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La soledad

martes 18 de junio de 2024
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A Cole Porter

El domingo pasado vinieron a verme dos amigas del club de lectura. Hablamos un par de horas sobre la pintura de Bacon, amenizadas con un par de huevos fritos y virutas de trufa, y entonces me encargué de descorchar el champagne. No sé cómo lo harán los franceses pero yo terminé por arrojarlo contra la chimenea de obsidiana y ni por esas. La próxima vez les serviré té indio si es que no acabo yo mismo dentro de la tetera.

Y ahora, olvídense de la patraña que acabo de contarles. La verdad es que el domingo pasado se me hizo insoportable. Fue una de las tardes más anodinas de mi vida pero llegué a una conclusión sorprendente: nadie está completamente solo. Tiene, al menos, su soledad. Ya es algo, ¿no creen? Pero lo mejor será que empiece desde el principio.

Incluso los domingos las calles de Brooklyn bullen como una barahúnda de mapaches y aquella tarde de marras no iba a ser una excepción. A punto estuvieron de cegarme los destellos de una infinidad de cámaras (turistas quizás, quizás un nuevo anuncio de galletas). Tampoco faltaron los cláxones desaforados ni la almibarada horda de neones navideños. Estaba intentando adelantar a un correoso carro de la compra cuando irrumpió el sonido estridente de mi móvil. Era la llamada que esperaba. Mejor dicho, no lo era.

—Hola, Jack.

—Hola, verás, no podré venir esta tarde. Me ha salido un orzuelo.

—¿Otro?

—Es el mismo.

—Comprendo. A ver si la semana que viene podemos organizar algo.

—No lo creo.

—¿Te va a salir un orzuelo?

—Exacto.

—¿El mismo?

—El mismo.

El mismo, sí, y seguramente en el lugar de siempre. Hundí las manos en los bolsillos y, con la mirada fija en el subsuelo, recordé que había sido invitado a una exposición muy chic (en la invitación figuraban dos palabras mágicas: buffet libre). Pues bien, no se me ocurrió otra cosa que entrar a la fiesta a cuatro patas. No sé de qué pasta están hechos los intelectuales pero me miraron todos aterrados. Mi conversación con la autora de los cuadros allí expuestos no resultó mucho mejor.

—Un estilo surrealista maravilloso.

—Surrealista no, dadaísta. Mi principal referencia es el dadaísmo.

—Así que dadaísta. Supongo que se trata de pintar o decir lo primero que se le pasa a uno por la cabeza.

—Váyase al infierno, por ejemplo.

Me tiré las dos horas siguientes mirando por el cristal húmedo de la ventana con mis protuberantes gafas de culo de vaso. Cuando me cansé de mi reflejo nadie reparó en mi marcha.

La calle seguía tal como la había dejado. Abrí los ojos como quien abre un paraguas, me ajusté las gafas y volvió la visión bulliciosa de los pasos, los relojes, las miradas huidizas. Todo indicaba que aquel iba a ser otro domingo sin suerte. Sin embargo el azar, ese viejo tahúr con cara de moroso, sacó de la manga su reina de corazones. Frente a la tintorería del barrio me topé con Roseanne. Roseanne, mi querida Roseanne. Habían pasado un par de décadas desde la última vez que nos vimos.

—¿Qué es de tu vida? Te perdí la pista en la universidad.

—Acabé Arquitectura. Luego me cansé de diseñar edificios y estudié Filología alemana. Ya sabes cuánto me gusta la filosofía. Me he especializado en traducir a Schopenhauer. ¿Y tú?

—¿Y yo? Pues yo...

¿Y yo?, vaya pregunta. Ese tal Schopenhauer, ¿quién demonios era? Ni siquiera sabía cómo se escribía el nombre de ese tipo. Debía ser alguien melenudo, genial y sesudo, pensé. Es alemán. Me hice más preguntas. ¿De dónde venimos? De la cama. ¿A dónde vamos? Al trabajo. Entonces, ¿para qué narices queremos la filosofía? La cuestión era escurrir el bulto como fuera. Y rápido. Decidí arriesgarme.

—Schopenhauer, un tipo listo. Seguro que le dan el premio Nobel un año de estos.

Roseanne se tomó mi contestación como una broma, sonrió, se subió a un taxi y desapareció sin más. Un minuto de conversación y una sonrisa, eso fue todo, lo mismo que un anuncio de dentífricos.

Anochecía en la gran ciudad. El horizonte o lo que quedaba de él se teñía del color de la nada. Mi corazón volvió a naufragar como un pedazo de corcho en medio de aquel mar de cemento. Si nada lo remediaba me esperaba otra solitaria noche abrazado al resignado busto de Sigmund Freud. Y entonces, a la vuelta de la esquina, alguien emergió de la umbría. Era la soledad.

—¿Recordando viejos tiempos?

—Ah, eres tú. Te andaba buscando.

—Te noto cambiado. Deberías hacer algo de ejercicio.

—Lo sé, pero perdí el manual de instrucciones de mi bicicleta estática. Cayó desde el piso treinta y seis. ¿Te apetecen unas notas de Porter?

—¿Begin the Beguine?

—Fantástico. ¿Bailamos?

Aarón Andrés
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