Una novela más
No estaba arrepentido; sin embargo, decidió aquella noche confesarse a sí mismo los crímenes perpetrados en los últimos años. Tampoco quería tomarse el hecho a la tremenda, sería simplemente otro juego entre la escritura y los dioses, un ejercicio poético, secreto y sagrado, quizás un poco más atrevido por el propósito de veracidad que se imponía.
Para Ovidio Brudos, conocido autor de best-sellers, el realismo era un género negado, la ficción bebía de los cursos azarosos de la realidad, tomando algún dato autobiográfico, desechando otros, mezclando y tamizando hasta que las huellas volvieran a ser polvo, pura intriga. Ese era el juego con el que se ganaba la vida, un náufrago-asesino que, en vez de lanzar botellas al mar de los servicios de seguridad, escribía libros mediocres, que leían —él estaba seguro— sus futuras víctimas.
Pero esta vez el desafío era distinto: narrar la verdad sin poetizar nada, una transcripción directa y descarnada de su oculta labor en el mundo. “¡Quién no tiene secretos!”, pensaba. “¡Cuántos hombres de inofensiva traza estarán moviendo los engranajes más aborrecibles de la historia! ¡Cuántos... y nunca lo sabremos!”. Su caso era distinto, él tenía una religión y con sana devoción la practicaba. El credo era tan simple como rígido: agasajar a Dios con pequeños sacrificios humanos, más psicológicos que sangrientos, aunque al final debiera —por razones de fuerza mayor— eliminar a sus víctimas.
Su único deseo, esa noche, era que su mujer pusiera en remojo la última porción del cerebro con el resto de whisky que tenía en el vaso y lo dejara tranquilo. No bien ella se desplomó borracha sobre el sofá del entrepiso, le arrebató la botella y el vaso, y tomó el cuaderno de las confesiones que ocultaba detrás del botiquín del baño. Luego se puso a escribir con frenesí para completar su proyecto. Vaso tras vaso fueron pasando las horas hasta que creyó concluida su tarea. Al releer lo escrito descubrió, con asombro, que a pesar del realismo abrumador que surgía de las páginas, su cerebro, acostumbrado a la rutina literaria, había intercambiado nombres y fechas, transformando en personajes a cada uno de los sacrificados. Molesto por la certidumbre de que nunca podría recuperar la realidad como la había vivido y de que su memoria era más falsa que verdadera, se dejó vencer por el sueño. Tuvo horribles pesadillas y sudorosas revelaciones, se vio descubierto por sus crímenes y arrepentido de su confesión.
Despertó sin noción de la hora y con el corazón dando tumbos en el pecho. La primera reacción de Ovidio Brudos fue aferrarse al cuaderno; la ausencia del mismo hizo que mirara hacia el sofá. Ella tampoco estaba. La llamó varias veces con fuerte y quebrada voz y no obtuvo respuesta. Recorrió la casa, el patio y la terraza para verificar la aterradora desaparición de cuaderno y esposa. Era una certeza: su mujer había leído las confesiones, espantada por el descubrimiento escapó en silencio para denunciarlo. Esas conclusiones terminaron con él. Tomó una vieja cuerda de cáñamo del depósito de herramientas, la aferró a la baranda del entrepiso y entregó sus noventa kilos a la fuerza de la gravedad.
Al día siguiente se pudo leer en la tapa de los diarios: “Se suicidó el conocido escritor de terror Ovidio Brudos...”.
Un año después, la viuda de Brudos editó la obra póstuma del literato, en donde quedó incluida, como una novela más, la confesión que leyó aquella noche de pesadillas.
Ángel de agua
Más allá del dolor
y también del castigo, contemplad este grupo
de hombres en la mesa; están cenando
y no obstante hace mucho que todos murieron.
Joaquín Giannuzzi
Llorar de frac,
de flato, de flacura.
Llorar improvisando,
De memoria.
¡llorar todo el insomnio y todo el día!
Oliverio Girondo
Atesoraba la sana costumbre de llorar en los rincones más solapados del pueblo. Es por eso que nadie conocía sus inclinaciones y, a juzgar por las apariencias, era un hombre común y corriente. Habitar esos espacios con aquel dolor antiguo y sin causa era un rito para él. De niño lloraba por cualquier motivo, al extremo de haber sido castigado para que dejara de hacerlo. Las fotos del álbum familiar son un fiel registro de aquellos tiempos, lo había heredado y guardado como un gran tesoro. ¡Cómo le gustaba reconocerse allí! Siempre lo repasaba con actitud autista de principio a fin. El álbum concluía con una foto de una cena familiar; ahí estaba él, en un flanco de la mesa, llorando de pie al lado del abuelo que dormitaba en su mecedora de caña.
Los repetidos castigos le enseñaron a ocultar ese hábito; se escondía para practicarlo hasta que se fue convirtiendo en un vicio, en una necesidad irrefrenable. Aprendió como un buen ladrón a no dejar rastro en la ropa y el suelo. Los ojos fueron el mayor problema, se inflaban y ponían colorados. Las mejillas y aletas de la nariz otro tanto. Probó con talco, cosméticos y algunas cremas hasta que encontró la fórmula secreta. Otro problema, no menor, fue el sonido. Le costó trabajo al principio practicarlo sin el más mínimo ruido, hasta que descubrió que toda meta puede alcanzarse si se persevera y pone arte en ello. Llorar sin dejar marcas y señales se convirtió en su especialidad. Profesionalizó su arqueológico padecimiento. Según la ocasión aplicaba el llanto más acorde a las circunstancias. Experimentó cada una de las variantes llegando al límite de la perfección: un llanto seco, sin sonido e instantáneo. Una especie de estornudo, sin mímica ni resonancias, una descarga subterránea de lágrimas, movimiento interior que agitaba en un soplo las fibras del lamento. Método que destinaba a los horarios de trabajo o cuando le era imposible encontrar el espacio adecuado para su obsesión. Al respecto descubrió que los baños públicos eran los mejores, se le hizo hábito simular paseos por la terminal de colectivos, la estación ferroviaria y las gasolineras, tal vez menos peligrosos que los espacios al aire libre en donde se sentía más expuesto. Sin embargo, las mejores ocasiones para ejercer su oficio surgieron del cotidiano devenir de la vida, descubrió que sus lágrimas podían asociarse a un sinnúmero de circunstancias de tristeza y desgracia humana; de pronto comenzó a encontrarle sentido a esa costumbre que había cultivado desde la infancia, casi de manera inconsciente. Eso sí, lloraba con todas sus fuerzas cuando era sorprendido por la muerte de familiares, amigos o desconocidos. Los funerales fueron un paseo obligado: calmaban su pasión. Comprendió, con el pasar de los años, que nunca su llanto había sido en vano. Cuando más conocía al ser humano más justificaba su hacer. Hasta llegó a pensar que su actitud no alcanzaría a desahogar el cúmulo de razones conocidas y por conocer. Imaginó entonces una religión que cultivara el lamento como forma de sanar al mundo. Infinidad de llorones realizando una actividad secreta y edificante: la logia de los lagrimales. En diarios y noticieros descubrió un manantial de móviles que daban crédito y sentido a su oficio. El pasado de la humanidad obró como fuente de regocijo y celebración; fue así que dedicó gran parte de su tiempo al estudio de la historia anclando su sollozo en las grandes catástrofes humanitarias.
Su vida fue un constante desahogo arribando a una vejez calmada y reconfortante. Fue así que, en un colorido y luminoso atardecer, ya feliz en su mecedora de caña, fue invadido por una grata sensación de armonía y libertad. Sintió en ese momento un poderoso deseo de hojear, como lo había hecho tantas veces, el álbum de familia, y así lo hizo: con tibia parsimonia lo recorrió de principio a fin y se detuvo largo rato en la última fotografía. El crepúsculo atenuaba la antorcha milenaria, pero él se sentía iluminado por dentro. De repente despertó o comprendió la ortodoxa naturaleza de la existencia: sus rasgos de hombre maduro se fundieron replicados en los gestos muertos de mujeres y hombres de la foto, percibió que, cada uno a su manera y de acuerdo a sus facultades, transfiguraba la fatalidad humana en algo que valiera la pena, todos en alguna medida lo habían hecho, pero sólo él, sacerdote del llanto, convertido al fin en un ángel de agua, podía saberlo.
(del libro Muñeca de patas largas, publicado por Ediciones La Yunta, de Buenos Aires, en 2022).
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