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Alma de azahar, de Jaime Gutiérrez Escobar
(primeras páginas)

viernes 17 de noviembre de 2023
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Jaime Gutiérrez Escobar
Jaime Gutiérrez Escobar (Córdoba, 1982) da vida a la inspectora Leire Garmendia en su obra Alma de azahar.

Miércoles, 31 de enero del 2018. Córdoba.

Me estaba costando despertarme más de lo habitual. Aquella noche no había dormido lo suficientemente bien, y mi maldita cabeza no dejaba de darle vueltas incansablemente a un sinfín de asuntos que sabía que debía de resolver. El continuo tintineo de las cucharillas chocando contra los vasos de cristal, alguna que otra tos seca y las voces entrelazadas de las cansadas conversaciones que revoloteaban en aquella cafetería; provocaban mayor agotamiento en mi saturada mente. Le di un nuevo sorbo a aquel ardiente café, tratando de que la cafeína hiciera su efecto.

Miré el ambiente que reinaba en aquel lugar.

Empleados municipales de la limpieza, obreros, un par de hombres perfectamente trajeados, un grupo de mujeres sentadas en una de las mesas más alejadas en donde reinaba una extraña e irritante carcajada de alguna de ellas, un hombre jugando a la máquina tragaperras y los camareros volando en la barra.

Lee también en Letralia: reseña de Alma de azahar, de Jaime Gutiérrez Escobar, por Jorge Gómez Jiménez.

Exhalé un largo resoplido, sintiendo un ligero estremecimiento.

De repente, una creciente vibración me hizo girar la cabeza para observar como el teléfono móvil giraba ligeramente sobre la mesa. Nada más reconocer el número, mi mente se centró y contesté al instante.

—Comisario Medina —mi voz sonaba algo ronca pero clara.

—Inspectora Garmendia —el tono de voz del comisario era grave y firme, como era habitual en él—. Me alegra saber que está ya operativa —el peculiar acento cordobés era muy claro en las palabras de su jefe—. Necesito que se desplace hasta el yacimiento que hay junto a la estación, ¿sabe dónde está?

—Sí —ya estaba sacando el monedero para pagar el café y salir pitando de aquella cafetería.

—Perfecto —asintió el comisario—. Un coche patrulla le espera en la comisaría para traerla. Le espero.

—Comisario Medina —me despedí guardándome el móvil en el bolsillo.

Nada más acabar la conversación, me olvidé de que aquel café estaba a la temperatura del averno, apurándolo de un trago. Me levanté con súbita rapidez, recogiendo mis cosas y dirigiéndome hacia la barra. Dejé el importe exacto del café, despidiéndome del joven camarero con un ligero asentimiento de la cabeza y salí con rapidez del bar.

“Alma de azahar”, de Jaime Gutiérrez Escobar
Alma de azahar, de Jaime Gutiérrez Escobar (Círculo Rojo, 2022). Disponible en Amazon

Un gélido y humedecido aire me dio la bienvenida, obligándome a cerrarme el grueso abrigo y subirme ligeramente la bufanda para taparme parte del rostro. Caminé con rapidez en dirección a la vetusta comisaría de policía que se hallaba en la amplia avenida que precedía al Paseo de la Ribera, junto al río Guadalquivir. El tráfico a esas tempranas horas era ya constante. Miré el móvil viendo que apenas habían pasado unos minutos de las ocho de la mañana y en el cielo ya había un gris plomizo inundado de una interminable hilera de nubes oscuras y amenazadoras de una repentina lluvia. Nada más poner un pie en la comisaría, un par de agentes me aguardaban en la entrada montados en su coche patrulla.

—Inspectora Garmendia —me saludó la joven mujer de rostro risueño que se encontraba fuera del coche.

—Buenos días —correspondí con una fugaz sonrisa.

—El comisario Medina nos ha ordenado acercarla al yacimiento de cercadillas —la mujer me hizo un gesto para que me subiera en la parte trasera—. Espero que no le moleste que tenga que ir detrás.

—No —negué ampliando un poco la sonrisa—. Les agradezco que me acerquen.

Me subí en la parte trasera del coche, donde habitualmente van los detenidos. Me acomodé lo mejor que pude, saludando escuetamente al agente que conducía. Durante el trayecto observaba por la ventana el devenir de la ciudad, con la banda sonora de la frecuencia policial que de vez en cuando se escuchaba. El coche patrulla cogió velocidad cuando encaró la amplia avenida que provenía del puente de San Rafael y llegaba hasta la zona centro de la ciudad. Para agilizar el camino, el agente que conducía encendió las luces de emergencia y los vehículos comenzaron a desplazarse hacia los lados, permitiéndole pasar. Incluso los peatones se pararon de cruzar el paso viendo acercarse al coche de policía con las luces y las sirenas. Poco después encararon la avenida que había junto a la Plaza de las Tres Culturas y que les llevaba hacia las estaciones de tren y de autobuses. Vi una dotación cruzada sobre una parada de autobuses. El coche patrulla se detuvo, aguardando a que uno de los agentes les abriera la puerta, permitiendo su acceso por una rampa que descendía hasta una explanada en donde hallaron una caseta de madera. Otro agente le señaló donde detenerse, parando el motor y permitiéndome descender del coche.

—Inspectora Garmendia —me saludó el alto agente al ver mi placa de inspectora—. El comisario Medina le aguarda —me señaló hacia el otro extremo donde se percibía unas lonas verdosas que ocultaban una parte de la explanada.

—Gracias —dije guardándome nuevamente la placa y encaminándome por aquella humedecida tierra.

Un gran número de curiosos se agolpaba al otro lado de una alta reja que servía de muralla.

La primera impresión que obtuve fue que aquello era un recinto de forma rectangular en donde se hallaban una serie de restos arqueológicos separados en varias zonas perfectamente identificadas. Un gran número de curiosos se agolpaba al otro lado de una alta reja que servía de muralla, viendo cómo aquellas personas señalaban hacia un punto determinado.

Una lona verde.

La amplia lona ocultaba parte de la última zona de restos. Conforme me acercaba divisé la figura inconfundible del comisario Medina, que, nada más verme, me hizo un leve gesto con la mano desde lo que parecía unas escaleras de acceso.

—Buenos días, inspectora Garmendia —el rostro del comisario era serio e inquieto, acompañado de aquel cigarrillo en su mano—. Espero que se haya tomado un café y esté bien despierta.

—Lo estoy —asentí algo confusa por aquel comentario.

—Tenga cuidado al bajar —el comisario me señaló los escalones—. Esta humedad hace que uno resbale. Vamos, quiero enseñarle algo.

Descendí los escalones con sumo cuidado, agarrándome a la humedecida baranda y llegando hasta el comisario. Caminamos por debajo de un túnel de madera en la que tuvimos que bajar ligeramente la cabeza para no golpearnos, quedando parapetados por la lona de color verdoso. Descubrí a un par de técnicos de la científica enfundados en sus reconocibles monos blancos, que se hallaban recogiendo muestras y realizando fotografías. Aquella parte del yacimiento que mostraba restos de lo que, en otro tiempo tuvo que ser alguna villa romana, se estrechaban considerablemente a cada paso que daba, siguiendo de cerca al comisario.

—Chicos —el comisario miró a los dos técnicos, esperando a que dejaran de seguir recopilando pruebas—. Nos dejáis un momento, por favor.

La respuesta de los dos técnicos fue dejar de inmediato lo que estaban haciendo y salir de aquel angosto agujero. La posición del comisario me impedía ver lo que había detrás de él y como si fuera un presentador del circo, me miró fijamente, dando un paso hacia un lado, señalándome hacia el fondo.

A unos tres metros de donde me encontraba, vi a un hombre sentado, con la espalda apoyada sobre el pequeño repecho formado por la propia excavación.

Era evidente, por el rostro y sus inmóviles ojos, que se encontraba muerto. Mi inmediata reacción fue mirar fijamente al comisario, aguardando alguna explicación.

—Mi casa se encuentra tras unos bloques cercanos —confesó el comisario terminándose el cigarrillo y apagándolo sobre una piedra cercana—. Cuando me disponía a salir para la comisaría, escuché un revuelo de gente y a un coche patrulla llegando —inspiró con calma, continuando con su explicación—. Lógicamente me acerqué a ver qué pasaba y descubrí esto —me señaló el cadáver—. Me identifiqué de inmediato a los agentes y les dije que empezaran a acotar la zona, tapando el escenario con la lona —dio un paso hacia el hombre sentado, mirándolo con extrañeza—. Luego descubrí algo y la llamé.

—¿Por qué a mí? —quise saber torciendo mi gesto en confusión.

—Por esto —el comisario se giró para estar frente a frente conmigo, sacando de su bolsillo una bolsa plastificada y extendiendo su brazo para dármela.

Era un sobre donde había escrito en el frontal un nombre y un apellido que me dejó, repentinamente, extrañada.

La recogí, mirando con gran confusión al comisario. Era un sobre donde había escrito en el frontal un nombre y un apellido que me dejó, repentinamente, extrañada: “A/A LEIRE GARMENDIA”. Mis ojos se desplazaron súbitamente para mirar al comisario.

—Por eso le llamé —el comisario me respondió a la inquietante pregunta que me había planteado tras ver mi nombre plasmado sobre el sobre.

—¿Por qué mi nombre? —me pregunté el voz alta sin dejar de mirar al comisario.

—No tengo ni idea —aseguró el comisario encogiéndose de hombros y señalándome una serie de números que había justo debajo del nombre—. Ni siquiera sé que significan estos números.

Bajé ligeramente mis sorprendidos ojos para descubrir una sucesión de números que, a bote pronto, no parecían tener ningún sentido: 80023070. Mi desconcertada mirada pasó de aquellos extraños números al comisario, que respondió a otra pregunta grabada en mis ojos con su habitual rotundidad.

—Abra el sobre y veamos qué hay dentro —inspiró con calma colocando sus brazos en jarra—. Quizá aclare algo.

Recogí unos guantes de látex que el comisario me había acercado, colocándomelos y abriendo la bolsa de pruebas. Extraje el sobre y lo observé nuevamente. No estaba cerrado. Separé la solapa y miré en el interior. Podía encontrar un gran número de cosas, pero lo que saqué fue algo que nunca pensé que pudiera estar dentro de aquel sobre.

Un naipe.

Lo alcé ligeramente para que el comisario lo viera, haciéndole un claro gesto de incredulidad. Miró con detenimiento el naipe. Era de un tamaño algo más grande que las cartas de juegos habituales. Tenía dibujado por un lado un curioso personaje que parecía estar realizando una acción. Se trataba del exquisito y cuidado dibujo de un hombre vestido con un amplio camisón blanquecino de mangas anchas, una especie de pantalones semejante a los de los piratas, todo ello debajo de lo que parecía ser un gran mono de color marrón que le llegaba hasta las rodillas. Se encontraba ligeramente de perfil. En su mano derecha divisé una especie de martillo y en la mano izquierda sostenía un fino cincel que estaba apoyado sobre una piedra.

Sin lugar a dudas se trataba de un maestro artesano y aquella hipótesis se corroboró cuando alcé ligeramente mis ojos para ver unas palabras sobre la parte superior del naipe que hacían las veces de título de aquel personaje: “EL CANTERO”. Miré al

comisario durante unos segundos, volviendo a aquel extraño naipe. Lo giré para mostrarle el dibujo al comisario y fue cuando descubrí que por el reverso había escrito algo.

—Aquí hay escrito algo —alerté sosteniendo el naipe y leyendo en voz alta aquellas líneas escritas con una peculiar y exagerada caligrafía que se asemejaba a la usada por los monjes copistas de la Edad Media—. “El Maestro Cantero posee la llave que te permite entrar al Templo de la Verdad. 2365271-03862814”.

El siguiente gesto que hice fue volver a mirar al comisario y entregarle el naipe para que él mismo lo comprobara. Mi superior estuvo durante algo menos de un minuto analizando visualmente aquel naipe, girándolo varias veces en busca de algo que tuviera sentido. Alzó sus oscuros ojos y me lo devolvió con el gesto de no entender muy bien aquella frase ni la serie de números que los acompañaba.

—No tengo ni idea de lo que puede significar —aceptó con cierto malestar el comisario dejando escapar un ligero resoplido de confusión—. Pero parece algo importante.

No respondí.

El fallecido iba vestido de la misma manera que el dibujo.

Porque en ese momento me percaté de un detalle que, hasta ese momento y debido a la súbita sorpresa de haber visto mi propio nombre escrito sobre la solapa de aquel sobre, había pasado desapercibido. Tras recoger el naipe, volví a mirar el majestuoso dibujo del cantero y lo moví hacia mi izquierda un palmo, dejando ver el cuerpo del hombre sentado.

Mis ojos se abrieron más al comprobarlo in situ.

El fallecido iba vestido de la misma manera que el dibujo. Un amplio camisón blanco de mangas anchas, una especie de pantalones negros que parecían los de un pirata y que sólo dejaban ver parte de sus piernas y un gran mono de color marrón oscuro y que le llegaba por debajo de las rodillas. Extrañamente, sus pies estaban descalzados. Sumando aquello, al hecho de ver dos elementos representados en el naipe, un martillo y un cincel, hicieron que mis alarmas comenzaran a saltar.

—Va vestido de la misma manera que lo hace el personaje del naipe —afirmé girándolo para que el comisario lo comprobara.

—Cierto —sólo pudo decir mi superior sorprendido por aquella coincidencia. Su rostro se volvió más sombrío, usando un tono de voz sereno pero lleno de inquietud—. No creo que este hombre vistiera así de manera habitual.

—Yo tampoco lo creo —apoyé su hipótesis con un pensamiento en voz alta—. ¿Sabemos la identidad de la víctima?

—Iba documentado —comentó el comisario sacando su pequeña libreta donde había anotado la información.

—¿Lleva su cartera y dinero? —pregunté al instante.

—Cartera con su documentación y dinero, llaves, tabaco y algunos caramelos —confirmó el comisario deteniendo su búsqueda.

—Descartamos el robo —con aquella afirmación daba por sentado que no era un simple robo de dinero.

—Por el momento, eso parece —el comisario carraspeó ligeramente antes de dar la información—. Nuestro pobre desgraciado se llamaba Alfonso Domenech de Narbona. Su documentación asegura que es natural de Zaragoza. Nacido el 31 de enero de 1968. 50 años —me miró durante unos segundos y prosiguió—. De momento no sabemos más que esto.

—¿Quién lo descubrió? —mi mente ya empezaba a trazar opciones y a diseñar el formulario mental para recopilar todos los datos posibles y hacerme una idea de lo sucedido.

—Un tal Pedro Cabanillas —confirmó el comisario—. Un jubilado de 64 años que había salido temprano a caminar por la pasarela que cruza las vías —se giró para señalarme una pasarela de hormigón y asfalto que efectivamente pasaba por encima de las vías del tren y que daba a parar a la ampliación de la Avenida América que provenía de la rotonda de Ibn Zaydun y que conecta con el barrio de Ciudad Jardín—. Según el testimonio de este hombre, vio a una persona dentro del yacimiento. Pensó que sería algún mendigo y llamó a la policía —sacó su paquete de tabaco y se encendió un cigarrillo—. La llamada se produjo sobre las siete y algo. Apenas había luz. Pero cuando la primera dotación llegó se encontró con el cadáver. Yo estaba saliendo a eso de las siete y media cuando vi el jaleo en la acera. El resto ya lo sabe.

—Me imagino que todavía no sabremos la causa de la muerte —volví a mirar el naipe para tratar de encontrar algo más que me resolviera aquel enigma.

—Debemos esperar la autopsia —el comisario guardó su pequeña libreta y se acercó cuidadosamente hacia el cadáver. Se inclinó ligeramente, extendiendo su brazo para señalar un punto lateral del cráneo—. Pero parece ser que recibió un fuerte impacto en la cabeza que le ha provocado una mortal hemorragia —dio una calada y dejó en el aire su opinión—. Quizá fuera al caerse y darse contra esta piedra manchada de sangre. Que por cierto. Tiene una curiosa marca.

Sobre una gruesa película de sangre rojiza de color oscuro, había un extraño símbolo grabado sobre la irregular piedra.

Dejé de mirar el naipe y me acerqué con sumo cuidado hacia el cuerpo. Lo bordeé por su lado derecho y observé el punto que señalaba el dedo del comisario. Sobre una gruesa película de sangre rojiza de color oscuro, había un extraño símbolo grabado sobre la irregular piedra. Era una especie de artesanal círculo que contenía dentro de sus límites otra forma mucho más compleja y que consistía en líneas curvas que iban paralelas al círculo exterior, concéntricas a un punto central y que se extendían formando algo parecido a un laberinto. Justo en el centro, una curiosa estrella de seis puntas que, me recordaba mucho a las veletas que se hacían cuando uno era niño y que consistían en un tosco palo de plástico rígido blanco y una serie de aspas de colores, la cuales, eran unidas entre sí al palo por una gruesa chincheta que hacía la función de anclaje.

Un artesanal e infantil molinillo de viento.

Pero algo saltó en mi mente, haciendo que mis ojos se desviaran hacia el naipe. Sobre el ángulo superior izquierdo del reverso del naipe, donde estaba aquella misteriosa frase y esos desconcertantes números, encontré un dibujo que, casualmente, era idéntico al grabado de la piedra. Tuve que actuar como un árbitro de tenis, pasando de la piedra al naipe y viceversa, para asegurarme de que no era cosa de mi imaginación. Confirmé que era el mismo símbolo y, sin saber en ese momento el motivo, un fulgurante escalofrío me recorrió todo el cuerpo provocándome un miedo que no era capaz de explicar.

Era como saber que aquel símbolo significaba algo oscuro y peligroso, pero a la misma vez no lograr descubrir el porqué.

Mi subconsciente me estaba alertando de algo pero mi raciocinio no lograba descifrar ese alarmante mensaje encriptado. Inspiré con calma, tratando de ser lo más objetiva posible y recopilar todas las pruebas en mi cabeza para ir paso a paso desvelando el significado de aquello. Lo que estaba claro era que, por alguna extraña e inquietante razón, ese naipe iba dirigido a mí.

Y eso no me gustaba nada.

En ese mismo momento un tren salía de la estación, emitiendo aquel sonido de chirriar metálico que me golpeó en la cabeza, sintiendo un repentino martilleo dentro. Y por si fuera poco, una ligera lluvia empezó a hacer acto de presencia. Era como si, desde diferentes puntos, me avisaran de algo funesto que se acercaba. Algo parecido a una primaveral mañana de abril que amanece despejada, mostrando un limpio cielo de un intenso azul y que, poco a poco, mientras la tarde va cayendo, unas oscuras y amenazadoras nubes negras hagan presagiar una inminente noche de lluvia que va acompañada de atronadores rayos que rasgan el cielo.

Así empezaba a sentirme sin saber realmente el subyacente motivo de mis miedos.

—De momento poco podemos hacer aquí —advirtió el comisario mirando ligeramente hacia el cielo y viendo caer las finas gotas—. Le diré a los técnicos que cubran esto. Volvamos a comisaría.

Jaime Gutiérrez Escobar
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