XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

Adiós

martes 30 de abril de 2024
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Not one would mind, neither bird nor tree,
If mankind perished utterly
Sara Teasdale, “There will come soft rains”.

Hace frío.

El viento helado procedente del páramo hurga en los rincones de la estación de ferrocarril: se cuela entre los dinteles y las puertas desencajadas, por las ventanas de cristales rotos, e invade el interior arruinado de la sala de espera y los despachos de pasajes, donde agita periódicos antiguos con titulares de guerra, y provoca el aleteo de billetes que el tiempo ha desteñido hasta hacer ilegible el destino de cada uno. La ráfaga gélida culmina su recorrido murmurando en rincones en los que levanta torbellinos efímeros de polvo e insectos muertos.

La mujer ocupa el único banco intacto del andén. Viste un abrigo de paño naranja, una falda verde, que le llega a los tobillos, y botas marrones; se cubre la cabeza con un pañuelo de colores vivos. Sobre su regazo descansa una bolsa de estraza por cuyo borde asoma un ramillete de flores blancas de castaño de indias. Acaricia las flores con suavidad. Tiene los ojos húmedos, y no es sólo a causa del viento.

El anciano jefe de estación asimila todos esos detalles de un vistazo, sorprendido ante la presencia de alguien en los que considera sus dominios. Hay carteles que prohíben el paso a la propiedad e incluyen una amenaza de arresto a quien lo haga; son carteles tan erosionados como el recinto al que protegen, pero eso no importa, la ley es la ley.

Tras comprobar que los zapatos negros relucen impecables, marcha con decisión algo renqueante hacia su indeseada visitante.

El hombre coge la gorra, que lleva embutida en el cinturón, y se la encasqueta; alisa con manos artríticas la chaqueta, raída, pero limpia y bien planchada, y tras comprobar que los zapatos negros relucen impecables, marcha con decisión algo renqueante hacia su indeseada visitante.

La mujer mantiene la vista al frente, allí donde se elevan al aire las vías retorcidas e inútiles como si quisieran peinar el viento, y a pesar del eco sobre el andén de los pasos irregulares que se aproximan, no desvía la mirada.

Él se detiene ante ella y coloca los brazos en jarra.

Ahora de cerca, aprecia que la mujer es mayor de lo que había pensado, y también más hermosa. Los mechones de pelo que escapan del pañuelo son cobrizos, los ojos verdes y los labios rojo cereza. Y huele a canela y a jazmín y a lluvia recién caída.

Ella suspira y una inopinada brisa cálida envuelve al hombre quien, sin querer, inhala el aire, permitiendo que la esencia de ella invada su interior.

Cierra los ojos.

Le viene a la memoria una obra de arte que vio tiempo atrás: una explosión de colores en apariencia caótica, o tuvo esa sensación inicial, porque al poco distinguió un paisaje de flores y árboles de una belleza inusitada. “Rosales bajo los árboles” era el título de la obra. No recuerda el nombre del artista, sólo que era una pintura valiosa, y que le gustaba mucho, pero no le habían permitido que se la quedase. El corazón le revolotea durante unos instantes y siente una leve punzada en el pecho.

Hace un esfuerzo y recupera el control.

Tose.

Ella parpadea.

—Señora, ¿qué hace aquí?

La mujer le mira por fin y él siente un escalofrío que nace en su abdomen y culebrea por la espalda hasta la nuca.

—Espero el tren, me voy a casa —desvía la mirada hacia las vías de nuevo.

Él jadea, incapaz de proferir una palabra, tal es la impresión que la voz femenina le provoca, y su resistencia se resquebraja: rememora las palabras de su madre cuando le llamaba su “pequeño ángel”; también el crepitar del fuego en el hogar durante las noches de invierno y el gruñido satisfecho de su padre al lograr prender la pipa, incluso la voz de su hermana cantando para sí misma mientras cosía, y el ronroneo del gato tumbado a sus pies; durante unos instantes, está allí, en el pasado, en la niñez, en la época de la inocencia, y siente que le caen las lágrimas, y con más fuerza cuando le envuelve el aroma de las flores silvestres que su madre cogía a diario para colocarlas sobre el aparador junto a la ventana. Abre los ojos, que ha cerrado sin darse cuenta, y observa las flores blancas en el bolso de la extraña. Tiende una mano hacia ellas, pero la mujer las aparta.

—No.

Durante unos instantes, se imagina golpeándola hasta que ella cae al suelo.

La negativa transforma la pena en una rabia aguda, ¿por qué le rechaza? Cierra los puños. Durante unos instantes, se imagina golpeándola hasta que ella cae al suelo. También imagina la sangre sobre el suelo sucio y eso le excita tanto que está a punto de perder el control.

Toma aire y cuenta hasta diez. Que se pudran sus flores. Cae en la cuenta de lo que ella ha dicho:

“Espero el tren, me voy a casa”.

Absurdo. No hay trenes, ni lugares a los que ir en ellos desde la estación; lleva más de treinta años fuera de servicio, desde el fin de las hostilidades, desde que el mundo cambió y lo dejó a él detrás, a cargo de esas ruinas.

—¿Acaso no ve el estado en el que están las vías, señora? —repone con brusquedad—. No debería estar usted aquí; haga el favor de marcharse.

—No disfruto con su tristeza, aunque la pena es justa.

—¿Se burla de mí? —se enfada él; su ira es la única defensa ante la avalancha de recuerdos que continúa suscitando la mujer con cada palabra que pronuncia—. No se mueva de aquí, ha invadido terreno propiedad del ferrocarril y ha de pagar por ello.

Ella encoge los hombros.

—Me iré cuando tenga que hacerlo, que será pronto.

Él la observa unos instantes, aprieta los labios y toma una decisión: va a echar la llave a la garita, un cobertizo de madera adosado al edificio principal que cuenta con la única puerta con cerradura; luego obligará a la mujer a acompañarle al pueblo, a la oficina del ferrocarril; allí piensa enviar un telegrama a la central explicando lo ocurrido. Aparta el pensamiento de que no recuerda la última vez en la que llegaron noticias de la central, a pesar de que él remite un informe semanal sobre el estado de la estación y las tareas que lleva a cabo.

Comienza a llorar de nuevo conforme se acerca a la garita y odia a la mujer de una manera irracional. Abre la puerta y va hacia la mesa en el centro de la estancia junto a la que hace guardia una escuálida silla. Sobre el tablero hay unos folios amarillentos, un lápiz corto y una botella llena hasta la mitad de un líquido ambarino. Echa un trago breve y a continuación otro más largo que inunda sus entrañas de fuego, pero alivia poco su desazón.

Se apoya en la mesa y rechina los dientes. ¿Quién es la extraña? ¿Cómo es capaz de abrir unas memorias que había encerrado con tanto cuidado? Aún da un tercer trago para aliviar la oleada de recuerdos que amenaza su cordura. Tan enfrascado está en oscurecer su mente, que tarda unos instantes en registrar el sonido. Y cuando lo hace, aún tarda un poco más en prestar crédito a sus oídos.

Un tren.

Uno de vapor, por el sonido.

Corre al exterior y alcanza a ver a la mujer subirse al vagón de un largo y elegante convoy a vapor.

Hace años que las viejas locomotoras fueron sustituidas por máquinas eléctricas y desde luego, ni unas ni otras circulan por esas vías, es del todo imposible.

Corre al exterior y alcanza a ver a la mujer subirse al vagón de un largo y elegante convoy a vapor que exhibe letreros en los costados de cada coche; no logra descifrar el lenguaje en el que están escritos y, sin embargo, adivina que son nombres de muertos.

El tren comienza a alejarse y el hombre contempla cómo las vías se alisan ante el ferrocarril para volver a deformarse tras su paso.

Se rasca la cabeza y frota los ojos.

La mujer se asoma a una ventanilla y lo observa con fijeza. Menea la cabeza antes de volver al interior del vagón.

Él pasa un buen rato ahí de pie, con la nariz goteando a causa del frío creciente y, hasta que comienza a caer una lluvia suave de agujas heladas, no reacciona.

El convoy se ha perdido de vista y es igual que si jamás hubiera estado allí, pero él sabe que sí.

Y de repente se ve invadido por otros recuerdos, los que forjaron al hombre que resultaría ser.

Y recuerda la guerra y la vileza de los actos que cometió hasta que dejó de ser la persona que había sido, la persona que la extraña revivió al hablarle.

Y olvida los nombres que le llamaban cuando era un niño, pero surgen ante él los de aquellos que figuraban en las listas que él mismo confeccionaba: gentes a la que enviaba de viaje.

Y desfilan uno a uno ante sus ojos: los contempla subiendo a los vagones y se ve a él mismo formando parte de los que azuzan a los condenados, menos valiosos que el ganado que suele transportar ese mismo convoy.

Y recuerda el dinero que recibió a cambio, una pequeña fortuna con la que se marchó a la capital con la intención de disfrutar de su buena posición; allí compró todo lo que siempre ansió poseer, pero nunca fue bastante y la sensación de vacío creció en su interior hasta convertirse en un pozo insondable.

Y revivió el final de la guerra y su vuelta a la pequeña ciudad de provincias, a la estación de tren donde aceptó una ocupación que le permitiese olvidar y ser olvidado.

Y la rutina junto al alcohol adormeció la culpa, y había sido capaz de mirarse al espejo hasta ese mismo día en el que llegó la mujer.

El pozo de su interior vomita oscuridad y arroja sobre él un peso enorme que le hace caer de rodillas.

Aunque se cubre los oídos, el dolor se infiltra en su mente. Siente una pena como jamás pensó que padecería.

Rostros contraídos en gritos y llantos se abalanzan a su encuentro y, aunque se cubre los oídos, el dolor se infiltra en su mente. Siente una pena como jamás pensó que padecería. Consigue incorporarse con esfuerzo y agita la cabeza para alejar a sus torturadores sin lograrlo. Corre a traspiés hacia la garita y, una vez allí, abre un cajón de la mesa del que extrae una vieja Luger.

La mujer viaja con la vista en las flores, las acaricia con ternura y musita un nombre:

—Anna.

El sol envía rayos oblicuos mientras raya el horizonte y el viento y la lluvia se calman durante unos instantes. La quietud amortaja la estación hasta que la destroza el disparo.

Anochece.

J. E. Álamo
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  • Adiós - martes 30 de abril de 2024

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