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Perfume

martes 30 de agosto de 2022
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Esta profesora está dedicando casi por completo su clase a hablar sobre la importancia de la preparación política. Dice que hay que estar bien informados, que hay que leer la prensa, hay ver las noticias en la televisión y estar al tanto de la actualidad de Cuba y del mundo.

La profesora mueve sin cesar las manos hacia un lado y hacia el otro, señalando a ratos no sé hacia dónde exactamente. A veces se detiene un instante, acomoda los flecos con cuentas que cuelgan del blanco turbante que lleva puesto, al parecer le molestan en la cara. A veces toma alguna nota en el pizarrón, una nota que sólo tiene sentido para ella, pues nos ha hecho llenar de brevísimas anotaciones nuestras libretas. A veces dice: anoten esto que es muy importante, y esto, y esto también, y esto otro, por favor…

El tiempo se desliza pesadamente hasta el horario de merienda. No dejo de ver la hora en mi reloj pero por fin suena con estridencia el timbre salvador. Nos ponemos de pie al mismo tiempo haciendo muchísimo ruido con los pupitres y salimos en feroz estampida.

El comedor es un lugar común, pero climatizado, repleto de mesas con sus respectivas sillas, todo pulcro, perfectamente arreglado, y en la entrada puede leerse: Restaurante. Una amable camarera con una sonrisa fija como una foto se acerca a mi mesa, me ofrece un buenos días y llena una copa de agua fría con pequeños cubos de hielo. Casi de inmediato otro camarero trae un refresco de lata y un enorme pan con jamón y queso.

Me mandaron desde Las Tunas porque dice mi jefe que tengo grandes cualidades para la política.

Después de subir tres pisos el pasillo hasta el aula luce infinito. Es febrero y en las noticias dijeron que hoy llegaba al país un frente frío. Pienso que debí traer mi abrigo aunque la verdad es que el día está agradable, la excepción es la molesta llovizna que desde hace un rato no cesa de caer. Hoy es el segundo día de este curso en La Habana. Me mandaron desde Las Tunas porque dice mi jefe que tengo grandes cualidades para la política. Frente al aula algunos fuman. Me quedo allí y los imito mientras me termino mi refresco. Suena el ruidoso timbre y se acerca con visible prisa una profesora cincuentona con unos cuantos libros a cuestas. Libros gruesos, libros de cientos de páginas. Economía política, alcanzo a leer en uno de los lomos de uno de los textos. Me ofrezco a ayudarla con la pesada carga que pongo sobre el buró que preside el salón de clases.

Todos ocupan su sitio. Desde ayer elegí el segundo pupitre de la tercera fila, frente a mí hay un puesto vacío. La profe comienza su clase y al instante alguien asoma por la puerta y pide permiso para entrar, dice que son los de La Habana que ahora es que se incorporan por no sé qué causa. La profe alza muchísimo la voz. Su cara se inunda del rojo de su sangre, la aorta en su cuello se dilata y reclama con cubana intransigencia. Dice que parece mentira que siendo los que más cerca viven lleguen con un día de retraso, que ellos debían ser el ejemplo, que todas las provincias llegaron a tiempo. Dice también que del suceso se van a enterar el rector de la universidad y el director de la escuela, que eso es una flagrante violación del reglamento y una total falta de respeto… Se disgusta pero después de unos minutos se calma, así que cede, les permite entrar y comienza a impartir su lección.

Los habaneros lucen diferente a nosotros, no sé si es por su manera de vestir o por las doradas prendas que ostentan en sus muñecas y cuellos, no sé si es por los aretes y el pelo largo perfectamente recogido en una cola del único chico que entra junto a las muchachas. Son cuatro los recién llegados al curso de instructores políticos: el feo de la cola de caballo y tres mujeres. Una de ellas es tan atractiva que ilumina el aula y al pasar por el umbral de la puerta me encandila, como si hubiese mirado el sol de mediodía directamente a los ojos. Es una mulata, una mulata preciosa que se sienta justamente en el puesto que había permanecido vacío frente a mí. Al tomar posesión del pupitre saca de su mochila una libreta, par de lápices y una goma blanquísima. Pone la mochila a su lado, en el piso. Organiza su cabello que se había quedado entre su espalda y la silla. Echa un poco la cabeza hacia adelante, pone sus perfectas manos detrás de su sublime cuello y el pelo se derrama bruscamente sobre el espaldar de la silla. Yo estoy tan cerca que sus rizos rozan levemente mi cara. Tiene un olor tan agradable, un olor exquisito, pienso, y me acerco un poco para darle el gusto a mi enfermizo olfato. La mulata huele a canela y caramelos, o a caramelos de canela, ni sé. Sólo sé que su perfume es divino, adictivo como la cocaína, que una vez que la pruebas te enganchas. Entonces no puedo dejar de oler, entonces me acerco pero ella se voltea y me sorprende en el intento. Yo dejo caer el lápiz a mis pies ingenuamente, me doblo para recogerlo y me pongo a escribir en la libreta…

Desde ese momento paso la clase explorando a la habanera. Reparé en el morado cintillo que llevaba puesto, en el radiante castaño oscuro de su cabello de mestiza, en el negro color de la pintura de las uñas de sus manos, en el carmelita de sus sandalias de correítas de cuero. Reparé en sus manos cuando sostenía el lápiz, y también cuando se equivocaba al escribir y usaba la goma para borrar.

Yo me imaginé un mundo sin economía ni política, sin orden mundial establecido. Imaginé un mundo unipolar perteneciente única y exclusivamente a ella.

La brisa infernalmente húmeda y fría entró por la puerta y las persianas. La brisa me trajo el hipnótico y acaramelado perfume de la habanera. Yo me imaginé postrado a sus pies, besándolos indefinidamente. Yo me imaginé tirando con delirio y violencia de su pelo en una pose canina mientras ella pedía más y más. Yo me imaginé un mundo sin economía ni política, sin orden mundial establecido. Imaginé un mundo unipolar perteneciente única y exclusivamente a ella, sin lucha de clases ni nada. Me imaginé sodomizado, borracho por sus mieles y drogado por su aroma afrodisíaco, y, como buen proletario, me imaginé compartiendo la plusvalía, el excedente de lo más íntimo de mi producción social y personal con ella, en un eterno tratado de ayuda mutua entre provincias hermanas…

Escucho una voz que desde el pasillo grita mi nombre y pregunta si no voy a almorzar. Abro mis ojos. El aula se ha quedado vacía pero puedo sentir a la habanera sentada en el pupitre de enfrente. Puedo olerla, incluso puedo acariciar suavemente lo crespo de su cabello de mestiza endiosada.

Maikel Sofiel Ramírez Cruz
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