

Dulces sueños: lo que la imaginación provoca
Carlos Magariños Ascone
Novela
Edición de autor
España, 2023
ISBN: 979-8846288454
349 páginas
Delia Mendoza desapareció poco después de acercarse a inspeccionar los quesos que su familia guarda en una cueva, cerca del río. Delgada, agradable al conversar, trabajadora incansable, tiene la seguridad que imprime haber nacido con dones privilegiados. Sucedió cuando Julia, su madre, realizaba las tareas del campo. La noche anterior, en las fiestas patronales, había bailado, bebido vino y comido una gran variedad de quesos. La alegría y el cansancio le hicieron olvidar el riesgo que la acechaba; rompió aguas y parió encima de un pajar sin más ayuda que su propio instinto. Al nacer abrió la boca como para dar un bostezo; dio unos débiles gimoteos de auxilio, un suspiro largo y comenzó a olfatear, en busca de algo. No lloriqueó; con los ojos empañados, giró su cabeza alrededor para descubrir un mundo nuevo al margen de la complacencia del vientre materno. La madre la limpió, la acunó contra su pecho y amamantó. Los sabrosos quesos de la cena anterior al parto a través de la leche materna, con el runrún posterior para mecerla y dormirla, le confirieron un don que le marcaría la vida entera: un finísimo olfato y un gusto exquisito para determinar el estado de cualquier cosa derivada de la leche, en especial los quesos. Con apenas tres años abría la nevera y, luego de una cuidadosa observación, ante la atenta mirada de su madre, cogía varios quesos y los ponía encima de una mesa ordenándolos según su volumen o color. Los olía y miraba a su madre esperando que se los cortara en trozos. Dudaba cuál elegir primero. Cogía el menos curado y así hasta el de mayor sabor. Dejaba en su paladar el trozo elegido hasta que su saliva lo disolviera de a poco, actitud que causó mucha gracia en un principio, pero años después comprendieron el milagro de aquella percepción sensorial. Delia Mendoza tenía la virtud de reconocer las principales características de los quesos. Dejaba el bolo alimenticio en su boca el tiempo suficiente para expresar con salero y determinación la composición exacta de lo consumido. En sus ojos, ligeramente entornados, lucía un viso de satisfacción y la expresión de su rostro magnificaba la experiencia. A veces se quedaba un rato sin decir palabra, concentrada, deleitándose.
A los catorce años ya daba lecciones sobre su composición: “Tiene una maduración de noventa días. Se ha hecho con leche cruda de raza frisona ordeñada muy temprano. Con un deje en la boca un tanto áspero ofrece una textura demasiado endeble. Ha sido expuesto a una humedad por encima de sus propiedades organolépticas”.
Julia la miraba con una sensación de admiración y asombro. Parecía un conocimiento inútil en un pueblo montañés con pocos pobladores. La edad avanzada de la mayoría no daba pie a muchas esperanzas de cambios o crecimiento económico. El clima suave no hace muchos distingos entre las estaciones y cada uno se las apaña para vivir en armonía. La valentía de los moradores se corresponde con el acierto en el vivir y en sentirse liberados de preocupaciones.
Apretujados en un territorio cercado de colinas se dedican a labores agrícolas y ganaderas. Pequeñas granjas, huertos, cría de gallinas ponedoras, explotación de productos porcinos, etc. Los Mendoza tienen una vaquería. En un principio recogían la leche y la distribuían entre los vecinos, pero con el tiempo, gracias a las aptitudes de Delia, comenzaron a producir quesos. Viven en las afueras del pueblo, alejados de la cadencia del pueblo, en una casa de piedra con ventanas de madera y el techo a dos aguas cubierto de tejas de pizarra negra. Sus padres ocupan la planta inferior, Julia y Delia la superior; María Eugenia, su pequeña hermana, ocupa una estancia a medio camino de la planta inferior; hay dos piezas más en caso de necesidad, de alguna visita, un pariente o simplemente la usan para cualquier circunstancia, almacenar trastos viejos o cosas innecesarias.
Julia, mujer de gran corpulencia, cabello intonso y voz gruesa, ordena con firmeza desde que la abandonó su pareja al nacer Delia. Siempre tuvo un carácter acérrimo al desaliento, de enfrentarse al mundo a pecho descubierto, pero al verse sin compañía le sobrevino una gruesa capa de indolencia impenetrable a los problemas mundanos. Quedó pensativa, mirando con intriga la carga que debía llevar toda la vida; una niña indefensa ajena al sufrimiento. Sin hacerse muchas preguntas, apechugó como pudo el fardo impuesto luego de una noche de placer. Dejó de maquillarse y verse en el espejo, se ocupaba de las necesidades diarias con su hija y en mantener la ganadería en condiciones ideales, que no sucumbiera a los vendavales del tiempo o a los apretujones del diario vivir, situación que la indujo a llevar adelante una vida sin contemplaciones ni debilidades. Desarrolló un carácter áspero, bronco para los demás, pero con una gran debilidad interna. En las noches largas llenas de ausencia amorosa, al margen de caricias y ternuras que poca huella le dejaron, vio crecer un fino manto de debilidad femenina inaccesible a nadie más que a su más íntimo confesor, su propio yo al que nadie más que ella podía acceder. Embebida en lo externo, se dedicó a formar a su hija recubriéndola con un muro para protegerla de la maldad imperante. Desde niña le enseñó el trato con las vacas, recogerlas por las tardes, agruparlas en el establo y trucos para ordeñarlas. Órdenes para cumplir a rajatabla. Limpiar las ubres con delicadeza antes de ordeñarlas, jalar desde la base de la tetilla lentamente al principio para que se sientan mimadas, hablarles con cariño o cantarles una canción arrulladora para que den más leche. La educó en todos los detalles de la producción de los quesos. Filtrar la leche para eliminar bacterias y sustancias extrañas, separar la nata según fuera el tipo de queso y llevarla a las cubas de separación. Etapas rutinarias que exigen una gran concentración.
Delia creció gobernada por su madre. Pero los principios e ideas que en ella crecían no eran los mismos que su madre pregonaba. En su fuero interno reconocía las contradicciones, no congeniaba con los juicios innatos que le sugerían sus propios pensamientos. No podía ser que la vida fuera tan dura y exigente, ni que el tiempo se resumiera a un conglomerado de tareas sin fin; limpiar la casa, recoger y cuidar los animales, cocinar para la familia. No se animaba a desdecirla. Callaba sus opiniones y tendencias tan diferentes, sus ambiciones de independizarse, de encontrar amor. En el pueblo veía a Cayetano Fuentes y Aurora Varela como ejemplo digno de emular. Viejos, a veces gruñones, pero con una disposición envidiable para cumplir lo que se interpusiera en su camino, sin amilanarse con el trabajo, con alegría y buen carácter. Cuando se topaba con ellos distinguía la diferencia en el trato, en las formas y en la conducción diaria. Al despedirse, luego de entablar una corta relación amistosa y amena, se giraba para verlos perderse en la distancia cogidos de la mano.
Al llegar a la adolescencia el hueco entre madre e hija se hizo más patente. Mascullaba desavenencias que la obligaban a callarse por obediencia, por evitar una distancia enojosa, por no saber en caso de enfrentamiento dónde refugiarse. Se guareció en sus vacas y en cómo tratarlas. Le respondían y aceptaban su presencia como si fueran la familia que no tenía. Para incrementar sus funciones se dedicó a mejorar las fuentes de ingreso, quizás pensando en una forma de liberarse y coger la llave que pudiera abrir otras puertas, que en alguna de ellas encontrara su verdadero camino.
Acondicionó una cueva en la colina no muy lejos del pueblo, cerca del nacimiento del río para que se garantizara un ambiente húmedo. Tres veces por semana se acercaba a inspeccionar el desarrollo del moho y cuando le pareció que disponía de las condiciones adecuadas construyó estanterías de sabina para que descansaran sus productos. Que “reposaran su sabiduría”, les comentaba a sus trabajadores y vecinos, quienes mostraban ese tipo de arrugas en la cara esculpidas a martillazo limpio por la fuerza del trabajo a la intemperie. A pesar de ello, las bondades del microclima, apacible en verano y suave las más de las veces en invierno, influyó en los habitantes a permanecer en un estado aletargado al paso del tiempo. Cayetano, el más mayor, aún recolecta el pienso a pleno sol. Tiene el espinazo ligeramente arqueado por las tareas diarias que no le impiden acumular el grano encimándolo sobre los tablones del pajar, desbrozar las malas hierbas a machetazo corajudo y esforzarse cada día en cumplir las labores que surjan. Temprano en la mañana desayuna un montón de buñuelos preparados por su esposa Augusta Varela, veinte años más joven. Los acompaña, como “digestivo”, con un par de vasos de aguardiente y traga, sin inmutarse, la uva empapada de alcohol del fondo del vaso; le sigue un eructo estruendoso y marcha al campo a trabajar tarareando. Luego de almorzar se echa una siesta y por la tarde continúa con los quehaceres del campo.
El resto de los pobladores llevan una vida similar. Sin muchos sobresaltos. Bastante mayores casi todos. Nada les doblega y con el pasar de los años les ha crecido una bendita confianza en la vida. Comen y beben sin controlarse y guardan un cierto desprecio por los infortunios diarios. Cuando los foráneos les preguntan por el misterio de su longevidad y capacidad de trabajo responden con total entereza: “Por estos aires limpios y la obligación de mantener el campo”; a continuación, con cierto enfado de espalda al intruso, rematan: “Y porque somos duros como la tierra, carajo”.
Delia Mendoza, con veinte años, manda y ordena a sus jornaleros con disciplina y rigor en cada etapa de la producción y mejora de sus productos. Enteramente dedicada a sus labores, voltea los quesos cuando es necesario y cuando les llega la hora los cepilla con vino, cerveza, salmuera o directamente con el moho que recubre las paredes de caliza. A otros los sumerge en oporto para contrarrestar los sabores salados y ácidos, y finalmente, cuando sabe que están preparados, los pincela con aceite de oliva si es necesario. Cuando termina, entre suspiros, se vuelve recostada a sus pensamientos hasta perderse en la maraña del bosque. Completamente entregada a sus tareas, no advierte que su cuerpo ha cambiado. Marcadas formas de mujer resaltan su figura. Sin percatarse de ello, camina con un vaivén y desparpajo atrayente. Su natural feminidad pasa desapercibida a los vecinos entregados a las labores cotidianas. No hay mayormente jóvenes de su edad. Al mirarse al espejo se hace preguntas y al retirarse le brota un soplo de melancolía. En solitario, por las mañanas marcha a cumplir con su trabajo. Al rato aparecen los asalariados, cansinos del madrugar, con el cuerpo encorvado y sin decirse muchas palabras se acoplan a las tareas. Al atardecer pasea por el pueblo sola, se distrae viendo las nubes pasar con la misma lentitud que su vida; ronronea y apaga sus reflexiones entre quehaceres rutinarios. A la noche observa las estrellas y al dormir el sueño amamanta encuentros amorosos donde se entrega a satisfacción; al despertar se sonroja avergonzada al recordarlos, aunque repasa con detalle aquellos instantes que gobiernan sus más íntimos sentidos. Únicamente mantiene charlas con gente joven cuando se acerca a regiones cercanas en busca de necesidades que cubrir en la producción de los quesos o para exhibición y venta en jornadas dedicadas a los productos del campo. Son simples momentos de trabajo; no la distraen ni le llaman la atención aquellos jóvenes que sólo se centran en cómo gestionar mejor su hacienda, faltos de alegría, con demasiado peso en unos cuerpos abrumados por el rigor de la monotonía, con la misma tristeza que dan los días nublados, contenidos al andar, malolientes, de ropas gastadas y con un mirar alejado del firmamento.
En un día radiante de sol, lleno de energía por la llegada de la primavera, se adentra en la cueva para inspeccionar los quesos. El aire tibio se cuela en su piel. Se quita la rebeca y deja sus brazos al descubierto. Con el pelo sin recoger, respira profundamente y, antes de entrar, echa una mirada al bosque. Desde la quebrada se escuchan los borbotones de agua del río deslizándose sobre el lecho límpido; el débil golpear contra las piedras permea en el aire la misma sensación que se tiene al hamacarse encima de una nube de algodón. Un ruido lejano no le incomoda. A veces pasa algún vecino camino al pueblo. Un hombre, a caballo, se abre paso. Cabalga ladeando el abrupto camino lleno de matorrales espinosos que circunda la cueva donde “descansan su sabiduría” los quesos de los Mendoza. El destino a veces muestra su ingenio y con estratagemas y artilugios varios estampa sobre la tela de la vida afortunados o desafortunados encuentros. Delia encima de una escalera quiso voltear uno de los quesos situado al final de todos. El crujido de pisadas la alertó y al girarse para indagar sufrió un resbalón. Cayó sobre el suelo mojado, rodó y parte de su cuerpo terminó fuera de la cueva. Atolondrada, con las piernas abiertas y la falda levantada mostrando las enaguas, quedó turbada. El pelo le cubría totalmente la cara. La pose en sí podría generar lástima o vergüenza. Creyendo estar sola, permaneció inmóvil haciéndose preguntas de una caída tan ridícula como absurda. Intentó recomponer su figura sin saber que estaba siendo observada desde muy cerca.
“¿La puedo ayudar?”, preguntó respetuosamente un caballero montado a caballo, guardando mantener distancia. Le sobrevino un temor repentino que no supo definir. Instintivamente trató de cubrirse las piernas a la vez que sentía encogimiento sin poder explicarse el motivo de su compostura tan irreal como insólita. Atardecía. El sol no permitía ver con claridad, pero la voz grave de un hombre joven la resaltó y reaccionó. Entre las penumbras que generan las ramas de los árboles, la planta del caballo y su penetrante olor la puso en guardia. Su fino olfato le indicó una fragancia desconocida, atrayente, diferente, que no provenía más que de un ser distinto. “Es que...”, pronunció sin lograr comprender una situación nunca experimentada. Sobre el suelo, sin reaccionar, notó el calor llenándole su cuerpo y, sin explicarse el porqué, un sonrojo enigmático se expandió con rapidez hasta alcanzar las mejillas. El desconcierto inicial dio lugar al encuentro previamente imaginado en sus ensueños de solitaria buscadora de emociones alternativas. Las ilusiones, de tanto pensarlas y desearlas, en ocasiones, se hacen realidad, como la bruma cuya forma al crecer va seduciendo el ambiente para dejar una silueta de encanto.
La pose enhiesta del joven, sus botas relucientes y una fragancia desconocida la imbuyeron de un arresto interior enigmático. Se rehízo de la primera impresión y dándose cuenta de su porte grotesco se puso de pie con la decisión que imprime el salvar una situación desfavorable. Con sus ojos, de la manera más imperceptible repasó, con disimulo, la estampa varonil que aún se mantenía a prudente distancia; la suficiente como para lograr ponerla nerviosa. Alcides Leguina, una vez apeado, la ayudó galantemente a reponerse ofreciéndole su mano. Delia, al verlo de frente, perpleja, bajó la vista. Los colores de su cara le recorrieron el cuerpo entero hasta lograr cimbrar una campanilla que la puso en alerta. El cambio de actitud ponía patente su fuero interno. Quiso dar unos pasos como para distanciarse de sus propios temores, pero al contrario se aproximó. Estaban muy cerca uno del otro. Un rayo de sol iluminaba la cara de Alcides mostrando la frescura de la juventud, sus cabellos negros ondeaban y el reflejo de un halo de sol iluminaba parte de su cara resaltando su aspecto de virilidad. La observaba con una sonrisa de admiración. El follaje circundante ofrecía un marco vibrante de color verdoso. Los árboles frondosos se movían de a ratos haciendo entrechocar las hojas dando una sonoridad arrulladora. Quieta, intentó reponerse del ardor inexplicable que la impulsaba. El penetrante sudor del caballo, el aroma varonil que desprendía el jinete, su sonrisa franca y abierta, con una expresión de dulzura, la impresionaron sobremanera. Levantó la vista para observarlo con cuidado, intentando no revelar sus sentimientos. Joven, alto, de pantalón negro ajustado, botas relucientes y una camisa blanca con algunos botones abiertos, los suficientes para dejar entrever un pecho generoso. De los amplios hollares del caballo emanaba un vaho que sobresalía dando destellos resplandecientes a las hojas circundantes. El canto de los pájaros imprimía placidez; la melancolía de esos atardeceres que resultan posteriormente evocadores de un grato recuerdo. La cogió de la mano con delicadeza y al verle el pelo largo dorado desplegado sobre su pecho, los ojos de un azul cielo y los colores rosados de la cara comprendió que los fuertes latidos del corazón tenían otro significado; estaba siendo atraído por la figura esbelta y fascinadora de Delia, quien intentaba ponerse lo más conquistadora posible. Recompuso sus cabellos sin mirarlo, aún desconcertada. Se ajustó la falda, limpió los atisbos de corteza de quesos que le colgaban del pecho, meneó su estampa y amoldó con sus manos pecho, cintura y caderas. El gesto no pasó desapercibido. Alcides Leguina, acostumbrado a mimar sus caballos y ser respondido con movimientos sinuosos de agradecimiento, notó en esa actitud una invitación a conocerla en profundidad.
Pasado el primer instante, luego de unas pocas palabras de presentación Alcides la invitó a montarse. La llevaría de vuelta para así compensar el susto de la caída. Delia, detrás de Alcides, se apretó a la montura ajustando sus piernas con firmeza a la grupa del caballo. Cogió la cintura del jinete con ambas manos y luego, instintivamente, puso la mejilla contra su espalda hasta sentir el calor de su figura. Relajó sus músculos y se dejó llevar por las circunstancias. Alcides cogió las bridas y con las piernas apretó con suavidad el flanco del caballo haciéndole marchar con lentitud para disfrutar más tiempo las bondades de la compañía.
Antes de llegar al pueblo se cruzaron con Cayetano Fuentes, en esos momentos ocupado en encender un fuego para ahumar un panal de abejas y arrebatarles la miel. Con una mano cogida a su cintura y con la otra sosteniendo un cayado, los observó con atención. Al verlos andar tan pausadamente, tan en un mundo abstracto ajeno a los aconteceres terrenales, sintió la pesadumbre de estar perdiendo a un ser muy querido. Desaparecieron en el bosque cercano al pueblo.
Días después, alarmados por la ausencia de Delia, se reunieron familiares y amigos en varios grupos comandados por Cayetano y comenzaron su búsqueda. La idea de un secuestro importunaba, una afrenta sin par jamás esperada. A nadie se le pasaba por la cabeza que fuera algo diferente. El temor hizo presa del pueblo. Recorrieron el monte palmo a palmo. Los perros olfateaban cada rincón desde la cueva hasta el río cercano. Las mujeres portaban cestos con comida en caso de que los sobrecogiera el cansancio. Extenuados, se sentaron, abrieron amplios telares, depositaron las cestas a lo largo y ancho del improvisado campo y colocaron con cautela y en orden varios tipos de quesos: curados, semicurados, azules, manchegos, etc. La intención era aprovechar el embate del viento para que las emanaciones de los quesos le llegaran a Delia, se hiciera presente o diera una voz que indicara que estaba viva. Se acumulaba la tensión; no disminuía el estar viviendo una situación teatral, a nadie le parecía real. Sin bromear abiertamente se les pasaban comentarios a veces rayando con lo cómico o lo trágico; en los pueblos pequeños no deja de ser una parte del chismorreo obligado; es una buena alternativa al aburrimiento del convivir. Luego de escanciar vino en cada vaso, jarra y cuenco, tratando de evitar la pesadumbre del momento, se pusieron a cantar con la esperanza de que Delia, gustosa de las fiestas locales, de oírlos, se uniera al jolgorio. En medio del atardecer, luego de haber bebido en abundancia, fatigados y somnolientos, vieron aproximarse el caballo negro de Alcides Leguina. Detrás de él, en un solo abrazo, cabalgaba Delia con la cabeza descansando sobre su espalda, los ojos entornados en actitud de entrega, recogida sobre la nube rosa que envuelve a los enamorados. Les hicieron señas, se pusieron de pie a saludarlos y con saltos y aleluyas se abrazaron unos a otros. Alcides y Delia, inmutables a la escena, siguieron de largo. Los ignoraron. Se alejaron y se perdieron nuevamente en el bosque. Cayetano, aturdido por el beber, cansado de esperar y desilusionado, se dirigió a sus paisanos con pesar y todos volvieron con un sabor amargo. Aquello a todas luces no había sido un rapto. El aspecto de Delia no ofrecía dudas. Era una entrega en toda regla. Si la agraciada exposición de quesos no había surtido efecto, ni tampoco la juerga con amigos y familiares, entonces ya nada se podía hacer.
Bajaron el crespón del Ayuntamiento. Se miraban y murmuraban, pero los dados estaban echados. Delia se había perdido y quizás para siempre. Las cábalas, rumores, alternativas y discusiones bullían por doquier.
Alcides
El aire tibio refresca, acaricia al cabalgar. Sus brazos rodeando mi cintura y las manos aferradas con fuerza me conmovieron y despertaron deseos adormecidos, impulsos que no conocía. Me fascina la delicadeza de su carácter, sus abrazos tibios y miradas tiernas. El calor que emana de su cuerpo llena de confort. Se esfumaron mis preocupaciones, esos temores que siempre agobian al acercarse a una mujer tan atractiva. Apenas conozco su vida, pero tengo la sensación de haberla llevado dentro desde hace mucho tiempo. Al verla más de cerca, cuando hicimos una parada para descansar y admirar el paisaje desde el acantilado con todo el valle a nuestro alcance, quedé atrapado en sus ojos entornados. Me contó parte de su vida. El esfuerzo por cumplir sus sueños, lo lejos que estaba de alcanzarlos, la soledad y monotonía de su vida, la distancia con su madre, el querer vivir sin saber cómo. En mi interior supe lo que vendría. Es un instinto que no tiene explicación, producto de la vida, de acontecimientos nunca esperados que cuando aparecen sorprenden por el parecido tan abrupto con lo deseado. Cuando dijo nunca haber conocido a su padre, sentí un agudo dolor. Esa puntada que aparece y recorre como un relámpago, desde el vientre hasta el pecho. Una mezcla de temor con resabios de angustia que surgen de vez en cuando para dejar una huella profunda. Marca que permanece dando pie a situaciones que no se olvidan. Llantos y lágrimas en solitario. Las paredes limpias, sin adornos, grises, con un crucifijo solitario en la cabecera del pabellón. La cama, un jergón que por las noches rompía el silencio con crujidos metálicos cada vez que me giraba. Al levantarme, quedaba impreso el hueco de mi cuerpo. En el amplio dormitorio general, los camastros estaban cerca uno del otro. Por las noches se podían oír algunos sollozos. No tuve la intimidad que ofrece tener compañeros en quien confiar. Había una callada rivalidad. Al irse uno de nosotros, en silencio, se rumiaba el dolor de haber sido rechazados. Sin decir una palabra volvíamos a la rutina de los quehaceres diarios. La escuela no significó una alternativa de esperanza; aprender para escapar de la angustia de no tener familia. El orfanato me dejó una estela de recuerdos emborronados por el pesar que causa cada vez que vienen padres a elegir y sentirse relegado. El verlos riendo, de la mano del elegido con la alegría del calor de un hogar, nos hacía estar más unidos. Hermanados, por mencionar una palabra poco adecuada. Hasta que llegara una nueva visita. Nunca comprendí el abandono de mi padrastro. Aún llevo en la mente el día que me entregó. Con la cara mirando el suelo sentí sus pasos alejarse y dejarme en la sombra. Sus palizas ya no duelen. La figura de mi madre muerta rodeada de cirios y los llantos de los vecinos no los podré olvidar. Estoy seguro de que fueron los golpes que nos daba lo que hizo que un día amaneciera sin aliento.
La miro y en la profundidad de sus ojos de cielo azul encuentro respuestas a mis deseos. No es un encuentro fortuito, es la realidad formada desde muy pequeño por el peso inconsciente de querer sentirse amado. En silencio nos miramos. Me pregunta y respondo. Pero no es un acto cabalmente reflexionado. Es un automatismo, una mezcla de miedo con la aprehensión que da creer que todo se puede interrumpir abruptamente como parte de un sueño. Me pierdo en la serenidad de su estampa, en las figuras que realiza con sus manos para describir su pueblo, los personajes variopintos que lo habitan, la forma de sentarse sobre la hierba, los altibajos de su voz para narrar su vida; rutinaria, sí, pero llena de esperanzas por presentir que se aproxima un cambio.
Dimos varias vueltas en la profundidad del bosque. Se hizo de noche repentinamente. Hicimos un alto en una cabaña abandonada. Alrededor de la chimenea encendida, nos acurrucamos muy cerca temiendo que desapareciera el calor que brotaba en nuestro interior. Permanecimos en silencio observando cómo chisporroteaban y saltaban los filamentos relampagueantes de las brasas, cómo cambiaba el color y la forma de las lenguas de fuego. Su pelo largo, alborotado, rodeaba mi cuello. El óvalo de su cara resplandecía con el brillo de los troncos ardiendo. Levanté con suavidad mi cuerpo y en el fondo de sus ojos dejé descansar las penurias de mi niñez. Nos amamos. Nuestros cuerpos entrelazados volaron siguiendo el contorno iluminado de las llamas que lentamente se apagaban. El deseo se fue extinguiendo hasta ser consumido por la somnolencia que provoca el cansancio de los cuerpos entregados.
Cayetano charla con Julia en el medio de la calle principal. Abatida por la situación inesperada, lleva sobre sus hombros el resquemor de verse defraudada y abandonada por su hija. Su temple ante las circunstancias parece magullado por golpes que jamás hubiera esperado. Habla con voz cansina, hace largas pausas y parece respirar con dificultad, mira sin mirar, esconde el dolor de verse abandonada. Cayetano la observa callado, no deja de querer penetrar en ojos cansados con ojeras que denotan su pesar. Comienza a hacer calor. Desde el Ayuntamiento, Calixto Martiño puede escuchar lo que conversan, como un zumbido, un ronroneo lejano que no penetra, pero incordia. No presta atención. Sentado sobre la silla del alcalde en su despacho algo oscuro por las persianas entornadas para que no enceguezca el sol, observa distraído cómo las moscas dan vueltas y cada tanto copulan. Las voces de ambos discurriendo los acontecimientos pasados se le escabullen entre sus pensamientos. Excelente pastor en su tiempo, con 84 años bien despachados, pasa las horas descansando entre ocioso y pensativo. Es un ser diferente, llevó su vida al margen de la sociedad. Aislado y refugiado en su interior parece que piensa constantemente, pero está ausente, no tiene recelo en demostrar su apacible vida austera y falta de interés en lo mundano. Pocas cosas le importunan, pero cuando surge algo que le molesta rompe su silencio con una explosiva fuerza demoledora hasta dejar a sus interlocutores pasmados y con susto en el cuerpo. Una vez que había perdido una oveja la estuvo buscando hasta que la encontró deambulando en un campo perteneciente al pueblo vecino, El Cortigal de la Costa. La disputa entre ambos poblados los llevó a un cierto distanciamiento, pero finalmente se hizo justicia. Calixto Martiño y sus partidarios vencieron volviendo el trofeo a su redil. Desde ese día, Calixto Martiño, entonces con 76 años, pasó a ser el comisario, pero debido a la falta de delincuentes, robos y otros hechos punibles, a los pocos años lo ascendieron a alcalde, por lo cual lleva prendido al pecho con mucho orgullo ambas obligaciones. A pesar de su cargo, lleva dentro el acervo de quien cuida sus ovejas como principio y ahora, con más razón, a sus vecinos. Con esmero y dedicación se apoltronó a su despacho y, como el trabajo es más que escaso, pasa las horas muertas haciendo pequeñas esculturas de madera con su navaja.
De pronto, la conversación entre Cayetano y Julia se vio interrumpida por el lento cabalgar de la pareja desaparecida. Alcides y Delia montados en dos caballos se apean y saludan brevemente. Delia no prestó atención a su madre, ni a Cayetano, quien boquiabierto paró de hablar. Cogidos de la mano se dirigieron al Ayuntamiento. Al pasarse la voz de su llegada se armó un revuelo general.
Los vecinos murmuran y caminan de lado a lado sobre la escalinata de entrada. Se quejan y se hacen preguntas, pero no se atreven a entrar. Al cabo de un rato la pareja sale, saluda con discreción al gentío de amigos, se vuelven a montar y parten hacia el bosque. No dan crédito a lo que han visto.
Surgieron interminables interrogantes. Julia no salió de su asombro. Los vio perderse en el bosque y permaneció varios minutos haciéndose preguntas sin respuestas. Cayetano miraba a Augusta Varela, que se había aproximado con curiosidad. En el murmullo que siguió alguien pronunció la pregunta “¿Casados?”.
Calixto Martiño, calmo como buen pastor, desempolvó los pelos largos que tenía, se quitó plácidamente la caspa que le cubría los hombros y, estirando brazos y piernas sobre la escalinata del Ayuntamiento, dijo: “Sí, se casaron”.
Julia miró a Cayetano y éste con el ceño fruncido volvió la mirada hacia Augusta Varela. ¿Un casamiento? No lo podemos creer, esto es un absurdo. ¿Adónde se han ido? El alboroto tomó ciertas dimensiones. Algunos comenzaron a dar muestras de agresividad, haciendo comentarios absurdos y obscenos.
“Sí; los casé, un trámite sencillo, rápido y conciso”. Tantos años preparándose para una oportunidad de ejercer su autoridad, esperando con ansiedad un suceso digno de su presencia que, cuando llegó la ocasión, le resultó imposible desaprovechar. Con su bastón de alcalde consumó las nupcias, firmaron los papeles y se marcharon como marido y mujer. Julia atónita, ¿casados? Luego, acalorada, zanjó: “¿Y quiénes fueron los testigos?”.
—Estamos indignados. ¿Cómo es que no los detuviste? Eso está anulado, sin testigos no hay casamiento.
Haciendo muestras de su responsabilidad el comisario-alcalde espetó a bocajarro:
—Yo fui su testigo.
—Pero es que se necesitan dos para ello —vociferó Cayetano.
—Así es; yo como comisario y yo como alcalde. Para algo tengo los dos cargos, ¿no?, a la vez que enarcaba su entrecejo.
Hubo un silencio general. Nadie puso en tela de juicio el dual trabajo de Calixto Martiño, su dedicación a cada tarea, pero se dudaba de la legalidad pues las firmas eran de la misma persona, aunque ocupara dos cargos. Los cuchicheos subieron de tono. Julia no atinaba a salir de su asombro. Sin embargo, para algunos podía terminar desembocando en algo provechoso. Si el hombre de Delia, como se sospechaba de buena fuente, era tan buen adiestrador de caballos y se ocupaba de cuidar y desarrollar las caballerizas de los ricos hacendados, sería un provecho ventajoso para el pueblo. Además, intuían que, si superaban cierto número de naturales, tendrían la oportunidad de aparecer más destacados en los mapas de la región, incluso permitirles construir una escuela en caso de presunta prosperidad, dijo Calixto Martiño. Después de esta palabra hubo un silencio tan demostrativo que no se oía volar más que las moscas y abejorros del verano. La mujer de Cayetano, Augusta Varela, comenzó a llorar. Enjuta y arrugada como pasa de uva, los lagrimones le resbalaban entre los surcos de su cara. Cabizbaja, se sonó los mocos sonoramente, al tiempo que, compungida, meneaba la cabeza, sinónimo de querer algo tan deseado como tener una escuela. Al verla tan afectada, Bruno Garrido, muy cerca, temeroso, espetó unas palabras de difícil comprensión. Normalmente habla a saltos cortos, respirando con profundidad antes de lanzar la siguiente frase. Amante de lo grecorromano, dramaturgo y experto en el manejo del refranero, quiso poner un toque diferente; expresó sin ambages:
—Las ocasiones las pintan calvas —y permaneció en silencio esperando la aprobación de su ocurrencia.
Siendo joven había estado de novios con Augusta Varela, noviazgo llamativo por la entrega sin límite de ambos, pero fue rechazado con desprecio luego de un inexplicable cambio en sus modales y actitudes; de lisonjero, deportista, culto y aparente cautivador, pasó, por un supuesto accidente, a parco, desaliñado, abrupto y dedicado a contradictorias pasiones. Desde entonces le tomó una ojeriza a su antiguo pretendiente y le cambió su actitud.
La gente que los rodeaba quedó en silencio, más preocupados por el carácter de la situación y desconocedores de que a las ocasiones les pudiera faltar algo tan relevante como el cabello. Augusta Varela, después de haber escuchado una descripción tan ingrata, reaccionó. Puso cara avinagrada, lo miró fijamente a los ojos y, con cierto desprecio, antes que respondiera, le espetó:
—Siempre tan versado, melifluo y arrogante, cogones.
Bruno Garrido le contestó con suma rapidez:
—Mi querida Augusta Varela, es un dicho que proviene de los romanos. La diosa llamada Ocasión, muy hermosa, por cierto, desnuda en punta de pies, llevaba alas para indicar que las ocasiones pasaban con rapidez. Además, la representaban con abundante cabellera por delante, pero calva por detrás para significar la imposibilidad de cogerla por los pelos una vez pasada la oportunidad y la facilidad de asirla del cabello cuando se está frente a ella.
Quedó de piedra como estatua serpentina esperando que reconocieran la calidad de sus conocimientos. Lo ignoraron por completo. Julia, que había estado todo el tiempo callada, murmuró algo bajito, tanto que se le acercaron a escucharla. Calixto Martiño con un brazo la cogió de la cintura y expresó con autoridad:
—Repítalo, Julia.
—Digo —titubeó, y espetó de inmediato—. Quizás se vayan a vivir al pueblo del caballero.
Hubo un silencio general. Cuchicheaban, hablaban en voz baja. La posibilidad de perder que una persona tan valiosa y querida quedó flotando en el ambiente.
Días después, Alcides Leguina, montado sobre su brioso caballo, se adelanta a un grupo de seis jinetes y sobrepasa al favorito del pueblo cercano en los últimos metros. Cruza la meta entre el griterío y aplausos. Recorrió los tres kilómetros de playa en un tiempo récord. Era una amplia lengua costera rematada en una punta por un monte rodeado de tupida vegetación de distintos tonos de verde conocido como el Monte de las Gaviotas, ocupado por comerciantes y veraneantes extranjeros obsesionados con vivir cómodamente en un lugar apartado del bullicio. Mayormente jubilados, ajenos a la idiosincrasia nacional, hablan lenguas extrañas, con pieles rosadas, panzones de comer chorizo, engullir chucrut con salchichas y beber cerveza a raudales. Odian sagrados entretenimientos nacionales como las pipas y deprecian por ignorancia supina los churros y las porras. Forman un grupo aparte, distinguido por reunirse todos a la vez, cual tropa invasora, jugar a los dardos, ver partidos de fútbol y celebrar las victorias con borracheras sin fin. Nunca aprendieron español, por lo cual la comunicación con los lugareños jamás pasó de unos “buenos días” o “buen tiempo, ¿verdad?”, en un español paupérrimo.
Alcides Leguina alzó la copa de la victoria, recibió el bono que lo invitaba a comer y beber en el restaurante más elegante de la costa, amén de una cifra económica que le resolvería sus necesidades más cercanas. Delia, un tanto alejada, se deleitaba con el reconocimiento y hazaña de su querido hombre. Entre el gentío, un conocido de su pueblo la observaba con discreción: Bruno Garrido. Escuálido, con cuerpo esmirriado, vistiendo ropas viejas y arrugadas. Lo bolsillos de su pantalón estaban rebosantes de papeles y colgaban como balcones floridos lleno de lamparones. Siempre había sido un sujeto misterioso y en sus últimos años le había brotado el cosquilleo infame que da apostar. Vio a Delia, hermosa, radiante, enamorada, y por su mente se deslizaron refranes indicadores de su letargia verbal dando rienda suelta a su envidia. A su vez le rondaban pasajes conocidos de la Odisea, dada su condición de amante de todo lo concerniente con lo heleno. Con discreción para no ser visto, observaba la actitud de la pareja. Su cabeza resonaba, vibraba como un nido de abejas. Se decidió volver al pueblo con la noticia.
Al cabo de un rato de regocijo general, se acerca a paso lento Melville Smith, soez personaje, dominador de gran parte de El Cortigal de la Costa, principal instigador de oscuras transacciones inmobiliarias y otros negocios turbios. Le sobresale una barriga pronunciada que lleva con alegría y simpatía. Sabe ser convincente y generoso cuando lo necesita. Apremió a Alcides Leguina con una proposición desmedida: una carrera de carácter oficial impulsada por el Ayuntamiento de El Cortigal, sede del distrito mayor que agrupa a toda la región. Él mismo la auspiciaría y se encargaría de todo lo concerniente a organización y publicidad; un “relaciones públicas” adecuado por sus contactos con personas de cuna, con los políticos de turno y con elementos de pocos escrúpulos al margen de la ley. De triunfar, pasarían a ganar lo suficiente como para vivir holgadamente durante un tiempo. Algo muy tentador para Alcides.
Delia se mostró disgustada. El tiempo transcurrido sumergida en obnubiladas nubes de algodón, aferrada al presente, no le permitía más que ver las burbujas doradas que rodean su pareja. De golpe, una proposición de una carrera para ganar dinero le pareció rondar con algo oficial, totalmente fuera de lugar; le rompió los esquemas, la realidad le golpeó con toda fuerza.
Delia
No puedo creer lo que dice, que siga siendo el mismo hombre que conocí, el que amo con todas mis fuerzas. Ha cambiado o ha sido siempre así y el enamoramiento me ha trastornado. Tiene que haber una respuesta. ¿Es que mi madre ha vivido lo mismo y quedó embarazada en una sola noche de placer? ¿Y si se escabulle entre el bosque tal como vino y todo es producto de un absurdo acaloramiento? Le contaré mis preocupaciones, no permitiré tal atrevimiento, está mal por donde lo mire. He dejado muchas cosas que quiero por seguir a su lado. No puedo creer que haya cambiado, aunque el dinero hace profundas huellas en el sentir humano. Me lo tendrá que explicar con todo detalle, no lo dejaré, no sabe de lo que soy capaz cuando quiero algo. ¡Sí lo quiero! Lo quiero tener a mi lado como sea, no escatimaré esfuerzos en hacerle cambiar de opinión. Me escuchará con atención, me le impondré, vaya si lo haré.
Querer basar la futura felicidad en algo tan disoluto como las apuestas le pareció inoportuno, ajeno a las buenas costumbres, algo deshonesto sin duda. Adiestrar caballos con esmero hasta que se conviertan en dóciles animales y satisfacer los caprichos de los ricos hacendados es de admirar, pero otra cosa son las apuestas. Significaría un bajón indigno; social y moral.
Respetuosa con cualquier clase de trabajo, no cabía en ella ningún tipo de indecencia. Las apuestas representan la fase oscura del hombre; se comienza apostando y se termina denigrado y enviciado. Fueron los primeros nubarrones que se le presentaban como prueba palpable de su amor y, de no cambiar el rumbo, el viaje postrero podría estar inclinado hacia un camino errante y peligroso.
Alcides la observaba con preocupación pues no podía ocultar la tentación de vivir desahogadamente con algo que le apasionaba. La entrega amorosa sin condiciones parecía llegar a su final. Delia hasta ese momento no se había puesto a pensar en el pueblo, en los amigos, en su plena dedicación a aquello que la absorbía desde pequeña. Le ronroneaba la preocupación; la nostalgia crecía. Había olvidado la actitud dominante de su madre, su obstinación en obedecerla a ciegas, seguir unas normas de conductas aberrantes y obsoletas. Ahora se había encontrado con la felicidad en todos sus términos, pero le surgían dudas.
¿Y si viviera lo mismo? Si el tiempo no fuera más que una tómbola que gira en una sola dirección y siempre se repite una y otra vez. Al fin y al cabo, somos nosotras las que cargamos con el destino de la humanidad. Ellos aparecen y desaparecen; dejan la semilla para que otros la rieguen.
Es verdad que algunos nubarrones oscurecían el momento, pero sabía que podía reconducirlo. La experiencia con su madre le señalaba el camino a seguir; ser fuerte y romper con todos los moldes, mostrar quién lleva las riendas, dominar sin pensar en el prójimo. Al pasarle este pensamiento lo desechó; la cara tan atractiva de Alcides y sus modales le cambiaban el humor.
No. No podía ser como su madre. La sola idea de imponer su voluntad la martiriza. Tiene que haber otra forma de vivir en paz. Habla con Alcides y, poniendo su cara más dulce, mueve con sutileza su figura; en un vaivén sinuoso explica sus deseos de volver, de reencontrarse con su familia, sus amistades, sus colaboradores. No deja caer las dudas que lleva prendidas a la blusa, pero instintivamente bambolea su pecho e intenta persuadirlo con movimientos cadenciosos; argumenta que pronto será la fiesta anual, un regocijo que no quiere perderse al tiempo que mueve la cintura sugestivamente, se abanica con el cuerpo y entorna los ojos a Alcides que permanece inmóvil ante su presencia. Observa con admiración los gestos delicados de sus manos, los movimientos de sus caderas, su cuerpo cimbreante al querer imponerse; sigue los movimientos del cabello de Delia. Lo ha recogido alrededor de su cuello para dejarlo caer con insinuante seducción sobre un lado de su cuerpo hasta cubrir parte del pecho; de la única manera que lo sabe hacer una mujer cuando necesita convencer aquello que quiere obtener: comprensión, cariño, lealtad.
¿Por qué me mira de esa manera? Cuando lo vi llegar primero y bajar del caballo... La sonrisa y alegría suyas me llegaron muy dentro. Sí. Es mi hombre. Iría hasta los mismos infiernos si me lo pidiera. ¡Dios! Cuando estoy entre sus brazos siento el cielo a mis pies. Aún se me representa la escena en que lo vi por primera vez. Tirada sobre el suelo al caer de la escalera. Montado sobre Rufián. Tan esbelto como su dueño. Al subirme a la grupa y abrazarlo. No puedo describir aquello. El calor de su cuerpo, el andar sin rumbo, su esbelta y alta figura con los hombros bien marcados, su voz gruesa tan varonil, de un ser distinto, joven, persona aseada y a la vez con un deje de macho que impulsa a ser capturado, domesticarlo a mi antojo. En el acantilado la vista era espléndida. Me observaba con ternura. El color de su cutis, tan manifiesto y diferente del mío, sobrecoge, impacta. La profundidad de sus ojos negros, tan sobrecogedores, la quijada cuadrada y el candor de su cara; la pose gallarda; el olor de su cuerpo, sublime acogedor, inspira a revolcarse dentro suyo, despeja, provoca acercarse, a sentirlo dentro mío; respiro sus pensamientos, me embarga su hombría, su gallardía sublima. Algo hizo que hablara sin parar. Le conté parte de mi vida. Es verdad. Tengo un olfato muy desarrollado. Desde lejos puedo notar las características de muchas cosas. Como un perro. Cada persona despide un olor diferente. Se me queda grabada la personalidad de alguien nomás acercarse. Quizás se pueda pensar que es un don, pero hay veces que lo llego a maldecir. Porque me da miedo conocer a cada uno por el simple hecho del olor que despide y no equivocarme. Sé que asocian mi olfato con los derivados lácteos y con distinguir las propiedades organolépticas de los quesos. Pero hay más. Mucho más. Puedo reconocer cada vaca sin verla. En cuanto se acerca sé cuál es. Son increíbles las diferencias que tienen. Cuando están a gusto, cuando sienten miedo o están enfermas. Algo similar me pasa con la gente. Cada uno expele un aroma, por así decirlo, que denota su estado de ánimo. ¡Oh, Alcides! Sentirlo dentro, moverse y retorcerse hasta saciar un apetito nunca conocido y luego de la cópula seguir abrazada a sus fuertes bíceps, a sus piernas rodeando mi cuerpo y luego empezar una vez más hasta quedar agotada. Es algo tan indescriptible que no se puede entender por un hombre. Antes que se acerque lo llego a olfatear. Es como un halo que lo acompaña y sé cuánto me desea. Mi madre tiene algo similar. No necesito saber cuándo está contrariada. Lleva dentro una gruesa capa, una tapia impenetrable que no alcanzo a romper. Aunque trate de disimularlo. Alcides es una maravilla de hombre, diferente a cualquiera. Es la pureza personificada. Me recuerda en cierto aspecto a Cayetano; en la entereza que lo distingue, en su afán de conseguir lo que se ha propuesto. Lo quiero, estimo y respeto como al padre que nunca conocí. Aunque algo inesperado me ha hecho dudar con Alcides. Como el filo cortante que penetra y deja una herida. Es un miedo. Sí. Se le reconoce. Viene desde las tripas. Sale de la profundidad de su ser. Desprende un temor que no termino de definir a qué se debe. En su alma esconde algo. ¿Qué es? No es malo. Ni es su deseo de triunfar, que lo veo en la expresión de sus gestos, en su andar y en el brillo de sus ojos ante la presencia de ese hombre. Ese gordo con olor a salchicha y a cerveza que le ofrece participar en una carrera. Repele el olor a tabaco que desprende, y sus risas, tan falsas. Las apuestas me indignan y esa barriga pestilente no es buena señal. No soy una bruja, aunque me podrían tachar así. Sí, es verdad. Por qué no. Me veo con él triunfando. Con familia. Con hijos y sobresaliendo en nuestras áreas. Es mío. Juntos en un abrazo trabajando, viviendo intensos momentos constantemente. Sé que no será fácil. Pienso en algunos personajes del pueblo y me reconfortan. Otros me dan pena. Sé que nos irá mejor que a Silverio Ortuño. Quizás porque es apocado y temeroso, creo. Todo lo contrario de Alcides. Me veo más bien como Cayetano Fuentes y Augusta Varela. Añares ligados el uno al otro. ¡No! Somos jóvenes y la vida es mucho mejor ahora. No es tan dura. Sé que nos irá bien. No va a participar en esa carrera. Sé cómo convencerlo. Somos mujeres. Somos mejores. Cuando se me mete algo en la cabeza nadie me lo quita. No necesitamos ir a la guerra. ¿Pelear? Para qué, si sabemos convencer.
- Dulces sueños: lo que la imaginación provoca, de Carlos Magariños Ascone
(primeras páginas) - domingo 1 de octubre de 2023 - Poesía y algo sobre la vida, el amor y la muerte, de Carlos Magariños Ascone
(extractos) - viernes 28 de enero de 2022


