XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

Tres cuentos de Alejandro González Espinoza

martes 30 de enero de 2024
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Año nuevo

Cada año nuevo es un evento, una fiesta creada y vivida por los seres humanos, qué duda cabe. La naturaleza no considera un día en el que todo se “reinicie”, incluyendo esperanzas y sueños, sólo los seres humanos lo hacen, lo que de alguna manera les ayuda a soportar con cierto grado de optimismo sus propias vidas.

Como evento, como celebración, como liturgia incluso, el año nuevo es preparado con mayor o menor esmero en todo el mundo, viviéndose de acuerdo con la cultura de cada territorio.

Esto es lo que tradicionalmente hace la tribu Tarek, celebrar el año nuevo en lo más profundo de la selva africana, siguiendo al pie de la letra las instrucciones verbales heredadas de sus ancestros.

Los Tarek no saben de relojes ni de calendarios, viven como nómades respetando el tiempo de la naturaleza a la cual pertenecen, y demuestran ese respeto celebrando un día específico como su año nuevo. Para esto se reúnen los ancianos y ancianas de la tribu, se pintan ceremonialmente, queman hojas de baobab, entonan una canción inmemorial, y en el momento adecuado unen sus manos alrededor de la fogata mirando a la noche. Mientras, el resto de la tribu les espera con comida y bebida para el “festejo de año nuevo”.

En esta ocasión, los Tarek harán un pequeño cambio en el ritual: repetirán una frase que les ha sido transmitida de generación en generación y que no han pronunciado nadie recuerda desde hace cuánto tiempo, por lo que hay cierta expectación en la tribu, y algún rostro de preocupación en más de algún anciano.

 

A la hora señalada, los ancianos y ancianas Tarek se dirigieron al lugar seleccionado de antemano. Realizaron solemnemente cada uno de los pasos del ritual y llegado el momento oportuno se tomaron de las manos, ofrecieron el rostro a las estrellas y repitieron tres veces la frase ceremonial.

¿Por qué lo hicieron esta vez? Sólo la más anciana entre ellos lo sabía, o al menos había reconocido las señales: la escasez de las lluvias; el aroma del aire cada vez más extraño; la tristeza de los animales; el pulso de la tierra que parecía hablar de su dolor.

Cuando terminaron de repetir la frase, aún tomados de la mano, los ancianos y ancianas se miraron entre sí, un poco desconcertados pues nada había ocurrido; sin embargo, el respeto hacia sus tradiciones era tal que nadie dijo nada.

Volvieron entonces con la tribu y festejaron este nuevo inicio, demostrando gran contento por estar vivos y felicidad por permanecer juntos. Para los Tarek, que dependían de la tierra, nada había cambiado, no sabían que ahora todo dependía de ellos pues el resto del mundo ya no era el mismo. Cuando los Tarek terminaron de pronunciar por tercera vez la frase ceremonial, todo lo construido por la humanidad desapareció: edificios, carreteras, medios de transporte, incluso los seres humanos, los miles de millones de seres humanos que poblaban la tierra, grandes y pequeños, todos desaparecieron.

En el lugar de los edificios sólo quedaron grandes espacios de tierra desolada, que no tardaría en ser cubierta por la vegetación. En el lugar de la humanidad sólo quedó la tribu Tarek.

 

Bolígrafo

Nadie ignora el atractivo de la creación literaria, su influencia casi mágica sobre el ser humano. Hombres y mujeres, buscando perdonar y perdonarse, tatúan con mejor o peor suerte la piel de una hoja en blanco.

Muchas son las formas de escribir, y aunque la máquina ha reemplazado a la tradicional pluma, aún quedan algunos y algunas que no han querido abandonar el bolígrafo, y que incluso poseen uno que es su preferido.

Es el caso de este “escribidor” que no escritor sino solamente “escribidor”, pues a diario enfrentó el desafío de la página desierta con un bolígrafo viejo, sucio y abollado, pero que, siendo herencia de su padre, se constituyó no sólo en su herramienta favorita sino también en un compañero, un amigo, independiente de las circunstancias en las que lo heredó: luego de la macabra muerte del progenitor, obra de asaltantes fue la sospecha nunca probada.

Con este bolígrafo, narró el escribidor grandes amores, aún más grandes traiciones, mezquinas guerras y generosas batallas. Con él expresó sus propios e íntimos sentimientos, en tal profundidad que a veces el bolígrafo parecía actuar con voluntad propia, como si de antemano conociese los más íntimos pensamientos y emociones de quien le empuñaba.

Tal si fuese un estilete lo tomaba el “escribidor”, se concentraba para despejar el camino a su intimidad y lo dejaba correr. Así, con rapidez asombrosa y deslumbrante estilo, parecía que el lápiz contaba lo que el “escribidor” no podía.

 

Cierta noche, fatídica noche, luego de que un amor vano le rompiese el corazón, el escribidor, lágrimas en flor y lleno de oscuros pensamientos, decidió liberarse de ellos en un poema que acabase con su propia muerte como símbolo de la tragedia que con furia ceñía su vida.

Empuñó, como tantas veces, su bolígrafo, abrió su alma atormentada y dejó que brotara la poesía.

Parecía sollozar el bolígrafo en cada trazo, parecía sufrir el dolor en tinta propia.

Llegado el desenlace del poema, al llanto y al dolor se unió el temblor del bolígrafo: él también sufría, comprendía al “escribidor” y le acogía como a un hermano. Quiso el “escribidor” continuar su tarea, pero el temblor aumentó de intensidad, hasta que se hizo demasiado. Quiso soltar el bolígrafo entonces, liberarlo de la prisión de sus dedos, o a sí mismo de la intención funesta recién sospechada, pero no pudo.

Aún sostenido entre los dedos, lentamente el bolígrafo se alzó del papel apuntando al ojo izquierdo del escribidor. “¡No!”, pensó éste, poniendo toda su fuerza en resistir, toda su voluntad en apartar de sí a ese viejo amigo, pero ya era tarde, penetró el bolígrafo su ojo, provocando un reguero de sangre y agua sobre el poema. Luego, el bolígrafo apuntó al ojo derecho, el “escribidor” luchó con denuedo, luchó para evitar la misma tragedia que antes deseaba escribir. Luchaba mientras gritaba, mientras lloraba en la soledad de su hogar.

Al día siguiente, el escribidor fue encontrado inerte sobre su escritorio, sus ojos vaciados.

La policía revisó el lugar sin encontrar nada sospechoso, ni huellas que le guiaran al culpable de tal salvaje ataque.

 

Queriendo indagar lo ocurrido, un detective se acercó al escritorio y leyó las notas del “escribidor”; terminada la lectura y sin poderlo evitar, el detective lloró tocado en sus fibras más íntimas por el más hermoso poema jamás escrito. Lloró sin notar el bolígrafo que yacía olvidado sobre el escritorio, lleno de orgullo y tristeza.

 

La jardinera

“No hay semillas como las mías”, repetía la jardinera cuando le preguntaban por las obras de arte que eran sus jardines. Magníficos espacios donde armonizaban hermosas flores junto con árboles y arbustos exquisitamente podados, en lo que para muchos era la cumbre mundial del arte topiario. Esta expresión artística consiste en podar la vegetación dándole distintas formas. La maestra jardinera destacaba especialmente en la ornamentación con figuras humanas tan detalladas que sólo parecían esperar el momento adecuado para hablar o correr.

Fama y fortuna ganó la jardinera con sus proezas artísticas. “No hay semillas como las mías”, repetía. Sin embargo, rehusaba con porfía explicar cuáles eran esas semillas, o de dónde provenían. Eran tantos los viajes que había realizado alrededor del mundo que su secreto podía permanecer oculto sin ninguna dificultad.

En ocasiones se la veía arrodillada en tierra, cubriendo con mimo una de aquellas semillas, como si le arrullara. En cuanto brotaba, la jardinera comenzaba a darle artística forma. Quitaba una pequeña hoja, guiaba una rama que apenas era rama, alimentaba con agua y sol cuando creía conveniente, o sombra incluso si es que a sus ojos de artista era necesario.

Los arbustos crecían como si fuesen verdaderos seres humanos, sin que nadie pudiese decir, a ciencia cierta, en qué momento el arbusto dejó de ser arbusto para convertirse en la persona que ahora representaba.

Por las noches, la jardinera continuaba incansable su labor, esta vez en el invernadero, auténtico laboratorio, donde experimentaba sus técnicas de cultivo e hibridación con semillas traídas de todo el mundo, según ella lo explicaba.

 

En ocasiones, utilizando una entrada disimulada entre matorrales, la jardinera accedía al invernadero con algún raro invitado o invitada: niños abandonados, vagabundos o prostitutas que esperaban de esa visita algún dinero o siquiera un plato de comida caliente.

La jardinera, generosa como siempre, les vestía, les bañaba, les peinaba incluso, y finalmente les alimentaba con las mismas semillas que con tanto celo protegía, preparadas de tal forma, eso sí, que, a juicio de sus invitados e invitadas, eran una delicia inolvidable.

Minutos después de haberse alimentado tan regaladamente, los invitados comenzaban primero a temblar, a quejarse doloridos después, horrorizados más tarde pues, ¡oh dios mío!, de sus articulaciones, de sus bocas, desde el hueco sanguinolento de sus ojos, comenzaban a brotar hojas y ramas que, sin quitarles la forma humana, los convertían en vegetales.

Terminado el proceso de conversión, la jardinera se acercaba y les hablaba suavemente; ella sabía que podían escucharle. Así al menos le habían enseñado los aborígenes de la tribu M’bka, habitantes casi olvidados de Borneo, de quienes había obtenido sus primeras semillas.

Luego les explicaba a sus invitados, ahora sus arbustos, que de esta forma dejaban atrás su lamentable existencia, para convertirse en poseedores de una forma superior de vida y arte.

Cuando terminaba su tierna explicación, la jardinera tomaba una tijera de podar y escarbaba con ella hasta alcanzar el cerebro de aquellas extrañas formas de vida, que seguía siendo humano cerebro, por lo demás. Llegado a él, cambiaba la tijera por un bisturí y perforaba hasta el centro mismo del encéfalo, lugar exacto donde encontraba recién nacida una nueva y primorosa semilla.

 

Finalmente, tomando a sus invitados con la fuerza de una jardinera curtida en tales prácticas, los arrojaba en un fogón y les hacía arder, mientras elevaba una oración por sus pobres almas.

En medio del nocturno silencio, la jardinera podía escuchar el llanto y el temblor agónico de hojas y ramas.

Alejandro González Espinoza
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