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Dos cuentos de Maikel Sofiel Ramírez Cruz

jueves 16 de febrero de 2023
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La loca

Ella ofrece su sexo a cualquiera a cambio de un poco de licor que bebe enseguida. Anda siempre por los bares del pueblo, mesa por mesa, intentando sacarle algo de dinero a los clientes. Y les baila, en una suerte de arritmia corporal que provoca la risa de todos, pero a ella no le importa. Sigue haciendo su obscena danza, con la mirada alegre, una danza en donde se toca intensamente entre las piernas y muestra la lengua a todos.

Ayer la vi, con una botella de licor en la mano, haciendo un striptease en el semáforo de la avenida. Puso el frasco en la acera, y se fue despojando suavemente de la ropa. Sus tetas rompían el aire al ritmo del grotesco baile, la gente pasaba en los autos sonando una y otra vez el claxon. Finalmente se quitó también el short, dejando al descubierto su sexo enyerbado, que de inmediato comenzó a frotar con frenesí.

No pude soportarlo. Crucé la calle y la cubrí como pude con mi camisa. Entonces la tomé de la mano, y la llevé por la fuerza de regreso a nuestra casa, hasta que vuelva a escaparse en busca de un poco de ron.

 

Susel, o la suerte de ser escritor

Conocí a Susel en una circunstancia un tanto extraña. Toqué a la puerta de un vecino, yo iba a pedirle una herramienta para hacer un trabajo, no recuerdo si era un serrucho, o algo así… y fue ella quien abrió.

Era una trigueña preciosa, chancletas Dupé, short de mezclilla deslavado y roto, que mostraba sus exuberantes muslos, una pequeña pieza como blusa, sin sostén, y unos pezones pequeñitos que se marcaban completamente a través de la tela transparente. La miré, así como la describo, de abajo a arriba, y reparé en sus ojos. Tenía unos ojos vivos y brillantes, y una cara de puta del carajo. Evidentemente se dio cuenta de que la vacilé, pero sólo me regaló una sonrisa cómplice. Buenas tardes, dijo al abrir, ¿qué desea? Buenas tardes, busco al dueño de la casa, ¿él no está? Rodolfo, te buscan aquí, gritó mirando hacia el fondo del pasillo, y dio la espalda dejándome ver toda su anatomía desde otra perspectiva. Qué buena está, pa’ la pinga, pensé, y cambié de lugar mi mirada cuando asomó desde el fondo el cabeza de familia. Nos presentó, era la flamante esposa de su hijo menor, el músico. Manda pinga, el loco ese, feo con cojones la clase jeva que se ha robado, pensé. Ella estaba trajinando en la cocina, haciendo la comida. Rodolfo estaba feliz, desde que murió su esposa no se volvió a casar. Le tocó criar a sus hijos solo, y asumir todo, como hombre, y como mujer. Así que finalmente iba a librarse de las labores domésticas que tanto le agobiaban.

Regresé más tarde a devolver el serrucho, o lo que sea que pedí; entonces ella me preguntó si era cierto eso de que yo era escritor, Rodolfo se lo había dicho; le dijo también que dejara la herramienta en la terraza, que luego él la guardaba, que había salido un momento a hacer no sé qué gestión. Le dije que sí, que yo escribía, pero que no era escritor. Tenía algunas cosas por ahí, algunos poemas, algunos relatos, pero nada que realmente valiera la pena leer. Me hizo buscarlos. No me quedó otra opción, ella era persuasiva, y la verdad, yo quería mirarle un poco más las tetas, aprovechar la ocasión, ella estaba sola en la casa, el músico andaba ensayando, o algo así… Cuando leyó quedó extasiada. Me preguntó cómo era posible que no tuviera ningún libro publicado, o algún premio, que era realmente talentoso, que eso no se lo esperaba.

No sé muy bien cómo ni cuándo terminamos en el cuarto. Sólo sé que atardecía cuando nos quitamos la ropa e hicimos el amor sucio, y sucios, literalmente, pues ninguno de los dos se había bañado aún. La verdad es que fue perfecto, con todo y que no era la circunstancia ideal. Ella olía muy bien, todo su cuerpo tenía un lejano olor a jabón de tocador, de alguna marca buena, Lux, Palmolive, o algo así… Yo no, yo olía a sudor y a la suciedad propia del trabajo, pero ella dijo que olía a hombre, a macho.

Aquello se nos convirtió en vicio. Intercambiábamos CDs, o libros, o cualquier otra excusa para vernos y hacer el amor. El músico casi nunca estaba en la casa, andaba siempre ensayando, o algo así…

Una tarde llegó el baterista con par de amigos de la banda, y casi nos sorprende. Nosotros estábamos en la cocina comedor, probando la robustez de la mesa. Ella, bocabajo con las tetas encima del mueble, con el pelo suelto sobre la espalda, yo con el short y los calzoncillos en el suelo, clavándola hasta lo más profundo y halando de su cabello de india puta. El susto fue tal que mi erección desapareció al instante que escuché el sonido de la cerradura de la puerta de la casa. Viene alguien, cojone, le dije y se la saqué, y me vestí rápidamente, como si mi vida dependiera de aquello. Supongo que alguna sospecha levantamos, porque al menos yo estaba bien sofocado y sudoroso. Es que el maldito clima de Cuba no ayuda en nada, ni siquiera en invierno. Entonces se divorciaron, no sé si fue por eso, sólo supe que ella se fue a vivir a otra provincia, o algo así…

Ella era una trigueña preciosa, chancletas Dupé, short de mezclilla deslavado y roto, estaba buena con cojone. Nunca más la he vuelto a ver.

Maikel Sofiel Ramírez Cruz
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