

Luz que se escapa
Rafael-José Díaz
Narrativa
RIL Editores
Chile/España, 2022
ISBN: 978-84-19372-65-9
106 páginas
1
En alguna página de Maurice Blanchot donde aparece la expresión “pérfida vocación”, el autor afirma que “el lado pérfido de la vocación proviene de que no va necesariamente, ni mucho menos, en el sentido de las aptitudes, ya que puede, al contrario, exigir una renuncia a los talentos naturales...”, confesión que sirve para entablar una relación entre los protagonismos de un sujeto que relata su vida como una vocación de fe, como una alternativa que lo mueve con el propósito de cambiar el rumbo de su conducta cotidiana.
El actante de Luz que se escapa es, precisamente, un sujeto atado a la rutina. Un hombre que a través de un solo párrafo de cien páginas recuerda sus diferentes etapas vividas en la isla donde nació. Desde la adultez mueve su memoria a la infancia y se deshace a veces de algunos recuerdos que podrán entorpecer su futura condición de “anarquista”. Es decir, busca escapar de lo que ha sido, de lo que muchas veces es: un niño bien criado, un adolescente de perfil ajustado a su origen, un universitario que lee y hasta se esconde porque tiene pocos amigos. Se trata, entonces, de un ser humano, aburrido de lo que lo rodea, y hasta de él mismo, por lo que necesita huir, salir del cascarón, del lado pérfido de la vocación, de ser lo que siente que ha sido.
Tiene vocación de lector, vocación de trashumante en la ciudad: se veía como un viajero errante, pero lo absorbía la rutina, el día a día, la letra repetida. Como todo solitario era un hombre comedido, de poco hablar, pero sí describía su ciudad con la mirada de un agrimensor. No renunciaba a sus talentos naturales, pero hacía de la costumbre un rótulo que lo afirmaba como un débil mental. Un problema de identidad. Sus viajes interiores aplicaban laberínticos, entre calles, solares, ruinas: una geografía alucinante.
2
¿Dónde quedó el nombre del personaje, el de la hermana, el del tío aventurero?
Él, ella, fantasmas en una ciudad. Él mismo, su yo, enarbolado como un anacoreta, como un personaje sin rumbo pese a que tenía destinos diarios precisos. Los personajes que lo acompañan son menciones, referencias que no se desarrollan en plural, sólo él, el viajero que el narrador enriquece con cada mirada, con cada descripción, con alguna metáfora onírica. Un atisbo del dolor, los olvidos.
Lo resaltante, el yo aludido por un narrador que se traslada con el personaje, que lo vive, lo transporta, lo evoluciona.
3
Este cuento largo, o más bien, esta novela breve, contiene todo el mundo de un hombre que trata de vivir plenamente desde su soledad. Plenamente desde sus recuerdos, desde sus ancestros, de los rastros familiares, desde la acumulación de eventos que comparte con estudiantes, profesores y seres anónimos que lo miran —a veces— como bicho raro, según la apreciación de él mismo.
Un tanto sartreano, el personaje admite que debe cambiar, que debe despojarse de esa suerte de depresión en la que “vive rodeado por un vacío desolador”.
Lo primero que no iba a aceptar era su propia forma de ser. Se había cansado de ser como era, de saber siempre de antemano cómo iba a reaccionar ante cualquier acontecimiento, de la insoportable e infalible posibilidad de prever sus posturas...
Es decir, salir del aburrimiento, y para eso “se volvió anarquista”.
El narrador lo traslada al pasado infantil, juega con sus recuerdos. Lo hace pasear temporalmente a través de una travesía de imágenes donde otros sujetos aparecen como ecos.
Un recorrido por la memoria de algunos de sus muertos.
4
Se comparó con el mundo nuevo, con la nueva forma de ser: por eso se quedó con la lectura, con los libros, mientras los otros, el Otro, se entregaba al mundo virtual deshumanizado.
Sin despegarse de la memoria, el narrador —el que lo cuenta, lo relata, lo hace ser— lo describe y lo convierte en un hombre distinto, un hombre que debe irse de lo que es, dejar de ser lo que aún es.
Entonces, al final, “tomó la decisión de marcharse”.
Cambió de vocación.
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