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La flor de los juvencios

jueves 21 de diciembre de 2023
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Hay gente que cuando recibe una ofensa no descansa hasta hacer otra mayor y ya en la pelea poco les importa hundirse con tal de arrastrar a otros. Yo soy así. Pero no por maldad, Dios sabe que tengo mis razones. Nunca he creído en el perdón, no lo merezco ni sería capaz de darlo, así que lo que voy a contar no tiene nada que ver con el arrepentimiento, tampoco es una confesión, digamos que es lo que la gente llama un testimonio. Lo digo simplemente porque hay que hacerlo, porque si una no lo dice no descansa, aunque al final no sirva de nada, ni haya remedio ya.

Hasta aquí llegó “la tiesa”, no doy un paso más. Aquí me planto, miro hacia atrás y hago un balance.

La mía es una de esas historias que habría que empezar por el final, aunque en mi caso hay varios finales. El final de mi vida, por ejemplo, comenzó cuando me enteré de que tenía sida. No supe cuándo, cómo ni con quién me contagié. A fin de cuentas, una puta no lleva el registro de los hombres con los que se acuesta. Recuerdo que fui a la Hortúa porque llevaba semanas con gripa y creí que se trataba de una neumonía. Me sacaron sangre y me hicieron unos exámenes. Cuando me entregaron los resultados casi me vuelvo loca. Hubiera querido poderle contar a alguien, pero no tuve a quién decírselo y fue como empezar a guardar otro secreto.

Creí que iba a morirme, pero a medida que pasaban los días comencé a sentirme mejor y hasta parecía posible que se tratara de una equivocación.

Recién lo supe me desesperé. Tenía mucho miedo y un desasosiego por dentro. Estaba agotada, en las noches me daba fiebre y sudaba mucho. Creí que iba a morirme, pero a medida que pasaban los días comencé a sentirme mejor y hasta parecía posible que se tratara de una equivocación.

Otro final, quizá el último, comenzó esta mañana, con el muchachito ese que no entendía que el amor puede venderse, pero no puede comprarse.

El ron de anoche me hizo despertar con sed y la cabeza que se me estallaba. Abrí el grifo y bebí hasta cansarme, luego me juagué la cara y me senté un rato en el colchón hasta que me entraron ganas de un porro. Como estaba en calzones me puse una camiseta y las chanclas, atravesé el zaguán junto a los cuartos de las otras y salí al portón a mirar para la calle ciega y a esperar el pelado con la merca.

Entonces lo vi. Pasó haciéndose el que tenía afán, sin embargo, yo los conozco y sé que no iba a ninguna parte. Pensé que era de esos que sólo quieren mirar, pero apenas llegó a la esquina se volvió derechito para donde yo estaba. Es que los clientes mañaneros son los más urgidos. Se plantó frente a mí con una sonrisa:

—Oiga —me dijo—, por cuánto nos echamos un polvo bien rico.

Se le notaba que había ensayado la frase, es que era muy pollito.

—Deme quince gaitanes y yo pago la pieza; le hago lo que quiera, papito.

Se me quedó viendo sin borrar la sonrisa, sacó un billete de veinte mil y me lo dio.

Ya no era la que fui en otra época. Hace poco más de un año supe que estaba infectada, pero debió ser mucho antes, porque ya me sentía débil y adelgacé de modo exagerado, tanto que las otras comenzaron a decirme “tiesa”, pero me lo decían con cariño, yo lo sé. Lo cierto es que cada vez me caían menos clientes y me tocó pasarme a esta olla, me conseguí una piecita y aquí mismo trabajo, no es mucho, pero se pescan los borrachos de las cantinas de a la vuelta y no falta el apurado que entra conmigo, aunque también tengo uno que otro cliente viejo. No me quejo, casi todos los días pesco algo.

Al final el tiempo no pudo curar nada. La herida quedó, abierta hasta el fondo. No siento pena por ninguno, se lo merecen, alguien tiene que pagar por lo que me hicieron. Sin embargo, hoy fue distinto. Es que me pareció muy joven, casi un niño.

Fue por él que comencé a recordar el inicio de esta historia, que tal vez es el verdadero final, allá en la infancia, cuando vivíamos en el pueblo. Tendría doce años entonces; por noviembre, recuerdo que fue a finales de noviembre porque esa semana habían acabado las clases en el colegio y mi padrastro dijo que al año siguiente teníamos que venirnos para Bogotá.

Al principio no se hablaba de otra cosa que no fuera el matrimonio de mamá. Tía Tuca nunca estuvo de acuerdo y a cada rato discutía con mamá y lo llamaba vividor. Es que mamá estaba pidiendo que le dieran su parte de la herencia y sabían que era coaccionada por él. Cuando discutían, mamá empezaba a llorar y corría a su cuarto a encerrarse. Finalmente se casaron y él estuvo viviendo en nuestra casa los primeros meses antes de que nos viniéramos, pero tía Tuca siguió tratándolo como a un extraño. Por eso pasaba mucho tiempo fuera de la casa, sólo venía a comer y por lo general no se quedaba mucho con nosotros.

Para mis primos estaba bien que mamá tuviera un novio y yo al principio creí que sería como tener un papá.

Cuando le llegó el turno a Dedé volvimos a escondernos bien. Fue entonces cuando todo pasó.

Fue el fin de semana que vino el tío Feliciano con su mujer y sus hijos. Ese domingo, después de cenar, los grandes se quedaron en el comedor a conversar y nosotros aprovechamos para jugar a las escondidas, primero en el patio y después en el solar. La primera vez que jugamos nos costó trabajo encontrar a Lalo, el hijo de tío Feliciano, que estaba metido en el armario de la despensa y casi no lo hallamos. Luego me tocó buscar a mí y después a Sami, pero de él nos dejamos encontrar rápido, porque cuando le resultaba difícil rompía a llorar y entonces nos mandaban de inmediato a dormir. Cuando le llegó el turno a Dedé volvimos a escondernos bien. Fue entonces cuando todo pasó.

Estaba escondida tras la mata de buganvilla, una muy espesa plantada donde comienza el solar, y no lo sentí llegar. De repente estaba detrás, muy cerca, pegado a mí. Era como si quisiese confundirse conmigo en un solo bulto, pero había espacio para ambos, quiero decir holgadamente y no así, encima de mí, con sus manos alrededor de mi cintura, sobre mi vientre y yo estaba confundida porque sus manos se multiplicaban y eran como enormes babosas que se movían con lentitud, su respiración enardecía mi nuca, una babosa se arrastraba por mi vientre, otra subía por mis piernas y se metía bajo mi falda. Entonces me di vuelta y traté de apartarme bruscamente, pero trastabillé. Tal vez debí gritar o quise hacerlo, porque me puso la mano en la boca, pero no duro, sólo la punta de los dedos, Shisssst, me dijo, y cuando retiró la mano volví a sentirlo muy cerca, Shisssst y me buscaba la boca con sus labios hediondos a tabaco, con furia, hurgando con su lengua, abriéndose paso con brío, y luego ya no hice nada.

A lo lejos se escuchaba el ladrar de los perros y a mí me daba pena escupir.

Al siguiente juego dijo que había encontrado un mejor lugar para que me escondiera. Se trataba del cuarto abandonado que estaba junto al caney. Ese sitio nos aterrorizaba porque allí había muerto Honorio, un viejo que sirvió toda su vida en casa. “Ahí no —le dije—, no nos gusta entrar en ese sitio”. Que sería sólo un momento, para despistarlos, y mientras insistía me alargó la mano y yo me dejé llevar. Iba a ajustar la puerta, pero le dije que no. Casi al momento escuchamos voces afuera. Dedé y Sami se extrañaron de encontrar la puerta entreabierta y comenzaron a merodear, pero no se atrevieron a entrar. Yo estaba tras la puerta, de pie, rígida, presintiendo algo malo en todo aquello. Cuando Dedé empujó la puerta y llamó varias veces, él volvió a ponerme la punta de los dedos sobre la boca, apenas una caricia. Tan pronto se alejaron me dijo que lo mejor sería escondernos bajo el mesón y aunque me daba miedo terminé dejándome llevar. El suelo era de tierra y con el polvo se levantaba un olor áspero, de encierro y oscuridad. Cuando se metió bajo el mesón creí que volvería a besarme, pero terminó tendiéndose en el suelo y luego poco a poco atrayéndome junto a él. Volvió a acariciarme ahí entre las piernas y yo sentí temor, pero no de lo que estaba haciendo, sino de que llegaran a sorprendernos. Tranquila, me decía, y cuando me alzó la falda y se me echó encima quise levantarme y gritar, pero me prensó la boca con su mano, duro, muy duro.

Los muchachos llamaban y me buscaban, yo aproveché un descuido para correr y encerrarme en el baño. Me dolía mucho y no paraba de sangrar.

Tía Tuca vino por los muchachos y se los llevó a su cuarto. Al cabo de un rato mamá salió a llamarme. Aquí estoy, respondí. Mamá dijo que me diera prisa porque al siguiente día tendríamos que madrugar, pero no me atreví a salir porque la imaginaba en mitad del patio con el fuete en la mano y todos burlándose de mí. Mi padrastro me había advertido que no contara porque me pegarían y yo sabía que era algo malo, muy malo. Arrojé el papel manchado, bajé la palanca y me llevé el resto del rollo.

Presentía que la oscuridad estaba llena de ojos y tuve la impresión de que mis sollozos se escuchaban por toda la casa.

Cuando entré al cuarto ya la casa estaba en silencio y ni siquiera me atreví a encender la luz. Presentía que la oscuridad estaba llena de ojos y tuve la impresión de que mis sollozos se escuchaban por toda la casa. Varias veces encendí la luz para mirarme y sentí un poco de alivio cuando la sangre comenzó a parar. Me sentía asquerosa y me dolía mucho. Pero más que el dolor físico era saber que estaba rota por dentro, que me había arrancado de cuajo la posibilidad de soñar.

Al otro día, cuando desperté, tenía un secreto y la obligación de callarlo para siempre.

Al siguiente año se vinieron para Bogotá, pero yo me negué y le rogué a tía Tuca que me dejara quedar con ella. Por fortuna encontró razones suficientes para que permaneciera a su lado. Pero luego de unos meses mamá se impuso y tuve que venirme. Era él quien estaba detrás de todo.

Mamá estaba embarazada y se veía vieja y fea. Después supe que tuvieron un niño.

Recién llegué intentó conquistarme con amabilidades y algún detalle a escondidas, pero lo aborrecía tanto que no hice más que mostrarle mi desprecio, entonces una tarde en que mamá había salido trató de abusarme. Se lo conté a mamá, pero ella no me creyó. Ya nada volvió a ser lo mismo, mamá cambió conmigo y yo con ella.

En adelante mi padrastro se portó autoritario y déspota, a los pocos días dijo que debía conseguir un trabajo y ayudar con los gastos de la casa. Me sentía tan humillada y mamá estaba siempre de su lado, de modo que conseguí un trabajo en un almacén de ropa y la oportunidad de marcharme. Trabajaba en el día y estudiaba en la noche, allí conocí a la Pecas, una amiga que estaba matriculada en mi grado, aunque casi no iba a clase y juntas alquilamos una pieza. De repente perdí el trabajo y no podía regresar, así que mi amiga me contó en qué trabajaba y comencé esta vida. No quería, pero era esto o volver a la casa. Sobre todo, me dio lástima salirme del colegio porque a mí me gustaba el estudio, yo era buena para eso, creo que en otras circunstancias hubiera llegado a ser lo que llaman una mujer cultivada.

Primero esperábamos a los clientes de los hoteles, los conocíamos en tabernas y bailaderos del centro, no siempre levantábamos, pero cuando lo hacíamos nos iba bien. Luego mi amiga se fue del país y yo tuve que meterme en un night club, ganaba por ratos y un porcentaje de lo que tomaran los clientes, ahí conocí mucha gente, pero me metí con Borras, que era el administrador, y me fue como los perros, me maltrataba, me sonsacaba la plata y casi no me puedo librar de él. Trabajé como en dos amanecederos más, pero esa vida acaba mucho. En Chapinero trabajé haciendo striptease en cabina y los fines de semana bailaba en un local del centro, pero los años van cerrando muchas puertas y a mí el cuerpazo me duró más bien poco. Luego, hace como tres o cuatro años comencé a hacer ratos en la calle, primero en la 19 y por los lados del Santafé y ahora estoy aquí.

Toda una vida puteando.

Cuando entramos se quedó viendo el lugar como si hiciera un inventario, y yo me quedé mirándolo, es que parecía muy joven.

De camino a la pieza no dijo una palabra ni yo tampoco. Cuando entramos se quedó viendo el lugar como si hiciera un inventario, y yo me quedé mirándolo, es que parecía muy joven, casi un niño. También se me quedó mirando fijamente. Traté de adivinarle la edad y en ese momento me vino a la cabeza la idea de que tenía un hermano y no lo conocía.

—Mejor no —le dije. Es que está muy de mañana.

No me quitaba los ojos de encima.

—Además no me he bañado y la pieza está desordenada.

—Tranquila, no pasa nada.

—Por qué mejor no vuelve más tarde.

Volvió a sonreírme y se me acercó con ganas de tocarme. Sé que fue un momento, nada más que un instante, pero tuve miedo, un miedo de mí, de aquello en lo que me había convertido. Sólo entonces supe qué tan lejos había llegado.

—Tome su plata —y le devolví el billete—, no me voy a acostar con usté.

Que por qué, que ya me había pagado, que me daba los veinte completos, que de malas, que él no se iba.

Entonces le arrojé el billete a la cara, corrí al colchón, metí la mano debajo de la almohada y saqué la patecabra.

—Se va hijueputa o lo chuzo.

Pero no se iba, sólo me miraba, cada vez con mayor intensidad. Y avanzó hacia mí. Entonces tuve que bajar la vista, primero miré el billete, confundido con el azul del piso, y luego mis pies, pequeños, con el esmalte de las uñas ya viejo y las venas ligeramente pronunciadas.

Veía mis pies entre unos zapatos extraños, muy raros, como si estuviera empezando a volverme loca, o no pudiera ya parar.

Luis Carlos Gaona
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