Un sketch londinense: el ladrillo opina
A los Monty Python
En una calle londinense. Un reportero se acerca a sombrero hongo encasquetado en la cabeza de un diputado británico y le planta la alcachofa. El diputado sigue caminando como si nada.
—Buenos días, veo que lleva un día muy ajetreado. Aun así, ¿podría concedernos unas palabras para el canal local de noticias? ¿Qué opina de la sit...?
—Oiga, no me importa opinar de lo que sea pero es que tengo un montón de dudas acerca del funcionamiento del mecanismo del miniaspirador. Llevo un estrés brutal por culpa de una mota de polvo, ¿sabe?
—El mecanismo, claro.
—Verá, yo aprieto el botón rojo, el de “on” y, ¿a que no sabe lo que pasa?
—Ni idea. En realidad quería preguntarle acerca de...
—Pues no pasa nada. De hecho he seguido las instrucciones. Mire, aquí lo pone: enchufar y listo. Tan sólo es necesario apretar el “on”.
—Fantástico.
—¿Sabe lo peor de todo? He probado con el “off” y tampoco se enciende. No hay más botones. Y no es mi único problema. Déjeme que le cuente lo que me ha pasado hoy. Verá, se trata de una mierda que he pisado en el parque. Ha estado a punto de engullirnos a ambos.
—¿Sabe quién ha sido? ¿Sospecha de alguien del partido?
—No, pero he oído un sonido extraño: grrrrr.
—¿Grrrrr? ¿Podría ser el hombre-lobo?
—Podría.
—Disculpe, ¿cómo ha dicho que se llamaba?
—Grrrrr.
El reportero se dirige ahora a un ladrillo que sobresale de una vieja cervecería y le aproxima la alcachofa.
—Bien, dirijámonos ahora a este simpático ladrillo. Esperemos que se muestre más colaborador que nuestro peculiar sombrero hongo. Buenos días.
—Buenos días.
—¿Su nombre, por favor?
—Alfred.
—Alfred, habla para el canal local de noticias. ¿Qué opina de la situación política actual?
—Opino que es poco constructiva según los cánones arquitectónicos. Hay que preguntarse por qué existen sillas en las que no puede uno sentarse ni con la ayuda de un faquir.
—¿Considera factible un pacto o ve más probable un gobierno en solitario con apoyos puntuales?
—Por experiencia sé que la unión es lo más sólido que existe, especialmente entre pasajeros de autobús malhumorados desprovistos de chicles. El pacto es la argamasa de las relaciones sociales sobre el que se sustenta nuestro mundo. Para aguantar una legislatura completa lo ideal es el mortero romano.
—Ayer entrevisté a una zarigüeya con gafas. Salía de la óptica y me manifestó que aprecia en la situación actual un aumento considerable del astigmatismo. Luego me habló del peligro de una implosión política que acabe disgregando a los partidos tradicionales. ¿Qué opina al respecto?
—No creo que exista ese peligro. Hace unos días hablé del tema con una teja y era de la misma opinión. Ella sabe lo que se cuece por allí arriba. Eso sí, hay que huir de las posiciones extremas, puede uno acabar descantillado.
—Gracias por su colaboración.
—De nada. ¿Puedo saludar?
—Por supuesto.
—Saludo a la tercera dovela del arco del museo y a la teja decimoctava del tejado de la vieja fábrica que da a la avenida y a sus adoquines treinta y treinta y uno que maldicen siempre los taxistas novatos y a una gárgola de la catedral que tiene la costumbre de mandar a todo el mundo a hacer gárgaras, incluido el señor obispo, quien se jacta a todas horas de llevar unos magníficos tapones en los oídos.
El moroso
(sablazo literario)
A los hermanos Marx
Escenario: Nueva York, años treinta. Una vivienda vieja y sucia, una auténtica leonera. Llaman a la puerta. El inquilino abre y saluda a su casero. La puerta queda entreabierta.
CASERO (enérgico): Buenos días, ¿el señor Benedict?
INQUILINO (incrédulo, se tambalea ligeramente y da un par de caladas a su interminable puro): ¿Benedict? ¿De qué me suena Benedict? Aguarde un momento, voy a consultarlo.
El inquilino se aleja por el pasillo. Vuelve un par de minutos después.
CASERO: ¿Y bien?
INQUILINO: Lo he consultado. Yo soy el señor Benedict.
CASERO: Me debe...
INQUILINO: Un momento.
El inquilino abre un gran diccionario enciclopédico y empieza a buscar en él nerviosamente.
CASERO (se acerca, intrigado, al inquilino): ¿Qué ocurre?
INQUILINO: David, Davies... No es posible.
CASERO: ¿Busca algo?
INQUILINO: ¿Deber se escribe con be o con uve?
CASERO: No me líe, ha de pagarme trescientos dólares y ha de pagarme ahora. No me moveré de aquí hasta que lo haga.
INQUILINO (aparta el diccionario): ¿De mi piso?
CASERO: No, del mío. Se lo advierto, he traído tachuelas.
INQUILINO: ¿Y si lo dejamos en diez y pico? Diez billetes y un buen chiste, el del casero con bermudas y el show de pulgas amaestradas.
CASERO (iracundo): ¡No!
INQUILINO: ¿Prefiere el chiste del teatro abarrotado de críticos y el tenor napolitano con hipo?
CASERO: Ni pensarlo. He traído a mi abogado para que me ayude a resolver este asunto de una vez por todas. Es el señor con sombrero hongo que me espera en la puerta.
INQUILINO (se asoma a la puerta): Yo diría que es un sombrero hongo con señor. ¿De dónde lo ha sacado, amigo, de una ensalada de pastrami?
El abogado se asoma por la puerta, levanta el sombrero y hace sonar una bocina.
CASERO: El contrato es el contrato.
INQUILINO: ¿Qué contrato?
CASERO (se saca el contrato del bolsillo): Este y lo dice bien claro. Mire, mire.
INQUILINO (examina el contrato): ¿Dónde lo dice? A ver.
CASERO (señalando): Aquí, en esta línea. Está en mayúsculas. Deberá etc... ¿Lo ha oído bien? De-be-rá. Está bien claro.
INQUILINO (se lleva el contrato): Espere, voy a consultarlo.
CASERO: Pero oiga...
El inquilino se aleja por el pasillo. Vuelve un par de minutos después.
INQUILINO: Ya estoy aquí. Disculpe el retraso, es que me he perdido. Todavía no conozco bien el piso, es tan grande..., sobre todo mi habitación. Una vez tuvieron que rescatarme del colchón de lana. Vaya jaleo se armó. Acabó ante mi puerta todo el vecindario.
CASERO: ¿Convencido?
INQUILINO: En absoluto. La parte del contrato de que me habla es ilegible.
CAJERO (coge el contrato, estupefacto): ¡Atiza! ¿Qué ha hecho con mi contrato? Está manchado. ¿Qué significa todo esto?
INQUILINO: Un estornudo.
CASERO: ¿Qué?
INQUILINO: Mi asesor ha empezado a estornudar cuando ha leído ese montón de sandeces. Todavía sigue buscando su nariz de picapleitos. Dice que es un abuso.
CASERO: Mis trescientos dólares, los quiero ahora. Usted es dramaturgo, tiene que ganar pasta. Ahora mismo todo el mundo gana dinero en Broadway.
INQUILINO: Eso era antes de que se estrenara mi obra, ahora nadie me presta ni cerillas. Trescientos dólares. ¿Se ha vuelto loco? No he visto tanto dinero en mi vida. ¿Acaso cree que soy un banco? ¿Es eso? Quiere atracarme, confiéselo. Me gustaría ver sus manos fuera de los bolsillos, forastero.
CASERO: ¿Pero qué dice?
INQUILINO: Sin embargo voy a hacer algo por usted. Voy a prestarle cinco dólares. Me cae usted bien, tal vez sea por su peculiar sombrero.
CASERO (iracundo): ¡Esto es un insulto! ¿Le importa si llamo a mi abogado?
INQUILINO: Voy a consultarlo.
El inquilino se aleja corriendo por el pasillo. Media hora después el casero se dirige a su abogado, que aguarda todavía tras la puerta.
CASERO: Abogado, venga, rápido.
El abogado irrumpe a trompicones tras guardarse apresuradamente un perrito caliente en el bolsillo de la camisa.
CASERO: El señor Benedict se ha ido y no ha vuelto.
El abogado señala hacia el fondo del pasillo y reclina su cabeza sobre las manos.
CASERO (mira al fondo del pasillo): Ajá. Tiene razón, está allí, sobre la butaca. Está durmiendo el muy sinvergüenza. ¿Qué hacemos? Si lo despertamos es muy probable que nos muerda.
El abogado hace sonar cinco veces la bocina, sonríe y se frota las manos.
CASERO: Eso es. Cuando despierte podemos recordarle aquello de los cinco dólares, por algo se empieza. Abogado, es usted brillante. Recuérdeme que le compre un piano.
El abogado hace sonar la bocina y finge tocar el harpa con los dedos.
CASERO: Eso, eso. Un piano y un harpa.
El abogado se saca el perrito caliente, lo parte en dos y le da una parte al casero.
CASERO: No, gracias. Hoy he comido en casa de mi tía. Uy, qué tonto, ya no recordaba que somos hermanos.
Ambos se abrazan cariñosamente. Fin.
- Sonetos del amor - viernes 20 de febrero de 2026
- ¿Dónde está el humor? - viernes 23 de enero de 2026
- Tres homenajes - viernes 12 de diciembre de 2025


