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Thaís

martes 17 de enero de 2023
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Caminó con prisa por la calle de Pizarro. El frío helaba su cuello desnudo. Hacía pocas semanas que decidió cortarse el cabello. Fue intempestivo. Llegó a la peluquería con la necesidad de un cambio, sin realmente haber entendido si éste era estético o integral. El profesional se encargó del resto. Revoloteó a su alrededor con tanta dedicación que ella se enamoró de él y sus zapatillas Prada. Pero era homosexual, como lo había sido su primer amor, el de la universidad que ya había concluido. Cuando se vio al espejo, deseó contarle aquella historia y llorar, pero no lo consideró apropiado. En cambio, asintió a su nuevo corte pixie, que jamás había imaginado tener. Se despidió con cierta desazón en el vientre, que regresó a ella mientras caminaba y recordaba por la calle de Pizarro. Quizá jamás se liberaría de los vestigios del desamor.

Fuera como fuera, iba a reunirse con un amigo de pocos encuentros. Su nombre era Giancarlo. “¿Giancarlo qué?”, se preguntó, a la par que acomodaba su gabardina de cuero. La vida estaba llena de aquellas contradicciones. Uno podía categorizar a otros de amistades y olvidar sus apellidos, así como alinearse al vegetarianismo y vestir la piel de un animal. La vida estaba llena de esos duros juicios de la conciencia, en pleno Centro Cívico de Trujillo. Le agradaba peregrinar por el paseo peatonal, sin rumbo o con uno definido. Le agradaba dilapidarse a sí misma al tiempo que una mujer cantaba boleros y ella, para reparar su interminable lista de errores, le entregaba cinco soles de recompensa. Así, se inscribía en la fauna aguerrida de su ciudad, caótica y organizada a la vez. Pero en esta ocasión no estaría fuera por mucho tiempo. Giancarlo y ella beberían un café en el rincón más oscuro del Asturias. “¿Por qué?”, volvió a preguntarse ella. ¡Ah! ¡La vida estaba llena! ¡Y ella tan vacía, andando de arriba abajo con su prisa de siempre!

No lo ubicó entre los comensales del restaurante viperino. Había algo de víbora en ese local tan enjuto, en contraste con los vecinos del costado: el DeMarco, un presumido; el Oviedo, un anciano renegón, y el Romano, un escuincle engreído. Giancarlo tuvo que gritarle su nombre. Fue como si su madre lo eligiera de nuevo, o como si su padre lo dictara a la señora del registro: Thaís. “Acá estoy, Thaís”. Y ella fue, con su renovada certeza de sí misma. Le habría gustado que eligiese la mesa cercana al espejo, pues había caminado largo rato y no tenía ni la más mínima idea de cómo se había comportado su cabellera durante el trayecto. Es decir, aquella renovada certeza era un fantasma. Ella, Thaís, un espectro a punto de pedirse un capuchino con edulcorante, por favor.

“La obra de Fabiana está buena. Te va a gustar”, comenzó Giancarlo. ¡Fabiana! ¡Por supuesto! ¡Ella era el motivo! La ex de Giancarlo. Una actriz excelente que se presentaba en El Grito, el teatro ubicado en la calle Independencia. ¿Independencia? ¿Junín? ¡Demonios! De nuevo, Thaís se perdía en el monstruo natal del que pronto… Bah, pero para eso faltaba mucho. “¡Ah! Seguro que sí. No tengo miedo de decir que Fabiana es de las mejores actrices que tiene Trujillo justo ahora”, aseveró. Ella misma había sido parte de un taller de teatro junto a Fabiana, en una de las nimias universidades que la ciudad poseía, o que poseían a la ciudad. “Efectivamente”, confirmó Giancarlo, al tiempo que sobaba su pulgar con el mentón. Thaís se burló, callada. ¡Cómo no iba a hacerlo! Esa pose de filósofo, casi forzada, casi natural. ¡Pose, al fin y al cabo! ¿Cómo no iba a hacerlo? “¿Es la segunda ocasión en que la vas a ver, no?”, favoreció la cortesía. “Efectivamente”, repitió Giancarlo. Y el mismo gesto. ¡Una vez más! “Quería escuchar tu opinión sobre el… repertorio”, continúa él, hiperconsciente de la palabra obra, de que no deseaba repetirla, porque redundar sería la cúspide de su ignorancia.

Thaís cabeceó con el menú de seis páginas, como si no tuviera la decisión prevista desde que se levantó por la mañana.

El mozo llegó para tomarle la orden. Thaís cabeceó con el menú de seis páginas, como si no tuviera la decisión prevista desde que se levantó por la mañana. Desde que, de niña, le sirvieron leche evaporada con una cucharadita de café instantáneo y agua hirviendo, y ella percibió un manantial diluyéndose entre sus labios infantiles. Iba a pedir un capuchino, de todas maneras. Pero se permitió tontear entre el latte, el café olé, el americano y el espresso, consultando al mesero sobre sus preparaciones y diferencias. Finalmente, ordenó el capuchino con edulcorante que llevaba casi en el ADN, y que Giancarlo insistiría en pagar.

“¿Qué tal te va con tus lecturas de Goffman?”, interrogó él. ¡Ah! A Goffman no lo leía hace mucho. Olvidó, incluso, cómo presentarse a sí misma. Se desconoció frente al espejo como hija, mujer, Thaís, estudiante, persona empleable, interés amoroso, amiga. ¿Quién era ella? Thaís. Cuando desfilaba por el paseo peatonal, atenta a quienes urgían por un poco de limosna, y se esforzaba por no mirarlos. Y sin embargo… sí, sabía de su existencia. ¿Quiénes eran ellos? Los marginados. Los que la sociedad borraba, gritando algún bolero desafinado. Exigiendo una moneda de cinco soles, dos soles, un sol. ¿Quién era ella? Thaís, una mujer de veintidós años, andando las piernas con su gabardina de cuero y su corte pixie, que había costado noventa y cinco de esos soles. Los suficientes para ofrecer sencillo a quienes vagabundeaban desde la plazuela El Recreo hasta la plazuela La Merced. ¡Ah, pero a Giancarlo le interesaba Goffman! ¡La fachada! ¡El escenario! ¡La presentación de uno mismo! Le interesaba la belleza con que la interpretación de Thaís hacía del mundo algo más que sus noventa y cinco soles de egoísmo puro.

“Mi tesis va sobre otra cosa ahora. Dejé esas lecturas. Estoy viendo una segunda carrera”. “Sí, Fabiana me comentó”. Fabiana, mujer, de clase media acomodada, ex de Giancarlo, estudiante de ciencias de la comunicación, trujillana, Fabiana. “¿Qué te comentó?”. “Que te ibas”. El rostro de Giancarlo cambió, poco a poco. Sus cejas se doblaron, poblándose de ese enojo o fricción, la contradicción extraña que hace humanos a los hombres. A Thaís le pareció divertido, de alguna retorcida manera. Anticipó, incluso si al mismo tiempo no lo hacía, lo que estaba a punto de suceder. “Sí. Me voy. En medio año, aproximadamente”. “¿Lo has contemplado con racionalidad? Es decir, acá tienes todavía un proceso de titulación por delante. Te relato mi experiencia”. Y comenzaba la perorata. La presentación de uno mismo. Giancarlo, hombre, veintiséis años, abogado, clase media, aliado entre comillas, escritor, trujillano, Giancarlo. “Yo pude empezar a escribir más libros, en adición a los cuatro que ya tengo, pero me frenó la necesidad de hacer un buen trabajo con la tesis de pregrado. Pude empezar a litigar en un ambiente que no es el mío, además. Empero, escogí un camino que es el auténtico, por eso demoré un poco más de lo debido…”. Thaís sonrió. Entendía el concepto de mosca muerta y lo maldecía, porque ella estaba viva, vivísima, mientras él narraba sus vivencias e intentaba convencerla de que estaría cometiendo un grave error al irse. Y no atacaba. Apreciaba la experiencia del otro, ¡porque era otro! ¡No era ella! ¡No, no, no! ¡No era ella! “No es mi caso, Giancarlo”. “Ya lo sé. Admíteme esta opinión… Lo que ocurre es que… ¡Vaya, Thaís! Te tengo circunscripta en esta ciudad. Hay gente que uno ve y no pasa nada, pero tú… Si tú te vas, esto deja de llamarse Trujillo. Es como si dejara de ser la misma ciudad”.

Thaís se percató de dos asuntos inadmisibles. Lo primero: no había llegado su capuchino. Habían pasado ya varios minutos desde que había hecho el pedido y, sin embargo, el mesero no se había asomado al tenue rincón que Giancarlo eligió para ellos. Lo segundo: ella no se había presentado. No le había dicho que cuando tenía catorce años escribió una novela de setenta páginas asquerosamente cursis, contando la historia de una adolescente enamorada de un hombre mayor que ella. Que soñaba, ya entonces, con ser escritora y estudiar literatura en una universidad de Lima. Él desconocía que su madre era una cucufata; que, cuando Thaís cumplió los dieciséis años, desbarató toda esperanza de que pudiera acercar sus largos rizos a la capital gris y las corrientes literarias de la época. La obligó a quedarse en Trujillo y escoger una disciplina cualquiera, afín a sus habilidades, eso sí. No eligió ciencias de la comunicación, sino psicología. El azar la condujo a una carrera que le arrancó sonrisas, lágrimas y un primer desamor que poco le importaba en realidad, pero que recordó hace unos días debido a la orientación sexual de su peluquero. Y le quiso contar todo aquello a Giancarlo, de repente, pero fue consciente de que él no deseaba escucharla. No. Lo que deseaba era decirle que la amaba. Que la conocía de tres coincidencias en la ciudad de Trujillo y, aun así, la amaba.

Ella era pusilánime. Al fin y al cabo, una mosca muerta y viva. Una mosca alelada que cumpliría sus sueños en silencio.

“Voy a visitar seguido”. Ella era pusilánime. Al fin y al cabo, una mosca muerta y viva. Una mosca alelada que cumpliría sus sueños en silencio. “Nos veremos en algún momento, alguna próxima obra de Fabiana”. Giancarlo no se contuvo más. Llegó el capuchino y la declaración concisa, explicativa y tangible. El mesero depositó la taza caliente. Mientras, Giancarlo jugaba con las manos sobre la mesa. Lo dijo sin muchos rodeos. “Me percaté de que me gustabas tras oírte hablar en una ponencia, en la Fundación del Banco de la Nación. La asignatura era redactar un texto y exponerlo. Tú expusiste algo que podría convertirse en texto. Hiciste todo lo contrario. Cuando terminaste, sentí el impulso de abrazarte. Luego, esto fue creciendo… Yo… Me he resignado a quererte. Ahora, no espero una respuesta. No sé qué podría rondar tu cabeza. Es la primera vez que me declaro a alguien y no tengo idea de qué podría surcar su mente. Me gustas”.

Thaís no era tonta. Sintió la abrupta inquietud del beso en sus labios adultos. En parte, para acallar los sentimientos de Giancarlo; en parte, porque no soportaba que un hombre la amase con el ego incrustado en su corazón de ciego. ¡Ah! La amaba. Por eso pretendía evitar que ella lo abandonase, tras haberla conocido durante tres coincidencias, incluso si aquello significaba desentenderse de lo que eran sus quimeras de toda la vida. Pero él no lo sabía. Era un inconsciente de los que evitaban repetir palabras; en otras palabras, de los que se pensaban muy conscientes. “¿Por qué?”, planteó Thaís. En verdad, ansiaba saber lo que él necesitaba de ella, para dárselo, observar juntos la obra de Fabiana y caminar con sus piernas largas, su gabardina de cuero y su corte pixie lejos de todo. Lejos de él.

“Tengo miles de razones. Tantas como esta carta”, anunció Giancarlo. Thaís quiso reír. “Nos conocemos poco. Creo que… ¡Ah! ¡Nos tenemos que ir!”. La prisa llevó a Thaís esta vez. La obra se iniciaba a las siete de la noche. Eran las siete y dieciocho. Estaban a menos de quince minutos de la siguiente función.

Aceleradamente, Giancarlo se acercó a la caja para cancelar con su tarjeta de débito la cuenta de la cena. Thaís meditó unos segundos sobre si esperarlo sentada o alcanzarlo y pagar su parte y… Por unos instantes, el instinto de vociferarle su historia, como si de un libro se tratara, la embargó desde la coronilla hasta la sutil conciencia del dedo meñique del pie. Ansiaba decirle: “¡Soy Thaís! ¡Mujer, estudiante, escritora, tengo un corte pixie y veintidós años y camino con prisa por las calles trujillanas! ¡Soy trujillana! ¡Me voy a Lima! ¡Soy trujillana!”. Luego, reparó en el amplio espejo del Asturias, en la zona trasera. Largo, antiguo y con detalles blanquecinos. ¿Para qué habría querido verse? Se contuvo. Sentadas debajo, una niña y su madre bebían sus propias malteadas, de fresa y chocolate. Le estaban comprando una golosina GN a un vendedor ambulante. Thaís se puso de pie. Los saludó a los tres. Anduvo, anduvo, anduvo hacia ellos, distraída de la voz demandante de Giancarlo, compró una Rellenita y los saludó a los tres.

Diandra García
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  • Thaís - martes 17 de enero de 2023

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