino de tierra de un pueblo de frontera esloveno. Rodeada de vegetación cársica y un lenguaje eslavo incomprensible devorando galletas de mantequilla y ensanchando mis caderas sin conciencia. Hasta que me hablaste. No sé cómo logré escucharte. Hicimos la prueba casera. Positiva. Fuimos al laboratorio. No entendí nada. Los resultados eran en italiano. Pensé que era la menopausia. Él, tu padre, se rio de mi. Emocionado, conmovido. Íbamos a ser padres. Nosotros, que no teníamos nada resuelto.

Es un tiempo lejano y brumoso. Y, sin embargo, hermoso porque te intuí. Pasaron los meses y tuve que volver al Caribe, a la montaña, al sol. Hui de Brestovica y Trieste para recuperar mi individualidad. No sé estar en pareja. Prometí volver. Estaba convencida de que lo haría. Pero no pude. Me quedé en casa a esperarte. Tenía miedo, sí. Te habías tardado en llegar y yo era una “madre añosa”. Mi médico ofreció la opción más segura y la tomé. Me preparé todo lo que pude para ese 7 de mayo de 2010. Agotada pero aún un poco sedada, te puse en mi pecho y sincronicé mi corazón con el tuyo. Y a ese ritmo ha latido desde entonces. Incluso cuando te enfadas conmigo.

¿Recuerdas cuando decidiste que eras el Batman? No me dejabas cambiarte. Te daba una pataleta si se me ocurría sacar el disfraz del cuarto. Pretendías dormir con el antifaz. Y no quisiste bañarte en tres días. Te metí en la ducha a rastras y exigiste volver a ponerte la malla gris con la capa negra. Aunque ya estaba manchada con kétchup, Toddy y alguna otra sustancia que no quise investigar. Ese sábado te llevé por primera vez al parque de atracciones. Cuando descubriste los carritos chocones no hubo manera de salir de allí. Estuvimos casi ocho horas en el parque y temí que nos diese un coma diabético de tanto algodón de azúcar. La semana siguiente eliminé discretamente toda fuente de dulce, por si acaso. Fuiste Batman por tres años seguidos. Hasta que ya no te quedó aquella malla y los pectoabdominales se rompieron.

A mitad de carrera te volteaste y me dijiste adiós con esas manos hermosas e idénticas a las de tu padre.

El primer día de colegio tenías dudas. Teníamos dudas. Estaba dispuesta a no soltarte de la mano si tú no te soltabas. Llegamos temprano. Ibas con tu overol de bluejean y una franelita de Batman, claro. Y una lonchera pequeña de los X-Men que ya te empezaban a gustar. Caminamos un par de cuadras desde casa y viste aquel edificio gris que te debe haber resultado enorme. Me miraste y luego viste a una pequeña con rulos negros que tenía exactamente la misma lonchera que tú. Corriste hacia ella como si la conocieras de algo. A mitad de carrera te volteaste y me dijiste adiós con esas manos hermosas e idénticas a las de tu padre. Me quedé allí parada sin saber qué hacer. Por cuatro años fuimos inseparables. Regresé al colegio media hora antes del timbre de salida. Y allí estabas tú con una sonrisa enorme contándome en tu media lengua de ese otro universo: el tuyo.

Contigo descubrí que, si tienes asma o fiebre, me salto un latido del corazón o contengo el aliento. Que si te raspas la rodilla, sueño con tener el superpoder de regenerarte enseguida. Contigo crezco siempre. O me hago pequeña. Todos los días. Me gusta en especial cuando cantamos a todo pulmón bajando a la playa o cuando te pones tan serio observando los cangrejos esconderse en las piedras. O cuando se te hace esa arruguita en la nariz porque el gas del refresco te hace cosquillas.

Estás a punto de terminar primaria y tienes una novia secreta. Aún hueles a pan recién horneado y colonia Mennen. Aunque ya empiezas a cambiar. Me preparo para tu adolescencia sin que apenas lo sepas. Para ser tu cómplice, si me dejas.

No soy yo sin ti.
Y, sin embargo, no estás.
Aunque me habites.

Quería ser mamá.
Quería ser tu mamá.

 

Estoy

Quisiera ir a Eslovenia. Por curiosidad. Algún día quiero conocerlo. Pero también quiero ir a Japón. Es el futuro, mamá.

Y quiero ir al espacio. Venus. O a la colonia que van a instalar en Marte. ¿Te imaginas, mami? Me dijiste que el mundo es mío, ¿no? Bueno, ahora el mundo es más grande.

Los carritos chocones, sí. Pero las sillitas voladoras, ¡wow! Eso sí, tienes que esconder esas fotos con el disfraz de Batman cuando venga Mariana a la casa. Y también los dibujos del kínder, ¿ok?

Mamá: levantaste aquellas losas pesadísimas del patio. Arreglaste la casita de piedras que odiabas. Fuiste a Monfalcone.

Aún así, yo estoy contigo.
Aunque no tuviste tiempo de ponerme nombre.

Eres mi casa.
La única que tengo.

Eurídice Ledezma
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