

Virtus Draconis
Edi Álvarez
Novela
San Juan (Puerto Rico), 2023
ISBN: 979-8388287298
266 páginas
Capítulo 1. Alfa
—Lo último que observé fue la sonrisa, siempre callada, templada... abandonada.
Concluyendo la lectura del romance interracial en voz alta, el dragón incompleto cerró el libro digital, colocó la tableta en la mesita de noche y se recostó en su cama metálica. Adornada con toda clase de luces e hileras iluminadas que procesaban información, la cama ajustaba el colchón a su temperatura corporal. Con un suspiro, el dragón observó su dormitorio. Dos o tres fotos colgaban de las paredes de concreto y metal. En varios estantes cerca de la entrada, libros y figuras de acción, bien usados en días de infancia, ahora eran los únicos testigos de la madurez del dragón incompleto.
Gracias al libro, Claude recordó una de las lecciones de biología que una vez escuchó en la escuela. No podía evitarlo. Su mente curiosa y extraña gustaba de repetir información, aun cuando no había nadie. En el más estricto sentido de la palabra, todos eran humanos, separados solamente por rango. Los incompletos, eran hombres y mujeres con cabeza y apariencia de animales. Aunque tenían manos y piernas, así como colas en la mayoría de los casos, la cabeza siempre era de un animal. Lobo incompleto, perro incompleto, etcétera. Los demás, entre tanto, eran comunes y corrientes. Para ambos rangos, el número de cromosomas era el mismo, los órganos —internos o no—, y anatomías, eran iguales, y las diferencias, eran mínimas. Las apariencias bestiales eran, en su mayoría, superficiales. Pero si la genética era tan precisa, ¿cómo podía haber una tal disparidad en apariencia, y cómo los cromosomas eran la misma cantidad?
“Siempre pensé que éramos iguales... Parecemos disfraces o máscaras. Pensándolo bien, es la alegoría perfecta”, Claude reflexionaba.
No era muy diestro para la matemática, o la ciencia. Si se veían diferentes, era por los genes. No recordaba cómo funcionaba todo, pero la habilidad de humanos e incompletos de poder reproducirse, como si nada, estaba en los genes, o en la sangre. Algo lo permitía, pero aún no se sabía con exactitud por qué. Por eso era por lo que un hombre lobo y una mujer tigresa, por ejemplo, podían tener una relación interracial. En el embarazo, nunca había híbridos: el bebé era lobito o tigrecito, dependiendo de quién tuviera el gen dominante. Si era una relación de humano e incompleto, era la misma situación. Tenía que ser así desde hace tiempo, para poblar el planeta. Había algunos que no se sentían cómodos con relaciones así, y por eso se limitaban a tener relaciones “puras”. Humanos con humanos, bestias con bestias iguales. Entonces recordó la otra teoría con la que más conforme estaba: magia. Hasta él pensaba que la explicación científica era, a primera vista, basura.
Jugaba con su pantalón corto de dormir cuando una voz irrumpió en el cuarto.
—¿Claude?
Se levantó de inmediato, saltó de la cama y aterrizó en sus pies descalzos. Se dirigió a una pequeña caja cerca de la puerta y la contempló por un segundo. Localizó el micrófono y oprimió el botón rojo.
—¿Qué sucede, tío? —inquirió el dragón incompleto mientras jugaba con su melena blanca. Su voz era profunda, pero joven.
—¿Te acuerdas de Meredith, la princesa de Shaddai? Ahora le dio la perreta de declarar guerra civil —replicó la persona, cuya voz, ronca y matizada por la edad, denotaba largos años en los campos de batalla, tanto militares como los de la vida misma—. Aún desconocemos si es cierto, pero cuando vimos el origen del mensaje logramos detener la transmisión antes de que todo el mundo se enterara... o para que lo vea la menor cantidad de gente posible.
En un principio, Claude no lograba asimilar la noticia. La ansiedad se apoderó de él. Su fornido cuerpo temblaba levemente ante la expectativa de ser uno de los testigos de la creación de la historia misma. Sentía cómo su piel roja se erizaba. Los escalofríos lo hundían. De repente, una pícara sonrisa se apoderó del dragón. Era lo único que lo apaciguaba, la forma en que manejaba el nerviosismo. Sentía como si un gran maremoto chocara con él, disparándolo contra la tierra misma.
—Ya era hora —balbuceó, pues la emoción ante esta nueva misión era tanta que apenas lograba aceptar la dura realidad que ahora debía enfrentar—. Guerra civil... Todos pagaremos, justos por pecadores. Voy de inmediato.
Claude abrió la otra puerta de su recámara y comenzó a ducharse. El agua tibia lo calmó. Aún tenía dificultad para comprender la barbarie a la que la princesa sometería al mundo a partir de ese día. “No sé si decir que esto es divertido o aburrido”, meditó sentado en la bañera.
***
Las lámparas alumbraban la sala redonda con tragaluces en el techo. Las ventanas mostraban cómo el jardín del palacio recibía el gotereo constante de la lluvia. La joven elfina, atenta, contemplaba el paisaje desde su pequeña silla de madera, tapizada con terciopelo y algodón fino. Tres aretes colgaban de cada oreja: un arillo, un diamante y la cruz de igual longitud en los cuatro lados. Su pelo rubio, apenas lavado, estaba acomodado en trenzas que llegaban a la cintura.
—Princesa, es hora de la asamblea de los generales. Por favor, venga conmigo —ordenó con gentileza una voz muy gruesa. La princesa se levantó lentamente de la silla. Dirigió la mirada al regente Gunter. La persona vestía un atuendo sencillo de camisa negra de malla y pantalones de cuero de artes marciales. Algunas porciones estaban reforzadas con titanio y acero.
Varios picos filosos brotaban de las hombreras y rodilleras metálicas, en hileras que terminaban siendo círculos. Símbolos mágicos de todas clases estaban dibujados en los brazaletes: letras arcaicas y figuras geométricas, resplandecían con varios colores. Sus guantes de cuero estaban reforzados en los nudillos con diamantes y corundo. Pequeñas garras adornaban el guante, como si fuesen de un animal salvaje, listas para desgarrar carne. Detrás de la malla de tela, un vientre con músculos amarillos bien definidos se contraía y relajaba sutilmente con cada respiración. Más allá de las polainas de piel, bien pegadas a las piernas, los pies descalzos de un caimán incompleto pisaban con fuerza. El yelmo que llevaba, construido en forma de una cabeza de caimán, ocultaba ojos amarillos que encaraban a la princesa.
—Comencemos la reunión —comentó suavemente la princesa, aunque su rostro se mantenía indiferente—. La república es un demonio para todos. La obediencia absoluta es la que mantiene el orden y la paz. Las naciones han sido desobedientes y maleducadas. Otorgarle ventaja al hombre común, significa la derrota del reino.
El regente guardó silencio, observando a su princesa mientras se dirigía a la sala redonda, dispuesta a comenzar la reunión.
—Meredith. ¿Es esto necesario? ¿No crees que tus súbditos estén listos para un cambio?
Ella se detuvo cerca de la puerta hacia la sala. No se inmutó al mirarlo.
—¿Cómo has dicho, Gunter?
—Quiero decir... a ver, ¿cómo te lo digo? —inquirió la bestia tratando de encontrar las palabras que necesitaba—. ¿Deberíamos poseer todo el poder del mundo? ¿Cuál es el propósito de todo eso? Ciertamente no somos perfectos, pero...
—Gunter, ¿qué juramento tomaste cuando comenzaste a servir a mi padre, el fenecido rey?
—Servir y proteger a la realeza, dar mi vida por ella y aceptar su voluntad hasta la muerte.
—Entonces no hay nada más de qué hablar. Sólo defiendo el legado que me dejó mi padre. Debes hacer lo mismo —puntualizó Meredith abriendo la compuerta repentinamente.
—Meredith.
Ella se detuvo para observar las losetas de mármol. Su rostro se perdió en el reflejo distorsionado del piso. Alguien, o algo, había pasado un gran trabajo para pulir las losetas. Le pareció estúpido. Era princesa de un reino, se suponía que estuviera en una reunión... y aquí estaba, contemplándose a sí misma. La sonrisa de Meredith, amarga y resignada, le dijo a Gunter todo lo que tenía que saber. La princesa ingresó al cuarto.
—Por lo menos lo intento... Como si eso importara.
Antes de que Gunter pudiese entrar, Meredith cerró la puerta de inmediato en su cara. Gunter suspiró, la abrió de nuevo y se adentró en el salón. La oscuridad permeaba en el pequeño cuarto, con sólo cinco candelabros en cada mesa para iluminar. En cada escritorio, una figura encapuchada esperaba, sentada, atendiendo a Meredith mientras tomaba lugar en su trono. Gunter se sentó a su lado, rascándose la cabeza con frustración disimulada.
—Comencemos la asamblea de los generales. ¡Repórtense, mis ángeles!
De izquierda a derecha, uno por uno, los encapuchados se levantaron e hicieron una reverencia.
—Ruhiel, el Perdón, presente —dijo el primero con voz de niño, levantando una especie de cetro, el cual tenía una bola de cristal diminuta flotando en su cúspide.
—Raziel, el Pecado, presente —replicó el próximo encapuchado, esta vez alzando otra vara larga, pero en cada borde había un hacha doble, inscrita con textos santificados.
—Sariel, el Castigo, presente —continuó el tercero, levantando la mirada. Cerró el puño, lo llevó a su cara y creó una bola de fuego en su mano. Jugó con ella por un segundo y lo apagó.
—Auriel, la Espada, presente —finalizó el último general, quien resultó ser una mujer. Después de que todos mostraran su arma a la princesa y lo colocaran en la mesa, Auriel hizo lo mismo. Meredith inclinó la cabeza levemente, aprobando las reverencias. Gunter atestiguó cómo los generales, ángeles en nombre solamente, se sentaron, prestando total atención a la princesa.
—¡Bienvenidos, Ángeles de Shaddai! ¡Comencemos con nuestro plan de batalla!
***
Claude terminaba de ponerse la ropa cuando otra voz habló a través del micrófono.
—Claude. ¿Oíste sobre...?
—Acabo de enterarme. ¿Cómo crees que esto termine?
—Podría ser una de dos cosas: o terminamos en un baño de sangre con cadáveres por todos lados, o sobrevivimos los dos y nos ganamos una medalla sin valor.
Claude no pudo ocultar la gracia con una leve carcajada. Se puso la gabardina azul, acompañada de un overol de tirantes negro, que sólo tenía un tirante. El overol exhibía gran parte de la musculatura del vientre desnudo. Agarró su vara de metal. Con el empuje de un botón en el medio, la vara se acortó hasta convertirse en lo que parecía ser un palito de tres pulgadas de longitud. Lo guardó en un bolsillo.
—¿Vienes, Mordred? —preguntó Claude.
—Sí, déjame atrapar uno más. Te veo debajo del roble —respondió.
—¿Mordred, ¿quién demonios pesca a las seis de la mañana?
—¡Claude, ya cállate y búscame!
Antes de salir, Claude se acercó de nuevo a las tablillas de su cuarto. Tomó una foto guardada en un marco electrónico: dos dragones se abrazaban junto a su hijo. El padre vestía una armadura pesada, con un yelmo en la forma de una cabeza de dragón y varios diseños. La madre vestía un qipao de seda con diseños y pentagramas de magia, con un dibujo de un reloj de arena en el centro adornado con flores en la tela. El cabello de ambos era blanco como el de Claude. El niño vestía una túnica verde. El dragón trató de combatir las lágrimas, cerró los ojos y colocó el marco de nuevo en la tablilla. Hizo una reverencia al retrato y salió de los dormitorios. En el patio del campamento, varios árboles cubrían con su manto de sombra la gran mayoría del terreno. El pasto verde ondulaba con el baile del viento. Parecía como si las migajas de algodón danzaran con la ventolera.
—Ya voy, déjame soltar a este amiguito —comentó Mordred. Claude buscó el árbol de roble; ahí encontró al lobo incompleto guardando una caña de pescar. El lobo se asomó ante el dragón. Un chaleco de lana reforzada con metales cubría parcialmente un jersey de cuello alzado. Sus pantalones negros de vestir estaban adornados con líneas verticales, y sus altas botas negras llevaban polainas cortas blancas. En un lado de su cintura, colgando de la correa, una pistola estaba enganchada; en el otro, una espada regular sin ningún diseño particular, excepto que tenía doble filo. Su pelaje blanco ondulaba con cada empuje del viento mismo. Los jóvenes se prestaron a apresurarse para llegar hasta el responsable del aviso recibido previamente. En su camino, miembros de la comunidad, detenían su diario vivir para enviar un humilde saludo a los muchachos. Ellos respondían con un apretón de manos o un distante hola.
—¿Qué crees que suceda hoy, Claude?
—¿Quién sabe? Mordred, sólo sabemos que hay un par de psicópatas que no saben en qué, ni con quién, se están metiendo —ripostó el dragón incompleto, examinando varias máquinas de vapor a su lado mientras caminaba. La humareda fluía con cada movimiento de los aparatos, varios de los cuales operaban con ruedas dentadas y poleas.
—No es lo que quería decir. ¿Lograremos detener esto a tiempo? No quisiera tener que... bueno... derramar sangre de nuevo... —sentenció Mordred, volteando la mirada hacia otro lado. Claude suspiró y se detuvo.
—Concéntrate en el ahora y deja de pensar en cuál de las variables se cumplirá, ¿sí? —exigió el dragón, sonriendo sin ganas, tratando de forzarlo, la situación era seria, antes de continuar su paso hacia el centro de comando del campamento. Mordred lo siguió de cerca, perdiéndose de momento en su turbio pasado. A la distancia, se fijaron en la persona que los esperaba en frente de un edificio pequeño, pero obviamente avanzado, a juzgar por la gran cantidad de vapor que salía de los generadores de electricidad afuera. El hombre tigre, cuya ropa de motociclista con diseños samurái cubría su físico, excepto la melena rubia y los ojos verdes, les gritaba.
—¡Pueden llegar en cualquier momento, pero mientras más temprano, mejor! —proclamó, con visible enfado, mientras colocó el ojo en un escáner óptico para abrir la puerta. Mordred y Claude se adentraron en el centro de comando. Computadoras y máquinas de vapor, similares a las que vieron anteriormente, habían cobrado vida, procesando datos desplegados en los monitores. Informaban sobre el estado de otras bases alrededor del mundo o revelaban noticias internacionales. En la parte superior de varios monitores, un nombre había sido grabado por el manufacturero. “Grupo Eón”, leyó Claude al sentarse en el escritorio principal con Mordred a su lado. El tigre se mantuvo de pie, impartiendo instrucciones al software de la base en un teclado holográfico. Varios técnicos atendían sus estaciones, mientras androides sintéticos de inteligencia artificial estaban conectados por cable a Internet.
—Tío Bai-Feng, ¿es verdad que el rey Gunter declaró la guerra?
Esa fue la única pregunta que Claude le hizo al tigre. Mordred, atento, se fijó en cómo Bai-Feng frunció el ceño mientras rebuscaba las palabras. Cerraba los puños y los abría, pestañeaba algunas veces y suspiraba. Andaba de un lado a otro, meditando sobre el tema.
—¿Tío? —preguntó Claude, tratando de comprender la desesperación del hombre. Bai-Feng terminó su caminata y los miró tranquilamente.
—Nuestras historias apenas comienzan, muchachos.
Al fin, sombrío, Bai-Feng asintió, y se sentó en su silla.
- Virtus Draconis, de Edi Álvarez
(primeras páginas) - sábado 19 de agosto de 2023


