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La musa del balcón

jueves 15 de diciembre de 2022
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Como cada noche de aquel interminable confinamiento, esperaron con ilusión a la bailarina. A aquella joven misteriosa a la que sólo conocían por su envolvente danza nocturna. Al principio, sólo eran unas pocas presencias. Pero a medida que el encierro se fue volviendo un reto, el público aumentó. Ansiaban, más que esperaban, ver una vez más a la danzante de las sombras con máxima ilusión, como si fuera la última oportunidad que tuvieran.

Esta es la fantasía originaria, la que se vive en soledad profunda, desde la primera violencia: la del nacimiento.

Una soledad acompañada, pero soledad.

El escenario siempre era el mismo. Cortinas de tul, de un rosa palo al fondo.

Cortinas (que en realidad no eran cortinas) como empolvadas. Las personas, dispersas en sus ventanas, bajo el hechizo de aquellas partículas brillantes de polvo rosa (que en realidad no era polvo, ni el rosa era tal) en el medio de la noche diamantina de granítico silencio, por momentos hasta se olvidaban de la danza. Tal era el influjo del polvo mezclado con la lluvia, la irrealidad y el sueño, en un fondo de tinieblas que parecían provenir de un lugar más lejano que la misma oscuridad.

Nunca mostró su rostro. Éste, sin duda, era su mayor enigma.

Y las florecillas secas y las velas, dispuestas en el pequeño altar, junto con almohadones de filigrana y adornos que también parecían adherirse de manera muy extraña e insondable al movimiento. Blancos y rosas, sombras y blancos iluminados por una sutileza de luces cálidas. Entonces ella, resplandeciente y genuina como la misma vida y su hermana la muerte, en aquella situación que en apariencia no era nada real, comenzaba a bailar con la lentitud y sensualidad que los momentos más sublimes imploran.

Nunca mostró su rostro. Éste, sin duda, era su mayor enigma. En ocasiones, aparecía con una máscara de un animal completamente desconocido para aquellas personas confinadas en un planeta también singular, debido a una enfermedad igual de desconocida; otras veces se dejaba ver con un antifaz, pero la mayoría se mostraba sin nada que la ocultara. Entonces, sus movimientos eran como más esquivos, bailaba casi de espaldas, de tal manera que su semblante no quedaba en evidencia. Algunas personas decían que así lo exigía ese ballet que era mucho más que un ballet, porque en aquella danza no había rigidez, ni método, ni orden.

Sólo había ritual, pero impregnado de libertad.

Otros admiradores se preguntaban si estaría triste por la maceta caída, la que siempre les miraba con aquellos ojos internos que sólo las plantas y los animales poseen.

Y aunque adivinaron que lloraba, nadie adivinó sin embargo que sus lágrimas (que en realidad no eran lágrimas porque carecía de ojos), eran las hijas de todo lo verdaderamente importante en cualquier galaxia. De todo, menos de ese sentimiento tan insólito y por esa razón, tan preciado en su planeta: la tristeza.

Rosanna Moreda
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