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Bondi

martes 20 de febrero de 2024
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¿Se te ocurriría verme y pensar que no soy desechable?

¿Sabés cómo se siente ahogarse en el calor del cemento?

Ni siquiera valdría la pena resistirse.

Cuando vas de un colectivo a otro y de una escuela a otra sentís el absurdo de haber creído que alguna vez portaste el fuego. Hace rato ya te diste cuenta de que tu trabajo no cambia nada. Cuando vas así, apretujada entre gente que está más cansada que vos y más rendida que vos, pensás en lo lejos que quedó aquel tiempo.

Si seguí adelante, fue por curiosidad. Me sostuvo esa necesidad obsesiva de saber qué trae cada nuevo día. Como cuando se aguarda y se aguarda en la parada oteando el punto de fuga de la calle y se sabe que, cuando venga el bondi, va a rezumar humanidad, pero aun así se mantiene la esperanza de poder subir. Un detalle cualquiera, una pregunta reflexiva, una respuesta observadora, una puesta en común entusiasta, una lucecita a lo lejos, que validen la espera, o la pelea.

De un tiempo a esta parte se siente tan triste, tan desesperadamente triste pensar en mañana.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte se siente tan triste, tan desesperadamente triste pensar en mañana. Tal vez sea porque ya no hay curiosidad.

No sé si es auspicioso o meramente destructivo ver quebrarse una a una todas y cada una de las esperanzas. Ilusiones, tal vez. Y en ese caso, ¿no hay que agradecer que se esfumen?

Mañana, lo único que trae es pérdida, vejez y soledad. Sin vuelta atrás, no hay nada nuevo que esperar en la curva descendente.

Del 242 al 621, con la media hora de espera y los veinte minutos más y surcar el polvo del camino y lo que te da un respiro son esos rostros que sonríen al verte y vos sentís que están con vos esperando ese colectivo que no llega nunca, cuando lo que querés es que surfeen todos los mares y que tengan la fuerza de cambiarlo todo.

No es bueno dejarse llevar por el desencanto. Tampoco es bueno dejar que los signos de la humillación se conviertan en tus células. No es bueno pero a veces no tenés cómo sostenerte. Comenzás a enamorarte de la idea de que no llegue el día, de que se alargue la noche.

Es sabido que hay que tener cuidado con lo que se desea, o estar preparada.

Una de esas noches de regreso cansado salió a mi encuentro. Su cara tapada, los ojos como ópalos. El arma en su cintura.

—Dame el celular y la guita. ¡El celular y la guita!, boluda.

Mi boleto de salida, la encarnación de mi deseo, brillaba bajo la luna. Yo lo miraba como en un sueño. Comúnmente se mide el grado de convencimiento sobre cualquier cosa en el límite de su posibilidad. Yo supe lo que quería en ese momento.

—¿Por qué no disparás? —le dije.

—¡La concha de tu madre!, pelotuda ¡Estás robada! ¡Querés que te apague, guacha!

A esta altura me estaba despidiendo de la vida, las lágrimas se me aflojaban y caían por mi cara y era liberador. En medio de esa encrucijada, no se me escapó la capacidad expresiva que tenía mi atacante. La agradecí.

Estaba decidida a tomar este bondi. Comencé a caminar alejándome y le dije:

—Estoy agotada, no sabés cuánto. Hacé lo que quieras. Sólo que si me ponés un dedo encima podés llevarte una sorpresa.

No sé de dónde saqué eso. No sé qué le habré transmitido en mis gestos. Pudiendo arrebatarme lo que quería, en lugar de eso, se quedó estupefacto viéndome ir. Todo parecía haberme salido increíblemente bien. Entonces tenté a la suerte.

—Mañana paso otra vez —dije—, si para entonces cargaste el arma igual no te voy a dar nada.

—Estás pirada, loca.

—Sí, las dos cosas.

Y me dejó ir.

No podía discernir la calidad de mi suerte.

¿Soy afortunada o insoportablemente patética? No podía discernir la calidad de mi suerte. Como fuera, algo en mi interior se movilizó. Creo que había vuelto a gustar de mí misma, un poco. Posiblemente la adrenalina, que habría drenado de manera subterránea, sería la responsable. Cuestión que todo esto me había sacudido la tristeza.

“No te entusiasmes. Sos la misma pobre perdedora que creyó que sabía algo que a alguien le pudiera importar”. Sorprendente. Esa voz me resbaló. Es decir, la escuché, le creí, porque siempre le creo, pero hice espacio y presté oído a otras voces que, no negando esto, solamente decían otras cosas, como: “No estuvo tan mal, pero cuidate”.

¡Cuidate! Dicho con afecto.

¡Cuidate! Faltaba el “tesoro” para sentirme como cuando eso me era dicho con frecuencia.

“Tesoro”. Fui un tesoro alguna vez.

¿Qué me pasó? ¿Cómo fui a dar al fondo del basural? ¿Cómo dejamos, tristes existencias, que nos hayan puesto allí?

Pasaron unos días y al bajar del colectivo y adentrarme por la calle interior creí ver una sombra de actitud furtiva. De lejos no se veía violenta. Se notaban sus carencias, su vida más triste todavía que la mía.

Hacía un buen tiempo que venía pensando en lo difícil que me resultaba ver que alguien vulnerado pudiera llegar a actuar con maldad. En todo caso, si “maldad” es inasible, ¿diremos crueldad?

Una víctima que, lejos de perseguir alguna justicia, me arrojara a la cara su lección bien aprendida. La crueldad puede ser una buena maestra.

En cuanto a pedagogías, en la escuela, escribo con tiza “desigualdad” y vemos mapas, cuadros conceptuales y hasta índices Gini. En la calle la fisura manda, ni qué decir cuál va ganando.

Y ahí estaba el “educando” de redes sórdidas, emulando lo sombrío de la noche. Y ahí me aventuraba yo, en el límite, sin saber si esta vez tendría balas. Ridículamente escribí en una hoja de cuaderno: “Estamos del mismo lado” y agregué un par de alfajores que traía. Levanté mi mano con la hoja para que me viera y la sujeté bajo un adoquín suelto. La luna era una espada curva que se reflejaba en el agua de la zanja. Caminé anticipando el arrullo sordo de pasos sigilosos, pero nada. A la mañana siguiente, pasé por el lugar para ir a la parada. Bajo el adoquín sobresalía la hoja. “No la leyó”, pensé. Sin embargo, con la punta de un ladrillo me había respondido. “Frula”, decía en rojo, tapando un poco mi escritura. Saqué mi lapicera y escribí en un rincón de la misma hoja: “Casa y escuela, ¿no es mejor?”. Esta vez dejé mi lapicera. Después lo pensé mejor y agregué otra hoja y volví a pensarlo mejor y le dejé mi almuerzo. En el papel agregué: “Si te gustó, dejame el táper y mañana te traigo más”.

A la noche el táper estaba vacío y el papel decía: “Grasia”.

Al otro día, mismo camino. Dispuesta a dejar lo prometido, doblo para tomar la calle de la parada y ahí estaba. No sé por qué no imaginé la posibilidad de encontrarlo con la luz del día.

—Oiga —me dijo cuando me acerqué—. No soy bueno, pero no soy un perro, ¿eh?

—¿De qué otra forma te iba a dejar algo?

—Además vos no me podés enseñar nada a mí, si no sabés cómo vivo yo. Vos no estás de mi lado.

—Mirá dónde estamos —dije yo amagando sacar la comida que traía para él.

—Guardá el bagayo, yo tengo dónde comer.

—Ok, disculpá.

A mí nadie me habla. Sólo me ordenan, me pegan y hasta me disparan.

Comencé a caminar.

—Y te vas a ir nomás…

Sonreí.

—No querés la comida…

—¿Sabés por qué no te robé?

—No…

—Porque me hablaste. A mí nadie me habla. Sólo me ordenan, me pegan y hasta me disparan, alguna vez.

—¿A sí? ¿Cómo es que te ordenan?

Hice caso omiso de lo de los disparos y los golpes. ¿Qué podía preguntarle sobre eso? Este es un mundo demencial.

—Me dicen cosas como: rajá, picá, volá, y el que me da la comida en el comedor me dice comé —increíble pero me sonrió.

Le devolví el gesto.

—En cambio vos el otro día —continuó— me dijiste muchas palabras todas juntas y no me siseaste como otra gente. Gracias.

—No se me habría ocurrido que algo tan simple pudiera hacer la diferencia.

—Para mí fue importante.

Luego de un breve silencio agregó:

—¿Cómo es, igual, que no tuviste miedo?

Tardé en responder. ¿Qué le iba a decir a un chico? ¿Que soy una desesperada? ¿Qué me quería morir?

—Estaba realmente muy cansada y por cosas de la vida, me sentía triste —fue mi respuesta.

Soy falopero. Nadie puede conmigo y no me quieren.

Era un chico, tendría quince años, y pude reconocer en sus ojos mi misma tristeza, siendo que triplico largamente su edad.

—¿Sabés por qué robo? —dijo tan despacio que tuve que acercar mi oído.

—Creo saberlo —dije en el mismo tono.

—Yo sé lo que es la tristeza.

—¿No tenés un lugar en dónde quedarte?

—Soy… Soy falopero. Nadie puede conmigo y no me quieren.

—Siempre se puede —dije eso porque algo había que decir, porque verbalizar la verdad no es necesario, porque tenía que irme a trabajar, porque yo era incapaz de cambiar algo en su vida, y por decir algo más agregué—. Si hubiera un lugar en el que pudieras estar tranquilo, comer, bañarte, dormir, jugar videojuegos, ¿tratarías de dejar de consumir para ir a la escuela?

Se le iluminó la cara y luego volvió a ensombrecerse.

—No lo sé. Lo único que me da algo es la falopa. Hasta ahora ninguna otra cosa funcionó para mí.

—Ahora me tengo que ir a trabajar. Pensalo. ¿En serio no querés mi comida?

Dudó un instante y alargó la mano. Volvimos a sonreír.

Desesperación. Olvido. Cemento. Basural. Y, a pesar de todo, debo haber necesitado, perentoriamente y contra todo, un acto rebelde de salvación, en honor del fuego que alguna vez llevamos, qué sé yo. La palabra me salió sin que me diera cuenta:

—Ojalá sea un buen día, tesoro.

Sí, tenemos valía las personas aunque no habitemos los barrios bien trazados y muy acaudalados.

Y como si nada me fui. Tesoro. Sí, es un tesoro. Un chico como un tesoro olvidado en un basural. Sí, tenemos valía las personas aunque no habitemos los barrios bien trazados y muy acaudalados. Aunque viajemos como ganado en los colectivos. Aunque envejezcamos llenando pizarrones de mapas de quiénes somos y qué nos pasa y que nos parezca tan difícil volver a encender el fuego. Tesoro.

Al anochecer encontré el táper vacío y una nota: “Pero vos acompañame”.

Vínculos deteriorados, redes nefastas, adicción, desnutrición, desamparo. Realidades ineludibles que enfrentar. Pero no menos reales son las palabras. Y qué bueno es encontrar una palabra que quiebre el sortilegio de la suerte. Qué bueno es dar una batalla para no ahogarse en el cemento, para que todo no termine allí, en el absurdo. Qué bueno puede ser encontrar algún mapa que nos lleve lejos de los bondis que no llegan y más cerca de las palabras vivas en pizarrones vivos y que nos muestre el camino de regreso a nuestros tesoros perdidos.

Mariana Samperi
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