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Gato por liebre

martes 3 de octubre de 2023
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La mujer titubeó un instante frente a esa puerta orlada barrocamente con parpadeantes y multicolores anuncios de neón. Los gorilas, empacados en idénticos trajes y con las lenguas de las corbatas sujetas por los ganchos de los micrófonos, la miraron detenidamente antes de permitirle pasar. Ya dentro, una serie de máquinas tragamonedas hizo oneroso el camino; aun así, deambuló curiosa entre manos eufóricas que presionaban febrilmente los botones en busca del triple 7, el trío de diamantes o cualquier ícono de premio; atenta al goteo de las dos, tal vez seis, ocho monedas devueltas a la cajuela del caballero sudoroso, o al griterío de metal que chorreaba frente a la fulana obesa y vulgar de las pulseras de fantasía, o en la muda cajuela de la anciana con la bolsa de la compra —los vegetales ligeramente marchitos— a los pies de la silla. Atravesó el salón y llegó a las escaleras que llevaban al segundo nivel. Cuando hubo ascendido, echó una mirada al piso de abajo y notó que las máquinas tragamonedas estaban ordenadas de manera que configuraban un octágono.

En el siguiente nivel estaba el casino propiamente dicho: mesas de póker, ruleta, dados y en contorno hombres y mujeres que sólo parpadeaban momentáneamente para recibir el vaso con licor o refresco y encender un nuevo cigarrillo. Ella acomodó el oso de peluche bajo su brazo y se detuvo unos minutos, alelada frente al hipódromo de fantasía, apostándole mentalmente a un caballo, una y otra vez al mismo caballo, hasta percatarse de ese hombre —estúpido, qué se habrá creído— que se acariciaba el bigote mientras la observaba de arriba abajo. Entonces ella, muy digna, continuó su camino. Pero contra su vestido tan corto rebotaron risas, retazos de charla, frases en otro idioma, hasta que llegó al bar que estaba al otro lado del salón, contiguo a las escaleras del siguiente nivel. Ocupó una silla junto a la barra. Un martini, dijo (era la primera vez que pedía ese coctel, de seguro recordó el nombre por alguna película) y encajó el osito sobre sus piernas muy juntas y rollizas.

Zaida miró el reloj. ¿Por qué demoraba tanto, si había sido siempre tan puntual? ¿Y por qué la citó en un casino?

El barman añadió el amargo de angostura marcando el goteo con un rítmico meneo de muñecas, los pequeños invaluables secretos que también los simples poseen. Zaida miró el reloj. ¿Por qué demoraba tanto, si había sido siempre tan puntual? ¿Y por qué la citó en un casino? Pero lo que en realidad la inquietaba era lo que habían dicho en ese retén. Aunque quizá estaba preocupándose sin motivo, aparecería de un momento a otro; así caído del cielo, como había llegado a su vida.

Zaida Francisca llevaba doce años trabajando en un banco. Ahora estaba en la subdirección, después de haber sido cajera y secretaria del gerente. No se sabía bonita y quizá por eso exageraba un poco la amabilidad y la complacencia. Aracely, del departamento de cartera, fue quien empezó con el cuento de que por internet una prima suya había conocido un canadiense y estaban a punto de casarse. Dijo que ella misma estuvo chateando con un escribiente de juzgado y ya pronto tendrían la primera cita. A la hora del café se conectaron y le mostró las fotos, un poco acartonado y cercano a los cincuenta, pero para Aracely no estaba mal. Amorlibre.com se llamaba la página y Zaida Francisca estuvo dudándolo largos días antes de teclear esa dirección.

Los fines de semana permanecía hasta tarde frente al computador. Entraba al chat con nombres sugerentes y dejaba fluir la plática hasta que la charla subía de tono y caía en el morbo y la vulgaridad. En alguna ocasión se dejó llevar por ese arrebato, pero se dio cuenta de que no era eso lo que buscaba, cuanto menos no de esa forma tan abrupta e inocua. Así que cuando supo de la página se animó a probar suerte. Primero se hizo llamar Damisela Ardiente y se quitó diez años, le aceptaron la invitación y tras algunos minutos de chat le pidieron una foto, de modo que tecleó una excusa y decidió comenzar de nuevo. Esta vez utilizó como pseudónimo Soñadora, ingresó datos reales y subió una foto que por no ser tan reciente le favorecía bastante. Su perfil decía: Acuario, mujer sincera, descomplicada, emprendedora, cariñosa, abierta a nuevas amistades, tierna y romántica. Buscaba un hombre entre 35 y 45, sincero, inteligente, fiel, detallista, emprendedor, que le guste viajar, que la quiera, la respete y le ofrezca una relación estable.

La sonrisa apenas un sesgo en los labios cerrados, alto y artificioso, los ojos inexpresivos, un poco tímido en principio, pero a la larga dado a las confidencias y a una secreta ternura que no le era fácil expresar; así era Everardo. En la primera cita le regaló un portarretrato y le hizo prometer que la próxima vez se lo devolvería con una foto dentro. Ella tuvo que hacerse varias: con un traje, con otro, en su lugar de trabajo, en un parque, en las escaleras de un centro comercial, hasta que finalmente se decidió por una donde posaba con un cactus de fondo, el aire contenido, los brazos en jarra y la sonrisa presta. Lo cierto es que las semanas siguientes estuvo totalmente excitada por la espera, pues le dijo que trabajaba en un proyecto de electrificación al sur del país y no le sería fácil visitarla. Sin embargo, ella esperaba con ansia los escasos mensajes y la fantasía ayudó a que sus días fueran más coloridos, a exagerar la dicha con que habitualmente se mostraba en el trabajo y a llenarse el pecho de música las noches en que el insomnio le sonsacaba hondos suspiros.

Cuando la segunda cita llegó por fin, le traía un collar de semillas exóticas que, aseguró, él mismo había hecho en los ratos libres. Le dijo que la próxima vez quería verla con ese collar puesto y le habló de su pasado y de un romance caduco con una bailarina. Ese fin de semana estuvieron en un pueblito cercano. Qué pensaría Everardo por haber cedido con tanta facilidad, pero era tan seductor y le dijo que no había hecho más que pensar en ella y la trató con tanta delicadeza. Zaida Francisca se reservó el derecho de apagar la luz para que la penumbra dulcificara su figura. En cambio, él era en verdad apuesto y la mortificaba no poder exhibir ese amor correspondido, sobre todo a las del banco que la creían un poco sonsa y mojigata. Después de ese encuentro los mensajes se hicieron más frecuentes y un martes llegó el regalo. Un hombre que dijo pertenecer a una nueva empresa de mensajería trajo el paquete que contenía un oso de peluche y una carta.

Un casino, qué lugar tan raro para un encuentro, pero Everardo era una caja de sorpresas.

La carta, apartando el ripio de la cursilería, decía que ese fin de semana irían a Bogotá, que no faltara porque iba a hacerle una propuesta y que llevara consigo el osito que le regaló, pues ese día se lo cambiaría por un detalle más duradero. Como es lógico ella pensó en un anillo. Dos días después la llamó y le dijo que debía tomar el bus sola, que él abordaría por el camino, pues lo habían cambiado de zona a última hora. El sábado ella se llevó el maletín al trabajo y pidió salir dos horas antes del mediodía. En la terminal se consoló con un sándwich y un jugo de caja antes de tomar el autobús. Al cabo de una hora de viaje entró su llamada: le dijo que había tenido inconvenientes de última hora y no podría acompañarla en el trayecto, pero le dio la dirección del hotel donde había hecho la reservación y las indicaciones de cómo llegar al casino. Un casino, qué lugar tan raro para un encuentro, pero Everardo era una caja de sorpresas, ya se estaba acostumbrando y eso la enamoraba aún más.

Apenas pasado el peaje de La Gloria una patrulla hizo detener el bus. Dos policías requisaron el equipaje y los compartimentos, mientras otro preguntó en voz alta por un tal Amaru José, un hombre cuya descripción a Zaida Francisca le pareció familiar. Antes de apearse revisaron la planilla de ruta y cruzaron algunas palabras con el conductor. En principio no se percató de nada, pero al poco tiempo empezó a sentirse intranquila. ¿Qué le estaba pasando? De repente tuvo un mal presentimiento y sintió que no debía haber venido. ¿Por qué se dejó arrastrar tan fácil por unas cuantas caricias? Se preguntaba si era posible —se sentía tan tonta—, si era posible que el amor llamara a su puerta, así de ese modo. No conseguía explicarse los motivos que la impulsaron a ese arrebato, hubiera sido tan fácil olvidarse de él, continuar con su vida simple y desabrida, pero terminó por convencerse de que tenía derecho a una oportunidad. Y se sentía ridícula abrazada a ese oso de peluche que ahora le parecía más grande y pesado. Sin embargo, no podía olvidarse de él, como no pudo evitar que en su primer encuentro a solas la acariciara mientras le hablaba de otra mujer, la mano segura, insistente, en mitad de sus piernas. Las palabras fluían, sedosas, mordientes. Eligió para con aquel amor adjetivos cicateros y a Zaida Francisca le bastó esa diatriba para abandonarse a la melancolía. Con cada palabra Everardo enredaba la madeja aún más, intuyendo las lágrimas como el pago a la arquitectura de su relato. Ella apretó su mano entre la suya y se entregó a esa caricia de conmiseración. Everardo recalcó los puntos álgidos de su historia y enfatizó en su dolor. Zaida Francisca quiso saber qué tan hondo punzó el acero de la derrota, él exageró un dolor improbable, pero como ella ansiaba más, él añadió otro poco de escoria. La mujer pudo sentir la rabia atenazando las mandíbulas del hombre, segregando su cuota de pus sobre las palabras, y lo notó tan desesperado que si alguna vez ella tuvo una decepción amorosa le pareció ordinario su propio dolor, una cuestión de menudeo. Así, de ese modo, con esa pasión le gustaría ser querida. Entonces él aventuró su mano hacia donde ella no se lo esperaba. Su voluntad se hizo trizas, era como si un dios malvado tuviese potestad sobre ella, como si un escribano envenenado tomara venganza de otra cosa en la piel de sus personajes.

Aún no concluía su trago cuando se desató un éxodo rumbo a las escaleras del siguiente nivel. Como es lógico, Zaida Francisca pensó en una pelea. ¿Qué sucede? Es Cielo que va a bailar, respondió el barman. Entonces acabó su bebida y caminó detrás de los curiosos. Cuando subía las escaleras notó que el hombre del bigote la seguía. El otro piso estaba en penumbra, con pequeñas mesas rodeadas de sofás y sillones en cuero. Notó que había más extranjeros que en el piso anterior y ramilletes de mujeres vestidas provocadoramente. Se recargó contra una columna y abrió el bolso en procura de un cigarrillo, mentolado, que sólo por descuido fumaba de otra clase. Sus manos temblaron dentro del bolso porque notó que el hombre estaba muy cerca y no le quitaba los ojos de encima. Justo en ese momento salió el maestro de ceremonia y con recia voz dijo que para este prestigioso cabaret era un verdadero honor presentar a la más diestra, la más admirada, la sin par Cielo, y estallaron aplausos. Zaida Francisca pensó que quizá no había otro calificativo más apropiado: la sin par. ¿Qué tipo de amor puede empujar a un hombre a inmiscuirse con una bailarina?, se preguntó. ¿Qué corazón ejercitado como ningún otro en el aguante? El fulano del micrófono gastó aún preciosos minutos en una retahíla insulsa, hasta que Cielo entró en escena. La melodía resultaba extraña para el menester, una música de oboes y vientos, pero la bailarina —había que admitirlo— reptaba entre las notas con suma maestría, desprendiéndose de las prendas con exagerada lentitud, demorando el frenesí de los espectadores.

Ahora empezaba a comprender. Quizá la había traído a ese lugar porque quería que la bailarina lo viera con ella, que supiera que había encontrado un amor verdadero, pues Zaida Francisca se sabía una mujer llena de cualidades y a decir verdad tampoco se sentía fea.

Estuvo un tiempo recargada contra la puerta, abrazada a su oso, con los ojos cerrados.

Notó que el hombre del bigote tenía intención de acercársele y el nerviosismo la doblegó, al punto que pronto se encontró caminando a toda prisa por entre la gente hasta dar con un pasillo en el que por fortuna al final había una puerta con el anuncio de Damas. Apenas empujó la puerta la invadió una fragancia floral. Instintivamente corrió el pestillo. Tenía el corazón acelerado pero la intimidad del lugar le dio una sensación de calma. Estuvo un tiempo recargada contra la puerta, abrazada a su oso, con los ojos cerrados. Cuando estuvo más calmada colocó el osito sobre el mesón de mármol frente al espejo, abrió la cartera y se polveó la cara con un pequeño pomo, luego se delineó los ojos, un poco de sombra y la pestañina, que también ella sabía sus trucos. Comenzaba a contemplar el resultado en el espejo cuando sintió un cosquilleo en la vejiga que la obligó a buscar el sanitario.

Cogió el oso y ocupó la taza. Escuchó que afuera alguien trataba de abrir la puerta, primero con sigilo y luego con brusquedad, casi a los empellones; por fortuna el seguro estaba puesto. Luego el ruido cesó y ella continuó abrazada a su oso de peluche como si en ese gesto tan inocuo encontrara protección. De repente escuchó un grito lejano, agónico, como un llamado de auxilio. La voz se filtró por una pequeña ventana justo arriba del excusado. La venció la curiosidad, así que interrumpió su menester y se encaramó; primero un pie sobre la taza, otro sobre el reservorio y el osito bajo las manos porque hostigaban unas aristas indóciles en el borde de la ventana. Algo incómoda, porque estaba empinada al extremo, pero consiguió ver. Sucedía abajo, en una calle abandonada y en penumbra, dos hombres golpeaban a un tercero, un sujeto alto a quien pretendían meter en una camioneta, el otro se resistía, pero los tipos estaban enceguecidos. De repente estalló un disparo. Por la impresión Francia —que así la llamaban sus amigas— resbaló y con ella el osito, que se enredó en una de las aristas metálicas y bramó al desgarrarse.

Se golpeó un codo y la espalda, también se dobló un pie al caer, eso sin contar con el estruendo. Por fortuna la cerámica del excusado quedó intacta; en todo caso estaba tan asustada que el resbalón fue lo de menos. Se incorporó pujando de dolor, con los ojos puestos en el oso enredado en la ventana. Cuando estuvo más repuesta volvió a trepar, un poco, no mucho, apenas nada, para desenganchar el oso que se había rasgado. ¿Y con qué se encuentra nuestro cándido personaje? El peluche estaba roto y con esa tela se había rasgado también un velo, el antifaz que cubría a ese hombre.

¿Qué era aquello, ese polvo blanco que se desleía entre sus dedos?

Luis Carlos Gaona
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