XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

Chimborazo

sábado 20 de abril de 2024
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Al abrir la puerta del estudio, las tablas crujieron bajo mis zapatos rojos, los miré y luego cerré los ojos apretando muy fuerte deseando que dejara de crujir el piso. Al levantar el pie para dar otro paso, volvió a hacerlo, entonces decidí que debía ser una rápida entrada. Caminé hacia el fondo del estudio, pasando sin mirar junto a los bastidores y caballetes que formaban un marco a la entrada, como soldados formados que me miraban y se fijaban en cada uno de mis pasos. Cuando llegué al fondo de la habitación, recordé que no había cerrado la puerta al entrar.

Siempre en las vacaciones íbamos a la sierra a visitar al abuelo, él vivía en la capital y nosotros en la playa. Deseaba tanto saber qué había en el estudio del abuelo y decidí que esas vacaciones iba a entrar. Mientras todos se saludaban y abrazaban, y preguntaban qué tal había sido el viaje, yo me deslicé entre la ropa tendida bajo el árbol de capulí; la perra Laika estaba recién parida debajo de las gradas, recuerdo el olor a sangre y leche que emanaba desde su escondrijo. Los perritos chillaban, quise verlos, pero era más importante aprovechar el momento de descuido para entrar a aquel secreto espacio en el que el abuelo se encerraba por horas y a veces por días y cuando salía no hablaba con nadie y se volvía a encerrar ahora en su habitación.

La casa era fría, gruesas paredes de cemento se levantaban en la calle de los Campos Elíseos; las ventanas, conformadas por varios cuadrados de vidrio en marcos de madera blanca, espiaban hacia la calle entre los árboles de eucalipto. Abajo los conejos hacían de las suyas entre las coles y las zanahorias.

Al fin llegué a la terraza, anterior al salón. Tuve que subir las veinticuatro gradas, sobando el grueso y frío pasamanos que subía formando una curva, ¡qué ganas tenía de resbalarme sobre él!, pero el apuro de ver aquello era más fuerte. Debía ser una rápida entrada, observar y salir corriendo.

La puerta entreabierta y yo allí, delante del peligro, lista para entrar al mundo escondido del abuelo.

Atravesé el salón engalanado con sillones de terciopelo amarillo, mesitas bajas con tapetes… El olor… Sí, el olor a aceite de linaza y óleos ya empezaba allí. La puerta entreabierta y yo allí, delante del peligro, lista para entrar al mundo escondido del abuelo.

Y entré… Lo hice, a toda velocidad había llegado al extremo final de la habitación… Miraba hacia el fondo de la habitación, mis ojos sobre la pared, muy cerca, podía sentir el frío del cemento pulido en mi nariz, giré en torno a mí y allí estaba el mundo… Las paredes repletas de pinturas, ese olor maravilloso que tenía el abuelo a aceite de linaza, a pincel, a óleo. Un grupo de indígenas me miraban, con sus ponchos rojos, sus perros y sus niños piojosos. Tres mujeres desnudas sin ningún pudor se abrazaban y danzaban frente a una gran fogata con dos nevados al fondo. Un señor gordo de lentes tenía cara de querer acusarme. Yo sólo los miraba, cada detalle, para no olvidarlos nunca. Y allí estaba el gigante, el blanco e incompleto Chimborazo derramando sus nieves eternas en las faldas. Tuve ganas de acercarme a tocarlo, a meter mis dedos en la pintura blanca de la paleta que estaba esperando al abuelo para convertirse en nieve del Chimborazo. Y metí los dedos, sí que los metí, y los llevé hacia el lienzo posado en el caballete, la obra en proceso del abuelo. Embarré la pintura blanca, la hice chorrear desde arriba hasta las faldas del nevado. Estaba embelesada con mi obra cuando levanté los ojos y supe que era el fin. Iba a morir. El abuelo seguramente me botaría por la ventana de cuadritos de vidrio, o me quemaría en la chimenea de su estudio y así nadie se enteraría de que dañé su cuadro y que por eso me había matado. Era el fin, él me miraba con una extraña cara de pregunta, con sus gigantes ojos azules detrás de los anteojos redondos, la nariz fina, larga, y la boina de lado sobre su cabeza calva, las manos metidas en los bolsillitos del suéter. Sólo cerré los ojos y sentí el río caliente entre mis piernas. No lo pude detener y el charco se empezó a formar bajo mis nuevos y culpables zapatos rojos; sentía cómo se llenaban mis zapatos y rebosaban el piso de tablas enceradas.

El abuelo empezó a caminar hacia mí. Yo estaba paralizada, abrí los ojos valientemente y lo vi ya muy cerca de mí. No dejaba de mirarme. Se acercó más y se puso junto a mí, miró mis manos y luego su obra a medias, su famoso Chimborazo. Tomó mis manos temblorosas y sutilmente las llevó a la paleta, en la que exprimió el tubo de óleo blanco; con sus manos perfectas, blancas y frías, bordadas de finísimas venas azules, tomó las mías y las convirtió en sus pinceles. Hizo bailar mis manos sobre el nevado, de arriba hacia abajo. De repente exprimía un poco de amarillo y lila, ocre y azul y mis manos bailaban entre la paleta y el lienzo, transformando la mancha en un hermoso nevado en un atardecer de oro, con un cielo derretido en rosa y lila. No me decía nada, no me hablaba, sólo pintaba con mis manos con una rapidez increíble. En poco tiempo, el cuadro estuvo terminado. El abuelo firmó el cuadro como siempre…, pero le agregó la inicial de mi nombre a la suya.

Me hizo una seña para acercarme al lavadero y me dio un trapo para que me limpiara las manos-pincel. Luego me puso unas gotas de aceite de linaza y me las frotó para darme otra vez el trapo para que terminara de limpiármelas.

Abrió un cajón y sacó un paquete de galletas; me brindó una que fue la gloria. “Estoy perdonada”, pensé, y al fin pude sonreír.

Con su voz suave de piano de iglesia, me dijo que me acercara, yo obedecí. Estaba incómoda, orinada, los pantalones mojados y fríos y los zapatos sonaban ¡choplot, choplot! al caminar. Él sonrió, entonces me agaché y me los saqué. Todo era muy lento, él asintió con su cabeza y seguía sonriendo; me dijo: “¡Quiero enseñarte algo!”, y bajó una calavera de un estante. “Este fue como tú y tú serás como él”… Yo miraba aquellos agujeros de la calavera y se iban transformando en túneles oscuros que me querían tragar. Abrió un cajón y sacó un paquete de galletas; me brindó una que fue la gloria. “Estoy perdonada”, pensé, y al fin pude sonreír.

Me fue empujando lentamente por el hombro mientras él caminaba detrás mío, hasta que llegamos a la puerta. Puso el índice en sus labios en señal de silencio y cerró la puerta. Yo corrí al baño y a buscar a mamá para abrir las maletas y poder cambiarme de ropa.

Después del almuerzo familiar, entre conversaciones y risas el abuelo invitó a todos a ver al fin el Chimborazo terminado. Todos se levantaron presurosos ya que esta era una obra inconclusa del abuelo. Sorprendidos esperaron en el salón, sentados en los sillones amarillos y otros tíos y primos parados mirando hacia la puerta del estudio. El abuelo salió al fin con el Chimborazo sobre el caballete. Se escucharon los “ohhhhh”, “ahhhhh”, “¡es hermosooo!”, “¡mira la nieveee!”, “ese color de oro del sol en el atardecer”, dijo papá… Todos estaban maravillados.

El abuelo me miró y en un descuido de todos, me guiñó uno de sus hermosos ojos azules. Yo le devolví el guiño y le regalé una sonrisa de nieve.

Susana Gomezjurado Devine
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