A Luis García Berlanga
Grifo perezoso
Cuando Lucas, don Lucas, vio aterrizar las viandas como doradas hojas de un roble centenario, comprendió que había llegado la hora de atiborrarse. Rodeado de los vapores huidos de la vieja cafetera parecía a primera vista un embajador del Hades, aunque con un poco más de atención se adivinaba su condición real, un esclavo de su propia gula, la sombra arquetípica de un gorrón. Arremangado y con la servilleta mefistofélica sobre la papada, alternaba Lucas la disposición de los tentáculos entre las ostras y los erizos como una especie de pulpo indeciso ataviado con camisa blanca y pantalón de lana virgen. Pertenecía a ese tipo de titanes que, muy a su pesar, hunden todos los días los bulbos mantecosos en el mar tenebroso del café con leche o el laberinto de calamares recalentados. Ni el paso de un sombrero color turquesa distrajo levemente su atención. Frente a él un individuo con traje remendón se movía ansioso como acosado por tarántulas. Cojoncio tenía muchas cosas que contarle. Y se las contó.
—¿Y cómo ve el repertorio?
—¿Qué repertorio?
—¿Qué va a ser? Escuche: “El teatro clásico y churrigueresco, para todos los públicos; habrá regaliz”. Interpretaremos a Lope pero con ropa de calle. Lo nunca visto.
—Ahora se lo digo. ¿Podría pedir más erizos?
—Claro.
—¿Es para este otoño?
—Sí. Un negocio seguro si lanzamos unas octavillas desde la avioneta. En cada pueblo no se hablará de otra cosa. La idea es de mi sobrino, que estuvo en la guerra.
—Interesante. ¿Se sabe algo de los erizos?
—Luego si quiere le cuento quién pilotará la avioneta. Por cierto, tiene un manchurrón gigante en la camisa.
—No se apure, es por el fragor de la batalla.
Lucas era un hombre de contactos. Y algo más, tenía aura de sátrapa cruel y si le venía en gana dejaba de tragar y lo miraba a uno fijamente como a un erizo o a una ostra. El interlocutor, entonces, encogido como una esponja, tenía la impresión de que iba a ser devorado de una sentada.
—¿Qué me dice? Mis socios y yo hemos de tomar una decisión antes del jueves.
—¿Cuántos son?
—Dos, yo y mi cuñada.
—Lo pensaré.
—Piénselo, hombre. Es un negocio redondo, vaya si lo es.
Cojoncio distrajo su mirada y apareció un silencio redondo que se hizo eterno. Tras el ventanal crecía a dentelladas un otoño denso, desolado, crudo, casi hipocondríaco, como un esputo enorme en un pañuelo de seda. Ahora Lucas era lo más parecido a una anémona. Su aura se extendía por toda la mesa procurando recabar el máximo de marisco. Todo el restaurante era el círculo de la gula de Dante y Lucas venía a ser el maestro de ceremonias.
—El miércoles le daré una respuesta. Nos veremos aquí mismo. Me gusta este sitio.
—De acuerdo. ¿Alguna pregunta más?
—Una solo: ¿qué tiene previsto hacer con esas ostras?
—¿Cómo?
—Nada, no se ofenda. Es una pregunta retórica.
—Bueno. Pero dígame, hombre, dígame qué opina.
—El miércoles, no sea impaciente. ¿Cómo suelen decir ustedes en estos casos? Ah, sí. Telón.
Aguafuerte fálico
Octavio Chindasvinto apartó la cortinilla y divisó el mundo aparente, falto de telas íntimas, calzones, fajas y refajos aunque lleno de tejados sencillos, ostentosos, bajos, altos, cada cual en su sitio. Octavio Chindasvinto, alias Pax Romana, aprendió de un libro que un tal Cojuelo levantaba los susodichos en el Siglo de Oro como quien recoge espárragos y se abrían las puertas del mundo verdadero, lugar de fornicaciones y puñeterías, envidias, calderos, fuegos, pecados magros, hipocresías, cuernos sobre cuernos y grandes cortinillas que mantienen a salvo de miradas incómodas la vida luctuosa de las carnes.
A Vinto, diminutivo cariñoso del agrado de la clase media provinciana, pedorra y visigótica, le habían enseñado que está bien dejar las cortinillas en su sitio y que a los mirones les pasa lo que a los caballos de dos patas y hermosas ideas, que acaban con la alfalfa en las narices, capados de cintura para arriba.
—Vinto, ¿qué miras?
—Nada, madre.
A Octavio Chindasvinto o don Octavio o Vinto o el último godo con posibles le gustaba auscultar la tarde con los ojos abiertos y averiguar los males de todo, que son muchos y, según algunos doctores de la vida, muy mal repartidos. Tenía el ojo clínico de su padre y de su abuelo, un tal Recaredo, hombre de mucho y gordo abolengo, santo varón. Por cierto, el padre de Vinto, hidalgo de fortuna, se libró en su día del meollo de la guerra de África, un meollo de pobres. Poderoso caballero era don Leovigildo —así se llamaba—, que en pax esté. Había también un tal Atanagildo, tatarapánfilo, hombre culto o se lo hacía, que escribía todas sus cartas con tintes horacianos y acabó hablando en dodecasílabos. Protagonizaba todas las crónicas, menos las literarias. Qué cañón tenía el muy gallofero, qué cañón.
Aquella tarde de cortinillas el viento había terminado por descantillarlo todo, desde el otoñal osario de los chopos hasta la veleta del viejo campanario que giraba con aires de horda y ventolera. Dorados prados de sonoras mieses surcaban los heroicos valles filarmónicos. Octavio halló que, furtivamente, una nube de aspecto algodonoso empezaba a desgajarse y adueñarse del cielo como un apósito fuera de su horizonte natural, de su vitrina.
—Vinto, ¿pasa algo?
—Nada, madre.
Pero pasaba, claro que pasaba. Aquella forma que moldeaba el céfiro casi tan rápido como un disparo de fusilería no era otra cosa que una verga con mayúsculas, un cipote monstruoso, y esa nube, la nube de marras, se hacía cada vez más imponente, más dispuesta, encaraba el artefacto hacia arriba como una suerte de puente levadizo y no cesaban de añadírsele atributos, excelsos pendejos en sus partes. Se le anclaron dos islotes, luego dos islas y por último unos grandes cojones nada etéreos de aquellos que fijan al subsuelo las ínclitas estatuas de los équidos provistos de jinete.
—Hijo mío, ¿pasa algo?
—Nada, madre.
Pasó que viró el pene con gallarda maniobra marítima y se dirigió victorioso al cerro o monte de Venus, heredad de huestes acidalias, y a Chindesvinto, alias ya Cipote, se le empezaron a derretir las gafas y se le abrieron de golpe todos los tejados.
—A ti te pasa algo, Vinto.
—Estoy bien, madre.
La nube erecta, una prolongación de su pernera merovingia, acarició el monte rasurado de los trigos y en ese instante, según consta, volaron unos pájaros en sorprendente trino de cortejos al estilo de las odas de Garcilaso. Todas las espigas brillaban al sol.
—¿Y bien?
—Madre, que me caso, ¿me oyes? Quia, vaya si me caso.
El pedigüeño
Llegó la carta como el otoño, disfrazada de hoja corrompida y volátil. Marrón, arrugada, triste y lluviosa como el último salario que recuerdo. Llegó rodeada de borrascas, como siempre, pero llegó. Saqué el cortaplumas que hacía las veces (pocas) de abrelatas. Y dentro, como una semilla tostada por el sol, sobresalía la invitación a la conferencia sobre “la caza rimbombante de la perdiz”, la excusa que buscaba para coincidir con mi amigo el del ministerio, una loba romana por la que dejarse amamantar ahora que habían pasado a mejor vida los generosos consejos de mi antiguo y añorado amigo, el señor Aurelio del Odre Nosequé.
Decidido a todo menos a ignorar el arte de cazar perdices, me colé ese mismo día de rondó en el tren hasta dar con mis lomos en el gallinero, por lo que creí sensato comerme un huevo duro, o lo soñé. No tardé en divisar bajo el gris horizonte los primeros signos de civilización. En la metrópoli llovía sobre mojado. La tarde, todavía inmensa, aparecía gris, ventosa, encorsetada, y algunas nubes laputienses cruzaban sus vapores de locomotora. Otro otoño de polvo avanzaba firme pero lento hacia el invierno en un esfuerzo pusilánime por ganar altura. El caso es que mi gozo acabó en un pozo o en un pantano, que es lo que se lleva ahora. Según figuraba en un cartel colgado a la entrada del evento, se había suspendido la plática por un accidente de caza del ponente (al parecer se había disfrazado de perdiz). Me dirigí entonces con paso firme al ministerio de mi amigo, el secretario.
Una vez llegado al susodicho ministerio, pasadas unas esplendorosas columnas, me recibió un gañán del alpiste, un cortesano, pájaro de cuenta, que me hizo un plano del laberinto. Me dijo que si aspiraba a la máxima recomendación acudiera al señor secretario, advirtiéndome además de que ya podía olvidarme de los puros, algo vulgar y provinciano, y traer, en su lugar, una tonelada y media de café. Hice caso omiso del consejo. Dos horas después, tras una trifulca con unas palomas amontonadas en la repisa, un revolcón monumental por las escaleras, seis duelos apalabrados, un paraguas y dos puros habanos requisados, llegué a los pórticos de mi amigo queridísimo.
—¿Se puede?
—Puédese.
Al otro lado de la mesa se erigía el caballero envuelto en el claroscuro, hombre borrascoso, casposo, taciturno, mitad nebulosa, mitad carámbano, partícipe del grisú de las umbrías, atufado por todo, acre, más bien personudo y ablandativo, empampirolado. Llevaba el secretario los cabellos cruzados de punta a punta de las sienes, mesados y brillantes, como intentando aparejar dos ánodos.
Desde luego estaba muy cambiado. Cambiadísimo. Andaba el hombre a vueltas con el café, la barba hecha migas y lamparones por un bizcocho del tamaño de Australia que reposaba incólume sobre un informe del Auxilio Social. Sobre sus piernas, que holgaban desangeladas, yacía una servilleta de bordados recargados, una reminiscencia del Barroco. Pienso que no me reconoció, tal vez porque era la primera vez que nos veíamos, pero me dijo que ya me diría algo, así que es muy probable que me lo diga. Y si no me lo dice pienso volver, esta vez ¡con una tonelada y media de achicoria!
Alter ego
Discurre noviembre y lluvia cae en la dirección adecuada, o sea, hacia abajo. Hay un viento intenso y áspero como de helado de guindillas y los labios de los transeúntes parecen sellados por el frío. Liborio se encamina hacia el sur a bordo de un viejo 127. Hace dos años que trabaja para una prestigiosa firma de peluquines y le ha tocado explorar nuevos mercados. No será difícil en la meseta, ha llegado el otoño y hay calvos por doquier.
Su modus operandi consiste en sacarse un peluquín, encasquetárselo en la cabeza y andar tras la pista de melones que quieran recuperar algo de su juventud perdida. Pero Liborio no siempre tiene éxito. Si da con una hermosa pelambrera tras la puerta se saca de la manga una excusa recurrente.
—Diga, ¿qué es lo que quiere?
—¿Ha llamado usted a su seguro de decesos?
—Todavía no. ¿Debería?
Otras veces la suerte le es más propicia y embauca al varón de turno con cantos de sirena. Un nuevo Ulises sorprende al mundo con aquella selva exótica anclada meticulosamente sobre su despejado cráneo. Después de hacer sonar la aldaba como si fuera la campana de Huesca y soltar las mismas introducciones de siempre, viene el torrente de los halagos.
—Acaba de quitarse treinta años de encima, en apenas diez segundos.
—¿Usted cree?
—Olvídese de su sombrero y presuma de cabellera, amigo. Parece usted un hippy.
Hablando de sombreros, el Liborio de hace unos cuantos años solía llevar uno a todas partes. Con su primer cliente le pudo la costumbre y, en lugar de levantar su viejo sombrero, levantó su peluquín. Fue un acto reflejo.
—Buenos días.
—Buenos días. Disculpe, acabo de recordar que todavía no me he vacunado de la gripe.
Nefasto comienzo, sí, pero pronto Liborio dominó todas las artes de su oficio. Escuchen, escuchen.
—¿Peluquines? Imposible, con el viento que hace aquí.
—Eso es que no conoce el modelo al estilo de Curro Jiménez. Es frondoso, elegante... y seguro. Fíjese, con las patillas nos anudamos el peluquín a las orejas. Rápido y sencillo.
En medio de aquel flashback de recuerdos unas viejas luces acaban por llamar vivamente su atención. Es hora de descansar los huesos en la pensión y dejar estacionadas las viejas epopeyas de viajante. Un hombre de mediana edad y jersey floreado le aguarda impaciente a la entrada. A lo lejos una vieja máquina de pin-ball regurgita sus arias en el bar entre las notas de un hermoso tema de Camilo Sesto.
—¡Señor Atanasio! ¿Usted por aquí? ¿Viene a reservar habitación?
—¿Me conoce?
—¿Quién no conoce al dueño del concesionario de coches?
—Pues...
—Querrá algo apartado y discreto, supongo. Bien, aguarde..., aquí tiene la llave. Es la mejor habitación. Si necesita algo, llámeme. ¿Quiere que ponga a refrescar el cava?
Liborio le sigue la corriente picado por la curiosidad. La habitación es estupenda, con una espectacular cama de agua con forma de corazón en el centro. Una vez en el lecho se siente como un enorme tocino en medio de unas austeras gachas. Y, mira por dónde, la situación no le desagrada del todo. Tan es así que al día siguiente decide hacer una visita a su tocayo. Un manojo de dudas le corroe el alma y el bolsillo. Que él supiera nunca tuvo un hermano gemelo.
Liborio entra en el coche, conduce por la calle principal y en un par de minutos vislumbra su destino a las afueras de la urbanización. El sol se levanta de color grisáceo pero el concesionario refulge como una mina de oro en medio de los trigos. En recepción lo reconocen de inmediato.
—Hola, pensaba que estaba en su despacho.
—¿Le importaría acompañarme hasta la puerta? He olvidado las llaves y soy tan torpe...
—Por supuesto.
Tras un pasillo interminable llegan a la puerta de caoba. Parece la entrada de un palacio toledano.
—Gracias. Abro yo mismo.
—Como guste.
Y allí Liborio encuentra a Liborio, o sea, a Atanasio, su exitoso sillón, sus fotos familiares y sus otras fotos, fotos con gente importante de conocidos rostros, sus premios, su colección de incunables veraniegos sobre navegación en la vitrina beige, sus palos de golf y ese peluquín gigante. ¡Ese horrible peluquín de marmota en la cabeza!
Y Liborio, nuestro Liborio, el de los peluquines metidos con calzador, despierta sobresaltado con la cabeza incrustada en el pesado volante. La imagen de su alter ego se ha desvanecido junto con aquel horrendo peluquín de roedor sedentario. Ya no llueve y el frío se disipa lentamente como un cigarrillo solitario. Bueno —se dijo—, este lugar me da buena espina; ánimo, Liborio, tal vez sea este el tan ansiado paraíso de los calvos.
El serial
Ella y él, Julita y Romualdito, parientes lejanos ambos de la viudita del conde laurel, continúan profundamente enamoricados. El reciente incidente del agente de seguros del hogar disfrazado de Cupido vilmente interpuesto no ha hecho mella en su bonito idilio, pendiente ahora de la absorción de un par de limonadas. Hoy han decidido tirar la casa por la ventana.
—Me he sacado el carnet de conducir. Lo más difícil será comprarse un 600. No tengo un duro.
—Yo vi uno en una foto.
—¿Un 600?
—No, un duro.
Mas el dinero no es un obstáculo para su proyecto amoroso de tres habitaciones con terraza y no hay dificultad hipotecaria que pueda aguarles la fiesta. Por eso todo son arrullos y esencia de jazmines. Romualdito, el tórtolo, luce su cresta engominada de los sábados mientras Julita, la tórtola, extiende su abanico de ave del paraíso. Hacen planes de lo habido y por haber hasta la madrugada, pero no planes quinquenales, sino de los otros y, bajo el halo templado de las farolas, sueñan con pisotes faraónicos que resultan ser pisitos del extrarradio en una colmena de abejorros.
—Desde la ventana del baño, si uno se sube al bidet, puede verse a lo lejos la mansión del marqués de Paspartús. Me lo ha dicho un vecino muy formal que tiene una casa de pompas.
—¿De jabón?
—No, fúnebres. Me lo encontré en la escalera.
—¿Te saludó?
—Sí, me dio el pésame.
—¿Y eso es seguro?
—Ya lo creo. Me ha dejado una foto, mira.
—Impresionante. ¿Qué es ese bulto que se ve al fondo? Parece un oso.
—Casi aciertas. Es el marqués.
El sereno, algo quisquilloso, sabe de aquellas largas y acarameladas diatribas que prosiguen en la calle. Tiene claro que hay que serenar los ánimos. Una llamada al orden es impepinable.
—¿Qué ocurre? ¿Todavía pelando la pava a estas horas?
—Disculpe, es que estamos con lo del pisito.
—Pues no tengan prisa, que tienen ustedes para años. Yo llevo pagando el mío desde que Alejandro Magno gastaba chupachups.
Años o lustros, quién sabe. Lo dicho, una pirámide egipcia. Y mientras tanto, sumidos en las mieles del amor Romualdito y Julita bailan en un local cercano lo más pegados que pueden. Romualdito y Julita son ahora mismo cola de contacto.
—¿Me amas?
—Te amo.
—No sé, no sé, ¿realmente me amas?
—Hasta las trancas. Míralas, míralas.
—Pues entonces deja de pisarme el juanete, Romualdito, que no es nuestro primer “agarrao”.
—Es que uno se atranca enseguida.
¿Han oído ustedes? Que se atranca, Romualdito se atranca. Y eso es todo, así que pueden inventarse el resto.
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