
Dioses y monstruos. 29 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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Que vieras. Porque no te vieron. Él pasó sin verte. Te mostraron, como a una ofrenda desesperada, y los ojos se posaron en tu pequeño cuerpo como si fueras una piedra, una protuberancia incómoda, y te fundó sin luz. Y el derrotero de tu vida fue ver desde la oscuridad. Y recordar que cuando posaron su mirada no te vieron. Él no te vio. Él, que es el origen.
Tu padre.
La condición tuya, entonces, es la de ver sin verte, saber, sin conocerte, sin potestad sobre tu cuerpo porque no te lo dieron, no te reconocieron como un ser de este mundo con lazos que te sostienen y explican. No sos hija de tu padre y lo que ves en el espejo no sabés que es.
Tu cuerpo es un signo tachado en tu mente y el ser que se aloja en él, vos, sólo puede imaginar. Danza, ama, ríe, pide a gritos sordos que la aprieten dentro de un abrazo interminable, que le hablen, que la miren, que la reconozcan.
Esto último lo deduje, todo lo demás lo escribiste en una agenda que ahora consta como prueba de algo que en unos momentos conoceré en detalle.
Llegaste a mí de la manera habitual, como acusada, que es la forma en la que se me presenta el noventa por ciento de las mujeres que conozco cada día. El resto son mi madre y mi hija.
Sentada ante el escritorio no tenías las esposas, claro. Sin embargo tus muñecas permanecían juntas como si estuvieran forzadas a permanecer así. Tu cuerpo parecía decir que estabas vencida, un poco inclinado, rendido. Sin saber tu edad vi los signos de la ancianidad.
La comisaría funciona en un antiguo edificio; la oficina cuenta, gracias a la bella arquitectura, con un ventanal por el que se observa el exterior arbolado sobre el cual el cielo se extiende sin interrupción de edificios. Como si la ciudad fuera un mal sueño. Algunas veces los interrogatorios policiales se tornan trágicamente románticos en este entorno. Cuando estuve frente a vos, la luna iluminaba tus pupilas. Cerraste los ojos y el efecto pasó, dejándome sorprendido.
—Soy tu abogado defensor —dije.
—Yo soy la acusada.
La voz era calma y con un dejo de cansancio, además de sorna.
—¿Querés decirme qué te trajo por acá? —dije intentando empatizar, mientras leía la acusación.
—Cuando iba por mis diez años ocurrió el segundo encuentro.
Tu mano señaló mi lectura.
—¿Hablás de tu padre?
Con un gesto mínimo de asentimiento continuaste.
—En realidad, del primero no recuerdo nada; claro, era bebé. Pero la segunda vez sí la recuerdo bien.
Bajaste tu vista e inclinaste tu cabeza como si el recuerdo pesara. Por increíble que suene, tengo que decir que la luz que entraba por la ventana se posó en tu cabellera y se deslizó por tus hombros, como si te acariciara. Al tacto de la luz, tu cuerpo parecía revivir.
—Mamá nunca tuvo orgullo. O tal vez la necesidad era más, no lo sé. Se le ocurrió abordarlo en el tren, cuando volvía del trabajo. Cómo supo dónde o cuándo encontrarlo, tampoco sé.
Un rictus se instaló en tu frente.
—No quiero extenderme, sólo decir que fue tan humillante que para mí desde ese día en cada hombre veía un padre abandónico. Pero, bueno.
Silencio.
—Sí —respondí.
Vos te habías quedado suspendida. Miraste tu mano y subiste hasta mi cara desde mi puño escribiente y mi brazo de camisa arremangada.
Apretaste los labios como eligiendo qué decir.
—En realidad, me parecía tan grandioso. Que si me hubiera querido, no hubiera sabido qué es el temor, o la desazón, o tantas otras cosas. Mientras yo miraba su grandiosidad, ella, mamá, se quedaba chiquita como... ¿Sabés cómo? (risita amarga), como una raíz de jengibre, sí, como algo que se iba retorciendo y achicando, y recuerdo que él, con voz serena, gruesa, de esas que transmiten que todo lo saben y que sus deseos son órdenes, me dijo “lo siento mucho, ve por tu madre”. Y se bajó en Juan B. Justo.
—Perdón, ¿te dijo “que vieras”?
—Sí, sí, que viera, como que cuidara de ella, porque claro, estaba así, como dije antes.
Te miré con pena, imaginando la escena.
—¿Y? —pregunté—. ¿Pudiste consolarla? Eras muy chica...
—Seguimos hasta la última estación, después caminamos hasta el río. Ella lloró más. Más que el río.
Sonreíste. Y, de verdad, casi eras la niña del relato.
—En un momento sentí tanta bronca, más que por él por ella, y le grité, prácticamente, que tenía que olvidarlo y que se diera cuenta de que no lo necesitaba, que él se lo perdía y ese tipo de argumentos. Ella se fue calmando en su tristeza y yo me callé. Me callé muy bien que sí, que él era todo lo que nos hacía falta. ¡Qué vida distinta a su lado! Ninguno era como él. Pero él nos negó, y había que armarse de aceptación y seguir.
Me quedé observando tus gestos. Lo último que dijiste, lo sabía, era justamente lo contrario a lo que habías hecho. Sonreí con picardía, siendo tu defensor me lo permití.
—Y ahí es donde...
—Me armé. Él me dijo que viera, ¿no? Que viera por ella, que viera, claro, porque a él lo que nos pasara... ¿Tengo que decirlo?
Negué.
—Acá se te acusa de extorsión, amenazas e instigación al fraude. Son...
Conté, sumé y no dejaba de hacerlo, la miré sorprendido, y con cierta reverencia, admito.
—¡¿Sesenta y tres casos?!
—Todos hombres maravillosos, exitosos, inteligentes, fuertes y reverendísimos crápulas que tiran lo que no quieren en sus vidas, como despojos, por la ventanilla del tren, mientras siguen su viaje sin perturbación. Porque, cuando recuerdo aquella escena, veo que él es el que sigue para siempre en ese vagón y las que quedamos afuera somos nosotras, viéndolo partir.
Erguiste tu pecho y echaste hacia atrás tu cabeza abriendo tu boca para que el aire de la noche te inundara. Acompañando el movimiento tus ojos miraron hacia el cielo y se prendaron de la esfera brillante entre los árboles; había en ellos lo que nace en la total conexión, cuando sentimos amor, pertenencia, deseo. Ya no parecías rendida. Dirigiendo tu rostro hacia mí y luego hacia el documento, concluiste:
—Lo que hice fue restitutivo. Perdieron lo que más les dolía y las hijas y los hijos recibieron un poco de lo que merecían, un poco de lo que hubieran debido tener.
—Dicen que si no te hubieras entregado, nunca hubieran dado con la autoría. ¿Por qué? ¿Por qué entregarte?
—No vine por ellos —dijiste señalando el lugar—. Estoy de paso.
Levanté las cejas; siendo la mejor cazadora de padres ausentes, dudé de mis certezas legales. Aclaro, amo a mi hija, jamás podría abandonarla, no quiero el éxito si para eso me tuviera que deshacer de alguien que necesita de mí, que vino al mundo por mí.
—Acá hay acusaciones —atiné a decir balbuceando.
Sacudiste una vez más tu cabeza y, no cabía duda alguna, la capita de luna se movió en vaivén. Y yo no estaba drogado porque los consumos problemáticos ya eran historia para mí. Se lo debía a ellas, mi abrazo apretado.
—Son sesenta y cuatro. No. No está en el papel, como algunos más tampoco.
Nunca supe de dónde me nace mi profundo goce ante las mujeres diablas. Debo decir que las mujeres de mi vida no lo han sido; es decir, fueron, son, luchadoras, inteligentes, trabajadoras, pero eso... eso que a muchos hombres inquieta, o molesta de las desobedientes, a mí me resulta sublime.
—¿Puedo saber de qué se trata? Descuento que sepas que, como tu abogado, no lo puedo divulgar.
—¿Nunca Aurora, tu madre, te contó sobre el día en el que comenzó a recibir partidas regulares de cuota alimentaria? Y cuando se mudaron ¿no fue porque recibieron una parte correspondiente a la herencia por vía paterna?
Asentí; luego vos dijiste:
—Fue en el 86.
No podía ser cierto.
—¿Qué edad tenías en el 86? —pregunté, porque la mujer que tenía delante, ya en este punto de la conversación, no pasaría los treinta.
Te quedaste mirando melancólicamente el rayo plateado posado en el dije de tu brazalete.
—Mil años o cinco minutos. Pero en el 86 me sentía de veinte. De vos me acuerdo. Conocí a tu madre cuando te llevaba al Gutiérrez, por tu asma. Todavía pienso en tu cara pequeña, roja de frío y fiebre.
Como lo que dijiste se deslizó como cualquier otra cosa que se dice por decir, no lo entendí en el instante, luego pensé que estabas delirando, y luego, con la misma certeza de que un rayo de luna descansaba en tu palma como una espada, recordé.
Contaría yo con nueve o diez años. En esa época me enfermaba mucho, tenía episodios de apnea a repetición. Mamá me llevaba a las consultas médicas y seguía los consejos sin descanso. Mi padre era una ausencia que se sentía. A mamá la casa vieja y derruida en la que vivíamos le daba pánico. Estaba llena de sonidos inquietantes, en las cañerías, en los zócalos, en la madera hinchada de las puertas. Cada tanto aparecía una cucaracha y ella presentaba los signos de la fobia. Por suerte yo no tenía problemas con todo eso, me sentía adentro de una casa embrujada, sólo que las malas condiciones de los muros y cimientos alojaban humedad y los hongos en las paredes despertaban mi alergia. Había que hacer reparaciones y no había suficiente dinero, y con todo, el esfuerzo nuestro, de mamá y mío, de pasar lavandina, o tapar fisuras, no alcanzaba.
El día aquel era de los más fríos de un julio muy frío, con el gradiente de humedad que en esta ciudad le gana a todo. Salíamos del hospital y yo tosía, mamá me cobijaba junto a ella y ponía el dorso de su mano en mi frente. En ese momento no presté atención, sólo vi que alguien le extendía a mamá una nota. Días más tarde te sentabas en nuestra cocina con papeles, documentos y fotos. No entendía de qué hablaban aunque el término “abandono” se repetía mucho y por supuesto que lo comprendía.
—Tu nombre... ¡Claro! —dije en voz muy baja.
—No, no lo digas, no importa. A mí me hizo el tiempo y me nombré a mí misma cuando me abrí camino desde el enigma que era mi padre. Soy todas y soy yo misma y cuando hago lo que hago restituyo el equilibrio.
—Nunca te agradecí, nunca más te vimos... ¿Cómo es posible que te veas como hace cuarenta años?
“Porque la justicia no es humana”, susurró una voz dentro mío, que es la que me cuestiona siempre y me lleva a mis límites de leguleyo.
—Estaba algo ocupada.
Reímos al unísono y enseguida nos llamamos a silencio; estábamos en una comisaría, por poco se nos pasaba.
—¿Por qué hoy? ¿Por qué regresaste?
Me miró atentamente, me caló, diría.
—Me gusta el abogado que sos.
—¿Para decirme eso te entregaste?
—Lo mejor es que seguís siendo un poco niño.
La espada en tu mano refulgía. ¿Nadie estaba viendo? De todos modos, yo no temía, me gustan las mujeres diablas y me gustaba esta mujer ante mí con algo de víctima y algo de heroína y mucho de, según la ley, delincuente, claro.
“Si la delincuente es ella, el mundo está bien jodido”.
—Vine porque ya es tiempo de salir del olvido. Mi hora comienza.
Así fue que una noche de esas de luna llena y atmósfera serena llegó la más olvidada, la no reconocida de las hijas del tiempo para restituir el flujo universal de la existencia. Como humilde defensor de pobres y ausentes, en un lugar perdido del sistema judicial fui testigo y parte de un reinicio del mundo. Uno más, porque aunque parezca que el futuro muere y la crueldad se entroniza, siempre hay un nuevo comienzo. Ella, cuyo nombre está en un expediente acusatorio, siempre vuelve y con su espada de luz corta el velo que nos ciega.
“Que vieras” dice su espada, y por toda una era, ningún ser humano podrá hacerse el distraído si una injusticia se comete, si la estupidez alimenta el egoísmo, y miserias por el estilo.
Antes de hacerse una con la luz selenia, hecática, artemísica, le pregunté algo que quedó sin aclarar:
—¿Cuál es el enigma de tu padre?
Anhelaba con esta pregunta develar el motivo profundo de los hombres que no aman.
—Es un boludo —dijo entre risas. Y ya no estaba más.
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