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Leteo

viernes 16 de febrero de 2024
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No se sabe por cuál carambola del destino esa ave de negro y verde plumaje tomó agua del Leteo, cruzó mares, llegó hasta América y se mezcló con las de su corte. Fue, sí, en América, donde se hizo más penetrante su mirada, más inapelable su augurio y más claro su canto. No era un graznido, ni un trinar melódico, más bien un silbido penoso, lúgubre y triste, que lo escuchaba a quien ella venía anunciar no sólo el final sino también el olvido.

Pero lo que sí se sabe es que, hace exactamente un año, en la casa de los Márquez Lovera sucedió algo que hasta ahora pocos recuerdan y otros ni siquiera se atreven a comentar. Luis Manuel, el hijo mayor de don Sebastián Márquez y doña Julia Lovera, se estaba muriendo y sonreía.

Luis nació rico de cuna, sin nada que le faltase. Era delgado, de perfil recto, ojos negros y medio enfermizo: una tos lo acompañaba fijo los meses de julio y diciembre. De pequeño se le veía largas horas mirando desde la ventana del salón principal a los pájaros.

—No aprietes tanto ese pollito —le dijo cierta vez la nana viendo a Luis que traía en su mano el premio que se había ganado en la tómbola del colegio—. No sé qué pretenden regalando esos animales.

De adolescente se iba solitario con una resortera al patio de su casa a probar puntería con unas latas. Una tarde, estando allí, un tordito se posó encima del muro trasero de la casa. Después de esa pared estaba el pie de la montaña, árboles de gran tamaño, los mismos árboles que podía ver desde su dormitorio.

La piedra hizo su trabajo y Luis corrió para ver su trofeo. Sin ninguna expresión de asombro ni mucho menos de dolor o arrepentimiento, le arrancó una pluma.

Vio el pájaro, se quedó unos segundos pensando inmóvil, para luego levantar su brazo izquierdo y estirar su resortera. Entonces ladeó un poco la cabeza, estiró con la derecha las ligas hasta rozarse el pómulo, cerró su ojo izquierdo y abrió el índice y el pulgar. La piedra hizo su trabajo y Luis corrió para ver su trofeo. Sin ninguna expresión de asombro ni mucho menos de dolor o arrepentimiento, le arrancó una pluma, la guardó en el bolsillo y lanzó el ave muerta fuera de la casa.

Así comenzó a coleccionar plumas. Las guardaba en una caja, las separaba y clasificaba: nombre del ave, tamaño, color, día que la encontró y olor. Olerlas y cerrar los ojos era lo mismo para Luis.

—Voy a volar algún día —le dijo a su nana.

Callado en su habitación dibujaba aves de todos colores. No era un pintor diestro, pero sus dibujos y pinturas eran bastante aceptables. A los dieciséis años les dijo a sus papás:

—Ya sé lo que quiero estudiar.

Don Sebastián y doña Julia se miraron sonrientes esperando lo que iba a decir el futuro doctor.

—Excelente, Luis. ¿Y qué es lo que quieres estudiar? —le animó sonreído don Sebastián.

—Ornitología.

Eso nunca sucedió, no se lo iban a permitir: terminó estudiando arquitectura.

Igual siguió observando a las aves y anotando sus movimientos, su vuelo, su colección abultada tenía un orden extremo, maniático, no dejaba que nadie la viera, no quería que nadie entrara a su habitación.

Lo que cambió de manera radical fueron sus gustos culinarios. Dejó de comer carne de cerdo, de res; sólo comía aves, lo que tuviese plumas, lo que volase. Se hacía a la idea de que de esa manera obtendría directo de la fuente lo necesario para cumplir su anhelo.

No sin protestar, doña Julia le permitía esas excentricidades. Al hijo débil, ensimismado y poco social había que complacerlo siempre. Y de pronto ahí estaba almorzando timbal de pollo sobre una cama de vegetales o pavo nadando en salsa de cebollas o un humeante pato en salsa o perdiz estofada y hasta las más exóticas aves en estas tierras como faisán con vino blanco. Todo marchaba dentro de la normalidad de un niño y ahora adulto mimado, hasta que se topó con la cruel y prohibida receta del escribano hortelano, esa donde ahogan en Armañac a la pequeña ave antes de asarla y que, por su diminuto tamaño, puede comerse de un bocado. Tan macabra resulta la ceremonia que la tradición invita a los comensales a cubrirse la cabeza y el rostro con un pañuelo de lino.

Atrapar, cebar las aves más pequeñas que conseguía y ahogarlas en licor se convirtió en un rito semanal.

Pero hasta ahí no llegaron las complacencias de doña Julia, católica practicante y devota de san Francisco de Asís. Así que Luis decidió hacer esas recetas solo y a escondidas. Atrapar, cebar las aves más pequeñas que conseguía y ahogarlas en licor se convirtió en un rito semanal que cada vez hacía con destreza y en el que disfrutaba más la elaboración que el resultado final.

Todas las mañanas se revisaba el cuerpo en busca de algún cambio, de alguna señal que le sugiriera que tantas aves comidas, tantas plumas olidas, le estuvieran haciendo efecto en su cuerpo.

Una noche, hace un año, Luis dejó abierta la ventana de su cuarto. Veía los grandes árboles espesos, oscuros, al tiempo que escuchaba el trino de las aves nocturnas junto a los grillos y el croar de los sapos. Nunca vio los autores de ese concierto, música que, al igual que el tinnitus, mientras más lo escuchas más te atormenta. De pronto, en medio de sus cavilaciones profundas, le llegó el aleteo de lo que debía ser un ave de gran tamaño, algo que, cuando se posó en el árbol, hizo que crujieran algunas ramas y trajo, acto seguido, un silencio pesado, ceremonioso y total.

Luis se acercó a la ventana intentando ver qué había hecho presencia de manera tan marcada y autoritaria, pero no pudo distinguir nada. Sentía la presencia y, más aún, que era observado. Vio una pluma en el borde de la ventana, la tomó y mecánicamente la olió. Una leve brisa movió algunas ramas y, con la tenue luz de una luna creciente, pudo ver una figura que hizo un rápido pero corto movimiento de cabeza y luego volvió a su posición. Luis tosió un poco, con el puño en la boca para disminuir el ruido, y luego fue hasta el viejo cajón de su cuarto donde guardaba sus juguetes de niño. Allí encontró la resortera. De inmediato tomó una canica y regresó a la ventana. Buscó de nuevo la figura en el árbol, pero no la veía. De pronto comenzó a escuchar un ulular, un silbido que se repetía. Tosió de nuevo y respiró fuerte, entrecerraba los ojos buscando afinar la vista para así encontrar la figura alada. Nunca había escuchado ese canto, lo hacía sentir incómodo. El acceso de tos se hizo más intenso, se llevó la mano abierta al pecho. Ya era tan fuerte e inocultable que sus padres entraron a la habitación. Lo vieron parado frente a la ventada, con la resortera que colgaba en su mano izquierda.

Lo sentaron en la cama y don Sebastián mandó a llamar con urgencia al médico de cabecera.

—Escuchen el canto de ese pájaro —dijo Luis mientras volvía a toser—. ¿No les parece extraño?

Ahí estaba de nuevo el gorgoreo que venía desde alguna parte de la montaña.

Los padres no escuchaban nada, la nana tampoco, pero igual ella se persignó y fue hasta la ventana a gritar unas cuantas groserías e insultos al aire. Luis comenzó a imitar el silbido con el poco aliento que le permitía su estado. Hizo silencio y escuchó. Ahí estaba de nuevo el gorgoreo que venía desde alguna parte de la montaña. Repitió su silbido, sonrió, sentía que conversaba, que ya estaba logrando en algo eso que tanto soñaba. Pero entonces sintió una asfixia y abrió la boca en franca desesperación, arqueando la espalda como si el aire le huyera. En cierto momento, aquel poco aire que le entraba le supo a brandy. La nana se llevó las manos a la cara e insistió en sus improperios, pero ya desalentada por los esfuerzos inútiles de intentar espantar lo que no veía y que sólo oía su pequeño Luis.

La desesperación de sus padres se convirtió en una bruma, hasta que escucharon la llegada del médico. En eso todos pudieron escuchar un aleteo fuerte, un resoplido de alas fuera de la habitación. Un negro movimiento salió de entre las ramas de un árbol y sobrevoló los tejados de la casa. Cuando pasó por encima de la habitación de Luis, el ave abrió y cerró ambas garras con mucha fuerza, como atrapando una presa invisible para luego levantar aún más su vuelo y perderse en la oscuridad. En ese instante, un cuerpo se desplomaba sobre la cama y una resortera golpeaba contra el piso de madera.

Carlos Alberto Curé Mastrángelo
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  • Leteo - viernes 16 de febrero de 2024

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