XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

El lisiado

jueves 25 de abril de 2024
¡Comparte esto en tus redes sociales!

Aquí estoy, en el balcón de mi sucia casa, en un barrio sin nombre, en una ciudad anónima, en un país imposible. Soy lisiado. Un accidente absurdo me condenó hace treinta años a padecer en una cochina silla de ruedas mis días interminables, grises, espantosos. Vivo con mi madre, una golfa despreciable, sí, una vil sarnosa, un feto horrible que chismorrea ad nauseam con todas las viejas raquíticas y apestosas que chochean en este barrio. Ahí está rebuznando otra vez:

—Prepárate, porque hoy me toca bañarte, ¿me escuchaste?

—¡No me jodas la gran puta vida!

—Tienes que bañarte hoy, cochino.

—No quiero.

—Debes hacerlo. ¿Quieres que la infección coja otra vez fuerza?

—Me importa un culo esa mierda de infección. Ojalá se renovara para que carcoma de una vez por todas todo mi cuerpo, completo. ¡Vieja zorra! ¡Inmunda!

—Bueno. Es tu problema. Me voy a la tienda. Más tarde vuelvo.

—¡Ojalá no vuelvas, canalla!

Así es la cosa en esta casa. Desde siempre. No hay remedio.

Mi madre habla mal hasta de personas que nunca ha visto en su vida.

Día gris. Enlutado. Triste. Cansino. Hoy es uno de esos días que parecen eternos, como suspendidos, estáticos, que no avanzan, interminables. Y, ¿esta vieja qué se fue a hacer? Seguramente está despotricando a diestra y siniestra del barrio entero. Qué digo del barrio, del mundo entero. Porque mi madre habla mal hasta de personas que nunca ha visto en su vida. En eso consiste su lamentable talento: vilipendiar, denostar, menospreciar, denigrar, desprestigiar, mancillar, agraviar, despreciar, injuriar, deshonrar, insultar, difamar, desdeñar, ofender, infamar, etc. Nadie la supera y nadie se salva de su lengua venenosa y de su morbosa curiosidad. Es una arpía. La odio. La detesto. La desprecio. Si pudiera matarla, lo haría sin pensarlo. He imaginado innumerables veces cómo la asesinaría. Su error imperdonable fue haberme engendrado. Me arrancó de las entrañas de la nada donde estaba tan cómodo y tranquilo para arrojarme a este estercolero. Eso nunca se lo perdonaré. De hecho, disfruto cómo sufre y padece la ridícula vida que lleva. Quiero que viva muchos años para que su sufrimiento se alargue infinitamente. Además, ella es la única responsable de mi lamentable condición. El accidente que sufrí fue el producto de su estupidez imperdonable, de su abyecta torpeza. Yo estaba muy pequeño, por eso no recuerdo nada. Ella me lo contó hace muchos años cuando le pregunté por qué yo estaba encadenado a una silla de ruedas. Me dejó caer, escaleras abajo, en la casa de una de sus amigas, por estar rajando de los demás. ¿Por qué no me morí? No hay respuesta. Una cosa absurda. Y lo peor es que no puedo suicidarme. Para hacerlo necesito de la cochina piedad o la mezquina lástima de alguien. Y para colmo, ella dice que debo agradecer al piojoso mayor, al de arriba, por haber sobrevivido. Es como para apalearla hasta hacerla polvo. La aborrezco porque sí. Porque vive, respira, camina, defeca, ensucia, habla (ad nauseam) y, eso dice, me ama. Esto último es completamente ininteligible. ¿Cómo puede amar a un remedo de ser humano? Porque yo soy eso. Además, está condenada a darme de comer, a bañarme, a ayudarme a cagar (qué asco). Es una cretina mentirosa e hipócrita. Si me amara realmente, hace muchos años que se habría desembarazado de mí. Pero no, puede más su asquerosa mezquindad o su mórbida resignación. En fin. Nada qué hacer. Así es la cosa. Tendré que esperar que la naturaleza o el cabrón de arriba decidan. ¡Me cago en aquélla y en éste! ¡Y en mi madre también me cago! ¡Me cago en todos y en todo!

¡Carajo! ¡Maldita sea! ¿Qué hago? Todos los días me lo pregunto una y otra vez. Apostado en este balcón de mierda, reducido a esta cochina silla de ruedas, estoy condenado a presenciar diariamente el espectáculo lamentable que recrean hasta el hartazgo mis ridículos vecinos. Todos una horda de ignorantes, piojosos, putas, cabrones, pelafustanes, cretinos, histéricos, charlatanes, hipócritas y chismosos. Todos, diariamente, revolcándose en su inmunda impotencia, en su cochina resignación. Por ejemplo, allí viene don Milciades, ese viejo pedófilo, cochino y gangrenoso. ¡Dizque es abogado! ¡Jajajajaja! No es más que un embaucador degenerado. Es de esos tipos a los que la humanidad entera, gustosa, le propinaría una tormenta de escupitajos. Hizo carrera, desde joven, en el sucio mundo de los políticos. Eligió, creyéndose astuto, ser el esbirro de los granujas codiciosos que se han dedicado a la inmunda, innoble tarea de gobernar. Le gusta exhibir, orgulloso, imbécil, su falaz prestigio, en este barrio de menesterosos mentales, y éstos, siempre prestos a la adulación gratuita, permiten, congraciados, que les refriegue en sus rostros vulgares su despreciable, insignificante éxito. Ayer nada más, mi madre y el nauseabundo grupo de viejas asmáticas con las que pasa gran parte del día chismoseando, corroboraron mi vieja sospecha sobre ese granuja. Yo lo he visto muchas veces con los niños del barrio, cosa que siempre me pareció muy sospechosa, porque su cara grasienta y roja nunca pudo esconder la mueca de la lascivia prohibida. Una de las ancianas, como decía, le estaba contando a mi madre y a las demás que a ese asqueroso sodomita lo habían pillado con las manos en la masa. Sí, así como lo oyen. Estaba manoseando al hijo de la peluquera a cambio de unos dulces. La madre de la criatura, no sé cómo ni dónde, pilló al cochino dispuesto ya para el coito con el pequeño. Dicen que lo denunciaron, pero no va a pasar nada. Así son las cosas en este muladar hediondo donde nos mal parieron. En fin. Ojalá muera desollado, mutilado, descuartizado. Y cuanto antes, mejor.

Soy un engendro, una abominación, un amasijo de carne maltrecha y huesos deformes que se pudre lentamente.

¡Ah! Allí vienen las colegialas. ¡Qué ricas que están! Me encantaría cogérmelas a todas. Pero es un deseo que nunca podré satisfacer. Soy un engendro, una abominación, un amasijo de carne maltrecha y huesos deformes que se pudre lentamente, a diario, implacable, silenciosamente. Pero, ¡qué buenas que están! Y qué pervertidas y sucias deben ser ya. Se encuentran en ese limbo en el que los pocos rasgos infantiles que se resisten a claudicar le dan paso a la mujer. Estoy seguro de que deben fornicar a diestra y siniestra. Las conozco como la palma de mi mano. Ya no hay nada qué hacer. Ya no son niñas. Ya son unas golfas zalameras, frívolas y estúpidas. Las he visto cómo se humedecen de dicha cada vez que alguno de los pelafustanes adolescentes que viven en el barrio las miran, las saludan o las cortejan. Están ávidas y lúbricas. Quieren a como dé lugar que algún cabroncito les llene la panza de huesos. Las he visto peleando como fieras famélicas por alguno de los cretinitos presuntuosos que se juntan en las esquinas del barrio a parlotear como posesos para huir del aburrimiento. Ilusas. No saben o no quieren enterarse de que lo único que a la larga obtendrán es un feto en sus codiciosas entrañas. Dolor y soledad. Nada más. ¡Babosas! Tanto éstas como aquéllos reproducen, indolentes, la misma farsa deplorable de sus padres. Todavía creen que pueden descubrir algo nuevo en este mundo aciago y agonizante. Son presidiarios de un optimismo exacerbado y frívolo. No saben todavía y, quizás nunca lo descubran, que terminarán vendiéndose, postrándose ante algún tiranillo de pacotilla para poder subsistir en la miseria que tienen asegurada. Antes de los treinta años ya habrán agotado su vida y sólo les quedará el aburrimiento, la resignación y la estupidez como única compañía, mientras esperan a la muerte, siempre inoportuna, siempre tardía. Y se fabricarán algún consuelo, alguna esperanza, algún irrisorio, sucio sueño al que se aferrarán con su miedo incurable. Pero, ¡qué ricas! Casi siento que me vengo cuando pasan frente a mí. La que más me gusta es la morena. ¡Bah! Soy un imbécil. ¿Para qué deseo algo imposible? Qué idiotez.

Esta maldita vieja sarnosa nada que llega. ¿Qué cree? ¿Y mi almuerzo? ¿Acaso pretende que yo me lo prepare? No sería raro que pudiera creer en semejante imposible. A pesar de haberme parido, de ser la causante de mi desgracia y de que todos los días tiene que cargar con mi pesada y ridícula carga, todavía cree que, de buenas a primeras, me voy a levantar, así no más, de esta silla de los mil demonios, merced a una imposible intervención divina. Es realmente un ser despreciable, mi pobre madre. ¡A qué absurdos inconcebibles puede remontarse la mente enferma e incauta de algunos humanos! ¡Por favor! ¿Creer que es posible que mi cuerpo, después de treinta años de estar completamente tullido, carente del más mínimo movimiento, despierte de su letargo incurable? ¿Cómo es posible que alguien que se jacta de pensar pueda concebir y creer que el apestoso demiurgo que supuestamente nos creó se tomó la molestia de elegir a un gusano como yo para convertirlo en un paralítico, dejarlo en tan lamentable condición durante treinta años y luego, en un acto de absoluta incoherencia, al que la mayoría se empeña en llamar misericordia, devolverle la capacidad del movimiento? Esto es algo que sólo los más imbéciles, entre todos los idiotas que pululan en este cochino mundo, pueden aceptar. Si semejante ser existe realmente, entonces lo único que puede merecer, él y la chusma histérica que lo inventó, es desprecio. Pero mi madre ha ido incluso más allá. Ha caído en la insolencia de presentarme ante nuestros estúpidos vecinos como la prueba fehaciente del poder inconmensurable de nuestro sádico creador. Es más, durante los años siguientes a mi accidente tuvo el descaro de exhibirme en algunas calles importantes de esta apestosa y sucia ciudad, con el fin de mostrarle, ya no al barrio, sino a la ciudad entera, el testimonio sin par que yo representaba, aunque también para obtener algún dinerillo de los transeúntes, siempre desconfiados e hipócritas, que apenas se estrellaban con mi estropeado cuerpo se precipitaban como animales hambrientos con alguna cochina moneda en sus manos para prodigarme su ruin lástima. Esos fueron con seguridad los peores días de mi existencia, porque no hay nada más bajo, ruin, asqueroso y vil que exhibir nuestra miseria, que exponer nuestra desgracia, hacerla del dominio público, esperando que algún sarnoso se lance a nuestro lodazal para revolcarse, dichoso, junto a nosotros. Afortunadamente, de la misma manera que mi madre decidió sacarme a la calle para pedir limosna, algún día me escondió para siempre en su casa, de la cual jamás he vuelto a salir. ¡Ja! Por fin llegó esta cochina vieja.

—Oye, tú, sarnosa inútil, ¿a qué hora me vas a dar el almuerzo?

—Todavía no he preparado nada, así que te toca esperar.

Ojalá pudiera hacer algo diferente a insultarla.

—Pues eso es obvio, ¿cómo vas a haber hecho algo si te la pasas holgazaneando y chismoseando a lo largo y ancho de este barrio de mierda, lleno de cretinos y arpías como tú? ¡Quiero comer alguna mierda ya! ¡Rápido! Vieja asquerosa, buena para nada.

—Ya te dije que tienes que esperar un rato, por lo menos media hora.

—Púdrete, engendro, bicho asqueroso.

¡Carajo! Ojalá pudiera hacer algo diferente a insultarla. Me encantaría poder levantarme de esta maldita silla de mierda y golpearla hasta que muriéramos los dos, pero no puedo, maldita sea mi cochina y ridícula vida, no puedo. Y, a pesar de que lo sé hasta la saciedad, el deseo de hacerlo, insidioso, malsano, inútil, no desaparece. Eso se llama impotencia. Ruin, pérfida, ardiente impotencia.

¿Qué pasa? ¿Quién vino? Maldita sea, es esa subnormal de Anita. Ahora querrá venir a “conversar” conmigo. Si pudiera, me arrojaría ya, gustoso, desde este balcón contra el cemento de la calle, de cabezas, solamente para no tener que soportar la perorata insulsa y tonta de esa mujer despreciable. Ahí viene. ¡Carajo! ¿Qué hago? ¿Por qué la chusma depravada e ignorante de este barrio de mierda se empeña en venir, religiosamente, a mi casa, a dispensarme con sus ridículas, vacías, inútiles invitaciones dizque a intentar disfrutar mi vida? Anita es la vocera, autoproclamada, por supuesto, de la imbecilidad unánime del barrio. Se está acercando. ¡Estoy perdido! No hay remedio, me tocará, otra vez, escucharla. Es una maldita morbosa, es una sádica incurable. Ya está aquí. Ahora sí estoy verdaderamente jodido.

—Hola, ¿cómo está el hombre más apuesto e inteligente del barrio?

—Igual que hace treinta años, se lo he repetido hasta el hartazgo. Y también le he pedido en innumerables ocasiones que detesto que diga que soy el hombre más apuesto e inteligente del barrio (Desde que Anita me conoció y se enteró de mi absurda desgracia, se convenció de que calificándome de apuesto, inteligente, etc., podría inyectarme algo de ese irracional optimismo que la domina completa, impunemente).

—Pero si tú eres un hombre muy apuesto e inteligente.

—Bueno, tiene usted razón. ¡Qué más da!

—A ver, ¿qué me cuentas? ¿Cómo estás? ¿Qué hay de nuevo?

—Nada. Todo en mi vida es insoportablemente igual desde hace treinta años. Usted ya lo sabe, se lo he repetido hasta el cansancio. ¿Qué puede haber de nuevo en la vida de un lisiado que se pasa los días anclado a una silla de ruedas, apostado en un balcón? Nada, obviamente. Despertar, comer, cagar, otra vez dormir, otra vez comer, otra vez cagar y así ad infinitum (Pero Anita no se da por vencida. No acepta, no quiere admitir, así de morbosa y sádica es, que su interés, su empeño por devolverme dizque la alegría de vivir, jajajajajajaja, está condenado al fracaso. Es paradójico y absurdo, ella, cuya vida es literalmente tan desgraciada como la mía, está emperrada en que a como dé lugar tiene que cumplir con la piadosa, abnegada misión de revivir en mí el entusiasmo por la vida. ¡Lunática de mierda!).

Padece la peor enfermedad que pueda existir: la resignación.

—Pero la cosa no es tan mala como la pintas. Tienes que tratar de encontrarle el lado bueno a todo. Yo hago eso y mira, vivo feliz y agradecida.

—Sí. Tiene toda la razón. (Claro, cómo no va a vivir feliz y agradecida, si padece la peor enfermedad que pueda existir: la resignación. Porque la única manera de entender cómo una persona puede vivir feliz, a pesar de que su vida sea una mierda absoluta, es suponiendo que esa persona fue capaz de encontrarle o imponerle, da lo mismo, un sentido a sus calamidades y tribulaciones. Y el caso de Anita no es la excepción. Ella nació en el seno de una familia muy pobre. Su padre era un borracho insolente que pegaba y violaba a la familia entera, incluyendo hijos, hijas, suegra y demás. Su madre era un “alma de dios”, es decir, una mujer servil, temerosa y sumisa que permitió, indolente, que su cochino marido abusara hasta la saciedad de ella, de su madre y sus propios hijos. Así transcurrió la infancia de Anita, entre el hambre, la suciedad, la enfermedad, el abuso sexual y la violencia. Heredó de su madre las peores cualidades de ésta: la sumisión, el servilismo, la mansedumbre, la indolencia y la frivolidad. Fue raptada de su hogar por un grupo de monjas que alguna vez llegó al barrio ofreciendo algunos cupos para aquellas niñas que quisieran ordenarse como siervas de dios en el convento de la ciudad. Anita estuvo en el convento hasta que la echaron como a un perro porque quedó embarazada de su padre, luego de alguna de las múltiples violaciones que aquél le propinó. De su casa también la echaron por ser una mujer sin vergüenza y sin pudor que, además, se atrevía a responsabilizar a su padre de semejante atrocidad. Como pudo, Anita fue “contratada” por una familia honrada, magnánima y piadosa de la ciudad, que la acogió en su seno como sirvienta a cambio de un techo y comida para ella y la criatura que crecía en su vientre. En su nuevo hogar, Anita fue el objeto, de nuevo, de múltiples vejaciones, humillaciones y violaciones perpetradas regularmente por el señor de la casa, sus hijos varones y, por supuesto, por la señora de la casa. Su hijo nació muerto. Y como el embarazo tuvo múltiples complicaciones, fue echada, otra vez, a la cochina calle por aquella familia honrada, magnánima y piadosa, pues ellos, faltaba más, no tenían por qué asumir semejante responsabilidad; por el contrario, Anita debería estar eternamente agradecida con ellos, que se dignaron a acogerla en su distinguida familia y le prodigaron todo cuánto necesitó. ¿Quién sabe qué hubiera sido de aquella adolescente extraviada, de no ser por la oportunísima y caritativa intervención de los Gutiérrez? El caso es que Anita fue a parar a un burdel. Y allí conoció y padeció en su propia carne toda la inmunda abyección del género humano, durante al menos diez o quince años, hasta que algún infeliz impotente la convenció de que se casara con él. Desde ese entonces Anita vive en el barrio con un pelagatos. Tiene varios hijos. Es decir, todavía es una sirvienta y una golfa).

—Pero, ¿no quieres contarme algo? Anda. A ver, por ejemplo, ¿qué hiciste ayer?

—Nada, ya se lo he dicho. Yo no puedo y tampoco quiero hacer nada, excepto dormir, comer y cagar. Dormir, comer y cagar…

—No te creo. Algo distinto tienes qué hacer. O, ¿qué te la pasas haciendo en este balcón, desde la mañana y hasta el anochecer? Anda, no seas malito conmigo, cuéntame algo. Tú sabes que yo te quiero mucho, por eso vengo a verte cada vez que puedo.

—Mire, si quiere que alguien le cuente algo, se ha dirigido a la persona equivocada. Mi madre es la persona a quien usted busca. Ella le puede contar la historia completa, incluyendo los más ínfimos detalles, de todos y cada uno de los granujas y tullidos que revientan a cuentagotas en este barrio de mierda. A mí, por tanto, no me joda más con sus estúpidas preguntas.

—Bueno, está bien. Pero no te pongas así, mira que vas a hacer que me ponga triste.

—Ajá.

—Bueno, me voy. Me encantó verte. Chao.

—Ajá. ¡Púdrete, golfa inmunda!

¡Qué vicio más nauseabundo es interesarse por las asquerosas nimiedades que pueblan la ridícula vida de todos!

Desde que Anita viene a visitarme siempre recrea la misma escena: insistiendo, inquiriendo, hurgando, como una cochina maníaca. ¡Qué vicio más nauseabundo es interesarse por las asquerosas nimiedades que pueblan la ridícula vida de todos y cada uno de los despojos humanos que se arrastran por este cochino mundo! A tan hedionda e impúdica tarea estamos condenados todos. No podemos aguantar, no podemos controlar ese sucio, indecente impulso que nos obliga a escarbar y fisgonear en la despreciable desgracia de nuestros semejantes. Somos todos unos cochinos incurables.

—¡Oye, holgazana! ¿Ya está listo el almuerzo? ¡Me estoy muriendo de hambre!

—Sí, ya voy.

¡Quién sabe qué bazofia habrá cocinado esa asquerosa de mi madre! Porque es pésima cocinera. Lo que me prepara me lo trago en contra de mi voluntad solamente para calmar el hambre. No soporto esa asquerosa sensación que me produce la falta de comida. ¡Qué ridícula necesidad esa de tener que tragarse alguna porquería para evitar morir por inanición! Comer para mí no es un placer, es una tortura. Todo lo que me trago me hace daño, me produce indigestión, me enferma. Además, es mi madre quien debe alimentarme. Yo sólo puedo masticar. Es uno de los peores momentos del día. Siempre termino sucio como un cerdo porque ni eso es capaz de hacerlo bien mi pusilánime madre. No puede, es incapaz de introducir una cuchara en un plato, extraer el alimento y llevarlo a mi boca, sin chorrearme. Es verdaderamente absurdo, incomprensible. En fin. Aquí vamos, una vez más.

El almuerzo estaba fatal. Mi grotesca madre me ha obligado a tragarme una sopa con aspecto de agua estancada, oscura, insípida, horrible. El arroz estaba mal cocido, la carne parecía rancia y las verduras me supieron a mierda. La he insultado de tal forma a mi madre que se puso de pie, sin decirme nada y sin mirarme, con la bandeja en sus manos, y me dejó solo. Me dio la impresión de que estaba sollozando. Bien merecido se lo tiene. Es una incompetente de cabo a rabo. No merece otro trato. ¡Que se joda!

He dormido un poco después del almuerzo. Todavía me siento embotado. Estoy de nuevo en el balcón. Otra vez tengo que resignarme a contemplar este barrio miserable y los perturbados mentales que lo habitan. Ahí viene la loca del barrio. Se llama Verónica. Recorre el barrio de la mañana a la tarde, delirando, imperturbable. A veces llega hasta el andén que hay al frente de mi casa y se queda mirándome largo rato. Yo nunca le he dicho nada. Dejo que me observe. Quién sabe qué siente al verme. Su madre la utiliza para pedir cualquier cosa que se pueda tragar. Gracias a las correrías de Verónica por las tiendas del barrio su familia come al menos una vez al día. Cuando pasa frente a la cantina del barrio, los eternos borrachines que siempre están allí la llaman y la obligan a que baile alguna canción idiota de las que tanto les gustan. La obligan a beber el asqueroso licor adulterado que suelen consumir y cuando están seguros de la ebriedad de la pobre muchacha la meten al baño y uno a uno, incluido el cantinero, la violan impunemente. Todos los cochinos que revientan lentamente en este baldío de la creación saben lo que le hacen esos miserables a Verónica. Y en vez de indignarse y defenderla de la ordinaria vejación a que es sometida, se burlan y se carcajean a más no poder. Y su madre, en lugar de denunciar a aquellos depravados, le propina sendas palizas a la pobre que, en su inofensiva locura, no comprende por qué todos en el barrio se empeñan en abusar de ella. ¿Por qué el sádico demiurgo que nos regurgitó en un acto de imbecilidad sin precedentes permite semejantes atrocidades? Ojalá pudiera levantarme de esta maldita silla de ruedas para desollar vivos a todos los que abusan de Verónica, incluida su ruin madre.

Hay un momento en que sobre el barrio se cierne una nauseabunda pesadez. Y una abulia unánime toma posesión de los despojos humanos que lo habitan.

Las tardes me parecen inaguantablemente tediosas. Hay un momento en que sobre el barrio se cierne una nauseabunda pesadez. Y una abulia unánime toma posesión de los despojos humanos que lo habitan. Y todos al unísono se juntan en un sopor denso, maligno, paralizante, y el barrio se sume en un pesado sueño del que despierta justo antes de que la noche nos invada con su sombrío manto innombrable. Las calles a esta hora están desiertas. Las tiendas han cerrado. Y entonces el barrio parece un pueblo fantasma, abandonado, inusitadamente, por quienes lo habitan. He aprendido a resistir la asfixiante modorra que recorre como una neblina venenosa el barrio. Apostado en el balcón, clavado en mi silla de ruedas poso mi vista sobre el paisaje que rodea la ciudad. El cielo, diurno o nocturno, las montañas, el amanecer o el atardecer, las nubes, el sol, la luna, las estrellas, en vez de conmoverme, como pretenden los poetas, esos charlatanes morbosos, me aterran, me espantan, me horrorizan, me perturban. Aunque no puedo negar que hace muchos años la diáfana belleza del alba, el cielo matutino del color del mar y el sol con su lluvia de luz y fuego, o el crepúsculo con su inefable explosión de colores, o la noche oscura y misteriosa, o la luna y su brillo pálido, me conmovían terriblemente, constituían para mí una epifanía diaria, a la que acudía ávido, expectante y alegre. Pero algún día descubrí, desconcertado, que ni el alba, ni el atardecer, ni el sol, ni las montañas, ni el mar, ni la luna, ni la noche, nada en este universo aciago poseía belleza alguna. La belleza, falaz, mentirosa, artera, que veía y que sentía al contemplar el mundo, se la había impuesto yo a las cosas que, impávidas, indiferentes, ciegas, insensibles, frías, inertes, sordas, impotentes, reptaban como yo, aunque completamente inconscientes, hacia la aniquilación total. Me engañaba absurdamente. Y la experiencia de la belleza que yo, iluso, cándido, torpe, había puesto sobre el mundo, se me apareció como un subterfugio bajo, ruin, vil, inútil. Desde entonces observo el alba y el crepúsculo, el sol y la luna, las montañas, los ríos y el mar, el universo completo con desprecio, pavor y asco.

El día está muriendo. Viene la noche. Hace frío. Empiezan a encenderse las luces en las casas. Hordas de hombres y mujeres van arribando al barrio, luego de su dosis diaria de esclavitud institucionalizada. Llegarán a sus casas cansados y aburridos. Compartirán la mesa con su familia, a la que aborrecen en secreto. Antes de dormirse, se agolparán frente al televisor para olvidarse por un instante que parece eterno, aunque es realmente efímero, de sus vidas. Se dormirán antes de las once de la noche, nunca después. Tienen que madrugar mañana. Les espera en fábricas y oficinas una nueva jornada laboral. Yo me quedaré un rato más aquí, en mi balcón, soñando mi muerte, inventando mi aniquilación.

Cristian David Molina Cruz
Últimas entradas de Cristian David Molina Cruz (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio