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Dos relatos de Alejandro Rosen

martes 18 de noviembre de 2025
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Los barrotes del presente

Ella se despierta tarde. No sabe qué hora es. Poco a poco, como si fuera un goteo, comienza a recordar las cosas que debe hacer. Que debe hacer pero no quiere. Se levanta al baño y en el camino se ve en el espejo, donde se detiene un momento a reconocer su belleza. De perfil, de frente. De perfil pero del otro ángulo. Le gusta más de perfil y del lado izquierdo, definitivamente. Piensa que el cabello se le ve espectacular. Todos lo reconocen. Todos lo reconocemos. Definitivamente vale la pena ese tratamiento capilar. Va al baño. En algún momento tendrá que pagar para que arreglen el wáter. Hace días se escapó el agua. Sale del baño y toma su teléfono. Regresa. Se vuelve a acostar. Revisa el teléfono. Revisa los mensajes. Revisa los likes en sus redes sociales. Deja el teléfono. Piensa en su novela. Piensa en esa novela que ha comenzado y que será la más importante en su carrera. Se vuelve a dormir. Despierta después de dos horas. Piensa que ha dormido muy bien. Se levanta al baño. No quiere bañarse. Observa por la ventana el pasto que no deja de crecer. Piensa en las lluvias. Piensa que las lluvias son increíbles. Las lluvias que hacen crecer el pasto en una sola noche. Hay un par de niños jugando a la pelota en el pasto. ¿Por qué hay niños a esa hora, no deberían estar en la escuela? No quiere bañarse pero hoy saldrá. Quisiera volver a acostarse. Quisiera dormir todo el día. Quisiera ser un gato dormilón. Alguien le ha dicho que ronca como gatita. Quisiera volver a dormir, pero sabe que se reprocharía a sí misma por eso. Se baña, se seca. Enciende el noticiario. Ha terminado el que le gusta. En éste sólo describen accidentes viales, incendios. Duda. Al final opta por la música. Dua Lipa. Baila. Se prepara el desayuno. Come salmón. Come verduras. Le encanta el salmón. Podría comer salmón todos los días. Y camarones. Decide que hoy también comerá camarones. Coloca los platos sucios en la tarja. Los nuevos platos sucios se unen con los sucios de la cena. Duda. Lavarlos o no. Los lava. Piensa que el orden es un asunto de disciplina. Piensa que la disciplina es un conjunto de hábitos. Va al baño. Sale. Apaga la música. Regresa y se lava los dientes. Sale. Se sienta un momento a revisar los libros que compró el día de ayer. Ayer leyó uno entero. Hoy leerá otro. Está en esos momentos en donde se le antoja leer febrilmente. En cuanto regrese se volverá a acostar y volverá a leer. Quisiera una vida en la que sólo debiera leer. No sabe qué ponerse. Ningún día sabe qué ponerse. Pero es como un juego. Es parte de las sorpresas de cada día. Va a uno de los closets. Saca una dos tres prendas. Se las pone pero nada la convence. Las va arrojando en el sofá. En el sofá va brotando una colina de ropa. Pero tiene que ponerse algo. Elige un saco púrpura que destaca la blancura de su piel. Debería volver a colgar la ropa en el closet. Debería pero siempre hay un después. Siempre hay tiempo. Elige las perlas. Elige un anillo que le regaló un novio y que hace mucho no usa. Se ve en el espejo una vez más. Toma las llaves del auto y voltea una vez más hacia el espejo. Pone el seguro al picaporte. Sale. Se escuchan sus pisadas en las escaleras. Pongo especial atención. A veces olvida algo y regresa. Hoy no. Las pisadas se pierden rápidamente. En el departamento solitario recuerdo muchas cosas. Las ratas, por ejemplo. Las ratas que había en la vieja casa. Las ratas que en época de lluvias se asomaban de las coladeras de la vieja casa. Chillaban frustradas, impotentes. Habían buceado entre las aguas negras en busca de un lugar seguro. En busca de un lugar seco. Y se encontraban con unos barrotes que echaban por tierra el tremendo esfuerzo. Las ratas chillaban pues sabían que tendrían que volver. Entre los barrotes, las ratas nos veían con sus ojillos suplicantes. Los chillidos de las ratas atemorizaban a los gatos que corrían a esconderse entre las risas de las visitas. Las ratas chillaban y se aferraban con sus manitas en los barrotes de las coladeras. Así yo. Así yo sujeto los barrotes del presente y desde allí la veo. Veo desde allí lo que no existe. Veo fantasmas. Veo a lo que no puedo acceder. La vida que alguna vez tuve y que ya no existe para mí.

 

Fuera de mí todo es bosque

Para Leda

Fuera de mí todo es bosque, ríos, abetos, lagos. Lo intuyo, pero no puedo asegurarlo, sólo me fío de los mapas y fotografías que he llegado a encontrar. Lo percibo también por las personas que en algún momento llegan hasta mí. Se les reconoce felices, con agujas en el cabello, sudorosas y sonriendo entre sí; cómplices de una felicidad con olor a pino, de tarde de domingo, a la cual nunca podré acceder. De recuerdos compartidos de paisajes impolutos. Les envidio. Reconozco, sin embargo, que nunca podré comprobarlo fehacientemente. Antes tenía a una mujer en la que confiaba, que veía y recordaba por mí. Fue un pacto implícito que surgió una noche en que dormíamos juntos, antes de que ella roncara con su maullido de gatito. En su momento me pareció un buen trato: pasar con avidez la lengua por su culo y sus axilas a cambio de que me ayudara a ver fuera de mí. Grave error. Ahora que no está conmigo y sigo perdiendo la vista debo hacer mis inferencias, y aun mis propios recuerdos. Supongo que al tenerla conmigo percibía lo que los dedos de esa mujer recorrían. Ahora quiero convencerme de que cuando me acariciaban llegaba a sentir esa oleada de deseo que —supongo— era semejante a la mía. Bajo esta premisa quisiera pensar que en algún momento la hice feliz, aunque ahora todo es sospechoso y desconocido; por ejemplo, me resulta intrigante la palabra “bosque”, ¿es sólo un conjunto de árboles? ¿Es un coño hermoso y perfumado donde se bebe y respira felicidad? Reconociendo mi incapacidad para percibir adecuadamente, me fío de la opinión de cualquiera que se ofrezca como lazarillo, como aquel que hace siglos buscó despertarme a gritos diciéndome que me aleje de todo aquello que se relacionara con los bosques pues están llenos de los bárbaros que destruyeron a nuestra civilización. Su voz me llega en este momento. Asustado me levanto (¿no los bosques eran coños húmedos?) y manoteando con un bastón corro entre las carpas del campamento, entre soldados perplejos que con certeza me ven como un chiflado. Siguiendo la conseja corro hacia la luz, pero ésta me evade y provoca que me caiga. Escucho risas. Nunca me había percatado que las baldosas de la Via Apia tienen forma de gato, y que fuera de mí, todo es bosque, o al menos todo tiene el olor engañoso que emana de un pinito que se bambolea en el retrovisor de un automóvil en movimiento.

Alejandro Rosen
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