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Un gallo en el metro

sábado 26 de noviembre de 2022

Al salir de mi casa tuve la certeza de que algo extraño se gestaba en el aire. Sentí que algo arañaba los trozos azulados que la tarde comenzaba a arrojar a la calle, y que ya se agazapaban en la copa de los árboles, en los bordes de las aceras y, sobre todo, en las grietas de los muros.

Ya a punto de cruzar la acera, un sobresalto me detuvo: un sonido preciso como una hoja acerada tajando el espacio hasta llegar a mis oídos, un sonido animal ya perdido de la memoria urbana cruzó el aire dejando ecos de metal. El canto afilado de un gallo. Un kikirikí, eso sí, distinto.

Digo canto o kikirikí, pero ninguna de las dos palabras sirven bien a este relato: lo que escuché nada tenía de canto, que denota algo natural, tal vez armonioso y, doble tal vez, algo grato. Tampoco era el kikirikí, ya sabemos, ingenuo, el de los cuentos infantiles.

El chillido animal fuera de lugar no provenía de ningún edificio de los varios de esa calle de Los Palos Grandes, ni de los árboles cercanos, ni de algún sitio previsible, patio o tapia de vocación campesina; en cambio, en mi búsqueda del origen miro a la única persona que pasa en ese momento por la acera de enfrente.

Un hombre que no sabría definir si era del campo o la ciudad, y que, de un modo algo peculiar, parece de ambos a la vez, lleva dos bolsas blancas de tela, una en cada mano.

Me pareció percibir leves movimientos dentro de las bolsas, seguro nerviosos aleteos, gestos inútiles que mueren en la prisión de tela.

Los bultos hipnotizan mi mirada y, en esa fascinación, dudo al principio que los cantos provengan de allí; sin embargo, presiento que de ellos emana algo del misterio que había sentido antes en el aire al salir a la calle.

Observo de nuevo con mayor detenimiento, y aun a la distancia entre acera y acera —dije antes que me había paralizado en el gesto de cruzar— me pareció percibir leves movimientos dentro de las bolsas, seguro nerviosos aleteos, gestos inútiles que mueren en la prisión de tela.

Ahora tengo la certeza: el canto del gallo escapa de las mochilas, no hay duda. Sólo la extraña blancura de la tela me hace recelar: tales trajines suponen mayor suciedad; sin embargo, muy pronto descarto mis dudas lavanderas. Son dos gallos los conducidos en las bolsas blancas por el hombre sin origen definido, dos gallos tapados, ciegos.

Mientras tanto, piénsese que todo ha ocurrido en segundos tan solo, ya he cruzado la calle y voy algo más atrás del hombre, cuyas manos cargan las dos bolsas muy tensas por el peso de los animales. El extremo que cuelga es redondeado, seguramente por el pecho y la barriga adheridos a la tela, las patas lelas encogidas a los lados, la cabeza rígida cuyos ojos zigzaguean enloquecidos intentando descubrir alguna salida al encierro; puedo ver hilos de dureza casi cosidos al lienzo blanco, son tendones en tensión; afino mis oídos, y así recogen una respiración ansiosa y entrecortada, tan silenciosa que debo hacer esfuerzos para percibirla. No sé si la escuché realmente, o es mi imaginación exaltada por el descubrimiento.

Pude sentir mi mano pasar a ras de los cuerpos encerrados, y palpar la sangre caliente a través de la tela, como un río de miedo impulsado por el corazón palpitante, la ceguera de los animales llevados quién sabe a dónde, o traídos quién sabe de qué sitio.

La memoria veloz me lleva a recordar las peleas de gallos margariteños de Francisco Suniaga, en La otra isla, y pienso que en cambio a éstos, que son citadinos, seguramente los traen de una gallera en las cercanías de Los Palos Grandes, o más probable aún, de mucho más arriba, de un lugar del cerro El Ávila, que de allí seguramente venía bajando el hombre.

Pero ya estaba tomado por mi fantasía, a mí, que nunca me gustaron las peleas de gallos, ese espectáculo programado de muerte; allí estaban ahora estos otros gallos peleando, y veo sus espuelas al aire buscando sabiamente la vena cuya brecha propiciará la muerte de la otra furia; pienso en su ceguera roja, que no es la ceguera blanca del traslado de los gallos quién sabe a dónde, o quién sabe desde dónde.

Olfateo un nítido olor a sangre, sangre encendida en el círculo de arena alrededor del cual todos, personas y gallos, suspenden sus vidas para mirar de frente la muerte más mínima, la más íngrima en medio de los gritos de euforia.

Siento el calor pesado de esta tarde en la gallera. Ya comienzan a colarse por el entramado de palmas los cuchillos del sol de las cuatro que tornan dorado el redondel de muerte; en sus haces de luz flotan miríadas de granos de la arena levantada por el furioso aletear de los cuerpos engrinchados. Bajo esa incandescencia se unen a la pelea otros dos gallos, éstos de sombra, iracundos también como sus dueños emplumados, que por momentos suspendidos en el aire lo arrasan con sus cuchillas implacables.

Es casi un acto de amor, me digo, el sumo conocimiento final que tiene un animal del otro, midiéndose ojo contra ojo.

Miro el tornasol de plumas batiéndose en la intimidad que sólo da una muerte cercana, es casi un acto de amor, me digo, el sumo conocimiento final que tiene un animal del otro, midiéndose ojo contra ojo, un único ardiente aliento, saber ese que sería el mayor premio si no fuera porque alguno va a morir, no se sabe cuál.

De pronto un proyectil rojo atraviesa el aire salpicando a los más cercanos de los que cierran el círculo vociferante. Uno de los gallos se revuelca brevemente en la arena, y su rigidez definitiva ahora marca el intercambio de billetes de mano a mano: tanto por la muerte de tal ejemplar, este otro tanto por el aguante del vencedor, que por la huida del propio destino no hay apuesta que alcance.

Mientras esto ocurría en la imaginación, mis pies habían seguido al hombre, ya que al parecer llevábamos la misma ruta, hasta la cercana estación del metro; aquél entró tranquilamente, inadvertido de que yo le seguía. Ya adentro, el sujeto parecía ser cualquier transeúnte que lleva bolsas con enseres personales, o con los víveres que espera cocinar al llegar a su casa; para su suerte, en el andén los gallos dejaron de cantar. También, con extrañeza para mí, que sabía del terror de esos gallos encerrados, nadie se fijó en el personaje y su carga cuando subió al vagón del tren, ni tampoco durante todo el silencioso trayecto que hicieron hasta llegar a su destino, unas tres estaciones más adelante.

Al bajar, observándolo en medio del gentío propio de esa hora pico, pensé con sensatez que nada en él hacía ver que transportara algo distinto a lo que miles de caraqueños o de ciudadanos de cualquier parte del mundo llevan en sus bolsas a diario, nada de interés, sólo los usuales objetos de la cotidianidad. Sólo lo normal, me dije con firmeza.

Me puse entonces en guardia contra mí mismo, pensando que seguramente había sido secuestrado por otro de esos accesos de imaginación desbarrancada, que me conducían a crear historias fantásticas de hechos absolutamente normales.

Aunque más de una vez, es justicia conmigo aclararlo, mis suspicacias habían resultado en acertadas intuiciones. En esos —para mi persona— felices casos, lo que inicialmente parecía una locura mía a los demás, con gran sorpresa, incluso para mí, resultaba ser una verdad. Pero, ¿cómo lo supiste?, me preguntaban en esas ocasiones mis familiares o los amigos, ante lo que consideraban como una sorprendente lucidez de mi parte, cosa que me reivindicaba momentáneamente ante la opinión de ellos.

En esta oportunidad, con un hondo suspiro de alivio me dije: “Tranquilo, sólo es otro de tus inventos”, y, mirando ya sin interés al sujeto y sus bolsas, di por concluida mi gimnasia imaginativa de ese día.

Retomado el sano control de la realidad, sólo por inercia seguí tras el hombre a la salida del metro en Chacaíto ya que, de nuevo, íbamos en la misma dirección.

No habíamos avanzado una cuadra cuando se desvió hacia una zona ferial y, bajando unas escaleras oscuras, llegó a un sucio bulevar; en ese sitio, un abigarrado conjunto de pequeños locales albergaba una diversidad de actividades informales que hacen parte del limbo entre el rebusque que es la prestación de algún pequeño servicio o el comercio, y el ocio simple y sin excusas.

Yo lo seguía aún porque buscaba acortar camino por ese poco transitado sitio de la ciudad; entonces entró en uno de los locales que tenía por puerta una cortina, blanca en mejores tiempos, que amparaba de miradas curiosas lo que fuere que se vendía o hacía ahí adentro.

Del cuartucho salía corriendo el hombre mientras dos policías en volandas tras él le gritaban sujetándolo con violencia de la camisa.

Seguí mi camino pensando en asuntos por resolver en mi casa, y algo distraído mirando las mercancías que exhibían algunos de los tenderetes. No me había alejado mucho cuando un alboroto a mis espaldas me hizo voltear para ver qué ocurría.

Del cuartucho salía corriendo el hombre mientras dos policías en volandas tras él le gritaban sujetándolo con violencia de la camisa, en tanto, “¡Agárrenlo, ese siempre anda en esas cosas!”, gritaban a los guardias algunos de los mirones desde los otros locales. En el ínterin, en la confusión que se armó, nadie había reparado en dos gallos que se escapaban del lugar, y aleteando aterrorizados ganaron la calle cercana.

Viendo mi extrañeza cuando la interrogué con la mirada, una mujer de las que momentos antes gritaban a la policía me dijo:

—A ese le dicen el brujo de Chacaíto, hace sacrificios de animales por encargo, cosas de esas para el poder y la fuerza. Esos gallos como que se salvaron…

Olvidé decir que al bajarnos del metro, mientras caminaba tras el hombre, un negocio de yerbas y menjurjes anunciaba tener un famoso “lavagallos”, poderoso para restituir la fuerza y los poderes. El nuevo acceso fantasioso no se hizo esperar, y así fue mientras atravesaba el mencionado pasaje con sus tenderetes.

En la realidad, atravesamos sin ningún incidente el bulevar llegando así a una céntrica avenida con muchos negocios, éstos ahora del comercio formal. Miré al hombre, que había acelerado el paso delante de mí; como a mitad de la cuadra giró con rapidez y entró a un local comercial; me tomó por sorpresa su gesto y no me fijé en el tipo de negocio donde entraba, sólo atiné a asomarme desde afuera, mirando con cierta avidez a través de la vidriera. Habló algo con la empleada que ya se le acercaba detrás del mostrador, y depositó con cuidado las bolsas ante ella. En este punto me puse alerta cuando vi que la mujer las tomaba en sus manos, sacudiéndolas con energía a fin de hacer salir lo que había en ellas; luego de unos instantes de zarandearlos, el contenido de los bultos cayó en el mostrador.

Era ropa, era una lavandería.

Norma Socorro
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