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Cinco textos breves de Thaís Badaracco Febres C.

martes 28 de noviembre de 2023
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La partida

Su inmenso amor lo abandonó en busca de un lugar más sosegado, pero él no hallaba consuelo, y cada tarde iba a visitarla, hasta el amanecer, en su nueva morada. Hermosa, etérea, con una sonrisa invisible, sentada al borde de su tumba lo esperaba. Así permanecían por muchas horas, en silencio, uno al lado del otro, hasta que, llegado el momento de partir, ella le decía con su voz de gasa y niebla: “Llévame contigo, no quiero quedarme aquí tan sola”. Él se marchaba, con el dolor señalándole el camino. Un amanecer, una nube de pájaros cubrió el cielo del camposanto, aturdidos por un intenso estallido.

 

Divina abstracción

Se sobraba, sin saber qué hacer con la excedencia.

Sabía que no estaba en su lugar, pero que el suyo era un lugar inexistente.

¿Qué hacer con sus límites sobrepasados? ¿Con esos bultos de existencia adicionales, exigiéndole respuestas por su absurda presencia en este plano, como bocas hambrientas en busca de alimento?

Si a su primigenia existencia no había podido acallarla cuando la interpelaba, ¿qué hacer ahora con esta proliferación de interrogantes esenciales?

Optó por ignorarlo todo, sumiéndose en el silencio de la meditación, lo más cercano a la sencillez y humildad de la muerte, que nada inquiere, que nada espera, eternamente callada, y ¡oh, sorprendente milagro!, allí estaban las respuestas.

 

Preludio

Apenas al nacer, antes de que nuestra madre nos tome entre sus brazos, ya tú, ¡oh muerte! has asido nuestra diminuta manita de algodón y miedo entre tus férreos y despiadados ganchos.

Desde ese momento serás nuestra fiel e invisible compañera, observando silenciosa el transcurrir de nuestra vida, hasta que un día de improviso, no sé si por capricho o por mandato divino, abres tus ganchudos y alargados dedos, dejándonos caer en el vacío.

 

Lo terrible

Si la inocencia del niño enternece, ¿qué hacer con la de los pobres ancianos que se resisten a aceptar la entrada de la noche, y creen que seguirán viviendo atardeceres sin fin?

La vida es para el viejo lo que la reluciente pelota de goma para el niño. Éste no quiere que se la arrebaten, y a toda costa la defiende con gritos y pataletas. El anciano defiende su pelota, su vida, de manera diferente; sin aspavientos, callado, erigiendo en su mente una barrera queriendo detener el avance de su definitivo exterminio, máxime cuando destacados filósofos y poetas los afianzan en esa edulcorada creencia: que la vejez es la mejor etapa de sus vidas, pues está rebosante de sabiduría; que arrugas y cabellos blancos son merecidas condecoraciones por el triunfo de su persistencia, y los éxitos obtenidos a pesar de las adversidades halladas en el trayecto.

Y esta es una real y generosa apreciación, pues, además de alabarles la labor desempeñada, permite que no adviertan el inmenso precipicio a sus espaldas, pronto a engullirlos con todos sus logros, premios y condecoraciones.

 

Lo bello

Surge de la misma esencia de la vida, y aplaca la natural angustia de los hombres. Delante de lo bello callan las palabras, y una suave oleada de beatitud los acerca a lo divino. Un instante de encuentro con lo bello eclipsa todo malestar y renueva el prístino latido de la vida. Puede hallarse en cualquier parte: en una deslumbrante mirada, en un trozo de naturaleza, encerrado en un museo, en una rosa de tupidos pétalos, en una sonata de Beethoven, o desbordado en el David de Miguel Ángel. Si tantos son los momentos escabrosos de la vida, infinitos son los que le hacen la contrapartida, y melifican el espíritu del hombre.

Thaís Badaracco Febres C.
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