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La lectura: una mirada desde la vivencia

domingo 30 de mayo de 2021
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La lectura: una mirada desde la vivencia, por Norma Socorro
¿Y a cuento de qué los gatos? Como ya señalé el mío forma parte de mis circunstancias al leer.

El arte de la lectura, antología digital por los 25 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2021 en su 25º aniversario

1. Leer: Todos los mundos, el mundo

Siempre se dice que leer es crearse nuevos mundos, pero diría que también es rescatar aquellos que yacen silentes dentro de nosotros y que sólo aguardan verse reflejados en alguna lectura para hacerse realidad en nuestro vivir. No es exageración decir que la lectura nos permite experimentar otras vidas, andar las más disímiles experiencias, ampliar los horizontes y, en definitiva, mirar la realidad en forma más amplia y diversa. Un libro, un buen libro, si toca la sensibilidad de una persona, deviene en prisma múltiple y multicolor que puede matizar la vida. Nadie sale indemne luego de leer un libro; siempre, en mayor o menor medida, aquél deja una huella, por leve que ella sea, y ni que decir que muchas veces deja toda una impronta para la existencia.

Si la lectura es el camino para adentrarnos a mundos posibles, el libro es el medio, el artefacto mágico que lo permite. En realidad, el libro es una cámara del tiempo que a nuestra voluntad nos transporta a todos los tiempos, a todas las situaciones, experiencias y personas que se nos ocurra. Leer es disponer de un observatorio del mundo en la propia casa. Espejo, reflejo, prisma, refugio, pueden ser metáforas para la lectura. Tales extraordinarias posibilidades recuerdan a cuando de niños soñábamos con mundos especiales, cuando podíamos crearnos una realidad particular aunque la realidad-real fuera otra. En este sentido, hablando del arte contenido en el artefacto que es un libro, es decir, la literatura, vale el concepto de que “la literatura es la infancia recuperada” (George Bataille, citado por Fernando Savater). Savater agrega que dicho autor no se refería a historietas pueriles, sino a la obra de ficción como experimento en el que corremos de nuevo un riesgo fundacional (Fernando Savater, La infancia recuperada, 2002). De tal manera que la lectura pone a nuestra disposición la posibilidad de recuperar la fantasía y vivir inéditas experiencias.

Desde el ensayo más complejo y enjundioso, pasando por la narración realista o de ficción, hasta la mirada especial de la poesía, los libros escritos en cualquier género o la maravillosa combinación de ellos, especie de bendito mestizaje escritural, nos ponen en contacto con otras realidades, a través de ese viaje único que es la lectura, siempre distinto para cada persona ante un mismo libro. Es una experiencia absolutamente personal; es imposible que todo el mundo enfoque el catalejo de la misma manera, siempre el paisaje será otro. En lengua original o en una buena traducción, de esas que no traicionan al escritor, el libro siempre será una experiencia única y no intercambiable por otras formas de leer (Internet, audiolibros).

La evasión del lector sumergido en un libro que ha captado toda su atención es un momento, pequeño o largo, que posibilita recorrer su ruta de escape del día.

Desde este espacio-tiempo que nos ha tocado podemos vivir y experimentar en nuestra mente, imaginación y emociones las más disímiles experiencias, y es que involucrarse en una lectura nos conecta con la amplia gama de sensaciones y emociones humanas, así como nuestro intelecto puede abarcar todos los extremos de la razón.

Todas las épocas, desde la antigüedad, la Edad Media, la era moderna, están en los libros, se nos manifiestan en la lectura, especie de mítica o ficcional teletransportación posible, el añorado don de la ubicuidad, que nos lleva a presenciar, conocer, vivir otras realidades y mundos. Costumbres, hábitos, esplendores y horrores de las civilizaciones han quedado plasmados en los libros, y están a nuestra disposición. Desde luego, están la tradición oral, la experiencia virtual y la informática en estos tiempos, pero hablamos del libro de papel como artefacto cultural y su lectura.

Vivencialmente, la lectura es un refugio añorado en tiempos de estabilidad y paz social y personal, y es también refugio, esta vez necesario, cuando la realidad se vuelve amarga y difícil en la cotidianidad. En cualquiera de los casos, la lectura es evasión posible, es ruta de escape que aligera y vuelve más vivible la existencia.

La evasión del lector sumergido en un libro que ha captado toda su atención es un momento, pequeño o largo, que posibilita recorrer su ruta de escape del día, aguardando con expectativa la siguiente oportunidad para continuar con la historia, rito que se repite día a día hasta llegar al fin del texto.

Inmersión, evasión, refugio y escape, son todos posibles ante un libro que nos ha captado.

Por otra parte, el acto de leer nos encuentra en un extraordinario proceso psicológico de entrega, nos confiamos absortos al devenir de ese tiempo dedicado a la lectura, por no decir que avizoramos placenteramente aquel libro aún cerrado, en espera por ser leído.

Casi toda mi vida ha transitado con la lectura como invocadora de mundos posibles, y con los libros como el artefacto para invocarlos. Por todo ello, no haber escrito antes sobre el significado de la lectura me genera cierta extrañeza, así que agradezco una convocatoria que me invita a reflexionar, pensar, sentir y fantasear sobre ello y poner por escrito esa parte tan fundamental para mí.

 

Volver sobre los propios pasos: releer

Un aspecto casi tan importante como leer es releer. A veces me asombra retomar un libro luego de varios años y descubrir alumbres que no había notado, luces nuevas en un texto que, por algunas marcas que tal vez hice (subrayado, puede ser) parecía agotado la primera vez, satisfecho el apetito por esa lectura inicial, pero que ahora muestra nuevos matices, sugiere nuevas posibilidades y significados. Y es que un mismo lector puede verse reflejado de modos distintos por un mismo libro en épocas distintas. Cada etapa de la vida manifiesta puntos de vista, si no drásticamente modificados, al menos sí diversidad de la mirada sobre lo leído. El proverbio referido a quien mira pasar un río se cumple en el acto de leer un libro; para quien lo mira en distintas etapas, nunca será el mismo río.

Hace algún tiempo volví a releer algo del tomo 1, Justine, del Cuarteto de Alejandría (Lawrence Durrell). Al seguir mis huellas por ese libro descubrí que, más allá de la historia que narra Durrell, el escritor que él es deja por momentos sutiles y contadas reflexiones sobre el arte de escribir, y yo, lectora tomada por la apasionante historia de sus cuatro personajes, no les había prestado mucha atención. Al revisitarlo pude leer, por ejemplo, que al rememorar a Justine el personaje que es el narrador dice: “…yo aspiraba el cálido perfume estival de su ropa y su piel, perfume que se llamaba, no sé por qué, Jamais de la vie”. Para luego apuntar, para el gusto de escritores: “Esos momentos son los que colman al escritor, no al enamorado, y perduran para siempre” (Lawrence Durrell, Justine, Cuarteto de Alejandría).

Cuando releemos nos actualizamos también con los pensamientos y emociones de ese momento, de esa etapa de la vida. Suelo volver cada cierto tiempo a algunos libros para mí icónicos, como referentes de buena literatura, belleza formal y como espejos de vida; con algunos de ellos, me miro nuevamente al leerlos. Algunos de los libros-amigos a quienes revisitar con gusto, por mencionar unos pocos que me vienen a la memoria: Memorias de Adriano (Marguerite Yourcenar); Autobiografía (Doris Lessing); Ensayos (Michel de Montaigne); El Cuarteto de Alejandría (Lawrence Durrell); El manuscrito carmesí (Antonio Gala) y El globo de colores (Arturo Uslar Pietri). Desde luego, es una pequeña lista mezquina con tantos otros, pero son referencias a efectos de este escrito.

 

Mis primeras lecturas fueron libros de medicina y textos esotéricos que mi tía, que vivía con nosotras (mi madre y sus cinco crías), tenía en su mesa de noche.

II. Un amor contrariado

Cuando era niña y adolescente, nada podía presagiar, y menos aún apoyar en mí una vocación lectora. Por el contrario, parecería que todo, o al menos muchas de las condiciones en mi vida, negaban esa posibilidad. Lo pienso como aquellos amores contrariados que por azar o por decisiones erróneas hacen difícil el encuentro con el objeto amado, porque sí, muchas veces el destino se alimenta de los errores; en este caso, sin embargo, no se salió con la suya. Mi talante lector sobrevivió.

Mis primeras lecturas fueron libros de medicina y textos esotéricos que mi tía, que vivía con nosotras (mi madre y sus cinco crías), tenía en su mesa de noche. Tendría yo unos once o doce años y recuerdo que esperaba que ella se marchara a su trabajo para entrar a su habitación y, tomando varios tomos médicos, me sentaba en su cama a descubrir qué decía cada uno de ellos; lo hacía con curiosidad apasionante, como si esperara encontrar algo más de lo que eran en realidad: una colección de fotografías de huesos, músculos y órganos, con algunas largas descripciones de raras enfermedades. Mi tía era enfermera con nostalgia por no haber estudiado medicina, sus tan admirados doctores. Cómo llegaron a ella esos libros, nunca lo supe; tal vez sus médicos, admirados por los afanes de mi tía, le regalaban algunos libros ya superados por los nuevos conocimientos, especie de solidaridad con una médica frustrada.

Eran tomos muy gruesos casi todos, de tapa dura y por lo general de color verde claro. De esas incursiones primeras a la lectura sistemática aprendí, entre otros términos prodigiosos, la palabra esternocleidomastoideo, que me ha servido mucho en la vida.

Pero ella además creía en lo esotérico, era médium (yo no entendía entonces por qué era esa la talla propia para quienes conectaban con el más allá, por qué no otras medidas, S o L). Sus prácticas en esas artes eran muy particulares, pero ya esa es otra historia.

Sus textos en esa área eran pocos, menos que los de medicina, pero más interesantes a mis ojos, aunque no sé qué me daba más miedo: las fotos de algún órgano muy enfermo, que me acercaba sin embargo a la conciencia sobre nuestra finitud corporal, o alguna vívida descripción sobre manifestaciones extracorpóreas del más allá.

Como es fácil deducir de esos inicios, en mi casa no había libros y mi avidez se tenía que conformar con lo que hubiera, esos libros insólitos o aquellas pequeñas revistas, Selecciones del Reader’s Digest, compendio de amenidades diversas, “cultura” altamente digerible para el mundo; sin embargo, en la carencia de otras referencias, como en mi caso, cumplió el agradecido rol de poner a leer a las masas, con todos los peros posibles.

Como se dice muchas veces, lo importante es leer, y no siempre debe ser —o puede ser— un buen libro, sobre todo si de lo que se trata es de iniciar un camino, un hábito lector. Sólo leyendo como hábito se va refinando ese gusto, se comienza a diferenciar lo valioso de lo prescindible en lectura. Así que el mantra es leer y leer.

Hecha la anterior digresión, y como se puede colegir de los comentarios familiares, no vengo de una familia lectora, dicho esto sin sentimiento de carencia, pero hubiera sido lindo, pienso ahora, que mi madre me sentara en su regazo, como yo pude hacer luego con mi hijo, para leerme algún libro infantil antes de dormir.

No puedo decir, como he leído muchas veces a algunos confesantes sobre sus inicios en la lectura y escritura, que recuerdan de su infancia la amplia biblioteca de su casa o de algún abuelo lector empedernido, o bien se recuerdan leyendo a hurtadillas algunos tomos censurados en su hogar a los menores y, para completar el cuadro idílico, muchas veces al rescoldo del fuego de la chimenea. En esa tónica invernal de países lejanos o en la más propia de alguna biblioteca de por estos lares, no puedo tener recuerdos de esas vivencias. No, no provengo de una familia lectora.

Pero a tiempo llegó para mí la salvación, al menos en mi casa, que luego se presentaron otras pruebas fuera de ella. Cuando yo tenía onc años mi hermana mayor comenzó a estudiar Castellano y Literatura en el Pedagógico de Caracas y una nueva corriente de letras llegó de a poco al hogar, nuevos libros y mundos posibles. Mi hermana fue el eslabón entre mis nuevas lecturas (no sólo de huesos y apariciones) y el inicio de mi curiosa adolescencia.

Sin embargo, yo seguía a contracorriente con mi manía lectora, pero aún debí pasar otra prueba con la carrera universitaria.

Leía muchos de sus libros académicos del inicio de su carrera, entre ellos, los de Filosofía. Recuerdo esta disciplina en particular porque fue el origen del también más particular de mis recuerdos del inicio feliz de mis lecturas en ese período. Yo le hacía muchas preguntas a mi hermana, cuando no comprendía conceptos y opiniones, que seguramente éstos eran muchos; mi desconocimiento y curiosidad han podido ser tan enormes como exasperantes para ella y para cualquier mortal. Un día, a esos once años, me puse a leer El arte de amar, de Erich Fromm, enjundioso libro para mis inicios filosóficos, y en algún momento, no comprendiendo mucho o nada de lo que leía, miré a mi hermana cándidamente y lancé la bomba: ¿qué es la masturbación? Me llamó la atención el sobresalto y sonrojo de mi hermana, entonces de dieciocho años, y pensé que me había topado con algo prohibido, un tabú; creo que desde entonces mis preguntas a ella conocieron de una naciente autocensura, en un hogar tradicional y nada abierto a dar respuestas a ese tipo de inquietudes.

Como los caminos en la vida a veces por azar se nos pierden, y luego encontrarlos es también tarea azarosa, en el tercer año de secundaria mi profesora de Orientación se desorientó conmigo y, aunque había señales claras de alarma en mis notas de matemáticas y otras materias “científicas”, dictaminó que yo estaba preparadísima para hacer la especialización en Ciencias, cosa que hice. A su sentido de la orientación tampoco le dijo nada el hecho de que las notas en Castellano y Literatura eran las mejores. De nuevo los hados me ponían la cosa difícil con los libros y su lectura.

Sin embargo, yo seguía a contracorriente con mi manía lectora, pero aún debí pasar otra prueba con la carrera universitaria. Por razones de nuevo equivocadas escogí ¡ingeniería! Y bueno, había estudiado Ciencias y mi mejor amiga y mi cuñado habían optado por esa carrera, y aún con la docta sentencia orientadora en mi cabeza, quedaba como cantada la escogencia.

Sólo recuerdo los libros de Análisis Matemático que debí cargar, con verdadera pesadez, todos los días a la Facultad, así como los de Descriptiva, materia que no era otra cosa que orientación espacial: a mí, que no me pierdo en mi apartamento porque es pequeño. Pero así son las cosas. Durante ese año de mi vida, llegaba a mi casa y soltaba los libros en un oscuro rincón, como si volteara la cara a un mal amor, pero es que yo aún no sabía que estaba mal llevando otro amor contrariado por los hechos.

Con todo el respeto por sus oficiantes, que todo oficio lo merece, pero aquellos jeroglíficos, esto es, por decir algo, la combinatoria matemática de 5 en 5 poco tenía que ver con que “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo” de mi tomo de Cien años de soledad, o bien, las derivadas e integrales de un número x nada me decían si “El sargento echa una ojeada a la Madre Patrocinia y el moscardón sigue allí. La lancha cabecea sobre las aguas turbias, entre dos murallas de árboles que exhalan un vaho quemante, pegajoso”, de La casa verde, que, por decir sólo esos dos títulos, por aquel entonces me sorbían el seso y la sensibilidad.

La combinatoria, las derivadas e integrales, signos exactos de otro idioma que sabe a dónde llegar con certeza, se enfrentaban ahora a otros signos y metáforas que hablaban en cambio de una ruta desconcertante e inexacta, la de la ficción; se enfrentaban a dos inicios de novelas icónicos y apasionantes en el idioma castellano.

Comencé a decir adiós a aquellos amores erróneos; nada, yo tenía una doble vida, y eso no se soporta mucho tiempo.

Entonces de nuevo el azar, esta vez representado por el duro cierre de la UCV, me mostró una cara más amable, comenzó a deshacer los entuertos de mi camino. Para decirlo corto, por azar también conocí en mi trabajo a una persona, profesor de la Ucab, que sólo con hablar conmigo una vez en una entrevista casual supo leer en mí otras señales que no eran los signos matemáticos, vio otros que me acercaban a las Humanidades. “Ve al propedéutico de Sociología en la Ucab que comienza el lunes, verás para qué estás hecha, no pierdes nada”. Dicho y hecho: resulté entre los primeros (“Cómo saca estas notas si viene de un solo camino de Ciencias”, a decir de los preparadores). Así, la Sociología, sin ser la carrera de Letras, me acercó mucho más a aquella, en sus inicios, contrariada vocación. Y de allí en adelante, rota la conjura que pugnaba por llevarme a derroteros alejados de afanes lectores, todo fue leer, y a su hermana natural, la escritura.

 

III. Cómo ser lector y no morir en el intento

Un tema clave para alguien apasionado por la lectura y que vive en un país con inflación descomunal, como es mi caso, es el aprovisionamiento de libros. Nada banal en afanes lectores es cómo dar alimento a la bestia que exige sin misericordia a los bolsillos, cómo sostener ese hábito de vida que es la lectura en un país con severas limitaciones a las editoriales, librerías y a todo el conjunto de factores que confluyen en la edición y comercialización de libros, en la disponibilidad de nuevos títulos que con normalidad leen los lectores de otros países. Como no todos (oh, destino cruel) podemos tener una librería, o al menos, trabajar en una de ellas, al arreciar la crisis económica tuve que buscar, como muchos, mecanismos para mantener al gusanillo lector satisfecho.

Internet depara múltiples e insospechados libros de acceso inmediato, ríos de palabras donde abrevar nuestra sed de belleza e imaginación.

Durante años, luego que se hizo imposible adquirir cuatro o cinco libros al mes, tejí mi red de acceso a libros, aunque no siempre los más recientes y menos aún, los necesarios libros de capricho. Algunos mecanismos para bibliófilos en crisis: hacerse socio de bibliotecas, clubs de novelas y de lectura; acudir a los intercambios de libros cuando la pandemia lo permita de nuevo, hacerlo también con amigos y, para los poetas de alma, el muy romántico rescate de libros “abandonados” en algún banco de una plaza, a la sombra de algún árbol o a la vera de alguna piedra. Y, desde luego, el premio para cuando nos queramos recompensar, de la compra en alguna librería. Todos estos recursos aplican para quienes adoramos el papel, para quienes abrimos un libro, aspiramos su olor y entramos en el reino de lo posible.

Pero también Internet depara múltiples e insospechados libros de acceso inmediato, ríos de palabras donde abrevar nuestra sed de belleza e imaginación. Y, además de los sitios de venta de libros, como Amazon, el Internet nos permite escapar de la crisis y disponer de los títulos clásicos y de algunos de más reciente data, que también Internet ofrece reinos virtuales a los lectores. Pero confieso que el papel es mi gusto integral para leer, no sólo son las letras: es la gestualidad en el acto de leer, es la mano que se abre gustosa para acunar la forma del libro, es el olor a tinta que anuncia a un libro nuevo, o aquel tan peculiar de uno viejo. Es la experiencia del libro.

Pero de regreso al acceso a ellos, recuerdo que hace bastantes años hice uso diligente de todos esos mecanismos mencionados para completar la lectura de los Diarios de Anaïs Nin, de mis escritoras icónicas, cuyo momento de auge debió navegar sobre otra severa crisis económica en este país, que no favorecía el ingreso de los siete tomos en la sucesión y frecuencia requerida. Así, en algún momento escribí:

Pero ahora escarbo de nuevo en la memoria sobre cómo llegué a conocer a esta, más que escritora, gran motivadora del vivir a plenitud: fue en la formalidad burocrática de mi trabajo; en ese entonces, un ceñudo señor, emigrado de la dictadura chilena, me inició en la lectura jubilosa, sistemática y casi adictiva de la obra de Anaïs Nin.

Recuerdo que conociendo él mi afición por la lectura, hizo énfasis en captarme para lo que luego yo reconocería como una escritora de culto: sin ser muy conocida, sin embargo, los que se acercaban a ella se convertían en asiduos y fieles testigos de los avatares de diverso signo que narraba sin ambages en cada entrada de esa su bitácora personal.

El enganche para mí fue inmediato: bastó comenzar el tomo 1 de sus Diarios para no poder dejar de leer uno solo de ellos, y de allí pasar, sin grandes glorias como ya mencioné, a la obra literaria formal de la escritora, sus novelas Invierno de artificio, Bajo la campana de cristal o La seducción del Minotauro, tal vez las más importantes.

Recuerdo devorar literalmente aquel registro vehemente de hechos, amores, personajes literarios y artísticos, esperando impaciente la llegada a las librerías del siguiente tomo, como si su vida y algo de la mía hubieran quedado suspendidas en el ínterin entre uno y otro de siete libros que hacían la edición completa de los Diarios que yo coleccionaba.

Mientras tanto, en el grupo de amigos por mí “iniciados”, todo tipo de comercio se daba en torno a la obra de Anaïs; así, llegábamos a ella no sólo por la consabida compra, sino que eran frecuentes los préstamos de algún libro, o los intercambios de un tomo por otro e incluso, en algún momento, alguna mano amiga (de eso no hay dudas) sustrajo de mi casa el tomo 7, difícil de conseguir por esos días.

Ni que decir de la euforia compartida al dar con alguna “joya” de la escritora: así, encontré en Buenos Aires lo que luego supe eran los antecedentes tempranos del diario de Nin, el diario de sus doce años, que ella comenzó a escribir como forma de comunicarse con su padre, de narrarle su vida a un padre ausente.

Esa anécdota incluye también el extravío de mi descubrimiento, al dejarlo en un taxi en mis andanzas por Caminito. Recuerdo mi temor de que no hubiera más ejemplares en aquella librería bonaerense; afortunadamente sí los había, y conocí de las dudas, miedos y alegrías de la Anaïs de doce años; con ella pude también reconocerme en los míos cuando era niña, cuando mi padre y yo sufrimos temporalmente nuestra mutua ausencia, sin duda otra razón para verme reflejada en esos Diarios (Norma Socorro, “Vivir la vida cada día: Diarios de Anaïs Nin”. Editorial La Guayaba de Pascal, 2013).

 

Si la lectura es definida como refugio, entonces ahora es refugio en el refugio, el resguardo en el hogar.

IV. El rito y sus circunstancias

Más que un hábito diario, leer es mi rito preferido de todos los días, sean cuales sean las circunstancias. Y estas circunstancias incluyen, en este tiempo, nada más y nada menos que una pandemia inmisericorde que ronda por las calles, bestia con nombre universal y tecnológico, Covid-19, que obliga a una casi permanente cuarentena. Huyendo de esa amenaza, en todo el mundo nos hemos resguardado en el refugio primordial desde siempre: el hogar, el espacio privado, primigenia protección desde los tiempos de las cuevas, los dinosaurios y demás bestias acechantes.

En esta situación el arte languidece en las galerías sin nadie que lo observe, las salas de cine regresan al cine mudo, los libros viven un duro encierro en las librerías, en tanto los cafés y las reuniones con amigos, y aún con algunos familiares, esperan también por otros tiempos. Cerrado el mundo exterior para el disfrute, la estética y aun los afectos (presenciales al menos), la lectura se nos ofrece, amante incondicional, para estos y otros tiempos.

Si la lectura es definida como refugio, entonces ahora es refugio en el refugio, el resguardo en el hogar. En esta cuarentena, los libros devienen, tal vez más que nunca, en evasión necesaria, en consuelo posible, en esperanza deseada.

Para estos días creo que hice acopio de una sensata provisión de libros, en este caso gracias al Club de Novelas, a la biblioteca del Instituto Goethe y a mi propia biblioteca, ésta para alguna relectura pendiente; ellos son suficientes para navegar por la pandemia en una quincena de restricción severa —oficialismo dixit—, sumada al feriado de Semana Santa. El menú incluye: La eternidad del instante (Zoé Valdés), Bartleby y compañía (Enrique Vila-Matas), La edad de la inocencia (Edith Wharton) y El enigma de París (Pablo De Santis). Relecturas posibles: Blanco nocturno (Ricardo Piglia) y La infancia recuperada (Fernando Savater).

En cuanto a otras circunstancias que rodean al rito, debo decir que invariablemente leo acostada, cómodamente repantingada en varias almohadas, y lo hago en la promiscuidad de varios libros a la vez, casi siempre dos o tres, que reposan al lado de mi cama esperando su turno, abiertos, siempre tentadores. Muchas veces al final gana uno de ellos mi total atención y me quedo hasta el final con ese solo, esposa fiel en ese lapso. Luego siguen los otros, y quién sabe si al afortunado con mi fidelidad inicial lo sustituye otro, otra novedosa emoción para esos días.

De mis circunstancias personales en la lectura también forma parte mi gato. Guardando las sensatas distancias, muchos escritores, grandes lectores a su vez, han compartido su espacio de trabajo, y sobre todo el de los afectos, con uno o varios de estos seres. Capote, Cortázar, Hemingway, Poe, por decir algunos, han hablado de sus gatos, en letras o en imágenes. Mucho se ha escrito sobre los gatos, en distintos géneros y perspectivas, pero me encanta aquellos que asumen la propia mirada del gato, como Gérard Vincent en el libro Akenatón (Editorial Alfaguara), historia contada por un gato.

¿Y a cuento de qué los gatos? Como ya señalé el mío forma parte de mis circunstancias al leer. Él tiene un nombre prometedor, si no fuera porque es un felino: Galán. Así como cuando escribo él pugna por hacer del teclado su cama, cuando leo su cortejo o, siendo más realista, su apropiación de mi espacio, comienza con el masaje universal de sus patitas; a los pocos minutos las uvas verdes de sus pupilas comienzan a ocultarse tras la rendija de los párpados. Sujetar el libro en esta fase de adormecimiento del gato es una prueba de que su humana reconoce su reinado; a continuación se aposenta en la cercanía de mis pies mientras se enrosca sobre sí mismo, maniobra perfecta de elegancia y ergonomía. Entonces intuyo que Euclides observó a su gato al dormir y conceptualizó para la humanidad lo que es el círculo perfecto.

Durante los minutos u horas que dure mi lectura, su ronroneo la acompasa en una única placidez; su denso silencio e independiente expresión de afecto hermanan con mi rito.

Norma Socorro
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