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El tránsito de Aminata

jueves 30 de mayo de 2024
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Estaba esperándome enfrente de la puerta, como hacía al menos una vez por semana. Yo no la había visto, los ojos clavados en la pantalla del ordenador, en personas transformadas en números, en datos, en presupuestos. Miguel me lo dijo:

—Isabel, está aquí Aminata —y señaló hacia la ventana con la cabeza. La mujer estaba al otro lado de la calle, con su omnipresente abrigo azul, las trenzas recogidas en lo alto de su cabeza, empujando el cochecito suavemente, adelante, atrás, adelante, atrás. Miré el reloj, me faltaba casi una hora para salir.

—Voy a decirle que entre, hace frío —dije, levantándome con cierta dificultad. Miguel sonrió. No hacía frío, era mayo, por mucho que marceara. Aminata siempre tenía frío, el frío le había entrado en el cuerpo al empapárselo las aguas del océano, mientras lo cruzaba, y no se le había quitado desde entonces. Ni el frío, ni el pánico al mar, al que sólo había visto aquella vez, casi engullida para siempre por sus olas. Quiso la suerte que acabara en el interior del país, en Salamanca. El día en que la conocimos nos preguntó a cuánta distancia estaba la costa de aquella ciudad. Para mi sorpresa, asintió con alivio cuando le dije que a varias horas.

Abrí la puerta de entrada y le hice un gesto con la mano. Ella sonrió al verme y se acercó, cruzando la carretera con cuidado. Se sentó en una de las sillas de plástico, moviendo el cochecito, la niña en silencio, supuse que dormida. Después de unos minutos, Miguel le acercó un vaso de agua y ella lo tomó con ambas manos y otra sonrisa. El gesto le salía fácilmente, con honestidad.

La llevé a una cafetería cercana cuando terminó mi jornada laboral, aunque ya sabía lo que iba a preguntarme. Siempre era lo mismo. “¿Se sabe algo de la fecha?”. “No, Aminata, todavía no sabemos nada, faltan unos meses”. Ella asentía, a medio camino entre la tranquilidad y la impaciencia. Sin embargo, el número de meses se iba acortando, y pronto se resolvería su caso.

—¿Cómo estás hoy, Aminata?

—Bien, bien, gracias —respondió.

Se tomaba muy en serio sus clases de español; había llegado sin saber ni una sola palabra y, durante un tiempo, nuestras conversaciones se reducían a mis explicaciones y sus asentimientos, sin entender mucho, excepto lo que se parecía un poco a su francés rudimentario, mientras yo le iba explicando los pormenores de su situación. Una de las primeras tardes, sentada en su habitación, expliqué con calma lo que podía y no podía comprar en el supermercado con los fondos del gobierno, mientras ella asentía con una sonrisa. Antes de salir, me acerqué a hablar discretamente con su compañera de piso, una mujer de Mali, para pedirle que la acompañara al supermercado un par de veces. Habría sido más fácil con un traductor, claro, pero Aminata se había negado a tener uno desde que terminó su entrevista inicial. Quería forzarse a comunicarse, a entenderme. Tenía puestas todas sus esperanzas en quedarse en España. Nunca había faltado a una de sus clases de español, ni siquiera una mañana de enero en la que estaba nevando, la primera vez que ella había visto la nieve. Enfundada en su abrigo azul, caminó hasta el centro donde se impartían los cursos, disfrutando de las nuevas sensaciones: el sonido de la nieve al ser aplastada bajo sus zapatos por primera vez, la sensación de los copos al deshacerse en las manos, sus trenzas adornadas de puntos blancos. Desde que la niña, Mariam, había nacido, también ella asistía a todas las clases, para alborozo de la profesora.

—¿Cuándo va ser listo mi caso? —me preguntó, copiando la gramática del francés en su español.

—Todavía falta un tiempo, Aminata, tranquila. Veo que las clases de lengua te están yendo muy bien.

Me sonrió. La niña comenzó a hacer ruidos en su cochecito. Aminata la tomó en sus brazos con cariño y se la puso al pecho. Le dije que estaba muy grande y hermosa, “gracias, muchas gracias”. Le pregunté qué tal su compañera en la casa, “bien, bien, gracias”. El camarero hizo los cafés, dos descafeinados. Escuché al que estaba dentro de la barra decirle al que servía las mesas:

—Para la negra y la otra.

Respiré hondo, Aminata se rio. Cuando los cafés quedaron en la mesa, me dijo:

—No comprendo mucho, pero comprendo “la negra”, siempre “la negra”.

Asentí. Ya suponía que no era un caso aislado.

—Es una ciudad pequeña, no están acostumbrados a la diversidad —dije, aunque no tenía por qué defenderlos. Aminata seguía sonriendo.

—No son malos —me confesó—. En el bus, siempre asiento para mí. Mujer negra sienta, hombre blanco no sienta. Bizarre —y se rio abiertamente.

No pude evitar sonreír también. Intenté no darle muchas vueltas al comentario, que no era el primero de la semana. Dos días antes había acompañado a una familia marroquí con tres niños pequeños al piso donde iban a alojarse hasta que se resolviera su caso, que casi con toda probabilidad sería denegatorio, lo que era especialmente frustrante cuando había menores de por medio. Uno de los vecinos nos vio al entrar. Era un hombre enjuto, de mediana edad. Esperó en su puerta hasta que salí.

—Oye, ¿cuánto tiempo se van a quedar estos aquí?

—El que necesiten —respondí, secamente, cerrando la puerta a mis espaldas.

—Mira, yo no soy racista, pero lo de vivir al lado de unos moros, como que no me apetece.

—No se preocupe, no va a tener usted ningún problema —dije, con toda la educación de la que fui capaz.

Bajé por las escaleras, aunque era un cuarto piso y mi equilibrio no estaba en su mejor momento, para no tener que esperar el ascensor. Nadie era racista, siempre había una excusa. ¿Cómo explicarles que ese “pero”, esas cuatro letras, invalidaban completamente la oración anterior? ¿Cómo hacer que se dieran cuenta de que a nadie le preguntaban dónde quería nacer? Aminata removió su café, en silencio. Pensé en la primera vez que la conocí.

Había llegado en noviembre, durante una inesperada ola de frío. Tenía el pelo cardado después del viaje y temblaba sin parar. Llevaba una chaqueta larga de punto que no se podía abrochar debido a su abultada barriga. En la sala estábamos ella, una psicóloga, una abogada, el traductor y yo. Le pedimos que nos contara su historia.

—Nací en un pueblito de Senegal. Fui a la escuela hasta que me bajó el período, a los trece años. Empecé a trabajar, y a los quince mis padres me prometieron a un hombre de otro pueblo. Él tenía treinta y dos. Me casé a los dieciséis años, sin haberle conocido antes de la boda. Siempre me pegó, desde el principio. Para él, era una forma de adiestramiento. Si la comida no estaba a su gusto, si la casa no estaba tan limpia como él quería, si la ropa que llevaba no le parecía apropiada... —la voz del intérprete era monótona, sin vida, sin emoción, al contrario que la de ella. Fijé mis ojos en Aminata, quería que sus sensaciones me envolvieran—. Me quedé embarazada a los diecisiete. Perdí al bebé después de una paliza —inconscientemente, me llevé las manos al vientre. Ninguno de mis compañeros lo notó. Aminata sí. Me miró a los ojos, y en ese momento, lo supo. Fue la primera. Continuó hablando—. Al poco tiempo, estaba embarazada de nuevo. También lo perdí debido a los golpes. A él le gustaba pegarme en la barriga, porque así no me quedaban marcas visibles cuando salía de casa. Si lloraba, él me pegaba más. Una mujer del pueblo me explicó cómo hacer para no quedarme embarazada tan fácilmente. Empecé a contar los días, a intentar evitarle la semana después de mi período. Lo conseguí durante un tiempo, un par de veces incluso me permitió ir a ver a mi familia durante unos días. Poco después, se cansó de que le rechazara con tanta frecuencia y empezó a forzarme en cuanto le ponía alguna excusa. Cuando me quedé embarazada de nuevo, supe que la única forma de que mi bebé sobreviviera era salir de Senegal. Salir de África. Lo más lejos posible, para que no me siguiera. Me dijeron que en Europa podrían protegerme, que no dejarían que le pasara nada a mi bebé.

Nos había dicho que sólo tenía veinte años.

—¿Tienes un certificado de nacimiento? —pregunté.

—No.

—¿De matrimonio?

—No.

—¿Informes médicos de los abortos espontáneos?

—No.

—¿Fuiste a ver a algún médico cuando ocurrieron, alguien que pueda corroborar la historia?

—No.

—¿Algún documento médico de otra ocasión, de alguna otra paliza?

—No —tragué saliva.

Hablé con la abogada y la psicóloga a la salida. La psicóloga dijo que, en su opinión profesional, estaba diciendo la verdad. La abogada dijo que daba igual, que sin pruebas de ningún tipo denegarían la petición de asilo, que desde fuera parecía un caso claro de una mujer que quería que su bebé naciera en Europa. Yo dije que incluso si hubiera pruebas, su situación no entraba directamente en los parámetros establecidos por el gobierno. No había persecución por motivos de raza, religión, nacionalidad, opinión política o pertenencia a un determinado grupo social. No provenía de un país con un reconocido conflicto interno en el momento, por el que se considerara que su vida estaba en peligro afuera de su situación doméstica particular. Las posibilidades de que se aprobara la petición eran muy pequeñas, los burócratas decidían en una oficina a quién se le permitía quedarse y a quién no, ponían un sello en un papel sin tener que mirar a la cara a los peticionarios. La psicóloga mencionó que, si volvía a Senegal, él probablemente la mataría a golpes. Eso lo sabíamos todas, pero no cambiaría la resolución. Lo único a lo que podíamos aferrarnos es que tenía entre seis meses y un año para que se resolviera el caso, el bebé podría nacer en España, tener acceso a la sanidad pública durante los primeros meses. Después, ya se vería. A partir de entonces, Aminata empezó a visitarme con frecuencia. Sólo quería hablar conmigo.

—¿Tú qué harías si fueras ella? —me había preguntado una noche Miguel.

—Irme a otro país europeo en cuanto se acercara la fecha de resolución, antes de que se produjera una orden de expulsión para mí y mi bebé.

Me miró durante unos segundos:

—Estaría en una situación muy precaria, sin documentación.

—Estaría mejor que regresando a casa con su esposo.

—No puedes recomendarle que se vaya de forma irregular.

—Ya lo sé.

En la asociación teníamos un buen número de donaciones; sin embargo, no había mucho para recién nacidos. Después de instalar a Aminata, hicimos una petición masiva. Biberones, ropa, una cuna, un cambiador, un cochecito... La comunidad respondió con creces. A finales de diciembre, el día de la lotería de Navidad, llenamos una furgoneta de cosas y la acercamos al bloque de edificios donde se encontraba su piso. Mientras los locales revisaban sus décimos para ver si estaban premiados con dinero, Aminata sólo deseaba poder quedarse.

Al lado del portal había una zona de carga y descarga y, en ella, un hombre fumaba dentro de su vehículo. Salí de la furgoneta, me acerqué y bajó la ventanilla. Le pregunté si podía mover su carro para que estacionáramos, ya que teníamos que hacer una mudanza. Él sonrió con sorna:

—Se nos está llenando la ciudad de sudamericanos. Si vas a mudarte a España, ¿no deberías aprender mejor la lengua? Aquí se dice coche. Ahora mismo te muevo el mío, bonita.

Y arrancó, subiendo de nuevo la ventanilla. No respondí, no quería ocasionar un conflicto estando en el trabajo. Tampoco se lo conté a Miguel, que estaba en la furgoneta. No quería que él ocasionara un conflicto estando en el trabajo. A esas alturas se me daba muy bien ignorar ciertos comentarios. Al principio no había sido tan fácil, la primera vez que alguien se había referido a mí como “sudaca”, casi escupiendo la palabra, como si haber nacido en mi país fuera un delito, el estómago se me había revuelto y la bilis me había subido hasta la garganta. Estaba en un bar, con unas amigas. Me dijeron que los ignorara, que estaban borrachos, que eran imbéciles. Lo pensaba muchas veces, cómo podría haberles respondido. Me imaginaba en mi cabeza solemnes discursos, finalizados con una disculpa de los muchachos y un aplauso general de todos los clientes. Sabía que nunca habría sido así en la realidad. También sabía que, muchas veces, aunque no enfrentarme a ciertas personas evitaba un conflicto social, resultaba en un conflicto interno. “Debías haber dicho algo”, me decía una parte de mí. “Es mejor así, no iba a cambiar nada”, le respondía la otra. “Nunca se sabe, merece la pena intentarlo”. “No era un buen momento”. “¿Y cuándo lo es?”.

Micro-, según el diccionario de la Real Academia, significa “muy pequeño”, y agresión, “acto de acometer a alguien para matarlo, herirlo o hacerle daño”. Siempre he pensado que ambas palabras no deberían ir juntas, el oxímoron de la discriminación. El hombre finalmente se marchó y, un par de horas más tarde, Aminata tenía su pequeño cuarto listo para compartirlo con su hija, que nació a primeros de febrero. Desde el día de la mudanza habían pasado casi seis meses. Ahora era yo la que tenía el vientre abultado, la que caminaba con la chaqueta sin abrochar, la que tenía en casa un cuarto listo para mi hija.

—¿Qué nombre para tu bebé? —me preguntó Aminata, terminando de beber su café.

—Alexandra —le dije.

Sonrió. Estuvimos un par de minutos en silencio, hasta que la sonrisa se borró de su rostro. Sus ojos se detuvieron en los míos:

—Tengo mi prima en Francia. ¿Debo visitar?

La miré, fijamente. No de trabajadora social a peticionaria, sino de inmigrante a inmigrante. De madre a madre. A pesar de que mi hija todavía no había nacido, ya quería lo mejor para ella. Al igual que Aminata.

—Visítala.

—¿Cuándo?

—En dos o tres meses.

Mariam tendría seis meses para entonces. Aminata asintió, comprendiendo, mientras se levantaba despacio. La bebé se había quedado dormida en su pecho. La colocó con dulzura en el cochecito. Me levanté también y fui a pagar. El camarero de la barra me sonrió al darme el cambio:

—Hasta la próxima, guapa.

Respondí con sequedad y salí del bar. Quizás porque yo había elegido trasladarme hasta España, en lugar de huir como Aminata, o quizás porque yo no había estado en el sistema y nadie me había ayudado al llegar, o quizás por venir de una familia con más medios, sentía que, de alguna forma, había en mí más espacio para la ofensa que en la dulce y siempre agradecida Aminata. Ella me esperaba afuera, moviendo el cochecito. Me dio un abrazo:

—Gracias.

—Cuídate —le pedí. Miré con dulzura a Mariam, durmiendo tranquila, sin miedo, sin que nadie le hiciera daño. Me pregunté si volvería a verlas, si Aminata estaría esperándome frente a la oficina la siguiente semana, enfundada en su abrigo azul, moviendo su carrito.

Regresé a casa caminando lentamente, consciente de los movimientos dentro de mi barriga, avivados por el azúcar del café. Miguel tenía que trabajar unas horas más esa tarde. Una vez en casa, entré en el futuro cuarto de Alexandra, con su cuna convertible, los libros sin estrenar, los colores pastel, el hermoso mural en la pared, pintado por una amiga. Entraba la luz del atardecer a través de las cortinas. Me senté en la mecedora donde tenía pensado darle el pecho a la niña, y cubrí mi estómago con las manos. Me sentí agradecida. A pesar de los momentos amargos, del menosprecio a mi origen, al color de mi piel, a mi forma de hablar. Pese a que a la sociedad le quedaba mucho por aceptar, mucho por entender. Agradecida por esa habitación, por la estabilidad económica que me permitía saber cuánto me costaría el pan al día siguiente, por los apoyos sociales con los que contaba el país, gracias a los cuales Mariam había nacido y estaba creciendo con acceso a una salud de calidad, por mi familia en Venezuela, que siempre me apoyaba en todo y a la que, a diferencia de Aminata, podría volver si lo necesitaba. Agradecida por Miguel, que me amaba y respetaba, y, sobre todo, por la certeza de no tener que planear un viaje en tren, hacia un futuro incierto, cargando tan sólo una maleta y a mi bebé en los brazos.

Anais Holgado Lage
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