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Tres cuentos de Alejandro González Espinoza

martes 5 de marzo de 2024
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Herencia

Vieron llegar a su padre por el camino de siempre, y como siempre, acompañado por ese sujeto extraño, que vestía infaltablemente de negro, con un sombrero que le oscurecía el rostro de día o de noche, y cuya existencia todos se empeñaban en ignorar. Mi padre montaba su alazán y el sujeto aquel, ese caballo azabache y rebelde que parecía ser una extensión de su jinete.

Esta vez, sin embargo, algo distinto pasaba, su padre y el sujeto aquel parecían discutir. El padre negaba con tímido mohín mientras el sujeto le apremiaba, algo le pedía, le exigía con ademán perentorio. De pronto, con un último y tajante gesto, el sujeto dio media vuelta y se marchó, desapareciendo del camino, algunos dicen, un poco antes del recodo.

En casa, la mesa ya estaba preparada, con lo poco que un hogar pobre podía ofrecer de cenar, sopa y algo de pan.

En la familia, sólo el padre trabajaba comprando y vendiendo animales, en ocasiones robando y vendiendo lo que fuese. La madre se ocupaba de la casa y los niños y niñas hacían lo que podían para educarse por la mañana y soportar el hambre por las noches.

Cuando el padre entró, no saludó a nadie, hizo un gesto a su mujer y se apartaron a conversar. De lejos, sus voces se escuchaban agitadas, temerosas y resignadas a la vez. Finalmente, sólo se oyó el largo suspiro de la madre. Nadie dijo nada.

 

A medianoche, cuando la falta de electricidad obligaba a todos a permanecer en sus camas, se produjo un gran alboroto en el comedor; gritos y ruido de forcejeos. Los niños, venciendo el miedo, corrieron al lugar sólo para atestiguar, atónitos, cómo el padre era arrastrado por el suelo mientras manoteaba al aire, mientras la madre lo tomaba por la camisa para sostenerlo, llorando y pidiendo a gritos que lo soltara, que todavía no, pero ¿a quién le gritaba?

Nadie podía ver al responsable de tal escena, aun cuando el padre era ciertamente arrastrado por el suelo en actitud grotesca: el rostro desfigurado por el espanto, los brazos manoteando el aire, intentando aferrarse a cualquier cosa, y una pierna levantada.

Pasada la sorpresa, los niños se unieron a la madre en su esfuerzo por retener a ese ser que parecía un monigote de trapo más que un padre orgulloso: se arrojaron sobre él, lo tomaron por las ropas, de los brazos, del cuerpo. El hijo mayor intentó tomar la pierna que el padre sostenía en alto, pero fue violentamente arrojado contra una pared.

Poco a poco, y pese al esfuerzo familiar, el padre fue conducido hacia la puerta, la que se abrió sin que nadie la tocara.

En el umbral de la noche, todos sintieron que sus manos ardían, como si el cuerpo del padre les quemara; de inmediato lo soltaron sin comprender. El padre se aferró con ambas manos al portal, su torso en la casa, sus piernas en el camino. Los miró un instante, con angustia y terror en los ojos; quiso decir algo, pero sus manos no pudieron sostenerle y con un grito agudo desapareció entre las sombras.

 

La familia permaneció aturdida en el comedor, hasta que la madre les habló y los llevó a todos a su habitación, donde pasaron el resto de la noche en vela y rezando.

Al día siguiente, cuando los mayores se preparaban para salir en busca del padre, un desconocido llamó desde la puerta que nadie había cerrado, un abogado con noticias extraordinarias: la madre había heredado la fortuna de un lejano familiar recientemente fallecido. “Felicidades”, dijo el abogado, “ahora son ricos”.

 

Insomnio

Por fin se durmió, después de meses de insomnio, de sueño a retazos, de cansancio extremo y desesperación, sin transición ni remordimientos, cayó en un sueño profundo.

Esto, gracias a las yerbas que le diera una machi a quien visitó por recomendación de no recuerda quién y luego que la medicina tradicional no acertara con un tratamiento efectivo.

“Prepare una infusión con esto”, le dijo la machi, “y tome sólo una cucharadita de té, sólo una cucharadita de té”, insistió. Ella, desesperada y al borde de la locura, se tomó la taza entera, “mal no me hará”, pensó.

Despertó reposada y con una casi olvidada sensación de ánimo. Su cuerpo respondía vigorizado y elástico, liviano, casi etéreo.

Caminó feliz por su habitación, disfrutando la maravilla de su cuerpo recuperado. Luego recorrió la casa, y más tarde el jardín, sintiéndose por primera vez en mucho tiempo renovada.

Pensó en acudir nuevamente donde la machi, para agradecerle el prodigio de las yerbas, abrazarla tal vez y duplicar o triplicar la suma de dinero que le había pagado originalmente. Sin demora, encaminó sus pasos hacia la consulta de aquella mujer amable y misteriosa.

Cuando la vio, no pudo contenerse y se abalanzó sobre ella, agradeciéndole con palabras, gestos y lágrimas en los ojos. Tal era su felicidad por el sueño recobrado.

 

La machi, en tanto, la observaba rígida, con ojos muy abiertos y sin pronunciar palabra.

“¿Qué tipo de yerbas son las que me dio?”, le preguntó; “¿tiene más?”; “le pago lo que quiera”; “es asombroso lo que usted hizo conmigo”, le decía sin dejar de abrazarla, apresurada y feliz.

Sin responder, la machi se apartó de ella, se acercó a un cajón casi oculto entre los muchos que había en su consulta, lo abrió y extrajo de él una cruz de palqui amarrada con un hilo rojo y se la entregó: “Úsela”, le dijo con un gesto indefinible de sus manos. Luego, dio media vuelta y se perdió al interior de la casa.

No supo ella cómo interpretar lo ocurrido. Miro la cruz sin comprender, y encogiéndose de hombros decidió volver a su hogar. Tenía muchas cosas que hacer: recuperar su trabajo, hablar con sus amigos, con su madre, en fin, volver a su antigua vida.

Una vez en casa, creyó conveniente tomar una pequeña siesta para experimentar nuevamente el placer de dormir. Preparó una nueva infusión, la bebió y se tendió en la cama disfrutando el sopor que comenzó a envolverle. Con deliciosa lentitud se dejó arrastrar a lo más profundo del sueño.

La despertó un ligero ruido junto a ella, como si el aire se arrastrara pesadamente por el suelo. Abrió a disgusto los ojos y un terror súbito la cubrió como agua densa y fría.

 

Desde el piso de su habitación, un repugnante ser le miraba directo a los ojos, la cabeza abierta en la frente dejaba ver una masa porosa de color rojizo; unas alas de murciélago envolvían su cuerpo transparente, todo vísceras y huesos; su afilado y babeante hocico abierto en gesto de ataque.

“Debe ser una pesadilla”, se dijo, pero otro de esos seres se asomó bajo su cama y pudo ver a un tercero colgando del techo. No era una pesadilla, aunque sí lo era.

Gritó sin emitir ruido alguno, lloró sin que las lágrimas acudieran a sus ojos; quiso correr, pero sus piernas no respondieron.

Los demonios se le acercaban lentamente, pudo oler sus bocas sulfurosas. En el último instante recordó a la machi y empuñó con fuerza la cruz de palqui que le había dado; los demonios retrocedieron sin abandonar su actitud acechante.

Ella jamás volvió a dormir.

 

Arena y espuma

A veces, hay que temerle a la espuma del mar, por mansa y juguetona que ella parezca. No lo entendió así el niño en ese caluroso día de verano. Persiguiendo la espuma y dejándose alcanzar, jugueteaba con ella como sólo un niño puede juguetear: comprendiendo la importancia del juego. Tampoco lo entendieron sus padres, que a ratos le observaban distraídos y a ratos reían sus gestos.

Iba la espuma y corría el niño dando gritos de cobarde contento. Se retiraba la espuma y la seguía el niño riendo su propio coraje. Gustoso ir y venir sobre la playa indiferente.

La espuma del mar, blanca espuma del mar, permanecía un rato sobre la playa, miraba y luego se hundía, como los pequeños gritos del niño, como la risa de sus padres.

Nadie reparó en el silencio de las aves, que de pronto se hizo estruendoso, ni en la quietud del viento que ya no ocultaba los ruidos porque no había ruidos que ocultar, nadie reparó en los gritos del niño que ya no fueron gritos de contento, sino de miedo primero y terror después.

Cuando los padres al fin le oyeron, rápidamente se levantaron sin poder adelantar un solo pie en su dirección. Tal fue el horror que les embargó que como estatuas de arena quedaron, sus bocas deformadas en una oquedad que pretendía escupir inaudible grito, sus ojos hundidos en sus cuencas, vacíos de toda emoción que no fuera miedo y angustia, de toda imagen que no fuera la del niño, su amado niño y la espuma.

 

La espuma, la espuma blanca, mansa y juguetona, envolvía al niño por completo, haciéndolo parecer una pálida columna de espuma en medio de la playa. Gritaba el niño con voz de niño su espanto, su cuerpo estremecido se confundía con el fulgor de la espuma sobre la arena.

Con lentitud de promesa gritada por un dios furioso, o susurrada por un demonio feliz, se hundía la espuma en la playa, llevándose al niño con sus gritos.

Desaparecieron primero las piernas, luego su vientre de niño bien querido, finalmente su boca que dejó de gritar, sus ojos que dejaron de llorar y su pelo largo, capricho de la madre quien, en actitud de esfinge, esperaba de un momento a otro despertar de tan cruel pesadilla.

Cuando los padres por fin reaccionaron para correr al lugar donde el niño había desaparecido, sólo quedaban de él unos pocos cabellos revueltos en la arena y espuma.

Alejandro González Espinoza
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