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Intimidad

sábado 23 de marzo de 2024
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¿Cuál podría ser la probabilidad de que dos habitantes del Río de la Plata, que no se conocen, coincidieran en Tokio, Japón, en un supermercado, para luego descubrir que comparten el mismo edificio?

Sol de Abril convive con tiburones, los estudia, registra su dispersión en el océano, los clasifica, los observa.

Junco es surfista y futuro oceanógrafo no muy convencido.

Sol de Abril llegó a Tokio desde Kesennuma el martes. Le apesadumbraban las imágenes de los tiburones sin vida. Entendía a los pescadores, pero no el negocio.

Junco arribó a Tokio el miércoles. Venía de probar las olas de Tsurigasaki.

El nombre melancólico de ella vino como herencia del abuelaje hippie por la línea de su padre, y porque en el Río de la Plata, anterior al calentamiento global, abril fue el mes de la entrada suave en el otoño y es cuando el sol llega con la intensidad del abrazo, del abrigo, del leño encendido.

El nombre de él vino de mamá y papá ambientalistas en la juventud y emprendedores sushi en la adultez. A la hora de nacer Junco, el nombre sonaba cool.

Sol de Abril es una chica del montón. Junco, en cambio, es extraordinariamente bello.

Sol de Abril es una chica del montón. Así por lo menos se clasifica a quienes pueden tener más o menos atractivo en algún aspecto, pero no sobresalen en nada, físicamente hablando.

Junco, en cambio, es extraordinariamente bello. Así, al menos, se clasifica a quienes cumplen con todos los arquetipos estéticos con el agregado de algo como un toque personal que lo saca de cualquier estereotipo.

Aunque no se notara en la superficie, Sol de Abril peleaba por su lugar en el mundo, porque la clase social de la que venía y su lugar en la taxonomía femenil no le dejaba otra alternativa. No se reconocería esta pelea como del tipo de las épicas. Sería más bien una batalla silenciosa, rutinaria, de milimétricos movimientos, invisible. Pero era una batalla.

En contraste Junco era festejado y requerido en varios continentes. Conocido en los Opens internacionales. Lleno de admiradores y admiradoras. Miles de admiradoras. Todo le venía dado. Su única pelea la llevaba con las olas del Pacífico.

En el otro gran océano Sol de Abril había descubierto un hueco en el que podía instalarse para observar a los tiburones del lugar. Ella buceaba, una condición indispensable para ver de primera mano los seres del mar. Cerca de Bahía San Blas, en Buenos Aires, llegó una vez a una cueva subacuática. Por la forma en que aquella abertura en la roca se disponía, permitía, como en una burbuja, respirar aire y observar el mar en su profundidad. Era su lugar en el mundo. O bajo el mundo.

Lo que la llevó a Japón fue la necesidad de investigar sobre una de las especies abundantes allí, que inesperadamente había llegado a verse en las costas de la bahía.

Esa vida que ella llevaba, más hundida en el mar que con los pies en la tierra, la convirtió en una experta, y por eso el Instituto de Oceanografía le había encomendado aquella investigación.

En el pueblo de pescadores que había visitado pudo ver miles de cadáveres.

Ella había visto a los tiburones atacar y devorar a sus presas, mil veces. Había visto de cerca la mandíbula mortal cernida sobre el cuerpo de otro pez, o de una foca, y había visto en todo aquello la vida en juego. La necesidad de vivir.

Al ver los cuerpos cercenados que traían los hombres en los barcos, no pudo ver otra cosa que la banalidad. Cercenar y desechar por placer.

Seguía pensando en eso cuando, ya en Tokio, ya en la góndola de pan, elegía cuál llevar. Una mano delante de sus ojos, alejando de ella el semillado de centeno sobre el que cavilaba, la volvió al presente. El dueño de la mano hablaba en español, conversaba por su celular del clima y de la playa y farfulló un sumimasen sin mirar. Ella sí. Ella lo miró conmovida por lo que veía. Lo miró mientras él se alejaba y se sintió sola. Cayó en cuenta de su soledad.

No fue el haber convivido con una lengua otra, sino los sonidos familiares, en aquel lugar lejano y de la boca de alguien tan imposible para ella, lo que le patentizó aquella certeza.

—Por lo menos comemos el mismo pan —se dijo dirigiéndose a la caja.

Caminó hasta su departamento por calles muy comerciales. No había lugar para pensar con la tremenda y alucinante invasión visual.

Fue al llegar al ascensor que formuló la tesis de las luces de Tokio.

Fuera del influjo de la calle, tal vez reteniendo las imágenes residuales, elaboró la idea de que los haces de luz lo conectaban todo.

El mismo pan, y el mismo techo y allí mismo, esperando el mismo ascensor, él.

No había nada que perder, pero le ganó la vergüenza.

¿Qué podría hacer? Tal vez, saludar en español y develar que lo había notado cuando él ni siquiera ahora registraba su presencia. No había nada que perder, pero le ganó la vergüenza. Pero no había nada que perder, ella ya tenía un lugar bajo el mar.

Así que avanzó, aunque no tan directamente.

Hello, please forgive me, but are you from here? or are you a tourist… I don’t want to bother you. It’s just that I’m passing through here and I don’t know anyone… I’m… I’m sorry.

Habló en un inglés tan malo que provocó una inclinación de cabeza y una sonrisa, junto con el fruncimiento del ceño en señal de atención.

I’m not a tourist but I don’t from here. I’m from Uruguay.

“Súper”, pensó ella. Y realmente lo era. Gracias, luces de Tokio.

—Soy de Argentina —dijo Sol de Abril con una mano en el corazón y una sonrisa para nada social.

—Eso explica tu inglés —dijo él en el tono que ella ya conocía.

“Cipayo”, pensó, como decía de toda persona demasiado respetuosa del paradigma idiomático blanco imperialista. “Cipayo adorable”, agregó en silencio.

—Ja, ja —respondió y agregó dando lo mejor por no ahogarse con las palabras—. Me resulta increíble conocer a alguien de nuestras tierras en un lugar tan lejano.

—No creas, hay muchos latinos por acá. Yo siempre encuentro compatriotas.

—¿De la Patria Grande? —dijo Sol de Abril apelando a cierta provocación histórico-política, ante lo anodino de la respuesta recibida. Ella quería imaginar que estaban solos en la ciudad: “Perdidos en Tokio”, y resultaba que eran “muchos” y ella, allí, del montón.

Él se encogió de hombros. De todas maneras, preguntó.

—Y entonces, ¿qué te trajo hasta acá?

El ascensor abría sus puertas para recibirlos.

—Estudio tiburones —respondió ella.

—Qué bien. Yo practico surf y estudio oceanografía. En algún momento me recibiré —dijo él con honestidad, sin el menor atisbo de lucimiento.

—Así que el mar también es tu elemento —dijo ella convencida de que pan, techo, idioma y elemento eran demasiadas coincidencias—. Y veo que te gusta el mismo pan que a mí —agregó ahora que ya estaban las cartas echadas.

Él bajó la vista hacia su bolsa de las compras y ella señaló la suya en la que asomaba el penacho del paquete de pan. Él sonrió y cayó en la cuenta.

Lo que ocurría con Junco, ni él mismo lo entendía. Surfear las olas del mundo podía ser un buen escape de muchas cosas.

—También compramos en el mismo lugar —respondió encontrando mágicamente la sintonía.

—¿Viniste solo? ¿Alguien te acompaña?

—En realidad… Ahora estoy solo, me quedan un par de semanas acá.

Lo que ocurría con Junco, ni él mismo lo entendía. Surfear las olas del mundo podía ser un buen escape de muchas cosas.

—Entonces espero verte, en unos días más salgo a Kesennuma otra vez, pero entre tanto… En fin, yo bajo acá.

Era el piso treinta y cinco. Sol de Abril salió al pasillo como quien es expulsada del paraíso. Antes de que las puertas se cerraran escuchó:

—¿Cuál es tu departamento? ¿Querés cenar conmigo? Así conversamos.

—Es el 3530.

—OK. Te veo luego.

  1. Lo vería luego. Era un hecho. De manera que decidió prepararse. Se metió en la ducha, se miró desnuda y no, su cuerpo no tenía nada comparable a la armoniosa simetría que se veía y se adivinaba en él. Pero eso, de verdad, no le preocupaba. Ya había llorado, había pasado por la anorexia, por las dietas, por la gimnasia y con el tiempo había aprendido a no pelear con ese instrumento al que, en cambio, le enseñó a hablar. Su cuerpo hablaba muy bien su propio lenguaje. Sólo que, cada vez lo sabía más, necesitaba una correspondencia, necesitaba que alguien le hablara a ella así, como ella deseaba.

A las diez y unos minutos, cuando se había ovillado en su sillón a mirar un poco de televisión, tocaron a la puerta. Abrió y mejor no pensaba en esas luces trazando destinos, porque la risa de felicidad y nervios la haría ver como a una demente.

“Hola”, sonó entre ella y él.

Luego se dijeron los nombres.

—Sol de Abril.

—Junco.

No evitaron la risa.

Cocinaron algo sencillo con lo que tenían y se sentaron a hablar de lo que hacían y de dónde venían mientras miraban un programa de juegos en la televisión con el volumen bajo.

Ella lo acariciaba con la mirada. Él la acariciaba con la mirada. Pero aún tenían que cruzar el mar.

Pasaron un par de días en los que sin anuncios se reunían en las últimas horas para comer y ver alguna película por streaming. Ya habían tenido suficiente de la televisión japonesa, tan parecida a todas.

Luego en un atardecer él le dijo:

—Mirá lo que descubrí.

Más allá del mar de luces se veía la inmensidad acuosa, verde-celeste, abrazándose con el cielo.

Subieron hasta lo alto del edificio. Era el piso cincuenta. Salieron a la terraza. Más allá del mar de luces se veía la inmensidad acuosa, verde-celeste, abrazándose con el cielo.

—He ahí nuestro elemento —susurró Junco.

Sol de Abril respiró. Acostumbrada a las profundidades, tenía que adaptarse a los sentidos de la superficie; tan alto estaban que el viento bramaba libre, como cuando la tabla asciende a la cresta de la ola y comienza su viaje. Cerró los ojos. Para ella no era una cuestión sólo de piel. Sí, de todos modos, era cierto que cada centímetro de Junco le paraba los vellos de la nuca, le hacía agua la boca y otras cavidades. Recordó los cadáveres en el puerto. Le pareció comprender que el deseo de los hombres había hecho de ella un cadáver. Los hombres anteriores en su vida habían callado su lenguaje. Habían hecho y dicho lo suyo dejando su cuerpo desangrándose, mudo y sin alas.

El deseo de ella era más parecido al de los tiburones, porque surgía desde lo profundo, porque en él le iba la vida, dando al cuerpo devorado el rango de lo que nutre y salva. Bueno, no es que ella quisiera devorar a Junco (más o menos). Ella era un ser de lenguajes y metalenguajes. Se dio cuenta de que en este aspecto sí, ser una mujer, haber constituido su subjetividad en clave de mujer, la impulsaba a buscar seres vivientes y no cosas. Y lenguajes. Su deseo necesitaba de gestos y sonidos entrelazándose, abrigándose, reconociéndose en el inmenso océano de las soledades. Se dijo que probablemente eso es lo que se denomina intimidad.

Sabiendo qué quería, habló.

—Junco, quiero pedirte algo. En otra parte, en nuestros respectivos ambientes, jamás hubiéramos tenido ni la más mínima posibilidad de conocernos. Pero aquí nos encontramos, las luces de esta intensa ciudad nos reunieron. Y yo me siento un poco extraña. Nunca le hubiera dicho a nadie lo que te voy a decir.

Parado mirando la lejanía, giró hacia ella, como los bellos peces que sin escapatoria ven venir su final. Pero ella no estaba allí para hacer de él un cadáver.

Haciendo caso omiso de la dudosa solidez de la superficie bajo sus pies, continuó.

—Tengo que confesar que no es que hablaras español lo que me hizo notarte. Me siento muy superficial, pero nunca tuve la posibilidad de disfrutar de una belleza como la tuya.

Lo había dicho. Tenía que seguir, pero al abrir su boca para continuar escuchó:

—Yo tampoco. Yo tampoco había podido disfrutar de una belleza como la tuya.

Sol de Abril tomó lo dicho como mera amabilidad. De todas formas lo agradeció y retomó su argumento yendo directamente al objetivo.

—Si no te molesta quisiera proponerte esto como una experiencia exploratoria como…

—En tu departamento o en el mío.

Ella recordó que no era como los tiburones, que tampoco era surfista, por lo que el vértigo que sentía la hizo temblar y no confiar en sus rodillas. Él la tomó de la mano y tiró hacia la salida.

—En el tuyo —dijo ella—. Está diez pisos más cerca que el mío.

Sólo había que flotar y moverse, deslizarse y ver emerger la piel escondida, la curva de un hueso, el latir de las arterias.

En el ascensor nadie movió ni siquiera el aire. Llegaron al piso cuarenta y cinco, y a la puerta 4510. Fue entonces que todo se tornó agua. Sólo había que flotar y moverse, deslizarse y ver emerger la piel escondida, la curva de un hueso, el latir de las arterias, la danza entre los dientes y la lengua. Todo lo erectable, erecto. El fragor de la sangre fluyendo. El clítoris tensaba el bajo vientre mientras todos los labios se abrían. Ella buscó con los dedos el contorno del pene y al recorrerlo sus pezones se erizaron y su boca le pedía aquello que latía en su mano, sólo que no podía realizar otra acción que no fuera luchar para no dejar ir todo el aire de sus pulmones al sentir la boca de él en su seno derecho y luego en la curva de su cintura y su lengua en el ombligo.

Aquella primera vez abrió las compuertas de todos los sentidos. Pasaban los días en uno u otro departamento. Algunas veces era mirarse y respirar el mismo aire, otras, morder y saborear dulzores y sales. Se conocían desde los dedos de los pies hasta la punta del cabello. Cuando él pasaba sus labios por la espalda y los presionaba en la redondez de las nalgas, ella recordaba las olas rompiendo contra la playa. Cuando ella atrapaba el pene entre sus labios él evocaba las mejores pipelines de su vida.

Algunas veces se proponían ir a conseguir víveres imprescindibles. Entonces caminaban al supermercado y decidían qué comprar. Hacía días que vivían en la copresencia una del otro. Y todo significaba una sola cosa. Intimidad.

Una de esas veces en que habían decidido que la alfombra los llamaba y reposaban allí, ella creyó haber conquistado lo que quería. Esa sensación de expandirse y de tener un espacio en común con la otra persona. Un espacio, por supuesto, que se significa en lo emocional compartido y se corrobora en los gestos que se complementan.

—¿Será tóxico? —preguntó.

—¿Qué? —inquirió él estirando los brazos hacia atrás para luego bajar hasta el rostro de ella.

—Creer que es posible o deseable la intimidad.

Junco debió pensar en que la respuesta era un “no” obvio sin darse cuenta de lo que ella planteaba.

—Te voy a dar un ejemplo de intimidad —dijo él—. Te hago esto y te da escalofrío. ¿Ves?

La lengua de él lamió un pezón de ella.

—En cambio te hago esto y te brota el sudor —dijo poniendo el torso de ella de costado y abarcando con la mordida el hueco de la cintura mientras tomaba el muslo sobrepuesto y lo abría. Tal movimiento lo dejó entre las piernas de ella—. Y esto te quema —dijo besando el camino hacia el clítoris. Lo rodeó con la lengua y lo apretó con los labios para luego lamerlo de lleno hasta que el orgasmo la atravesó.

Cuando pasaron los espasmos él dijo:

—Te conozco.

Ella sonrió y lo atrajo para besarle los labios y pasarle los dedos entre el pelo.

—Yo no digo que la intimidad sea sexo. Que yo te toque, que vos me toques, que tu pene se endurezca, que me penetres.

Eso no es intimidad. Puede ser placentero, pero no es intimidad.

—Que te lama…

Rieron.

—Eso no es intimidad —continuó ella—. Puede ser placentero, pero no es intimidad.

Junco se quedó mirándola, todavía estaba sonrojado y su pelo continuaba desastroso, se veía más encantador que de costumbre.

—Claro. ¿Y entonces? —dijo él besándole las cejas.

—Es que, cuando nada te asusta, todo te hace bien, no tenés que fingir, podés hacer lo que quieras y la otra persona lo disfruta y todo lo que hacés, como comprar, comer, ver televisión, se significa de manera compartida, bueno, yo siento que eso es intimidad. Y se siente bien, pero te cuesta la independencia.

Sol de Abril puso las plantas de los pies en la alfombra peluda y movió las rodillas elevadas de uno a otro lado. Él se volcó sobre su estómago y la observó con su cabeza sobre los antebrazos.

—¿Te pasa que quisieras que la vida fuera esto? De un departamento a otro, del súper a casa. Ver Tokio iluminada desde la terraza. Amanecer en la alfombra desnuda conmigo, desnudo también —rieron—. ¿Querrías que no hubiera un mañana?

Sin saber por qué, sintieron ganas de llorar.

—Mañana vuelvo a Kesennuma —dijo ella.

—¿Y ya no regresás?

—Vuelvo en una semana y en dos días más salgo para Buenos Aires.

Ella giró para darle la espalda. Él le corrió el pelo y puso su nariz en la unión del cráneo con la primera vértebra.

—Voy con vos.

Llegaron cuando la luz del sol se escondía. Allí en Kesennuma vivieron en una cabaña de bambú y troncos frente al mar. Eso distaba mucho de ser la gran ciudad. Ella trabajó arduamente buceando y haciendo informes. Él probaba surfear en esas olas, aunque estaba más acostumbrado a las playas del sur.

Como oceanógrafo en ciernes, un par de veces quiso bucear junto a Sol de Abril para conocer el banco de tiburones. Ciertamente, era otro mundo. Junto a ella y con su guía pudo observar bajo la luz azul violácea los movimientos implacables y admirar la familiaridad con la que ella se movía allí, como una pequeña sirena.

En un oscuro atardecer con amenaza de tormenta eléctrica, permanecían en la cama con el fuego encendido.

—Pareces una sirena allí abajo. Es tu mundo.

Entonces ella le contó de su rincón mágico bajo el agua en Bahía San Blas.

—El tiempo acá se nos termina —dijo ella pensativamente—. Nuestra intimidad llega a su fin.

Él se incorporó y se sentó sobre los talones en el colchón; ella lo miraba desde abajo sintiendo frío al ser destapada.

Fue un golpe, pero por qué no iba a ser así.

—Sol de Abril —dijo mirándola con seriedad—, en mi mundo debería casarme. Estoy prácticamente comprometido.

Fue un golpe, pero por qué no iba a ser así. Sol de Abril sólo preguntó:

—¿Es lo que querés?

Junco se encogió de hombros. Luego dijo.

—Es lo que todos esperan.

—¿Ella o él, te quiere? —de pronto se sentía muy mala por estar en medio de dos personas. Aún cuando no había sido consciente de eso.

—Supongo. Es de quien vos dirías que es “la persona adecuada” para mí. Como dice todo el mundo, por otra parte. Pero creo que a veces duda entre quedarse conmigo o con un corredor de bolsa que conoce.

No dijeron más sobre el asunto. Comenzaron los rayos y la tormenta se desató con truenos. Parados frente al ventanal miraban hacia la playa mientras se abrazaban bajo la manta. Ella y él sentían que lo que les pasaba podría no tener otro lugar, más que en el mundo violeta y rojo de los tiburones, pero les bastaba. Él surfeaba todas las olas del mundo para escapar de la banalidad, ella buceaba los océanos escapando de las taxonomías y de los arpones de los hombres. Ella y él se hacían compañía.

Tiempo después, Tokio había quedado atrás. Kesennuma, sin embargo, persistía en los sueños de Sol de Abril. Junco también. Él persistía en sus pensamientos eróticos y en algún que otro WhatsApp.

Un día de junio, que en el hemisferio sur es el mes de entrada en el invierno, ella estaba preparando la pequeña embarcación para ir a su lugar de observación bajo el Atlántico. Alguien caminó por la playa oscura por el cielo gris plomo, con traje de neopreno, sin tabla a la vista y con equipo de buceo. Alto, espigado, bello como nadie.

—Te acompaño —le dijo a Sol de Abril.

Abajo, en ese lugar único en el que podían respirar aire en la profundidad del mar, rodeados de peces trémulos y tiburones que luchan por su vida, entre las luces azules, violetas, rojizas, tan diferentes de las luces de Tokio, él le dijo:

—Quiero llevarte a casa.

Mariana Samperi
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