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Reading Edge, lectora a domicilio, de María Neder
(primer capítulo)

sábado 9 de diciembre de 2023
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María Neder


“Reading Edge, lectora a domicilio”, de María Neder
Reading Edge, lectora a domicilio, de María Neder (Leviatán, 2022). Disponible en la web de la editorial

Reading Edge, lectora a domicilio
María Neder
Novela
Editorial Leviatán
Buenos Aires (Argentina), 2022
ISBN: 9789878381886
159 páginas

Mi padre me llevó por primera vez al café antiguo el día que cumplí veinte años. No sacralicé mi entrada. Dejé que él eligiese la mesa. Parecía sereno, me ofreció un chop de sidra y señaló un cuadro detrás de mí. Habló de un barrio que quedó bajo las aguas, un barrio de músicos, genoveses y bailarines de tango. Señaló una foto de Juan de Dios Filiberto, terminó su sidra y se detuvo con los ojos bajos. Luego me miró y dijo con una especie de urgencia o exaltación:

—El sábado vamos a Chile, nos quedamos una semana en Santiago y después paseamos. ¿Te gusta?

—¿Es regalo de cumpleaños?

—No solamente. ¿Te gusta?

—¡Obvio! Pero… hay algo más, papá, ¿no es cierto?

—Hay algo más, sí, ya te vas a enterar.

—¡Qué suerte que no tengo gato, ni novio!

—Qué suerte que te va bien en tus estudios, podés faltar, y qué suerte que no tenés alumnos ahora, y qué suerte que puedo invitarte a comer esta noche.

En Santiago supe que pronto me quedaría sola. Conocí a su novia. Anunció otros planes. No me abandonó. Hizo la suya.

Tan previsor mi padre. Después de dos años se animó a concretar, él se fue al otro país y yo me entregué a una película. Igual que con el aviso: fui la primera, hasta que aparecieron las demás, empecé una rueda oscura que sigue marchando y me sacude barro. Porque cuando nació mi hermano no me importó, pero cuando conocí a ella, la otra hija. Supe que mi padre era sólo capaz de hablar frente al hecho consumado.

Aquella “novia” era madre de mi hermana desde el primer día, desde mi viaje ingenuo, a los veinte años. Qué espantoso suena “mi hermana”. Ella es la otra. Tan parecida a mí, tan parecida a mi padre. Aún él me enviaba una suculenta mensualidad, no como ahora.

Me invitaron (no puedo precisar la fecha, era verano) y viajé. Todo está bien, me dije, todo está en su lugar. Y a mi regreso de Santiago puse en venta el departamento.

Me gustaba la avenida pero no pude sostener aquel placer lechoso, casi pueril. Ni la sonrisa. Ni la costumbre de sentarme en el mismo sillón donde había sido la primera, junto a mi padre, oyendo aquella música que nunca entendí y sin embargo tenía el mismo timbre que su voz.

Dejé pasar un tiempo. No. El tiempo me pasó sin darme opciones. Cuando le escribí fue porque estaba a punto de concretar la venta. Mi padre me llamó furioso.

—Tan orientado a los monosílabos —le dije.

Estoy segura de que también llamó al martillero para frustrar mi anhelo.

A los dos meses envió una tarjeta —adora las tarjetas de papel artesanal— felicitándome por “la nueva etapa”, como suele llamar él a mis cambios abruptos, nacidos por la noche, pidió disculpas y me alentó a una mudanza. No hizo más que repetirse, era cuestión de sentarme a esperar. También me envió dinero, cartones de cigarrillos y el gran libro de edición numerada: Poesía y dibujos de Pablo Neruda. Leí en voz alta poemas perversamente elegidos. Se los grabé en un compacto con la voz más alcohólica y sensual que pude, sabía que no estaría solo cuando lo oyera.

Mi premio fue Ignacia. Ella y su familia estaban de visita en la casa de mi padre. Todos se enamoraron de mí. Además, la foto que acompañó el regalo era toda una obra de arte. Me costó tres horas posar para Lu Manix, un homosexual que me acariciaba la cara y el pelo cada vez que nos encontrábamos en el ascensor.

—Querida, nadie te ha fotografiado hasta ahora. Vas a ver lo que hago con esta carita.

—Con una condición.

—¿Una sola?

—Una sola. Que después no las uses, ¡para nada!

—¿Para nada?

Asentí, lo miré fijo y le sonreí.

Al día siguiente lo llamé, estaba deprimido pero me invitó a subir. Ocupaba un departamento idéntico al mío, tres pisos arriba. Llevé una botella de champagne. Hizo una omelette de queso, abrió una caja de papas fritas y brindamos por las caras más lindas que le enviaría a mi padre. Le brillaban los ojos, dijo a trabajar y mi premio fue Ignacia.

La llamada de mi padre, Azul e Ignacia.

Hasta que a mi padre ya no le importó ni su propio recuerdo. Será por eso que finalmente pude vender aquel departamento.

María Neder
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