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La madre de Hernández

sábado 12 de agosto de 2023
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“Hubo un tiempo en que lo fui todo”, de Carlos Manzano
El cuento “La madre de Hernández” forma parte del libro Hubo un tiempo en que lo fui todo (La Fragua del Trovador, 2020), del español Carlos Manzano. Disponible en la web de la editorial

Hubo un tiempo en que lo fui todo
Carlos Manzano
Cuentos
La Fragua del Trovador
Zaragoza (España), 2020
ISBN: 978-84-17395-22-3
146 páginas

Yo fui uno de los testigos. Yo vi la pelea. Yo asistí impertérrito, como todos los demás, a aquella trifulca absurda cuyo resultado parecía marcado de antemano. ¿Qué podía hacer el pobre Hernández, tan enclenque, tan poca cosa, tan inofensivo, ante la inmensa superioridad del Tabas? Al igual que los demás, tuve que contar después lo que había pasado a los profesores, a la policía y al juez. Y conté lo que contaron todos, lo que había que contar: que fue el tonto de Hernández quien empezó, el que primero se lanzó sobre su oponente, el que con los ojos encharcados en lágrimas esgrimió sus puños flácidos, leves, inútiles, con la insensata intención de martillear el fornido torso del Tabas, y que éste no hizo más que defenderse. Y conté también que el alfeñique de Hernández, pese a recibir dos duros golpes en el rostro que le abrieron el labio y le reventaron la nariz, en ningún momento dio marcha atrás, no reculó ante la evidente supremacía del Tabas, sino que continuó insistiendo, obcecado, como un perturbado incapaz de controlar sus actos, a sabiendas de que ninguno de sus golpes alcanzaría, ni remotamente, el rostro de su oponente. Yo vi cómo Hernández caía al suelo como un vulgar pelele tras el tercer y definitivo puñetazo que el Tabas le encajó en la cara. Vi cómo su cuerpo, falto de vigor y de entereza, se desplomaba como un saco de grano y su cabeza golpeaba con la contundencia de un objeto que se arroja desde un balcón contra el duro asfalto de la calzada. Eso fue todo.

Nadie pareció reaccionar ante la evidencia de la catástrofe que se avecinaba hasta que una voz atónita, leve, casi temerosa, lanzó el primer aviso: está muerto, dijo, Hernández está muerto. La mayoría nos limitamos a aguardar con cierta impaciencia la confirmación de una sospecha que iba tomando visos de realidad por segundos. Nosotros no habíamos participado directamente en la pelea y, por tanto, no nos sentíamos implicados en el resultado. Si alguien la había cagado era el Tabas, cada vez más incapaz de disimular su nerviosismo, por mucho que tratara de ocultarlo bajo sus torpes hechuras de matón de barrio, de perdonavidas inclemente cuya primera obligación es dejar bien clarito que el que la hace, la paga.

Ante la inactividad de la mayoría, meros testigos visuales renuentes a asumir ninguna clase de protagonismo, uno de nosotros, no recuerdo quién, corrió a dar aviso a su casa. Hernández vivía a apenas unos metros de allí, en uno de los bloques conocidos como las casas de los antiguos tranviarios, ya que en sus comienzos fueron habitadas por personal del ferrocarril y del tranvía. La madre de Hernández, a quien yo apenas si había visto en un par de ocasiones, era una mujer pequeña y regordeta, de edad indefinida, aunque presumiblemente joven, que ya en aquella época trabajaba cuidando ancianos y ocasionalmente limpiando en casas particulares. Era ya hora de comer; imagino que la noticia la habría sorprendido preparando el guiso de mediodía, a la espera de la llegada de su hijo. Hernández era hijo único y no tenía padre. Nunca nos había unido ninguna relación de amistad. Tampoco era el tipo de muchacho de cuya compañía hubiera motivos para presumir: era torpe, feo, desgarbado, tímido, apocado… No merecía la pena esforzarse por congeniar con él. Además, el Tabas le tenía manía, no había día en que no se metiera con él, y al resto no nos convenía provocar ninguna clase de conflicto con el matón del colegio. Hernández era un muchacho solitario porque a nadie le interesaba tenerlo como amigo. Hernández era el tonto de la clase, el hazmerreír del barrio, el objetivo de todas las bromas. Nadie por quien mereciera la pena preocuparse.

No puedo decir otra cosa más que sentí una pena enorme al ver cómo se puso a llorar aquella pobre mujer, cómo sostenía el cuerpo sin vida de su hijo entre sus brazos, la fuerza desgarradora de unos lamentos que pretendían retornarlo infructuosamente a la vida, incapaz de aceptar que ya no volvería a verlo respirar nunca más. Llevaba el pelo recogido de mala manera, con horquillas oxidadas y mal dispuestas, y vestía un delantal viejo y unas zapatillas caseras desgastadas y sucias. La imagen que transmitía era la perfecta personificación del patetismo, la de una mujer sacada de casa intempestivamente y rota por la desgracia y el dolor; mientras, los muchachos que todavía permanecíamos expectantes alrededor nos mirábamos unos a otros sin saber qué hacer. Apenas unos segundos más tarde empezaron a llegar otros vecinos, adultos que fueron tomando el mando de la situación y que trataron inútilmente de consolar a aquella pobre mujer, madres de otros hijos aún vivos que no podían dejar de compartir el dolor intransferible de aquella infortunada, gentes del barrio que aun así seguirían respirando tranquilas porque la tragedia se había cebado con hijos ajenos y no con los propios.

Qué estúpidos somos de críos y qué importancia damos a lo banal, cuánta necesidad tenemos de formar parte del clan más sólido.

Luego me enteré de que la madre de Hernández estaba soltera, de que nunca había estado casada y de que la pelea con el Tabas había nacido a resultas de la enésima provocación del matón a cuenta precisamente de su condición bastarda. Qué estúpidos somos de críos y qué importancia damos a lo banal, cuánta necesidad tenemos de formar parte del clan más sólido, de sentir la falsa protección del grupo dominante, incapaces de liberarnos de esa clase de herramientas que, si bien en el pasado pudieron cumplir alguna función, hoy en día carecen del menor sentido. Pero somos animales todavía, o lo somos mucho más de lo que nos gustaría admitir, y por lo tanto víctimas de nuestra herencia ancestral. Si Hernández hubiera sabido esto, si todos los demás lo hubiésemos sabido, la tendencia pendenciera del Tabas apenas habría tenido consecuencias y sus desafíos habrían quedado como lo que eran: simples bravuconadas de macho acomplejado.

La madre de Hernández, ya sin hijo por el que desvivirse, continuó residiendo en el barrio dedicada por entero a sus ocupaciones laborales; había que seguir viviendo. Quizá la existencia ya no tuviera sentido para ella, pero la inercia no deja de ser un madero sólido al que agarrarse tras el naufragio. A raíz de aquella tragedia, envejeció con rapidez, engordó unos cuantos kilos más y su aspecto físico se degradó de manera más que evidente. Hasta donde yo sé, siempre vivió sola. Cada vez que la veía por las calles, de camino al mercado o regresando del trabajo, no podía dejar de recordarla abrazada ya sin esperanzas al cuerpo inerte de su hijo, tratando de extraer de él un último hálito de vida. No sabría decir muy bien por qué, tal vez porque aquella imagen representaba lo más puro del ser humano, ese amor desmesurado e incondicional que constituye la base de nuestra propia subsistencia como especie, un sentimiento tan desbordado que por fuerza debía de expresar algo inmenso, telúrico, inalcanzable para mí, pero siempre que la veía no podía dejar de sentirme sobrecogido ante su figura.

Por mi parte, dejé el colegio al año siguiente —lo que supuso también dejar de ver al Tabas, quien ya nunca volvió a ser el mismo de antes— y me matriculé en un instituto de fuera del barrio. Escapar de aquel entorno suburbano significaba también dejar atrás una vida condicionada por las limitaciones sociales y marcada por el desengaño, la frustración y la rutina, escapar de un mundo simbólico donde la testosterona parecía erigirse en el único motor válido, de unos valores ya caducos basados en la asunción de la pobreza, la entrega y el sacrificio que el siglo en el que habíamos entrado exigía desterrar definitivamente. Fue un movimiento más simbólico que real; la crisis que estalló en este país tras el derrumbe del sector del ladrillo fue la mejor prueba de lo frágiles que seguíamos siendo todos y de hasta qué punto vivíamos sometidos a un conjunto de factores externos e imprevisibles que en ningún caso estaba en nuestra mano controlar: la confirmación de que éramos, de que somos, ante todo, producto y consecuencia del azar.

En mi caso, sin embargo, las cosas no me fueron tan mal. Mi graduación en Administración y Dirección de Empresas y los dos másteres con que completé mi formación me auparon hasta el departamento de personal de una antaño importante empresa a punto de quebrar que debía ser remodelada de arriba abajo para adecuarse a las nuevas exigencias del mercado. A pesar de mi inexperiencia —que tenía su correlato en un sueldo poco generoso, al menos en los comienzos—, fue una tarea sencilla: reajuste de personal —es decir, despido del cuarenta por ciento de la plantilla— y la subsiguiente disminución de salarios para los no afectados: nada que no se haya hecho ya en miles de ocasiones similares. Mi capacidad gestora tampoco daba para soluciones más imaginativas que, por otra parte, nadie me hubiera exigido.

La madre de Hernández también sufrió los embates de la crisis. Cerraron la residencia donde trabajaba y la competencia a la hora de buscar pisos donde poder limpiar aumentó notablemente. Sin embargo, no sé en qué momento —supongo que a través del Inem— se le hizo un contrato indefinido como parte del servicio de limpieza en una empresa. Imagino lo que eso supondría para ella después de una vida de trabajos mal pagados y poco seguros: un empleo estable y un espacio fijo donde realizar sus labores. Todo un lujo para una mujer como ella, sometida desde niña a las más duras condiciones de existencia.

Nadie en el consejo de administración cuestionaría mi decisión. Sólo me frenó una cosa.

La empresa en la que entró a trabajar era, casualidades del destino, la misma que a mí me tocaba sanear. Y una de las ideas que con más determinación llevaba en mi cabeza antes incluso de empezar a desarrollar mis funciones era la de externalizar costes. El padre de uno de mis compañeros de estudios, Ronaldo Cienfuegos, tenía una empresa de limpieza que ofertaba el servicio completo a un coste bastante reducido. Además, la comisión que ofrecía bajo mano al contratante, en este caso yo, era bastante suculenta. Aquella fue, por tanto, la primera decisión que tomé una vez me hice cargo del puesto: una llamada de teléfono y a los diez minutos el acuerdo ya estaba pactado. Quería regalarle a mi novia unas vacaciones a todo tren en la Polinesia Francesa y aquel dinero iba a permitirme no reparar en gastos. Las nuevas leyes laborales nos facilitaban desprendernos del personal de limpieza que aún teníamos en nómina a un coste asumible, así que nadie en el consejo de administración cuestionaría mi decisión. Sólo me frenó una cosa: ver el nombre de Silvia Hernández Salvatierra como una de las limpiadoras afectadas.

¿Hacía cuánto que no sabía nada de ella? Habían transcurrido más de quince años desde que dejara el colegio. Mis nuevos amigos del instituto vivían todos en barrios distintos al mío, lo que hizo que me fuera alejando sin remedio de aquel espacio suburbial donde habían transcurrido mi infancia y mi primera adolescencia. Nuevos rostros vinieron a sustituir a los viejos, y sin más dificultad acabé por desentenderme de las vidas de los que en otro tiempo habían sido mis vecinos. Y ahora, como un fantasma regresado de los abismos, la madre de Hernández se me aparecía de nuevo. Y, con ella, aquella imagen desoladora que todavía guardaba celosamente en mi retina: la pobre madre sosteniendo el cuerpo inerte de su hijo entre los brazos.

Ya había dado instrucciones a mis subordinados para que prepararan las correspondientes cartas de despido y los finiquitos e indemnizaciones reglamentarias. Y fue en el momento justo de firmarlas cuando reparé en aquel nombre que ya tenía olvidado, definitivamente extraviado junto con el viejo barrio del que ya no me sentía parte. No soy un tipo dado a la lástima, aun cuando tenga claro que el azar y la suerte influyen mucho más en nuestro destino que la voluntad o la perseverancia. Pero un impulso nacido en lo más profundo de mis entrañas hizo que me detuviera antes de estampar mi rúbrica. Quizá aún tuviese oportunidad de hacer una pequeña excepción. De alguna manera, no sabría decir por qué, me sentía en la obligación de hacer algo por esa mujer, o al menos de no tratarla de la misma manera que a las demás, de concederle, quién sabe el motivo, alguna clase de oportunidad.

Le dije a Sonia, mi secretaria, que hiciera venir a esa tal Silvia Hernández Salvatierra a mi despacho en cuanto le fuera posible. Las limpiadoras llevaban turno de noche, y a mí no me gusta alargar mi jornada laboral más allá de lo imprescindible, así que tuvo que presentarse a media mañana. Lo primero que advertí es que estaba mucho más vieja de lo que recordaba y mucho más deslucida de lo que los quince o dieciséis años transcurridos hubieran permitido suponer. Era una vieja en toda regla, aunque todavía le quedasen unos cuantos años por delante para poder jubilarse. Se la notaba, en cualquier caso, intimidada en mi presencia. En un primer momento, incluso a mí mismo me extrañó aquel exceso de comedimiento: yo tenía la edad que hubiera tenido su hijo de seguir con vida; a sus ojos, yo no dejaba de ser un jovenzuelo sin demasiada ascendencia. Sin embargo, por encima de cualquier otra circunstancia, también era su jefe, y además su futuro estaba en mis manos. Ya entonces debería haber sabido que cuando el poder es tan omnímodo, tan absoluto, sobra por inútil e innecesario cualquier ejercicio de conmiseración.

—Siéntate, Silvia.

Tampoco quería dar la impresión de que trataba de confraternizar con ella. Un insobornable gesto de seriedad siempre debía estar presente en mi rostro. Nada de tontas componendas. Eso sí, sin perder nunca la educación y el respeto debido. En ese sentido, mis padres me habían enseñado bien.

—Supongo que ya sabrás que la empresa va a externalizar el servicio de limpieza al cual perteneces. Eres conocedora de cómo nos ha afectado la crisis económica y los sacrificios que hemos tenido que hacer todos. Yo también, no te creas. Pero si queremos volver a levantar cabeza, habrá que seguir haciéndolos. No queda más remedio.

No pretendía darle falsas esperanzas. Era evidente que su futuro estaba en mis manos, y convenía que eso lo tuviéramos todos absolutamente claro. El ejercicio del poder se basa precisamente en eso, en marcar con claridad cuál es el territorio de cada uno, establecer desde el principio quién toma las decisiones y quién obedece, es decir, a quién le cabe la prerrogativa de mostrarse magnánimo o inflexible.

—No obstante, la intención de la empresa es causar los menores inconvenientes posibles a sus trabajadores. Eso es algo que siempre, Silvia, que te quede claro, siempre tenemos en mente antes de tomar ninguna decisión. Para nosotros es algo básico y fundamental.

De repente, Silvia me miró fijamente a los ojos y, como si hubiera sufrido alguna clase de revelación mágica o un pequeño detalle espolease en ese instante su memoria, dijo:

—Usted iba al colegio con mi hijo, ¿verdad? Usted era compañero de Miguel, Miguel Hernández Salvatierra. ¿Se acuerda?

¿Cómo era posible que me hubiera reconocido?

Su interrupción me pilló tan de improviso que no supe qué responder. ¿Cómo era posible que me hubiera reconocido? Habían pasado tantos años desde aquello, y yo ni siquiera era amigo de su hijo… Además, la había citado para hablar de su futuro papel en la empresa. ¿Por qué de repente había sacado ese tema? ¿Qué tenía que ver eso con el motivo por el que la había hecho venir? ¿Adónde quería llegar?

—¿Cómo dices?

—Usted fue al colegio Santo Domingo de Silos. Usted conocía a mi hijo, ¿no es cierto? A mi hijo me lo mataron de una paliza. Le apalearon hasta matarlo sin que nadie hiciera nada, mientras todos miraban, mientras jaleaban a su asesino. Usted lo conocía, ¿verdad? Usted iba a clase con él. Tiene que acordarse.

Fue algo inconsciente, repentino, inopinado, pero me sentí profundamente ofendido por aquella acusación. No es que me estuviera reprochando nada, al menos no directamente, pero sentí en sus ojos cierta reprensión muda que me puso a la defensiva. Quizá fuera una mirada que buscaba algo de compasión, incluso de exhortación tal vez, más que de recriminación. No lo sé. Sólo puedo decir que no me gustó nada que sacara el nombre de su hijo cuando yo la había citado para hablar de su futuro en la empresa. Me pareció una actitud del todo improcedente por su parte y un grandísimo error.

—No sé de qué me hablas. Yo en mi vida he ido al colegio ese al que te refieres ni tengo nada que ver con tu hijo. No entiendo a qué viene esto. Siento mucho lo que pudiera pasar con él, pero eso está fuera de los términos de esta reunión.

Me pareció que ella iba a decir algo, pero al final optó por callarse. Eso sí, aquella mirada tan particular, lánguida pero a la vez altiva, desafiadora pero al mismo tiempo suplicante, diría que incluso llorosa, enérgica, leve, terrible, se me hizo insoportable. ¿Qué pretendía aquella mujer de mí? ¿Quería que me compadeciera de su desgracia? ¿Se pensaba acaso que era la única mujer que había visto morir a su propio hijo? ¿Y qué tenía que ver todo eso con la empresa, con el cambio de dirección que le íbamos a dar? Además, ella tampoco llevaba mucho tiempo en nómina, su despido iba a ser de los más baratos. ¿Para qué coño la había llamado?, me dije, ¿para soportar su insolencia?

—Hemos estudiado tu caso, Silvia, como el de tus compañeras, y no va a quedar más remedio que rescindir tu contrato —la miré con la mayor determinación que fui capaz; no iba a ser por miradas—. Lo siento mucho, pero esta tarde te entregarán la carta de despido. El mes que viene dejas de trabajar con nosotros. Lo lamento profundamente, pero así son las cosas.

Ella ni siquiera protestó. Se ve que la vida le había enseñado a asumir los golpes sin apenas inmutarse. Se levantó lentamente de la silla, me dio las gracias por todo —nunca supe muy bien a qué se refería con ese “todo”—, me volvió a dirigir esa mirada profunda, aguda, reveladora, que parecía saberlo todo, que quería decirlo todo, se dio media vuelta y sin mayor dilación salió del despacho. Yo respiré profundamente y estampé de una vez por todas mi firma en su carta de despido.

Quizá —me dije una vez que ella hubo abandonado mi despacho, y en contra de lo que había creído hasta ese instante—, en el fondo no sea tan cierto eso de que es el azar el que gobierna nuestras vidas. Tal vez, de un modo que no sabemos prever, que somos incapaces de anticipar, están también nuestros actos y nuestras decisiones, incluso nuestra voluntad puede llegar a jugar en ocasiones un papel determinante. Lo que decimos y lo que no decimos, lo que nos callamos. Lo que damos por sabido. Ni siquiera sentía pena por esa mujer. Si al menos se hubiese preocupado por cuidar un poco más su aspecto…

Carlos Manzano
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