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Luz que se escapa, de Rafael-José Díaz
(primeras páginas)

sábado 27 de enero de 2024
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“Luz que se escapa”, de Rafael-José Díaz
Luz que se escapa, de Rafael-José Díaz (RIL Editores, 2022). Disponible en Amazon

Luz que se escapa
Rafael-José Díaz
Narrativa
RIL Editores
Chile/España, 2022
ISBN: 978-84-19372-65-9
106 páginas

Todo empezó —pero todo es aquí lo mismo que nada, es decir, una verdad suspendida, una realidad incierta, un mundo extraño, sumergido— un sábado en que se despertó más o menos temprano. Le pareció que la luz llegaba hasta sus ojos como si hubiera atravesado varios filtros, no sólo los de sus párpados recién levantados, los de las cortinas, los de los cristales del balcón, los del cielo de invierno, sino también otros filtros no identificables o no físicos. Era, en cualquier caso, sólo la impresión de alguien que acaba de abrir los ojos y tal vez ni siquiera se ha despertado del todo. Había dormido a rachas, sin somníferos, despertándose cada tres o cuatro horas con los hombros helados y enseguida cubriéndose el cuerpo hasta la nuca con el edredón que su hermana le había regalado. Ella le había asegurado que ese edredón ya le había pertenecido a él en la época en que vivía en un país del norte y que, seguramente debido a que, tras su regreso a la isla, le resultaba ya inútil una prenda de cama tan abrigada, se lo había hecho llegar a ella, que vivía en el continente, a modo de regalo o de préstamo. Él no se acordaba. Lo cierto es que el regalo venía a ser, según esto, una restitución. Su hermana le aseguró que si lo utilizaba no tendría que encender la calefacción en el dormitorio, pues era lo suficientemente abrigado como para crear una especie de microclima dentro del cual el cuerpo cubierto con él podría dormir sin sentir frío. Así era, en efecto, salvo que durante la noche su cuerpo se había movido, el edredón se había desplazado, los hombros o los brazos habían asomado y, como la habitación no estaba caldeada, no sabía si era ese frío exterior el que lo había despertado o si era más bien el hecho de haber dormido sin somníferos lo que cada cierto tiempo había hecho que se desvelara y sintiera aquel frío. De todas formas, recordaba haber recurrido en uno de esos despertares nocturnos a la idea del microclima para explicar la sensación de estar refugiado en un espacio interior cálido sitiado por el frío. Había pensado también que esa noche no compartía el microclima de su cama con nadie y que esa soledad tenía la desventaja inherente a cualquier soledad y la ventaja de que al despertarse por la mañana podría dedicarse inmediatamente a lo que deseara. El único problema era que no deseaba nada. Se fijó en el manojo de pelos revueltos que ostentaba ante el espejo su cabeza, sobre todo en una clarea que desde hacía tiempo había ido creciendo en el centro de su cuero cabelludo, por encima de la frente, y que amenazaba con extenderse hasta convertirse en una completa calvicie. Podía dedicar parte de la mañana a visitar al peluquero, pues el pelo de los lados, el que más rápido le crecía, había sobrepasado ya el límite de lo que para su gusto resultaba soportable. La camisa que había escogido para ponerse después de la ducha estaba arrugada, pero no le apetecía plancharla. Era una camisa de color rojo y negro, a cuadros, cuya textura y diseño le gustaban hasta el punto de que hubiera deseado —si esto no estuviera, como tantas otras cosas, tan próximo a las situaciones de ridículo que tanto pánico le producían— tener varias camisas idénticas a esa para ir poniéndoselas un día tras otro sin necesidad de elegir qué camisa ponerse cada día. Simplificar hasta tal punto determinadas exigencias cotidianas podía redundar en una atención mayor a lo verdaderamente importante o, por el contrario, en un desajuste tan peligroso respecto de la realidad que le hiciera perder hasta el sentido de sí mismo. Recordaba muchas veces a un tío suyo, muerto hacía poco, que era el prototipo de la persona que descuida su vestimenta y que, sin ir por ello nunca harapienta a ningún sitio, logra que los demás no se fijen en cómo va vestida. Lo importante es la sangre, el aire respirado que llega hasta el corazón, las partículas de luz que, disueltas en la sangre, atraviesan el cuerpo hasta el dolor más profundo, el único que no puede restañarse, el que le provocó a su tío la muerte de su hijo, el dolor de la entraña. Cuando se ha llegado a sentirlo, pensaba, lo demás ya no importa. Es lo que le había ocurrido a él, a su tío, el paseante, el perdido, el loco de las calles, el eterno aprendiz, el que cruzaba la ventolera atlántica sin mirar a los lados, como el que va asomado a la proa de un barco y se interesa sólo por lo que el horizonte depara: así era su tío. Lo llevaba siempre dentro porque una vez, en los albores de la adolescencia, cuando se nace al perfume agridulce de la vida, cuando tiemblan aún los más frágiles mimbres de la infancia y empiezan a escucharse las más serias salmodias de la juventud, su tío, desde ese dolor de la entraña, aunque sin mencionarlo, le habló. Y lo que le dijo perdura porque fue dicho sólo para él, en una conversación que mantuvieron en uno de esos bancos de piedra del parque, bajo árboles cuyas ramas sobrevolaban pesadamente sobre sus cabezas, ramas dubitativas, mecedoras de sueños para una luz perdida bajo las cuales las palabras sonaban solemnes pero sin grandilocuencia. A partir de aquel día, la adolescencia continuó su camino sinuoso, sufrió las acometidas de la gran soledad, los sinsabores de las pérdidas, las percusiones del deseo. Él escuchaba siempre una voz que lo invitaba a partir. Su tío, y otros como él, no muchos, es verdad, que habían pasado por su vida para dejarle un gesto de cercanía, una palabra de asombro, una verdad vivida, fueron quedando atrás, cada vez más lejanos, e incluso llegó a preguntarse si realmente los había escuchado, si no se había dejado llevar por la luz subyugante de los libros o por la introvertida timidez de su carácter hasta la indiferencia, el rechazo o el olvido. Sabía que algo había aprendido, aunque no estuviera seguro de qué. Por eso aquella mañana no le importó ponerse la camisa arrugada. Era más fuerte su predilección por ella que la previsión del ridículo que haría al ponérsela. En cualquier caso, no tenía pensado ir demasiado lejos. De momento, había decidido uno de los lugares que quería visitar, la peluquería, en la que siempre intercambiaba unas palabras con el peluquero argentino que ya sabía exactamente qué corte quería, pero el resto de su ruta estaba sin planificar. Media hora más tarde se encontró desayunando en una cafetería a la que no solía ir. Por el camino había sentido frío, un frío que no era de los huesos sino del cuerpo entero, y pensó que ese era el frío que se siente cuando se lleva un tiempo sin comer. Imaginó cómo crecía ese frío después de otro día completo sin comer, y luego después de otro más, pero no era capaz de continuar representándose a su propio cuerpo víctima de un frío que era, al final, indistinguible del hambre que lo provocaba. El tomate que untó en la tostada parecía fresco. Combinado con el aceite y con un poco de sal formaba una masa sabrosa que, a medida que la iba ingiriendo con el pan, le hacía entrar en calor. Junto a él, en la barra, había dos hombres de una edad similar a la suya que permanecían de pie y no dejaban de dar rápidos pasos al frente, a los lados o hacia detrás mientras hablaban. Su conversación parecía una danza torpe, nerviosa, como si estuvieran debatiendo un asunto de extrema gravedad, mientras que únicamente parecían estar diciendo estupideces. Comía, igual que hacía a menudo, sin levantar demasiado la mirada, por lo que ni al camarero ni a las pocas personas que lo acompañaban en la cafetería en ese momento les hubiera resultado fácil iniciar una conversación con él. Se preguntaba con frecuencia si este atributo suyo no tendría que ver con algún tipo de autismo. Lo cierto es que no solía hablar en las cafeterías, en los restaurantes o en los bares más allá de lo estrictamente necesario para pedir lo que quería, por lo que casi siempre comía y bebía en silencio rodeado por un estrépito que, a sus ojos, no hacía sino evidenciar aún más su taciturna postura. Cuando alguna vez entablaba conversación con alguien, casi siempre por iniciativa de su interlocutor, solía hacerlo con gente singular, tal vez ligeramente trastornada o definitivamente enferma. A veces se enfadaba por esta circunstancia, pero solía explicársela como una atracción o un reconocimiento entre iguales. Tampoco él, debía confesárselo, presentaba un grado de salud mental impecable. Aunque nunca hubiera acudido a un terapeuta y aunque ningún médico de familia lo hubiera derivado nunca a un psiquiatra, su equilibrio mental sufría a veces alteraciones. Había llegado a pensar que su insomnio y su ansiedad eran dos trastornos que, como los icebergs, no eran más que el extremo visible de problemas más profundos. Alguna noche que había intentado dormir sin somníferos se había quedado despierto durante varias horas antes de conciliar el sueño o, como le ocurrió anoche, se había despertado en varias ocasiones. En una de ellas, cree recordar, se imaginó que, como a veces la puerta del piso no cierra bien, alguien entraba, llegaba hasta su habitación, penetraba sigilosamente en ella y lo cosía a puñaladas a través de la manta y de las sábanas. El otro día, de hecho, no quedó bien cerrada la puerta y sólo se vino a dar cuenta cuando se levantó por la mañana. Vive en un lugar algo aislado, en una calle secundaria de un barrio alejado del centro de la ciudad. Para llegar a su piso ha de atravesarse un patio al que se accede desde un amplio vestíbulo tras pasar por una puerta de metal; se debe subir luego a la primera planta y cruzar un pasillo cuyas ventanas dan a varios edificios aledaños al suyo. Todo este recorrido tiene algo de laberíntico, pero precisamente por encontrarse en un lugar algo recóndito se dice muchas veces que nadie se enteraría si recibiera una visita indeseada. Visitas deseadas ha recibido ya algunas, aunque casi ninguna se ha repetido. Sus vecinos deben de pensar que es un hombre huraño y solitario que recibe de vez en cuando extrañas visitas de trabajo o de placer. Sólo ha hablado un par de veces con un anciano que vive en un piso contiguo al suyo: apenas han tocado otro tema que no fuera el tiempo. Con el resto de vecinos se cruza rara vez. Unos lo saludan y otros no. Estos últimos, piensa, no actúan de este modo por ningún tipo de animadversión hacia él, sino porque consideran innecesario el saludo cada vez que uno se cruza con un vecino en el patio, en el pasillo o en las escaleras. Cada cual tiene su concepto de la cortesía. Resulta curioso pensar en la cantidad de tiempo —¿o, más bien, en el volumen de espacio?— que uno comparte con sus vecinos sin que suela darse ningún tipo de complicidad. Cuando recuerda a los vecinos con los que se ha ido cruzando en sus diferentes domicilios, encuentra todo tipo de particularidades. Todos, en cambio, o casi todos, fueron para él unos extraños en comparación con algunos de los vecinos de su infancia. Estos, la petudita del primero, el loco del quinto, la viuda del segundo, la casquivana del cuarto, el chismoso del tercero y otros más cuyas figuras, andares, rostros y hasta voces han quedado registrados en su memoria, tienen una consistencia de la que carecen los vecinos de ahora: la ausencia de unos es, por tanto, más poderosa que la presencia de los otros. Y, se decía, esto no sólo ocurría con los vecinos, sino con casi todo lo que en los últimos tiempos —ese indefinido periodo que puede haber empezado hace quince años o hace diez, pero que en cualquier caso dura ya demasiado— había ido entrando en contacto con su vida. Es decir, que todo padecía la misma palidez, el mismo desgaste atribuibles no sabía bien si al paso de la edad, a la pérdida del entusiasmo, a la tristeza acumulada o al propio signo de estos tiempos desvaídos, virtuales, líquidos. Insistía sin descanso en encontrar el revés de esas fachadas opacas de las cosas, de los rostros sin gracia de la gente, de los colores del cielo que nada le decían ya a su corazón, de una lluvia repentina de la que no se sorprendía. Hoy mismo, cuando después de desayunar había ido a la peluquería, se había prometido crear las condiciones para entrar en ese estado casi de trance en que tantas otras veces había caído mientras le cortaban el pelo. Es verdad que no era el mejor día para conseguirlo. Los sábados, hacia el final de la mañana, las peluquerías de caballeros están atestadas: seguramente los fastos y las fiestas que prevén para esa noche les exigen no sólo acudir duchados, perfumados y acicalados, sino lucir un corte de pelo reciente. Tal vez se daba la misma motivación en su caso, aunque casi nunca acudía a la peluquería los sábados. El peluquero, normalmente relajado, lo atendió con cierta prisa, siempre dentro de la corrección y la profesionalidad, pues después de él venían tres caballeros más y había otros dos que habían anunciado su visita para última hora de la mañana. Así que, a pesar de cerrar los ojos, de acomodarse flácidamente en el asiento y de alejar cualquier sensación que no procediera directamente del cuero cabelludo, no sintió ningún cosquilleo, ese extraño estremecimiento que por unos instantes lograba apartarlo de la realidad y de sí mismo, lo que él, para sus adentros, había llamado alguna vez un éxtasis capilar —pues estaba seguro de que se producía cuando una cuchilla o unas tijeras experimentadas y suaves acariciaban la piel para acabar con el lento e imperceptible crecimiento de su pelo. Aquella visita se redujo a un mero trámite. Aprovechó el tiempo de espera para leer un poco. Pudo concentrarse en aquella peluquería de caballeros en la que los caballeros que lo precedían y los que lo seguían en el turno permanecían sentados sin hablar unos con otros en una especie de sopor que la música indefinida que brotaba de una minicadena no hacía más que incrementar. Cerca del mediodía pagó los diez euros de su corte y salió. Las calles estaban repletas de gente. Costaba un poco ir sorteando tantas figuras distintas, cada una con su volumen y su altura, su velocidad y su ritmo, muchas en pareja y algunas en grupo. Le sorprendía el escaso interés que todas aquellas personas ponían en no tropezarse unas con otras. Parecían haber cedido sus andares a una inercia de la que no se sentían responsables, como si fueran la ciudad o acaso el propio sábado los que las arrastraban a actividades casi siempre comerciales —lo que quedaba demostrado al comparar la abundancia de gente por la calle los sábados y su escasez los domingos, el día en que cerraban los comercios. Él mismo estaba allí porque había ido a cortarse el pelo a la peluquería. Formaba parte, comprobó perplejo, de aquella masa adocenada que fluctuaba de un lado para otro buscando dónde meterse a saciar su hambre compulsiva de consumir o sencillamente a refugiarse del frío. Decidió ir a un café cercano. Había comprobado que cuando iba varias veces al mismo lugar y consumía lo mismo llegaba un momento en que los camareros debían de reconocerlo, no porque lo saludaran de un modo especial —y a veces no lo saludaban en absoluto— ni nada por el estilo, sino porque procedían a servirle su consumición habitual. No había acogida, sino complicidad. No se valoraba ningún tipo de calidez en el trato, sino la capacidad de estar atento a las costumbres del otro para ganarse su lealtad al local. Lo que más le sorprendía era que esto parecía un acuerdo tácito entre empleados y clientes. Debía de ser que estuvo siempre acostumbrado a otro tipo de trato. O que había acabado sorprendiéndose hasta de lo más nimio. Bien, se dijo, en este café no me reconocen todavía, aunque es la tercera o cuarta vez que vengo. No es tan malo seguir siendo un auténtico desconocido. Pidió un café con leche. Le preguntaron si quería la leche caliente o templada. El camarero vino con el café servido en el vaso y, después de la comprometedora pregunta y de su prudente respuesta, le sirvió la leche templada —mezclando la caliente y la fría que traía en sendas jarritas de metal. No dejaba de ser un ritual desesperante, por mucho que se hubiera acostumbrado a él. Nada relevante ocurrió mientras estuvo en aquel lugar tomándose el café con leche. Las cristaleras dejaban ver el flujo de gente que a esas horas del sábado seguía recorriendo el barrio. Entró un matrimonio con un niño de unos seis o siete años. El marido se paró a hablar con un señor que estaba tomándose un vino en la barra. Algo acerca de una página web que uno le recomendaba al otro visitar. Parecían conocerse desde hacía tiempo y se trataban con familiaridad. Al que entró con su mujer lo había visto varias veces en el metro por la mañana temprano, pues hacía el mismo recorrido que él; creía, incluso, no equivocarse si se decía que coincidían luego en el mismo autobús. A continuación, el señor de la barra se acercó a la mesa a la que se había sentado la familia, añadió algún dato sobre la página web y se despidió. En otra mesa dos matrimonios hablaban de unas fabadas y unos mejillones que habían comido en un enclave turístico mientras se comían unas gambas y le preguntaban al camarero si había callos ese día. Él seguía con su apesadumbrado café con leche escuchando las desoladas ondas que emitía su mente. Éstas lo hacían desplazarse hacia donde hubiera preferido no comparecer. Porque hay lugares interiores que deberían quedar siempre cubiertos por una espesa capa de olvido (…).

Lee también en Letralia: reseña de Luz que se escapa, de Rafael-José Díaz, por Alberto Hernández.

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