Algunos encuentran relajante el sonido de la lluvia para dormir. Esa noche de diluvio cada gota que rebotaba en el vidrio era como un golpe directo al cerebro para Julia. Estaba presa en su habitación por una jaula mojada y el frío de la noche. Ya no encontraba distracción alguna en su teléfono, ninguna serie que ver para alejarla de su realidad. Su realidad era que estaba sola, en su nueva casa, en su nueva ciudad, en su nueva vida. Hace unos meses les dijo adiós a sus padres con los pulmones llenos de independencia y las maletas llenas de esperanza. Hoy las maletas aún en su habitación, pero sólo conservaban la absurda esperanza de volver a casa.
Esa noche Julia no durmió, pero sí pasó horas retorciéndose en su cama y tratando de contar las gotas de lluvia que le golpeaban la cabeza. La alarma sonó, sin que ella hubiera tenido la oportunidad de siquiera cerrar los ojos. Se vistió como un reloj que mueve sus agujas obligado por los segundos, pero sin voluntad propia. Salió de la casa a la hora prevista y se dirigió al trabajo. Camino al trabajo, Julia sólo pensaba en la noche anterior, y en la lluvia. Si tan sólo pudiera volver el tiempo atrás intentaría dormir, aunque sea un par de horas. Su visión se nublaba por la falta de sueño, pero aun así vio con cristalina claridad a un oso que la saludaba desde la ventana de una juguetería. Esta visión casi la hace tropezar. Se frotó los ojos y se detuvo para confirmar lo que veía. Y era cierto, ella seguía observando al oso en la vitrina saludándola. Era pequeño, podría caber en su bolso. Sus ojos tristes pedían ayuda. Julia se sintió mal por el osito atrapado tras el vidrio. Sí la conmovió, pero ella no podía hacer nada por él. Le dedicó una sonrisa triste de solidaridad y siguió con su camino.
Las horas en la oficina se pasaban lento. La ansiedad de ver a su jefe tenía el efecto de un shot de cafeína, con eso logró apartar el sueño que se hacía visible en sus ojeras. Odiaba cada segundo en ese lugar, detestaba cada llamada que se veía obligada a hacer, cada reporte y cada correo que escribir. Para el final del día laboral cada centímetro de su cuerpo estaba inundado de dolor. Podría ser por la tensión que sentía por estar en ese lugar o por la falta de sueño. El regreso a casa no le traía ningún confort, pues la esperaba una casa vacía, un plato que ella misma debía ponerse a preparar, para luego limpiar todo el desorden que haría en la cocina. Y por si fuera poco volvió a llover.
De camino a casa, pasó nuevamente por la vitrina del osito. Éste ya no la saludaba, ahora lloraba. Julia veía sus lágrimas caer sin consuelo. Era imposible diferenciar si eran suyas, del osito o las gotas de lluvia en el cristal. Se detuvo a contemplarlo y de pronto escuchó a una voz llamar su nombre: “Julia”. La voz era débil pero clara.
“Ayúdame”, insistió la voz, no podría ser otra que el osito llamándola, razonó Julia. Quiso entrar a la tienda para responder al pedido de ayuda, pero en la puerta se encontró con el cartel de cerrado.
“¡Julia, ayúdame!”, insistió el osito, pero una vez más Julia se alejó sin poder ayudarlo.
El día siguiente era sábado. La noche anterior llovió nuevamente, y nuevamente Julia no pudo cerrar los ojos. Esta vez el sonido de la lluvia no fue el culpable de su insomnio, la culpa la tenía la voz del osito que le pedía ayuda. Una y otra vez lo escuchaba en su mente, se retorcía en la cama y otra vez lo escuchaba, incluso si trataba de tapar sus oídos con la almohada, nada ayudaba. Cuando el sol salió, la voz en sus oídos no se apagó. Se quedó en su cama hasta mediodía suplicando atraer el sueño, pero nada funcionaba. Frustrada, con la intención de remediar su situación de una vez se dirigió a la juguetería.
Afuera el viento estaba helado; Julia ni se esforzó en vestirse, se puso un pantalón ancho sobre su pijama y un abrigo encima. Tampoco sacó su paraguas, con la capucha de su abrigo tendría que bastar.
Frente a la juguetería se encontró con la amarga sorpresa de una vitrina vacía. El osito había desaparecido. Unos instantes después vio a una madre salir con su hija de la mano y ahí estaba, en los brazos de la niña, el osito, gritando más fuerte que nunca: “¡Ayúdame, Julia! ¡Ayúdame!”.
Julia, desesperada, no supo qué hacer, no tenía ningún voto en esta situación. Sin embargo, la voz seguía: “¡Ayúdame, Julia! ¡Ayúdame!”.
La niña y su madre se alejaban; Julia no vio más remedio que seguirlas. Las siguió por un vergonzoso tiempo a una distancia prudente. Estaba sentada en el bus a punto de rendirse y abandonar al osito en las manos de esa niña. Hasta que, por acto del destino, la niña y su madre, que estaban sentadas en la parte de atrás del bus junto al osito, que tenía su asiento propio como si fuera una personita, abandonaron el vehículo dejando al osito atrás en su asiento. Qué descuidados son los niños, pensó Julia, y en ese segundo fue al rescate del osito, quien la estuvo llamando todo ese tiempo. Cuando el bus volvió a arrancar, Julia pudo ver por unos breves instantes a la niña que lloraba desconsoladamente porque se acababa de dar cuenta de que dejó a su nuevo osito en el bus.
Una vez que Julia estuvo por fin a solas con el osito en su casa sintió un alivio indescriptible. Lo primero que hizo al llegar fue sacarse los zapatos y tirarse a su cama junto al osito. Ambos habían tenido un día largo y era necesario descansar. El sueño no tardó en llegar a Julia, y por fin, después de mucho tiempo, logró quedarse profundamente dormida, incluso con la lluvia que acababa de iniciar.
Así pasaron un par de semanas de armonía; cada noche Julia dormía tranquila junto a su osito rescatado. Ella lo llevaba al trabajo oculto y seguro en su bolso. La ansiedad al ver a su jefe había disminuido, las llamadas con los proveedores ya no le parecían tan largas. Y se sentía emocionada de llegar a casa, porque ahí podía contarle con toda confianza a su osito todo lo que hizo durante el día mientras preparaba la cena. En las noches, Julia volvió a hacer cosas que solía disfrutar, a veces pintaba mariposas que luego recortaba y colocaba en las paredes de su cuarto para que pareciera un bosque encantado. También cantaba las canciones que solía poner su madre en la radio cuando era pequeña. Incluso trató de preparar postres de su infancia que no le salían tal cual. Todo lo hacía para divertir a su osito, que había tenido ya una vida muy dura tras una vitrina.
Todo iba perfecto hasta que en otra noche de insomnio escuchó la voz de su osito: “Julia, me siento solo”.
“Yo estoy aquí contigo, no te preocupes. No te abandonaré”, le aseguró.
“Julia, me siento solo”, insistió.
Toda la noche como un disco rayado se repitió en la cabeza de Julia la voz del osito: “Julia, me siento solo”. Julia lo abrazaba con fuerza y lo mecía en sus brazos, pero la voz no paraba. El sonido de la lluvia se volvía más intenso. De nuevo cada gota contra la ventana se sentía como un golpe en la cabeza.
La mañana llegó sin que Julia pudiera cerrar los ojos. La lluvia tampoco se detuvo y en su mente seguía sonando la voz del osito. Julia salió tarde de su casa para llegar al trabajo. Estaba inquieta, más de lo usual. Le partía el corazón la soledad de su osito, lo llevaba consigo en su bolso a todas partes, la mayor parte del día la pasaba con él, pero parecía no ser suficiente. “Julia, me siento solo”, repitió. Eso, y una mirada triste desde la vitrina, la hizo detenerse en seco frente a la juguetería. Era un precioso corderito blanco de ojos caramelo y nariz rosada quien la miraba con ojos llenos de angustia. La criatura siendo tan angelical sufría como humano. Su mirada tan triste hacía que Julia quisiera llorar. “Ayúdame, Julia”, le suplico su tierna voz. No podía dejarlo así, pero en ese momento la tienda estaba cerrada y no había nada que ella pudiera hacer por él.
El trabajo otra vez se le hizo eterno, pero esta vez no aguantó más. Fingió sentirse enferma, lo cual no estaba tan alejado de la realidad, para regresar temprano a casa. Logró salir antes de la hora de cierre de la juguetería y se dirigió a ella. Una vez ahí, no tenía que buscar, ella sabía perfectamente para lo que venía. Sin embargo, se sentía un tanto extraña en la tienda. Julia era una mujer de veintitantos años en una tienda de juguetes. Definitivamente era muy mayor para que los juguetes fueran para ella y tal vez un tanto joven para que fueran para un hijo suyo. Pensó en irse, no había pasado mucho tiempo, nadie siquiera notaría que siquiera entró. Pero la voz del osito repetía: “Julia, me siento solo”. Y a ella se sumaba la voz del cordero: “Ayúdame, Julia”.
Sin darse el lujo de pasearse, Julia se dirigió a la caja y pidió sin titubear específicamente el cordero blanco de ojos caramelo de la vitrina. La señora trabajando en la tienda se lo trajo y le indicó el precio. La suma que acababa de pagar por el pequeño cordero era vergonzosa, pero necesaria. Por un instante pensó en todo lo que se podría comprar con ese dinero; sin embargo, su decisión no cambió.
“¿Es para un regalo?”, preguntó la señora.
“Sí”, mintió Julia, que no estaba dispuesta a admitir que el cordero era para ella. En el mejor de los casos la señora pensaría que se trataba de un regalo para un sobrino o un primo lejano.
Con el cordero envuelto en un vibrante papel de regalo rojo con elefantes y un elegante moño dorado, Julia se dirigió a su casa. De regreso volvió a llover y tuvo que usar su cuerpo para proteger al pequeño cordero de la lluvia. Llegó a casa, lo liberó de los papeles y los listones y los tres: el osito, el corderito y Julia, durmieron profundamente en su cama.
Los días de armonía y felicidad continuaron hasta que sin previo aviso Julia conoció a un chico. Él trabajaba en el mismo edificio de oficinas que ella, era de su edad, tenía una bonita sonrisa y una voz alegre por naturaleza. Esa voz empezó a inundar la mente de Julia. Julia escuchaba esa voz diciendo su nombre, diciéndole cosas lindas y riendo a su lado. Cada día se despertaba con una pizca de emoción de quizás encontrárselo en el trabajo. Pronto las tardes de Julia con su cordero y su oso fueron reemplazadas con tardes de café junto a una bella sonrisa. Ella comenzó a olvidarse de llevar a su cordero y a su oso en el bolso, hasta que se convirtieron sólo en adornos en su cama.
Un fin de semana el chico de voz alegre fue a visitar a Julia a su casa. Vieron películas y ella pasó un buen rato entre sus brazos. Cuando él vio los peluches en su cama se burló de ella por ser tan aniñada. Julia alejó el comentario con una risa nerviosa, y la siguiente vez que el chico de linda sonrisa vino a visitarla, los peluches se encontraban guardados dentro del armario. Sin embargo, pasó el tiempo y la voz alegre del chico se fue endureciendo, las risas se fueron apagando y las palabras lindas que alguna vez se pronunciaron los abandonaron. Tras una noche de gritos, él se marchó dejando un portazo. Julia se quedó sola en su cuarto, atrapada por la lluvia y un viento helado. Más allá del sonido del diluvio contra el vidrio se escuchaban unas voces desde el armario: “Julia, estamos solos”.
Julia se retorció en su cama, pero no fue a atender los llamados. “Julia, estamos solos”, continuaron las voces del osito y del corderito. La noche avanzaba, las voces no se detenían, la lluvia caía y Julia no dormía. Se dirigió a su armario y liberó a su osito y a su corderito. Los tres en la cama, contemplaban las gotas en el cristal. “Julia, estamos solos”, no dejaban de decir. La mañana siguiente Julia iría a la juguetería.


