
Gambito
Humberto Piñas Navarro
Cuentos
Ediciones Auri
Madrid (España), 2024
ISBN: 978-8412795349
127 páginas
1. E4-C6
Una breve historia de ajedrez en 3 partes
“Ore con frecuencia, porque la oración es un escudo para el alma, un
Sacrificio a Dios y un golpe para Satanás”.
John Bunyan
Primera parte
El parque
Era una mañana tranquila y soleada de primavera, el sol despuntaba alto en el cielo aproximándose al cenit del mediodía; sin embargo, aún no hacía el calor habitual de finales de mayo, y en el horizonte se vislumbraban algunas nubes dispersas mecidas suavemente por el viento. Como cada mañana desde hacía tres meses, Ernesto y su hija Alicia jugaban su partida diaria de ajedrez en el parque próximo a su casa. Se había convertido en un hábito desde que le diagnosticaron esa maldita enfermedad, habían hecho suyo un rincón junto a las fuentes entre frondosos árboles y, así, entre el rumor del viento, entre las hojas, el sonido del agua y el canto de los pájaros, padre e hija pasaban juntos las horas desgranando de forma pausada jugada tras jugada, pensamiento tras pensamiento, recuerdo tras recuerdo...
Esa mañana en concreto, el recuerdo de su madre le perseguía de manera especialmente persistente, observando la mirada astuta y penetrante de Alicia estudiando concienzudamente la posición del tablero, mientras los rayos del sol creaban leves reflejos dorados en su cabello castaño y en el brazalete espiral de cobre heredado de su abuela.
—¡Jaque! ¡Jaque! Papi —repitió Alicia elevando la voz sacando a Ernesto de su ensimismamiento.
—Ya veo, jaque; perdona, hija, estaba distraído.
—¿Estabas pensando en mamá?
—Sí..., se nota que me conoces demasiado bien... Conque me das jaque, ¡eh, señorita! Mmm... Buena jugada, Alicia, has progresado mucho, ya sabes cómo preparar bien los ataques. Bueno, me cubro, a ver qué haces ahora.
—Sigues distraído, papi, te como la dama.
—Pero ahora me toca mover a mí, ¡jaque!... Otra vez, ¡jaque!... Y, ahora... ¡jaque mate!
—Me has sorprendido, papi, has ganado aun perdiendo tu dama.
—Verás, Alicia, tanto en el ajedrez como en la vida, hay ocasiones en las que es necesario renunciar a algo importante, aunque sea muy doloroso para poder lograr un beneficio aún mayor; eso se llama: sacrificio. Es importante que aprendas este concepto. En este caso sacrifiqué la dama para poder ganar la partida. En otras ocasiones, por ejemplo, las personas renuncian a trabajos mejor pagados para poder pasar más tiempo con sus familias, porque la familia es más valiosa que el dinero. ¿Lo entiendes?
—Sí, papá, lo entiendo.
Segunda parte
La leyenda
Un súbito golpe de viento arremolinó varias hojas caídas haciéndolas girar en derredor de Alicia como si quisieran envolverla en un baile arcano, las nubes que antes se veían dispersas comenzaban a unirse y a acercarse de forma abrupta empujadas por el viento que ululaba aumentando su intensidad, oscureciendo el cielo a pasos agigantados y amenazando con descargar la típica tormenta de primavera.
—¡Uy, qué frío de pronto! ¿Volvemos a casa, Alicia? Antes que nos alcance la tormenta y nos ponga empapados.
—Sí, mejor, de todos modos, me encuentro un poco cansada.
De pronto, como surgido de la nada, o quizá traído por el repentino vendaval, apareció frente a ellos en el templete del parque un individuo misterioso de aspecto lúgubre y tenebroso vestido completamente de negro y ataviado con una capa y sombrero pasados de moda hacía ya bastante tiempo.
—¡Qué hombre tan extraño! ¿Lo conoces, papi? He notado que te has puesto nervioso al verlo.
—¿Qué día es hoy, Alicia?
—¿Qué pasa, papá?
—Tú sólo dime qué día es hoy.
—23 de mayo.
—23... Eso sólo puede significar una cosa.
—¿Qué cosa?
—Que la leyenda del “Maestro Sombrío” que contaba mi abuela Lucía es cierta.
—¿El Maestro Sombrío? —preguntó Alicia visiblemente intrigada.
—Según se cuenta, a finales del siglo XIX hubo un maestro de ajedrez español llamado Conrado Ramírez, al que su prometida, una mujer engreída y altiva, abandonó y despreció en público tras perder un campeonato y el premio económico del mismo. Corroído por la desolación, el dolor y la humillación, decidió vender su alma al diablo a cambio de ganar siempre sus partidas. El diablo aceptó el trato, pero malvado como es, le engañó y le condenó a jugar y a ganar siempre, ya que la maldición sólo podría romperse al perder una partida, algo imposible, pues le concedió el don de ganar siempre todas las partidas, obligándole a jugar incluso ya fallecido, sin otorgarle la merecida paz de los difuntos.
—¿Y el número 23?
—Hay una creencia según la cual todos los sucesos y acontecimientos de nuestro mundo, pero también de cada uno de sus habitantes, están relacionados con el número 23. La verdad es que el número 23 tiene muchas curiosidades; por ejemplo, todos los varones de mi familia desde mi tatarabuelo hasta mí hemos nacido el día 23.
La historia sucedió un día 23 y, desde entonces, ese mismo día de cada mes de cada año aparece en un lugar distinto para disputar una partida diabólica con la esperanza imposible de perderla y así hacer que su alma descanse al fin en paz.
Tercera parte
La partida
Le había ido contando la historia mientras caminaban de vuelta a casa, o eso creía, pues en vez de alejarse, se habían acercado atraídos irremediablemente por una especie de fuerza magnética justo hasta la escalerita de acceso al templete, donde se hallaba sentado el Maestro Sombrío con la mirada fija en la mesa y la silla dispuesta frente a él, y el sombrero ocultando sus ojos frente a un tablero de ajedrez hecho de bronce pulido, cuyas piezas de cristal transparente y de cristal oscuro simbolizan el bien y el mal, y estaban perfectamente alineadas en espera de comenzar a jugar.
Alicia sintió un impulso que le hizo subir lentamente los cinco escalones hasta sentarse frente al Maestro Sombrío, y aunque su padre intentó detenerla, le fue imposible moverse debido a una extraña energía que lo mantenía paralizado.
—¿Has venido a desafiarme? ¿Qué edad tienes? —habló el Maestro con voz de ultratumba.
—No... No lo sé, acabo de cumplir diez años —dijo Alicia con voz temblorosa.
—En cualquier caso, ya es tarde, una vez frente al tablero sólo es posible levantarse al acabar la partida —replicó el Maestro con su tétrica voz a la vez que pronunciaba la frase—. Que comience la partida.
Poco a poco ambos jugadores fueron desplegando sus piezas; Alicia de forma suave y pausada como lo hacía cuando jugaba con su padre; el Maestro Sombrío, de forma brusca y vehemente.
—¡JAQUE! —dijo con bramido queriendo intimidar a la niña que tenía delante.
Alicia meditó su jugada, pero cuando parecía que iba a mover, hizo una pausa y dijo:
—Realmente ha debido de tener una existencia muy triste, don Conrado.
Sorprendió sobremanera a su oponente, que no sabía qué decir, pues era la primera vez en mucho tiempo que alguien le llamaba por su nombre y, además, parecía no tenerle miedo.
—Así que sabes mi nombre, ¿qué más sabes de mí, niña?
—Casi nada, sólo la leyenda que me ha contado mi padre. No logro entenderla del todo, ¿por qué no buscó un nuevo amor en otra mujer?
Aquella pregunta terminó por descolocar al Maestro, que de pronto ya no estaba concentrado en el tablero de juego, y parecía estar mucho más calmado que al principio de la partida, tal vez reflexionando sobre las palabras de Alicia.
—Eso ya no importa, niña —dijo tratando de volver al juego—. Te toca mover.
—Pues es una lástima —insistió Alicia— que, pudiendo elegir vivir otra vida diferente, con otra mujer que sí le amase, y haber podido disfrutar tal vez incluso de una familia, eligiese el camino de la soledad y la tristeza.
Aquellas palabras hicieron mella en el Maestro Sombrío, dejándolo aún más Sombrío si cabe.
—Lo que es una lástima, niña, es que seas tú la que estés aquí, jugando conmigo, pues la maldición que me acompaña hace que me alimente de las almas de las víctimas de mis partidas para seguir en un ciclo sin fin de crueles victorias, puesto que, como ya sabes, nunca pierdo.
—Le toca mover —dijo de pronto Alicia con sorprendente calma.
—¿Sabes que con esa jugada me entregas tu dama?, ¿verdad?
—No es mi dama lo que le entrego, señor, sino mi alma; siento que su vida no hubiera sido mejor y más feliz. Espero que mi pequeña alma le sirva de consuelo, como a mi madre cuando estaba triste.
—Pero... Pero ¿qué estás diciendo, niña? —gimió con voz temblorosa el Maestro—. Si haces eso morirás... —y sintió una extraña sensación de una lágrima resbalando por su mejilla.
—No importa, he visto que son las 12:12, la hora espejo en la que se piden los deseos; en realidad, ya casi estoy muerta, padezco una enfermedad incurable y me queda poco tiempo de vida; ya noto cómo se me escapa el último aliento, así llego antes al cielo a ver a mi madre, ese es mi deseo —dijo Alicia entregándole la dama de cristal transparente al Maestro Sombrío.
Un rayo de luz incidió en la figura de cristal que aún sostenía Alicia en sus lánguidas manos, y un brillante fulgor fue creciendo hasta inundar de luz todo el templete, unas alas blancas se desplegaron y un ser angelical con la voz más dulce jamás oída por humanos anunció:
“Alicia, por la muestra de bondad ofrecida con tu sacrificio, se te concede la oportunidad de seguir viviendo la vida que tenías destinada a vivir. Ahora despierta y ve con tu padre”.
“En cuanto a ti, Conrado Ramírez, conocido como el Maestro Sombrío, en reconocimiento al arrepentimiento aquí mostrado se te concede el perdón de tus pecados. Ya puedes descansar en paz”.
- El sacrificio
(del libro Gambito, de Humberto Piñas Navarro) - sábado 23 de marzo de 2024


