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El humo invisible de la habitación en llamas

jueves 24 de agosto de 2023
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El resultado de mis propias decisiones me había llevado a encontrarme en la posición en la que estaba ahora: encerrado en una cabaña, sin salida, y que posiblemente estaba rodeada de gente y criaturas que estaban dispuestas a hacer hasta lo imposible para poner fin a mi controversial existencia.

Me gustaría poder explicarte, querido lector, cómo llegué a esta situación, pero no hay tiempo para eso y realmente no importa mucho. Mi impulso por desafiar a mis padres siempre fue más grande que mi sentido de la sensatez y esta ocasión no había sido la excepción; ahora los ruidos producidos por las ramas de los árboles, el crujido de las hojas secas siendo pisadas y el aullido de algún animal desconocido estaban atormentando mi mente; como pude me armé de valor para asomarme por la ventana pero fui traicionado por mis miedos en el último momento y, al igual que mi cerebro, mis ojos viajaron al pequeño mueble que adornaba una de las paredes y al curioso libro que había en la cima de éste.

Robinson Crusoe se había vuelto mi libro favorito cuando yo apenas y tenía memoria para recordarlo, pero mi papá siempre declaró en favor de mi amor por las aventuras, así que simplemente hacía sentido que mi opción predilecta de lectura hubiera sido invariablemente Robinson Crusoe; aunque no estaba seguro de que en este momento fuera una buena opción porque, en cuanto la colorida portada formó parte de mi campo de visión, mi mente produjo aquella voz que últimamente me atormentaba casi igual que los peligros que ahora mismo me asechaban: “Fue muy estúpido de tu parte venir aquí”, “Eres muy tonto al pensar que el simple hecho de estar aquí te salvará. Imagínate si yo me hubiera quedado simplemente sin hacer nada cuando llegué a mi isla; seguramente hubiera muerto en menos de una semana”.

Si estaba escuchando un cristal era porque seguramente alguien quería entrar a cobrar venganza.

Para bien o para mal, fue el sonido de un cristal rompiéndose el que silenció aquella voz que me destruía desde que me vi embarcado en mi pequeña aventura personal de la que literalmente dependía mi supervivencia, pero eso tampoco era bueno. Si estaba escuchando un cristal era porque seguramente alguien quería entrar a cobrar venganza por alguna de las tan inmorales acciones de las que había sido autor a lo largo de mi viaje, aquellas que Robinson y Odiseo me habían enseñado en sus poéticas letras pero que habían sido tan cuestionadas por la sociedad.

Mi mente volvió en sí a lo que estaba sucediendo en el momento; mis días estaban por terminar y lo único que pudo venir a mi cabeza fue ese Dios del que mi mamá tanto había hablado a lo largo de los años, aquel que me prometía una vida eterna y la salvación si me arrepentía lo suficiente. Estaba arrepentido, arrepentido de no escuchar a mis padres y sus sabios consejos, arrepentido de no hacerle caso a esas intuiciones mías que posiblemente, de haberlas seguido, no hubiera terminado aquí, y la situación hubiera sido mil veces mejor; en este momento estaba dispuesto a prometer lo que fuera con tal de asegurar mi propia salvación y, si Dios quería que sobreviviera esta extraña situación, yo terminaría por crearle una iglesia o alguna de esas cosas que tanto les gustan a los personajes bíblicos y esperan como pago por sus milagros.

Y me quedé esperando el ataque, esperé y esperé hasta que, producto de la misma desesperación ante mi falta de control de la situación, me convencí de que Dios había escuchado mis plegarias; era una lástima que no fuera a tener la oportunidad de cumplir la promesa que le había hecho apenas hace unos minutos pero ¿no es Dios la criatura más desinteresada y que sólo piensa en el bien de los hombres?

Terminé por quedarme dormido en el piso de aquella desolada cabaña que aún no sabía si describir como mi refugio, mi salvación o mi perdición, porque si alguien sabía lo peligrosa que era la mente humana era yo, y para nada podía ser bueno permanecer encerrado en un espacio tan reducido donde apenas y había un par de cosas viejas haciéndote compañía.

Habían pasado cuatro semanas desde que había llegado aquí y desde ese primer encuentro cercano con la muerte, el peligro se había intensificado, ahora no podía pasar más de doce horas sin una situación que amenazara con finalizar mi existencia en este mundo. Para este punto había luchado con animales que habían logrado, de alguna forma, infiltrarse en la cabaña, aunque nunca dejaban rastro alguno de cómo lo habían hecho; ataques con flechas que me cazaban como si de un ciervo se tratase; había visto cómo la actividad que tanto había practicado en mi infancia, aquella que era tan elegante y requería tanta disciplina como lo era la arquería, se había convertido en mi mayor tormento porque ahora, después de tantas veces haber sido el cazador, me había convertido en la presa.

Desperté de golpe en medio de la noche, ante ese sentimiento de amenaza, porque si algo había aprendido es que mis oponentes, esos que alguna vez fueron mis amigos, preferían atacar de noche, pero esta vez había algo extraño en el ambiente, no había ruido ni ningún peligro aparente, sólo aquella sombra tan parecida a mí que parecía mi propio reflejo y que se paseaba en círculos alrededor mío; al parecer mis sentidos de supervivencia ya estaban tan alterados que ahora vagamente podían distinguir entre una amenaza real y las que constantemente creaba mi imaginación; incluso me preguntaba si todos los escenarios perniciosos que había enfrentado habían realmente sucedido. Afortunadamente, o desafortunadamente, no lo sé, vi aquello que me despertó de mi trance: el fuego había llegado.

A pesar de la oscuridad nocturna que reinaba el lugar y del color característico del elemento, el fuego era apenas visible, pero pude percibir cómo me tenía rodeado y reducía poco a poco mi espacio seguro hasta que eventualmente sería consumido por las feroces llamas. El humo invisible había inundado la habitación y dificultaba mi respiración; lo sentía entrar por mis fosas nasales y viajar hasta mis pulmones, los contaminaba y destruía mi capacidad para respirar nuevamente. En ese momento, comencé a llorar, dejé salir todos esos sentimientos que durante toda mi vida había considerado estúpidos pues siempre creí que no resolverían nada y sólo serían una pérdida de tiempo entre mi brillante futuro y yo. Definitivamente ese humo invisible que ahora se había apoderado de la habitación, el calor en aumento a causa del fuego que ya ni siquiera podía distinguir, y mis lágrimas que dificultaban aún más mi respiración, terminaron conmigo más rápido de lo que jamás hubiera creído.

Creía fielmente que si alguno de ellos me viera en esta situación, se avergonzaría de mí.

Ahora era uno más de todos aquellos héroes que había leído en mi infancia, aquellos que habían muerto en soledad, pero yo no era un héroe; incluso ahora, que estaba en mis últimos momentos, creía fielmente que si alguno de ellos me viera en esta situación, se avergonzaría de mí. Lo último que pasó por mi mente antes de que cerrara mis ojos por última vez y luchara por dar mi última bocanada de aire entre tanto humo, que nunca pude ni siquiera sentir, fue esa voz de aquel valiente explorador que había tomado como mi guía desde que comencé esta travesía. “Todo este tiempo estuviste alerta de las amenazas del exterior, pero nunca te diste cuenta de que el cazador que más ganas tenía de terminar contigo siempre fuiste tú mismo”.

No tardé en comprender que tenía razón; ahora era demasiado tarde para cambiar todo lo que había sucedido porque ni todos los caballeros del rey podrían armarme nuevamente; ahora en el piso sólo quedaban piezas de lo que alguna vez fue un hombre con sueños y esperanzas de aventura, pero ¿sólo de eso? Porque sólo un hombre que fuera su propio enemigo se hubiera embarcado en una misión tan suicida como la mía, una misión donde siempre tuve claro cómo terminaría. Siempre supe que yo no volvería a casa y que en el momento en el que abandoné todo lo que conocía me convertí en mi propio enemigo, porque un lado mío siempre estuvo consciente de que el precio de la supervivencia era el más caro de todos, y de que realmente nunca se ganaba ese juego; incluso cuando tú creías que vivirías, sólo sobrevivías en un juego donde tu mente se convierte en el laberinto más peligroso que jamás haya conocido la humanidad.

Sofía Padilla Martínez
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