Amor eterno
Se miraron a los ojos y se amaron con pasión.
Llegados en soledad a la madurez de su vida; ella enfermera, él profesor, encontraron uno en el otro eso que por tanto tiempo buscaron, se aferraron con dolor a ello sin querer soltarlo. Entre ambos, vivieron uno de esos romances que pasan a ser leyenda, tragedia o una combinación de ambos. Un amor que se convierte en referente obligado para esas parejas en busca de la eternidad.
Su vida transcurría feliz en la entrega mutua, desde pequeños detalles cotidianos como flores, sonrisas y sencillas complicidades, al sexo íntimo y profundo que los hacía sentir como uno solo, lo que buscaban con frenesí.
Nunca quisieron separarse, ni siquiera cuando él fue diagnosticado con una enfermedad terminal, que acabaría con su vida en apenas un par de meses. Los médicos recomendaron la hospitalización, pero ellos se negaron. La enfermedad no sería impedimento para seguir juntos, acaso importara un mayor apego, apurar la copa de la fusión física y espiritual que tanto ansiaban.
Dejaron de visitar a familiares y amigos, quienes les dejaron discretamente en paz.
Permanecieron arraigados en el hogar que juntos habían construido, símbolo externo de su amor, con sus miles de pequeñas imbricaciones que les ataban, les unían, esperaban ellos que para siempre.
Así dejaron pasar el tiempo, concentrados exclusivamente en ellos. Abandonaron todo aquello que les quitara un segundo de sí mismos. Hicieron el amor como nunca, soñándose, inspirándose el uno en el otro.
Con los días, envueltos en el temor de la inminente separación, reconocieron que eso no era suficiente, querían tenerse en los términos más absolutos, poseerse el uno en el otro. Entonces, tomaron una decisión: haciendo los arreglos pertinentes, comenzaron el proceso que cumpliría ese anhelo.
Cada noche ella comenzó a extraer un poco de sangre del cuerpo de su amado para beberla, mientras él la observaba complacido. La rutina se transformó en ritual, el ritual en ceremonia sagrada cumplida con extrema devoción: mientras ella bebiera la sangre del amado, su amor permanecería más allá de la muerte. “Más allá de la muerte”, repetían mirándose a los ojos.
La enfermedad, junto a las sangrías nocturnas, acababa rápidamente con la vida de él. Iniciaron entonces la otra etapa del ritual. Junto con extraer una copa de sangre, comenzó ella a coger pequeñas tiras de carne de su amado, extraídas de muslos, luego de brazos, luego del vientre, para comerlas. Extirpó incluso los testículos y preparó con ellos una cena romántica a la luz de las velas.
Poco a poco, ella dejó de comer y beber cualquier alimento que no fuera el de su amado, dejo de ingerir cualquier sustancia que pudiera contaminar ese preciado cuerpo y esa invaluable sangre, ese amor sagrado.
Con delicadeza, grandes dosis de morfina y aprovechando sus conocimientos en enfermería, logró mantenerlo vivo hasta la parte final del plan. Restando poco para que él expirara, estando ya inconsciente, abrió ella su pecho, arrancó el corazón y lo devoró, sin poder evitar que unas lágrimas rodaran por su mejilla.
Cumplido el sagrado ritual, la codicia de ambos fue saciada; por fin eran uno solo, en cuerpo y alma. Podía ella sentir la carne y la sangre mezcladas en sí misma, podía ella sentir su amor vivo y eterno, al menos hasta que ella muriera.
Hasta que ella muriera. La idea le daba vueltas haciéndola casi enloquecer. “¡No puedo permitirlo!”, se decía. “¡No puedo!”.
Fácilmente reconoció una forma para evitar que su amor pereciera con su propia muerte. Decidida, inició la búsqueda de un hombre que se fijara en ella; que llegara a amarla con tal intensidad, con tal deseo y desesperación que, llegado el momento, quisiera comer su cuerpo y beber su sangre.
Condena de odio
En la ciudad todo es ruido, impulso y movimiento, sabor a tiempo perdido. Hasta las sombras tienen aquí ese halo blanco-eléctrico difícil de precisar.
Caminó viendo los rostros de la muchedumbre; quiere encontrar uno en particular, pero son tantas las caras. Se reconoce en alguna de ellas, es cierto, pero no les habla, no le importa. Aguarda el momento preciso para “obsequiar”, a quien corresponde, el rencor que conserva, y con el cual podrá mandarle directamente al infierno. Hasta ese momento, todo es como siempre en la ciudad: búsqueda y desencuentro.
No es que sea inmune a su propio rencor; al contrario, con el tiempo se ha vuelto nocivo, le lastima y, si quiere trascender, debe liberarse de él, lo sabe, pero está lejos de eso, así que, por ahora, busca en las calles el rostro que le pertenece.
Se trata de un rostro joven, bien proporcionado, podría decirse que atractivo incluso, aunque desfigurado por unos ojos avariciosos. Una vez le vio cruzar a media calle, con arrogancia, entre vehículos veloces más allá de lo permitido. Un rostro ordinario, cercado por una luz oscura, indiferente como casi todos los rostros en esa ciudad ingenua o culpable hasta la náusea. Cuánto odia ese rostro, Cristo santo. ¡Cuánto! Y, aun así, no puede tocarlo.
Debe ser paciente, debe conservar su odio intacto. Ha visto cómo alguno ha dejado ir su odio y ha partido él también, libre de toda deuda, pero no quiere eso, quiere conservar su odio, con paciencia y ternura conservarlo intacto.
Guarda su odio desde esa noche en la que, saliendo sola de una disco, un poco drogada y muy ebria, fue abordada por unos tipos con deseos de divertirse. Mientras buscaba un taxi los mandó cordialmente a la mierda, alzando el dedo medio de su mano derecha. Uno de ellos, molesto por su irreverente actitud, la tomó del brazo y la arrastró a un callejón. En ese lugar trató rudamente de convencerla y luego de forzarla, finalmente la golpeó y violó mientras sus amigos reían y le animaban con actitudes obscenas. Recuerda su rostro sobre ella, tan claro como la decisión que en ese mismo momento adoptó.
Pero no es el recuerdo el que la mantiene en esta ciudad. La memoria no es más que leña alimentando el odio, lengua de fuego que lame el espíritu, aunque en su caso el espíritu sea un recuerdo apenas tibio.
Hoy pudo ver ese, su rostro, como hace tiempo ha querido: vagando confuso por las calles, lleno de estupor, preguntando a la gente que pasa de él con apurada indiferencia. Pudo gozar con su desesperación, disfrutar todo el horror en su mirada vil.
Cuando se acercó, le reconoció como uno de los suyos. Preguntó, escuchó la respuesta, lloró y tiró de su cabello para el entrañable gozo de ella.
Luego de un rato en que le dejó lamentarse a gusto, le recordó quién era. Él la miró tratando de recordar, pero no pudo. Le contó de la noche aquella y una luz de comprensión cruzó su odiado rostro. “Yo no hice nada”, le dijo, “te fuiste, pude verte”.
Es cierto, él no lo hizo y ella en realidad se fue, llena de odio y vergüenza.
Ahora, en cambio, de pie frente a él, todavía con odio, todavía con vergüenza, tomó su mano y suavemente le obsequió toda la amargura que había en ella engendrado, echado raíces y brotado en flores negras.
De inmediato el sol se apagó y se abrió el pavimento a sus pies. A la luz del fuego ascendente, el ya no más odiado rostro pudo ver cómo unos brazos carbonizados se enredaban en sus piernas arrastrándole, mientras gritaba y se estremecía. Su odio se fue con él.
Una vez retornada la luz, la ciudad volvió a ser la desconocida de siempre, indolente Babilonia. A ella, en tanto, le invadió una extraña sensación de plenitud, mezcla de levedad y deuda satisfecha.
Una optimista voz interior susurró en sus oídos: “Dicen que las suicidas van al infierno, pero no es verdad, tú vienes de él y ahora estás en casa”.
Grillos
El canto de los grillos apenas le permitía dormir. Solía gustarle ese arrullo sencillo que le invitaba a la reflexión. Ahora, en cambio, era una tortura que perforaba su cerebro y pretendía desbordarse por sus ojos.
Recurrió a distintos métodos para dejar de escucharlo: desde fármacos estimulantes del sueño, pasando por medicina no tradicional (incluidas hierbas bebibles y fumables), hasta la fumigación total de casa, patio y cuerpo, pero nada resultó.
Pensó que cambiando de lugar podría descansar, pidió asilo en distintos lugares, abandonó sus deberes, perdió su trabajo, su esposa, perdió su familia. Durmió incluso bajo el transitado puente de una carretera, pero los grillos rugían más alto que los vehículos y parecían estar donde él fuera.
El cansancio y la palidez cadavérica de su rostro le asustaban cada vez que se asomaba a un espejo. Adelgazaba rápidamente y nada de lo que comía parecía reponer sus fuerzas. “Me falta sueño”, pensaba, “eso es todo, sólo debo dormir”.
Sus ideas, tan desnutridas como su cuerpo, parecían sombras invitándole a la nada. El sueño era su obsesión, y los grillos su calvario.
Agotadas las opciones, pensó en mutilarse como última medida. Al borde de la locura, creyó que esta era la única solución.
Dispuso lo necesario: vendas, algodón, alcohol, martillo y un largo y agudo punzón con el cual pretendía perforarse los oídos.
Tomó el punzón, lo dispuso en su oído derecho, respiró profundo y lo golpeó con el martillo. El dolor fue instantáneo y, a punto estuvo de provocarle un desmayo, sin embargo, sobrevivió a tan brutal tratamiento. En seguida, y sin querer arrepentirse, repitió la operación con el oído izquierdo: golpe, dolor, y esta vez sombra y silencio.
Cuando despertó, dirigió su atención al canto de los grillos. ¡Aún podía escucharlos!
Trastornado, recurrió al viejo revólver, herencia de su abuelo, primorosamente cuidado y siempre bien dispuesto. Lo cargó y apuntándolo contra la sien derecha apretó el gatillo. No escuchó el disparo, lo último que oyó fue un lejano y siniestro grillar. Su cuerpo cayó laxo y quedó tendido en el piso.
Pasados unos momentos, desde su cerebro ya muerto, y por el agujero que la bala había ocasionado, comenzaron a salir decenas de pequeños y oscuros grillos.
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