Publica tu libro con Letralia y FBLibros Saltar al contenido

Cinco viñetas neoyorquinas
(y un epílogo)

jueves 22 de junio de 2023
¡Comparte esto en tus redes sociales!

El caso del queso

A Woody Allen

—Me llamo Ted y soy investigador privado. Nací en un suburbio de mala muerte y mis primeros años transcurrieron en la compañía de gángsters y gente de mala vida, políticos en su mayoría. A los veinte años dejé aquel ambiente sórdido y monté un pequeño negocio en la quinta avenida: una mercería. Aquello me endureció todavía más así que el siguiente paso fue crear una agencia de detectives. Éramos dos en el asunto. Mi socio, por desgracia, murió el primer día de un balazo. Pretendía hacerme una demostración de cómo disparar un arma con plenas garantías de éxito. Se asomó al cañón para ver por qué razón la bala no salía. Le dije que lo mejor sería apretar el gatillo. Finalmente lo hizo. No tengo familia a excepción de ciento veintisiete primos. Cada vez que nos reunimos acabamos de juerga en la embajada de Polonia. Mi principal afición consiste en lanzarme en paños menores a los fríos ríos de Alaska para cazar salmones en época de desove. Bien, ya le he dicho quien soy. Dígame algo de usted.

No sé cómo lo conseguí pero logré poner a la primera los pies sobre la mesa mientras unos labios carnosos emergían en torno al halo de la lámpara de pie. Se llamaba Barbra Catherine Olivia Gwendoline o eso decía ella. A mí nunca me importó su nombre de pila. Lo único que me llamó la atención fue un tal señor Dólar. Y parecía tener familia numerosa.

—Soy la novia de Benito S. Capón.

El bigote se me erizó al oír aquel nombre. Más aún, me hice un lío con la pajarita de papel. No había pasado tanto miedo desde que mi institutriz austrohúngara intentó explicarme los chistes de un popular magazín. Tal vez aquel encargo era demasiado para mí. Fingí no estar interesado.

—Comprendo, el del estraperlo de quesos, el amo de la ciudad.

—Sí, sospecho que me engaña con otra.

—¿Cómo ha llegado a esa conclusión?

Cuando le pregunté dónde había estado me dijo que venía de recoger el premio Nobel de Literatura. Llamé a Suecia y me lo desmintieron.

Mi cliente cambió la expresión. Parecía ahora más adusta e infinitamente más hermosa. Lo que seguidamente me dijo me dejó sin habla.

—Una noche llegó de madrugada. No había previsto ningún envío, por eso me extrañó. Cuando le pregunté dónde había estado me dijo que venía de recoger el premio Nobel de Literatura. Llamé a Suecia y me lo desmintieron.

—Si me lo permite compartiré con usted una pequeña reflexión: su novio es un cara dura o, peor aún, le ha caído un parmesano en la cabeza.

—Estoy desesperada, Ted. ¿Podrá ayudarme? Necesito saber la verdad cuanto antes.

Por un momento dudé. Miré al fondo de mi vaso de whisky y me vi reflejado en él, ondulante, kafkiano, pesaroso. ¿Quién era yo? Una criatura de Fellini, un pobre hombre en el alambre, todo menos un experto equilibrista. Un bufón, más bien. Luego, de reojo, miré sobre la mesa. El señor Dólar parecía sonreírme. “Ven conmigo —me decía—, voy a presentarte a unos amigos, Alexander Hamilton y Andrew Jackson”. ¿Qué querían que hiciera? Yo siempre he valorado la amistad.

—De acuerdo, diez mil por adelantado y veinte mil más al finalizar el trabajo. Venga de aquí a dos semanas y le contaré lo que he averiguado.

—Gracias, Ted. ¿Sabe una cosa? Me gusta usted.

Por supuesto no la creí pero aquella mentira le sentó a mi gaznate mejor que todo el whisky del último lustro. La seguí hasta la puerta, ensimismado. Su hermosa silueta desapareció por la escalera como el adiós de un fantasma o el cheque sin fondos de un moroso.

Tardé unos cuantos días averiguar de qué iba todo aquello. Me disfracé de típico agujero, de fláccida mozzarella o perfume de roquefort. Incluso me sumergí desnudo en un tanque de requesón. A punto estuve de ser devorado por un hámster pero al fin llegó el premio gordo: las pruebas que demostraban la verdad.

La musa volvió puntual con una sola pregunta y un fajo de razones. Estaba inquieta. Afloraban ahora todas las inseguridades que se había empeñado en ocultar. Temía una respuesta afirmativa. Un mar de billetes apareció ante mis ojos. Por un momento, me pareció que mis narices asomaban por la campiña inglesa.

—Parece ser que han bajado los precios. Nadie más llevará quesos en el forro de los pantalones.

—Me es indiferente. Mejor para todos. Mi novio ha ganado más dinero del que gastará en su vida. ¿Qué hay del asunto? Cuénteme, ¿qué ha averiguado?

Encendí un pequeño cigarro dotando a mis movimientos de una especial parsimonia. Estas noticias requieren su tiempo y tacto, mucho tacto. Una pequeña estela de humo se alzó sinuosa frente a su rostro terso y delicado de rubia platino. Sus pupilas brillaban como los faros de un esbelto Rolls-Royce en medio de la niebla de Chicago. Después de unas caladas y alguna que otra tos asmática, lancé un par de fotografías sobre la mesa. Esperé su reacción, aunque ya la conocía de antemano.

—Compruébelo usted misma. Estas fotografías no han sido fáciles de conseguir.

—Dios mío, no es posible. Benito no.

Barbra rompió a llorar. Le habría dado mi pañuelo pero estaba, como siempre, lleno de esputos. En lugar de ello le alcancé la cortina. Tras enjuagarse las lágrimas se esfumó por donde había venido. Ni siquiera un adiós, un gesto de despedida. Mañana, seguramente, estará lejos, fuera de la ciudad. No importa, pensé. Mi nuevo socio, una botella de vino y este que les habla seguirán charlando como si nada hubiera ocurrido. Tal vez decida abrir de nuevo la mercería.

Algunos de ustedes, los que hayan llegado al final del relato, se preguntarán qué se veía en las fotografías, pero para ello deberían ser capaces de pagar treinta mil dólares o regalar una mentira piadosa a un viejo detective. De todas formas, les diré algo: ¿qué hacen desnudos un mafioso y una famosa bailarina de strip-tease en una fondeé del tamaño del lago Michigan?

 

Me encargaron vigilar a un tipo en una granja de ocas y el tipo resultó ser yo mismo.

El día que conocí a María Petrushkha

A Groucho Marx

Soy un espía atípico, gracias tal vez a mis inseparables cejas superpobladas. Me fío de todo y de todos. Si la bruja de mi suegra me invitara a comer en un restaurante de la gran manzana iría con los ojos cerrados como Blancanieves y eso que no estoy casado. ¿O sí? No sería la primera vez que empiezo la casa por el tejado, como aquel trabajo en Finlandia. Me encargaron vigilar a un tipo en una granja de ocas y el tipo resultó ser yo mismo. Había ido a Finlandia para nada y además, para colmo, le perdí la pista.

Soy el hombre más despistado que conozco. Recuerdo que una vez me desperté en un hotel de París. ¿Qué demonios hacía allí? Lo había olvidado por completo. Tan cierto como que pregunté para qué servía aquel magnífico edificio férrico que se veía al fondo. Me contestaron que lo iban a consultar. Ah, París. Allí llevé un asunto delicadísimo. Nada menos que un microfilm de lo más comprometedor: la foto de un bikini de un tal Leo. Había que averiguar si era suyo o de su esposa o de ambos.

El tema quedó en nada. El bikini era en realidad un arreo y la foto idea de una prima lejana suya de viaje por Siberia. Se llamaba María Petrushkha y la localicé finalmente en Praga, medio año después. Quería cerciorarme de que todo no había sido más que un desafortunado error, así que me propuse conocerla e indagar un poco. Con barba marxista de diez semanas, gafas modelo Trotsky, una enciclopedia comunista, zapatos estalinistas del cincuenta y seis, abrigo polar y gorro frigio, me presenté en la capital checa con el objetivo de investigar el fondo del asunto.

A los dos minutos de aterrizar fui detenido por la policía secreta (lo sé porque figuraba en sus solapas). Haber tropezado por las escaleras del avión fue una torpeza y mi pasaporte caducado con el nombre de Boris Godunov también. Alguien se había leído el libreto y no daba ni de lejos con el perfil del personaje. Al día siguiente decretaron mi expulsión. Se barajó primero utilizar el muelle de un misil transcontinental. Posteriormente alguien mencionó un viejo sputnik.

Acabó optándose por el avión y allí sucedió lo más absurdo: coincidí con María Petrushkha en los asientos. La misma. Era la mujer más hermosa que había conocido y, cosas de la vida, la primera en dedicarme más allá de tres minutos (mientras me hablaba caían por mi mejilla enormes lagrimones). La conversación transcurrió en ruso septentrional. Aun así no logré entender absolutamente nada de lo que intentaba decirme. Tengo la sensación de que hablamos de cocina moldava y de un hermano suyo de Belgrado que solía contar ovejas. Quedamos en vernos un año después en Berlín este, en un conocido restaurante de comida lenta.

Y pasó un año y también trescientos sesenta y cinco días. Con los ojos húmedos por la emoción la abracé como si fuera la última vez que la veía. Constituyó aquella reunión un cóctel de sentimientos encontrados. Aquella mujer no era María Petrushkha, pero era tan simpática y, sobre todo, hablaba tan bien el ruso septentrional… Me casé con ella hace dos años. Seguro que con un poco de paciencia conseguiré averiguar su nombre. En ello estamos.

 

Es el gurú de moda al que acuden ellas y ellos. Y riquísimo. Tiene tanto caviar en la sangre que sólo tolera plasma de esturión.

Esos esnobs

A Dorothy Parker

Cada vez que organizo una velada en mi humilde mansión de Manhattan alguien intenta arrancarse los pelos de la barba. ¿Por qué? Sólo porque me gusta amenizar mi fiesta yeyé con música birmana aderezada con balalaica y no hay espectáculo posible sin al menos quince músicos y media docena de gongs. Vaya experiencia. Incluso mi busto retro de Marx amaneció un día sólo con bigote. Ahora ya no consigo diferenciarlo de Nietzsche salvo cuando recito uno de mis exóticos poemas bolcheviques.

La idea es ambientarse. En esto James, mi amigo, el as de las finanzas, es único. Con un par de whiskeys entra en trance y con otros dos termina poseído por Adam Smith y su teoría sobre la ley de la oferta y la demanda de pantuflas. Es el gurú de moda al que acuden ellas y ellos. Y riquísimo. Tiene tanto caviar en la sangre que sólo tolera plasma de esturión. Se dice que es el único capaz de conseguir que Elizabeth Taylor y Richard Burton posen juntos encima de una tostada. Es un tipo entrañable que adora mis guiones. Recuerdo que no dudó en pedirme que fuera testigo de su boda. Por cierto, la boda fue un fracaso. Mejor dicho, todavía siguen juntos.

Casi siempre acaba discutiendo con Dino, otro de mis amigos, un artista mediúmnico como pocos. Es extraño lo de Dino. Siempre aporta la nota negativa a nuestras conversaciones. Según dice (y siempre lo dice) el planeta dispone cada vez de menos recursos, en especial nuevas latas de tomate de Warhol, con lo que los conflictos en las colas de las galerías de arte están garantizados. Augura Dino más desastres. Los chóferes, dice, exasperados por la lentitud del tráfico y las nuevas versiones cada vez más apaisadas de las gorras, acabarán por devorar a sus amos en mitad del trayecto. Y eso que, según Dino, terminará por prohibirse circular en coche por el centro de las ciudades. Existirá tal densidad de población de aquí a pocos lustros que habrá que despeinarse y bajar al metro vestido de Atila en pleno saqueo de Roma o ir caminando de la mano de Bela Lugosi. ¿Se imaginan? Yo procuro no estresarme, simplemente medito. Háganme caso, la mejor solución a los problemas es la meditación o, más concretamente, la siesta, preferiblemente de tres a nueve.

Robert, mi editor, un optimista intuitivo, ve el incierto futuro con otros ojos (casi siempre lleva encima un gigantesco par de gafas). Sin embargo, es algo intransigente con las opiniones de los demás y a veces resultaría más edificante escucharle con un esparadrapo en la boca. El mes pasado intentó estamparle un pastel de vainilla ecléctica al bueno de Stuart. Había hecho un comentario grosero sobre la edad de su nevera, decía que contenía huevos de dinosaurio. Tuve que frenarlo con mi cerbatana birmana de dardos mentolados, un regalo de mi anticuario de cabecera. No se había vuelto a palpar tanta tensión en el ambiente desde que se hizo público el plan secreto de sustituir los misiles cubanos por sendos rábanos gigantes de Minnesota. En resumidas cuentas, aquello fue muy desagradable, casi tanto como imaginar al monstruo del pantano manipulando gnocchi.

Menos mal que Sally está ahí para salvar los trastos. Su carácter es casi tan bueno como su borgoña y digo casi porque los artistas son del todo impredecibles. Es el tipo de gente que no declararía la guerra nunca a nadie y eso que una vez intentaron comerse sus zapatos. Recuerdo que el año pasado, mientras ensayaba con la orquesta uno de mis cánticos multidimensionales, Sally tuvo uno de sus ataques de ira vanguardista y estrelló mi jarrón de la primera dinastía repleto de tulipanes contra la pared blanca del salón. Intenté que lo firmara pero Sally, una artista en permanente evolución, todavía tiene dudas. Me dice que le invite un día de estos a un par de pizzas de pepperoni y veremos qué ocurre. A ver si es verdad porque lo cierto es que, desde que trasladó su caballete a Nueva Zelanda, nos hemos distanciado.

 

La bestia, como la llamamos todos en privado, habita el último de los despachos de la azotea.

El despacho oblongo

A S. J. Perelman

No sé si a alguno de ustedes le ha horrorizado alguna vez aquello que llamamos lo desconocido y no me refiero a los polinomios o al sentido del humor de Iván el Terrible. Verán, yo trabajo en unos grandes almacenes del centro propiedad de una familia pudiente y moliente venida de Europa. Nada insólito hasta aquí. Sin embargo, se sabe que en el siglo XIX tenían por costumbre empalar a los empleados ineficientes y plantarlos en la cornisa. Eran otros tiempos. Se decía, por entonces, que una sombra del volumen de un cíclope transilvano alzaba o bajaba el pulgar con una indiferencia pasmosa. Ahora ya no se empala a nadie, al menos sin las debidas formalidades. En lugar de ello, se encierra al infeliz en el departamento de clientes provistos de mascota o se le ata a una silla del servicio de reclamaciones durante los próximos veinticinco años, lo cual obliga a varias sesiones semanales de electroshock.

La bestia, como la llamamos todos en privado, habita el último de los despachos de la azotea, justo allí donde convergen los ojos de las últimas dos acroteras del viejo rascacielos, supongo que para advertir de lo avieso de sus intenciones. Su visión condiciona nuestras vidas, subconsciente incluido. Les contaré uno de mis últimos sueños, para que vean hasta qué punto. Estoy en un pasillo gigantesco y alargado al final del cual hay una puerta enorme. Se abre la puerta y emerge una sombra aún más enorme que me increpa al estilo de Nosferatu: “Atento, Billy, atento a mi pulgar”. Veo la sombra del pulgar hacia abajo. Entonces, presa del miedo, me voy a la planta donde guardamos los maniquíes, me quedo en calzones y empiezo a correr formando círculos concéntricos. Los maniquíes, aterrados, acaban por escapar hacia la planta de pesca submarina. Es una reacción sorprendente.

Sepan ustedes que hoy me han citado en el dichoso despacho. Nadie ha atravesado nunca esa puerta levadiza a excepción del director general. Ciertamente no está muy claro si nuestro insigne general director es humano o se trata más bien de un Golem de la bestia surgido de uno de sus episodios de locura. A veces se dirige a nosotros en una extraña lengua muerta parecida a la de los anuncios de aspiradoras. Bien, me temo que ha llegado la hora, así que me siento como una gacela Thompson entre los íncubos de la redacción de un semanario político.

Hay un silencio fatídico, aterrador, en el laberinto que lleva al reino del terror. Pasa un sujeto a mi lado. No, no es ningún verdugo. Se dirige a la máquina de café pero su cara me recuerda a Mussolini ensayando sus posturas frente a una humeante taza. Podría tratarse del jefe de personal. Sigo por el pasillo. Por fin llamo a la puerta y escucho un poderoso “adelante”. Me armo de valor y entro de puntillas, como el hipotético cocinero de Nijinski. Diviso entonces una sombra estirada, perturbadora, algo semejante a una estaca. Y entonces lo veo. Veo el gran puro que se dirige a mí letal, inquisitivo, el arma de un caballero medieval. Allí se encuentra él, la bestia, un hombrecillo calvo provisto de un bigote irreal, casi repintado, que hunde su cuerpo en una silla fondona, ingente, un monstruo nacido del bestiario que parece querer engullirme y fagocitarme y después, después…

—Así que usted es quien me avisó del trapicheo de mi jefe de ventas. Pero pase, Billy, pase. Tengo unas cuantas ideas sobre su futuro que seguro que le van a interesar.

Ya ven, amigos supersticiosos. Todo es cuestión de suerte. Y valor, mucho valor.

 

Me gustaría conocer la vida que lleváis vosotros los famosos y no agostarme aquí solo entre guiones malos y pipas de girasol.

Érase una vez una gárgola

A James Thurber

Érase una vez una gárgola triste, consumida por el aburrimiento y el pavor que producía en los demás, siendo como era noble y tierna. Su existencia de cartón-piedra discurría desde lo alto de su pequeño y lúgubre apartamento de la calle Cuarenta y Dos. Nadie alcanzaba a hablar con ella ni tenía noticias nadie de su soledad catedralicia. Un día pasó por allí un nigromante melenudo de aquellos que tienen remedios para todo excepto para un mal guion, contempló la gárgola y le dijo:

—¿Qué te ocurre?

—Estoy triste, muy triste en medio de tanto decorado de serie be, tanto programa mediocre y risas enlatadas. Mi mundo es monótono, de una bohemia espantosa. Me gustaría conocer la vida que lleváis vosotros los famosos y no agostarme aquí solo entre guiones malos y pipas de girasol. Mi sueño es que me dejen participar en una superproducción.

—No te preocupes. Yo te convertiré en uno de los nuestros. Conozco un productor maravilloso con cara de anchoa.

Tras un espectacular conjuro pasó la gárgola de la piedra a la carne y dulcificó sus rasgos. Podía pisar la calle, firmar autógrafos a los plebeyos, cobrar un pastón, acudir a los últimos estrenos, perderse en los grandes almacenes, codearse con políticos y magnates, conversar con la élite de los asuntos más banales. Sin embargo, existía un problema y es que debía alimentarse pues es esta una pesada carga que acarrean todos los mortales, así que la gárgola acudió de nuevo al nigromante, el cual estaba intentando transformar una idea estúpida en oro.

—¿Cómo va el asunto?

—Mal. ¿Qué quieres?

—Necesito comer. Sería capaz de zamparme a un ogro.

—¿Qué sabes hacer?

—Nada, contemplar las nubes frente a la cornisa. Y escribir poemas.

—Entonces tengo el trabajo perfecto, un puesto de consejero asesor del asesor consejero. No te preocupes por lo que tienes que hacer, nadie lo sabe. A cambio del favor que te hago, me corregirás unos cuantos guiones. Puede, incluso, que tengas que comerte alguno con patatas.

—Ja, con los guiones que se ven últimamente lo más probable es que vuelva el cine mudo.

Y la gárgola consiguió el trabajo. Pasaron las semanas, los meses. Su existencia transcurría gris, metódica, plagada de las mismas rutinas, vasallajes, manzanas envenenadas, pócimas, judías mágicas, los mismos cócteles y aquelarres, los mismos chistes, la misma sonrisa complaciente. Andaba a todas horas rodeado de celebridades, trasgos advenedizos, caperucitas, lobos feroces, geniecillos prepotentes, bellas durmientes, necios emperadores, grandes fortunas, grandes afortunados y vanidosos para dar y tomar. Ya no veía las nubes enormes y gráciles pasar junto a la cornisa, aquellas que le permitían soñar con bajeles osados, con bellos y delirantes escorzos viajando como estelas de una musa incorpórea. Su vida no tenía sentido, era un pufo, una farsa absoluta, por eso volvió a visitar al nigromante y le pidió retornar a la cornisa de su apartamento.

—Quiero volver a ser gárgola. Ya no me importa ser feo y solitario ni que me comparen con un crítico de cine.

—Muy bien, mañana despertarás como un don nadie en tu apartamento.

Y la marginada gárgola volvió a su pequeño rincón de libertad, a imaginar personajes de verdad, diálogos de verdad, trabajos de verdad, amigos de verdad, guiones de verdad y a contemplar las nubes, aquellas nubes grandes y algodonosas que habían ablandado para siempre su vasto y delicado corazón de piedra.

 

Mi alma volará lejos disfrazada de inesperada lluvia hacia las copas más altas, metáforas del éxito.

Un epílogo

Ha llegado septiembre a nuestras vidas. Dentro de poco la alopecia cubrirá las calles de oropeladas hojas de periódico, las ramas quedarán mondas y el viento ululará (qué bella palabra) como un anuncio de batidoras. Central Park, a la manera de las viejas divas, se vestirá con sus doradas ropas y los poetas contemplarán extasiados la arboleda con los ojos llenos y los bolsillos vacíos. Aparecerá como por arte de magia la típica acuarela neoyorquina: humoristas, filósofos de diez a doce, exploradores, políticos agazapados, conversadores plúmbeos, parejas y tríos de enamorados, sibaritas del sándwich, futurólogos, danzantes infinitos, cinéfilos con andrajos de pana, ciudadanos del mundo, saltimbanquis trajeados, extraños tipos anclados sobre trípodes con el pincel en la boca, editores lunáticos, seres maravillosos… Un paseante solitario (seguro que lo conocen) se hará el encontradizo y me hablará de la montura defectuosa de sus gafas o de lo fácil que es perder un solomillo de seis quilos. Yo cerraré los párpados y soñaré despierto. Mi alma volará lejos disfrazada de inesperada lluvia hacia las copas más altas, metáforas del éxito; será testigo una vez más de esta ciudad incomparablemente hermosa y, finalmente, aterrizará sobre un escenario de Broadway a tiempo de recibir los aplausos de un público entregado (en ese mismo instante los críticos neoyorquinos acudirán, vilmente engañados, a una supuesta convención en Utqiagvik). Lo dicho, ha llegado septiembre y sonrío, canturreo sin fin bajo la lluvia. Oh, sí. Supongo que estoy enamorado.

Aarón Andrés
Últimas entradas de Aarón Andrés (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio