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Caleidoscópico

viernes 2 de febrero de 2024
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Ciertos lugares parecen matizar la luz del sol. Otorgan tonos y contrastes que forman un paisaje propio, independiente incluso de los accidentes geográficos o humanos. Esta tonalidad incide profunda, aunque a menudo inconscientemente, en nuestro estado de ánimo, aun más, en toda la vida.

Así me ocurrió cuando llegué a aquella casa. Necesitaba alojamiento barato y su ubicación, en las afueras, pero relativamente cerca del extraño pueblo al que me dirigía, era perfecta. El anfitrión me esperaba en una esquina, llena de negras bolsas de basura. Al acercarme a saludarlo una extraña sensación me embargó: parecía que se desdoblaba continuamente, como si su figura se reflejara en una cierta aura luminosa que lo rodeaba, casi duplicándolo. Su rostro se refractaba, como escapando de sí mismo. Lo más impresionante era el viso azulado violáceo que tenía todo a su alrededor.

Me dio la bienvenida y, como era de suponer, su voz reverberó en un eco pulsátil que creó en mis oídos una resonancia purpúrea. Fuimos caminando a la casa en medio de una densa oscuridad verde botella, donde las muchas luciérnagas brillaban como lentejuelas en el vestido de una travesti que actuase bajo luz cenital fucsia.

Asintió lentamente, como si comprendiera lo que aún yo no sabía.

Cuando entramos, un compacto olor a cedro húmedo, a vejez y a vino tinto rancio me pellizcó la base de los pulmones. Era un aroma que entraba rápido y hondo. Mareaba. Mi hospedero desdoblante con un gesto azulado me indicó mi habitación. Dije que estaba muy cansado y que dormiría enseguida. Asintió lentamente, como si comprendiera lo que aún yo no sabía, y me dio las buenas noches con esa voz que parecía llegar dos veces.

Me acosté pronto. Dormí mal. Me despertaban continuos destellos. Pensé que era el relampaguear de una tormenta lejana, hasta que me di cuenta de que estos brillos intermitentes eran demasiado fuertes como para no oír los truenos. Además, el color que se colaba entre mis párpados cerrados era… ¿Qué color era?

Abrí los ojos y los volví a cerrar de inmediato. No podía creer lo que veía. Son luciérnagas, me dije tratando de tranquilizarme. Abrí los ojos otra vez.

Una multitud de luminiscencias flotaban por toda la habitación. Pasaban del aguamarina al granate, mientras iban tomando una consistencia gelatinosa. Al mirar mis manos di un grito: podía ver cómo todo mi sistema circulatorio iba coloréandose insidiosamente con un tímido lila. Al saltar de la cama comprobé que mis pies parecían dejar tras de sí un reflejo, como si la luz que me inundaba quedara atrás unos segundos antes de volver a mis miembros. Por todas partes sentía un olor violeta, un canto púrpura, un toque eléctrico borgoña, un sabor lavanda.

Y lo peor es que no te has dado cuenta de que a medida que vas leyendo estas letras han asumido un tinte morado que ya nunca abandonará tus ojos…

Roberto Garcés Marrero
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