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Retiro

sábado 4 de mayo de 2024
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Soplaba el viento fuera del pequeño café, sacudiendo las ramas desnudas de los árboles y levantando el agua del estanque en pequeñas olas. Había pilas de hojas muertas alrededor de las mesas y las sillas en la terraza vacía. El vino tinto que había pedido me lo habían puesto frío, y el café que ella bebía se estaba enfriando rápido.

Ella dibujaba algo en su cuaderno; no veía lo que era, pero lo podía adivinar. Tenía delante de mí una libreta, pero no había en la página más que las pocas líneas que había escrito hacía varias semanas. Desde el verano me costaba escribir.

Acabé el vino de un trago y pedí otro. Cayeron unas gotas de lluvia contra los cristales del bar y la puerta se abrió con una ráfaga de viento. Ella dejó su lápiz en la mesa y se levantó. Se puso detrás de mí y miró las cuatro líneas que había escrito.

—Estás bien, ¿no?

Asentí con la cabeza. Se dio la vuelta para ir al baño.

Cogí su cuaderno para ver qué había dibujado. Era la playa donde habíamos pasado el verano, donde habíamos pasado tantos veranos desde hacía años. Allí estaban los pinos en la orilla del mar, allí las rocas, la arena tan blanca. Había también una parte tachada, pintada de negro. Sabía por qué; era la tercera, cuarta vez que pintaba lo mismo desde que volvimos.

Volvió a la mesa y me tocó el hombro. Se sentó delante de mí otra vez, y le devolví el cuaderno con una sonrisa forzada. Apartó la taza de café frío y le pidió un vermut al camarero.

 

*

 

Pasábamos los días en la playa, tomando el sol, leyendo, pintando; o seguíamos uno de los caminos que pasaban por el bosque.

Llevábamos muchos años yendo a la misma playa en la misma isla en verano. Siempre nos quedábamos en la misma casa también; un camino de tierra iba desde la puerta del jardín, donde había dos cipreses grandes, uno en cada lado, a través de un bosque, hasta la arena. El jardín estaba bastante dejado, pero tenía una mesa donde desayunábamos cada mañana después de bañarnos en el mar.

Pasábamos los días en la playa, tomando el sol, leyendo, pintando; o seguíamos uno de los caminos que pasaban por el bosque. Estos caminos iban por toda la costa, y a veces no volvíamos hasta anochecer. Conocíamos tan bien los caminos que no teníamos que prestar mucha atención a dónde íbamos, y podíamos ir hablando sin parar. Le encantaba hablar de cualquier cosa —un nuevo artista que había descubierto, una telenovela, un artículo que había leído la noche anterior. Esos días siempre parábamos para nadar en alguna cala, secándonos en las rocas antes de volver a casa.

A ella le gustaba echar una siesta mientras yo cocinaba la comida. A mí me gustaba cocinar con una copa de vino o una cerveza. Las comidas solían durar hasta que empezaban a alargarse las sombras de los cipreses. Después de comer, ella siempre cogía sus pinturas y bajaba a la costa otra vez, mientras yo me ponía en la parte de la mesa que estaba en la sombra con el resto del vino, y escribía hasta anochecer.

Una noche, ella volvió de la playa con cinco o seis amigos del pueblo. Yo acababa de completar un capítulo; cerré mi libreta y cogí unas botellas de vino. Nos quedamos allí toda la noche, bebiendo, comiendo, en el jardín. Empezó a amanecer, y cogimos una botella de vino y bajamos a la playa.

Estaba la marea muy baja, y las charcas pequeñas en el agua brillaban en la luz pálida del alba. El cielo estaba pintado de colores pastel; un azul casi blanco; un rosa clarísimo en el horizonte.

Me debí quedar dormido en la playa, porque lo siguiente que recuerdo es oír los gritos de los niños de una familia, que jugaban en el mar. Ella seguía dormida a mi lado. La desperté y volvimos a la casa, donde dormimos hasta la tarde. Esa noche cenamos en la cocina, las puertas abiertas, una brisa ligera moviendo las cortinas.

La siguiente mañana volvimos a la rutina; por la mañana dimos un paseo a lo largo de la costa y hasta el faro. Después de comer, decidí acompañarla cuando fue a la playa; no avanzaba con lo que escribía y quería apartarme un poco de ello.

Estaba allí la misma familia que el día anterior. Normalmente no nos gustaba compartir la playa, pero estaban al otro lado de la arena, cerca de las rocas, así que casi no les escuchábamos.

Ella se sentó en la arena con las piernas cruzadas, su cuaderno sobre el regazo. Yo estaba a su lado con mi libro, pero el vino que había tomado a la hora de comer me estaba dando sueño. Me levanté y caminé hasta el agua para despejarme un poco. Seguía cálida en la tarde cálida.

Tenía el agua hasta la cintura cuando oí gritar al padre de la familia. Vi que uno de los niños no estaba. Estaría al otro lado de las rocas. Me lancé al agua y nadé cuanto pude sin levantar la cabeza.

Miramos cómo el padre le sacó del agua a rastras y le tumbó sobre una roca. Tenía la cara azul.

Cuando salí, ya no podía hacer pie. El padre estaba en el agua, corriendo hacia algo. Giré la cabeza, y vi que ella se había acercado a la orilla para mirar; tenía los pies en el agua. Su cuaderno estaba tirado en la arena, las pinturas se habían caído al suelo, y la botella de agua que utilizaba para mojar los pinceles estaba a su lado, mojando la arena.

Miramos cómo el padre le sacó del agua a rastras y le tumbó sobre una roca. Tenía la cara azul. Cuando llegaron la policía y la ambulancia, lo único que pudieron hacer fue taparle con una manta.

Nos quedamos allí una semana más. Brilló el sol cada día, e hizo más calor que las semanas anteriores. En vez de salir, nos quedamos en el jardín muchos días, leyendo, comiendo en silencio. Solíamos acabar una botella de vino antes de comer.

Un día, decidimos salir a dar un paseo por el bosque. El silencio nos persiguió allí; los únicos sonidos eran nuestros pasos sobre las hojas secas. Ni siquiera se oían las olas del mar.

Volvimos a la casa una hora tras salir. Yo abrí una botella de vino. Ella se sirvió una copa y desapareció en la casa. Yo cogí la botella y fui por el sendero hasta la playa. Allí seguía, como si no hubiera pasado nada. Bajé al agua y dejé que las olas pequeñas cubrieran mis pies. Pasó un velero delante de la playa, la vela ondeando un poco en la brisa.

Nos fuimos para Madrid la siguiente mañana.

 

*

 

Ella había acabado su vermut, y yo había pedido otra copa de vino.

—Me voy a casa.

Miré por la ventana. Ya estaba lloviendo a cántaros.

—Si no tienes paraguas.

Se levantó y echó unas monedas a la máquina de tabaco y se agachó para coger la cajetilla.

—No está lejos. Nos vemos en casa.

El estanque estaba de color gris plomo y en él flotaba alguna hoja muerta.

Su cuaderno todavía estaba en la mesa. Había pintado nubes negras encima del mar azul. Lo abrí en la primera página. Cayó arena de dentro de las páginas. Dejé un billete de veinte euros en la mesa y salí.

El estanque estaba de color gris plomo y en él flotaba alguna hoja muerta. Cuando llegué al piso, estaba empapado. Dejé mi libreta y su cuaderno sobre el radiador en el salón. Oía el sonido de la ducha. Cuando salió, estaba yo en el sillón viendo la televisión. En el cenicero en la mesita había una colilla.

—¿Has traído mi cuaderno?

Señalé el radiador sin girar la cabeza.

Lo cogió y abrió la puerta de la terraza. Caía incluso más lluvia que antes. Dejó el cuaderno sobre una de las sillas bajas, bajo la lluvia. Se sentó a mi lado y puso su cabeza en mi hombro.

Hamish E. Rankine
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  • Retiro - sábado 4 de mayo de 2024

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