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Cláusulas

viernes 1 de marzo de 2024
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Todo acto de memoria es una reinvención. O una invención. Así, quizá estoy reinventando o inventando todo esto, pero podría afirmar que hace muy poco tiempo viví dentro de una mujer que en algún momento estuvo sentada allí, justo donde ahora está usted. Y ojalá me pueda asesorar al respecto, porque los aspectos legales me son bastante opacos. Verá, me dedico a la compra venta de vinos. Tengo un negocio en la calle de Guayabos; un negocio que, si bien no me ha hecho rico, no me deja morir de hambre y me permite algunos lujos de vez en cuando. Durante algún tiempo venía buscando un lugar para arrendar, más cómodo que el que tenía en aquel momento, y más cerca de mi negocio, pues el tráfico de Montevideo hace cada vez más difícil trasladarse. Por medio de una empresa de bienes raíces, una mujer me contactó diciéndome que tenía lo que yo buscaba. Acordamos un sitio para encontrarnos; este era ese sitio, y nos sentamos en esta misma mesa. Mentiría si dijera que recuerdo su nombre, menos cómo vestía (seguro era algo semejante a lo que usa usted). Lo único que recuerdo es que se veía espectacular: su cabello oscurísimo recogido a causa del día caluroso; su mirada precisa y de fácil traducción. Sin duda, era bellísima —sí, no es necesario que lo diga, las vaguedades y las subjetividades no aportan mucho al caso. Comimos y bebimos. Después de varias copas pronunció las palabras que me cambiarían el mundo: “No sabes cómo me gustas”, a lo cual respondí sin imaginación, “Y tú a mí”. De este modo fue directo al grano, al motivo que nos había llevado a encontrarnos. Me invitó a conocer su interior para que yo determinara si es lo que quería. Cuando entré, no podía creerlo. Diría que, efectivamente, era lo que siempre había buscado. Pronto descubrí que rebasaba por mucho mis expectativas. Firmé de inmediato el contrato que me presentó —sé que me recriminará: firmé sin leerlo. El precio era elevado, pero no me importó. Si bien era un cuerpo hermoso y espigado por fuera, por dentro era hermoso, y en poco tiempo se tornó impresionante y enorme. ¿Qué sea más preciso? Bueno, era un lugar con techos y ventanales enormes que albergaba todo tipo de paisajes y fauna exótica. Para mi sorpresa, no sólo estaba su cuerpo, también estaba su vida. Había tantas cosas desconocidas que el tiempo en que viví allí me sentí como un torpe turista. Había pirámides semiocultas en la espesura de su sexo, bosques nebulosos llenos de silencio donde debías caminar con mucha precaución para no extraviarte. La ducha era un bello y enorme estanque donde flotaban patitos amarillos de plástico. Si he de serle sincero, le diré que lo que más me encantó fueron los besos lentos en las mañanas, las caminatas con su mano en la mía. Sin embargo, no era un lugar muy silencioso; desde la primera noche recuerdo el sonido de icebergs rompiéndose, pas, pas, uno tras otro. Entre otras cosas, eso era ella por dentro: un enorme buque partiendo mis dudas. Recuerdo cada noche durmiendo en su pasión, y después en lo mullido de su ternura. Y cada mañana sentía en la cara un frío que me hacía sentir vivo. Claro que había rincones espantosos, sin embargo no me importó en lo absoluto. Pero una noche me acusó de un crimen que no cometí. ¿De qué crimen, pregunta usted? Disculpe que no pueda abundar al respecto, pero no llegué a comprenderlo del todo. El caso es que discutimos como nunca y a gritos me ordenó salir de su cuerpo. Intenté explicarle todo, que amaba lo que me había dado, que ese ya era mi hogar, que teníamos un contrato. Pero no pude hablar y eso provocó que todo fuera demasiado tarde. No sabía qué hacer, me asusté y tomé lo que tenía a la mano. Corrí a ciegas entre la tormenta que se había desatado en su interior. Por eso me encontraron así, desnudo, totalmente solo en un mundo donde nunca volverá a estar ella, y con una perla en las manos que a la luz del alba comenzó a evaporarse. Sin duda así acaban todas las grandes civilizaciones, y por eso sólo se encuentran guijarros e ídolos sin valor alguno. Todo se evapora. No sé cómo regresé. Ella no vio cómo acabé y por ende nunca llegó a imaginar el mal que me hizo, ni yo el que le hice. Exigí a la empresa de bienes raíces que cumpliera con lo pactado. Quería volver a habitar el cuerpo de ella, les expliqué que había invertido todo lo que tenía. Con poca paciencia me explicaron —al igual que usted— que sólo eran intermediarios y que la decisión de arrendar correspondía sólo a ella. Además, que en el contrato aparecía la cláusula de la anulación del mismo por cualquier tipo de daños. “Siempre hay que leer los contratos que se firman, mi amigo. Sugerencia para no perder todo en la vida”. Ante esta nula respuesta, intenté rastrear sus huellas, gritar su nombre, seducirla con libros. Infructuosamente. Y hoy, como todos, tengo una memoria que, cual reptil, gusta de salir a tenderse al sol para pensar y reinventar cosas. Y en estas, curiosamente pienso en un florero azul que había en una mesa, una mesa en su interior. Ese florero que hoy no tendrá flores, o al menos no las que yo le regalaba cada semana. En ese florero que, con seguridad, es lo único en el interior de ella que, en algún momento, me llegará a echar de menos.

Pero seguro a usted no le interesa escuchar hablar sobre floreros. Sólo me queda por decirle que he desistido de encontrar otro lugar donde vivir. Me he resignado al tráfico imposible, irritante. Nunca la volví a ver. ¿Qué es lo que quiero de usted, entonces? Verá, en ocasiones, mientras espero que los autos avancen, o cuando me ataca el insomnio, escucho las pisadas de ella dentro de mí. Escucho que cierra puertas, que abre ventanas. Me recorre de arriba a abajo. ¿Qué cómo sé que es ella? Pues por la sencilla razón de que a nadie más sabría cómo entrar. Sí, como lo oye, me echó de su cuerpo y se vino a vivir al mío, y al parecer de forma permanente. Así, dígame entonces, legalmente, qué procede. No sé si se trata de un allanamiento pues le permití ingresar. Pero legalmente qué es, qué procede. Porque no me deja dormir, no me deja vivir. Me está volviendo loco. Me está volviendo loco.

Alejandro Rosen
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