¿Dónde estás ahora? / ¿En qué ciudad, /
en qué penumbra, / en cuál bosque
no te desconocen las luciérnagas?
Manuel Scorza
I
Los oficiales de instrucción me sometieron con métodos físicos: fui golpeado pese a ser un hombre enfermo y débil. Me obligaron a tirarme boca abajo y delimitaron mi cuerpo con el paisaje de un dolor insoportable y desconocido. Marchaban sobre mi piel con espuelas de cristal y hundían sus muñones en mi carne fresca. El dolor inventaba nuevos dolores que anestesiaban al próximo, y así, hasta el desmayo. Denigraron mi figura, convertida al fin en un pálido muñeco de trapo. Fui fusilado en un caluroso amanecer.
II
Es difícil discernir cuando a uno lo matan verdaderamente, sobre todo cuando la carne no responde a estímulos y los simulacros de fusilamiento son un ejercicio cotidiano. Ese día, sumado al percutir del martillo sobre el fulminante, se agregó una explosión aguda que hizo tensionar las fibras de mis músculos. El tiempo entre el disparo y la carne confundida con el plomo sería eterno. La bala, esta vez, había salido del fusil. No había dudas.
Me acordé instantáneamente de vos corriendo hacia mí, con los brazos extendidos, sobre aquella pradera de trébol donde nos amamos. El bálsamo de tu cuerpo era un paisaje colmado de hechizos: una vista panorámica para los sentidos. Girábamos livianamente sobre aquel colchón que desbordaba los límites del horizonte; rodeando tu cuerpo con mis manos abrazaba el universo. ¿Vos sentías lo mismo? ¿Se puede abrazar dos veces algo tan inmenso y al mismo tiempo? Perfumada y frágil te bebía en aquel atardecer, me bebías, aquella que no fue la última vez sino el inicio de un continuo amor, nos bebíamos, como un licor suave en dos copas de cristal que éramos nosotros mismos. Allí, sin darnos cuenta, debemos haber pisoteado esa hierba de cuatro hojas que destruyó una fracción de nuestro futuro.
El plomo, calentado por la fricción del aire, surcaba ese espacio entre la vida y la muerte, ese trayecto instantáneo consumido por la velocidad, por el temor de la carne que se sabía blanco de una injusticia viajando vertiginosa hacia el reposo.
Pero vos estabas ahí, siempre presente con tu perfil de ángel, resguardándome del mundo y de los arrebatos de un sistema en desorden. Quizá el amor, sólo el amor, pueda salvar al hombre que ha dado dos pasos en el abismo sin saberlo y se somete a esa inconsciente caída.
El proyectil ingresó en la órbita de mi cuerpo, todas mis células temblaron en un solo átomo, y tu mano, tu dulce mano, desvió la bala de mi corazón. Cada vez estoy más seguro.
Después me sentí caer, livianamente, frente a aquel pelotón de fusilamiento que ignoraba mi suerte. Caía hacia ese abismo transitorio magnetizado por tu presencia.
III
Al despertar ya no estabas. Llegué a odiarte por ese abandono. ¿Se puede invitar a alguien para un salto y después no esperarlo? Pasarían años para que supiera algo de ti: la realidad nos absorbió caprichosamente. Una parte de vos me creía muerto, esa que se guía por las noticias de los diarios y los informativos: había dejado de existir para ese mundo. Tu otra mitad me había salvado. Con un ligero movimiento de la mano desviaste aquella bala que terminó incrustada a la altura del hombro izquierdo. Aún está enfriándose en la espesura de mis huesos.
Al despertar tu maravillosa mitad no estaba.
Atravesé solitario mareas de cuerpos helados, me enredaba en sus brazos, sus piernas, y me detenía jadeante sobre sus pechos. De tanto intimar con ellos conocí cada una de sus miserias. Se quejaban y hablaban de sus muertes. No supe si tenerles lástima o creerlos más afortunados que yo.
IV
Luego de trepar por la pared de aquel foso pude respirar oleadas de un aire sin los perfumes de la podredumbre. Mis pulmones se estremecieron como gigantes alas de un águila y expulsaron hacia fuera el sarro pestilente del infierno. Arcada tras arcada pude recomponer mi cuerpo y enderezar la estructura medular para poder erguirme. A mi espalda un inmenso cráter sepulcral se consumía a sí mismo. No me fue difícil alejarme de él.
Avancé tambaleante por aquel páramo hasta el verde reconfortante de las hojas. El rojo de los frutos sació mi peregrinar. Por primera vez en todo ese tiempo me descubrí vivo.
V
Estar vivo entre los muertos es una experiencia que no quiero repetir; es casi imposible soportar la sublimación de la materia y ver cómo los gusanos desdibujan la poética del cuerpo: digieren cada gesto, los músculos que sostuvieron la sonrisa y el llanto; limpian obsesivamente, desde atrás, todos los rincones, cada pequeño hueso, dejando al descubierto la blancura de la muerte que siempre estuvo allí y sirvió de soporte y andamiaje para desarrollar la vida.
Pasaron muchos años hasta que pude hallarte. Quería hacerte saber que aún nuestro amor era posible, y que únicamente ese amor me había mantenido vivo.
La primera vez apareciste sin que te buscara: fue tal la sorpresa que mis reflejos se paralizaron. Ibas en el primer vagón, ubicada en contra de la velocidad. Permanecí estático tratando de recomponer tu nueva figura. Reconstruí ese perfil durante semanas hasta que por fin tu imagen se ajustó en mi cabeza y pudiste habitar en mí como puro presente. El tren había pasado a toda velocidad sin detenerse en el andén. Me quedé mirando cómo te tragaba la distancia. Subí al próximo tren y exploré todas las estaciones hasta que me detuve en una. Allí bajé para no encontrarte. Después me enteré de que en esa ciudad estuviste sólo unos días. Te busqué en ella más de un año repitiendo ese juego inútil de los desencuentros. Luego supe de tus hijos y del falso amor inventado para olvidarme.
Recorrí innumerables ciudades persiguiendo tus perfumes, pero siempre la lluvia lavaba tus rastros y, así, me sorprendía en las madrugadas frente a las bocas de tormenta y la correntada de los ríos. Era en vano utilizar la lógica para encontrarte. Quizás el azar o la relampagueante casualidad pudiera aproximarnos inesperadamente. Nunca daba con la ciudad que te contenía, había olvidado tus nombres —los rótulos que poníamos a la ternura—, tus costumbres y la línea de tus gestos; sólo sabía del amor que me devoraba por dentro, y cómo lo alimentaba tu ausencia.
Fue al caer una tarde cuando el brillo de tus ojos me sorprendió en la plaza de una ciudad sin esperanza: nadie más que una hija tuya podía abarcar esa mirada. Un tierno y pequeño personaje pasó delante de mí con una muñeca en sus manos, lo acompañaba otro niño y alguien que debía ser su padre. Los ojos de la niña eran una réplica diáfana de los tuyos, una pantalla que derramaba ternura sobre las cosas, tiñendo de brillo los grises de la realidad y dándole luz a los espejos. No había dudas: el hálito de tu presencia ajustó las tuercas de la ilusión.
Los escolté sigilosamente como un detective avezado hasta que descubrí tu escondite: allí estabas, tan cristalina como siempre: mujer envuelta de mujer y rebosante por todos lados de mujer. Perseguí tus pasos durante semanas. Te admiré hasta que me fui acostumbrando a tenerte, hasta que mi corazón dejó salir las palabras justas y pude llamarte, hablar a solas, convencerte de nuestra historia, de los abandonos imprescindibles, de los sacrificios y los olvidos necesarios, esos que edifican una vida y la ayudan a sostenerse para que no se derrumbe, con todas sus miserias, sobre quién pretende vivirla.
Y así te conquisté otra infinita vez.
VI
Ahora que toco tu rostro y recorro tu cuerpo con mis besos, siento que el pasado se desmorona como una catedral sumergida en ácido. No digas nada. Todo está bien en este silencio único y nuestro. Tomo tu mano, esa que desvió la bala, la que sirvió de armadura para mi corazón, y observo cómo la cicatriz, que está en ella, ha comenzado a desaparecer.
(Del libro Muñeca de patas largas; Ediciones La Yunta; Buenos Aires, Argentina, 2022).
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