Hoy presentamos a los ojos de la Tierra de Letras el relato que le da título al libro Sacudiendo moscas, en el que la escritora española Paula Castillo Monreal da vida a una serie de personajes que tratan de sobrellevar la vida más allá de sus falencias.
Sacudiendo moscas
Paula Castillo Monreal
Cuentos
Ediciones Mascarón de Proa
Córdoba (España), 2024
ISBN: 978-84-10520-87-5
180 páginas
Vengo de correr y no parar. Subir, bajar, resistir el ímpetu de las olas. Domar al infatigable viento. Arrastrar los pies y separar las algas. Gritar y devolver la espuma a la playa. Alguien tiene que ocuparse del mar. Mirar el océano plagado de espejos me devuelve los recuerdos que intento mantener a salvo. Llevo los bolsillos repletos de fotografías dobladas. A veces las aliso y las miro, otras, como hoy, me conformo con tocarlas y saber que mi vida continúa ahí, intacta.
Sujeto entre los dedos la fotografía del ferry, el flequillo me tapa los ojos que miran a la cámara. Con la espalda encorvada, adelanto los hombros, como si quisiera protegerme el corazón. Sonrío al recordar el pelo negro y tieso de mi padre peinado hacia delante en la fotografía. Todavía puedo repetir sus aspavientos, sus saltos hasta que lograba arrancarnos la risa. Nunca quise reírme con él. En la foto aparecemos las tres sentadas en la popa del ferry. A mi hermana Carmen le asoman todavía los restos de vómito por la comisura de los labios. Me quedo un momento enfocando mis labios con la lupa: los míos, los de mi madre, los míos. Son iguales. Las olas que rompen en la cubierta del barco, y se alzan sobre nuestras cabezas, me hacen sentir que en cualquier momento podríamos desaparecer. El pelo me cae empapado a ambos lados de la cara hasta enmarcarla, revela mi gesto adusto. A veces el alma se me retuerce al observar la fotografía con la línea blanca deshecha de tanto doblarla. Me la acerco y recupero el olor a grasa y el bramido que se hace insoportable. Sin embargo, el ímpetu que despliega el mar no se ve reflejado en nuestros rostros ingenuos ante un futuro que no era fácil de imaginar. Me empeño en proteger los recuerdos doblando y desdoblando las fotografías arrugadas en mis bolsillos. Vengo a nadar diariamente a este mar, obsesionada hasta tal punto que quiero ser una con él.
Naira se puso las primeras botas siendo una niña. El padre, encargado de la cuadra Rosales, le preguntó si prefería una casa nueva o aprender a montar a caballo. Se lo preguntó cuando fueron a ver un piso con terraza, cerca del hipódromo.
La niña, que miraba hacia los cerros y las lomas, le respondió que quería aprender a montar a caballo, porque casa ya tenía. Fue así como descubrió los olores de las mañanas, del estiércol y del frío, del zotal y del sudor blanco como espuma de afeitar. Se inundó del sonido de los cascos por el empedrado de las cuadras, del taconeo de las botas, y del heno sacudido hasta que soltaba todo el polvo. Imitaba los silbidos y los relinchos, y hasta el rechinar de los dientes de los potros al masticar la cebada. Aprendió a bailar al son del aire que levantaban las crines y las colas en danza, espantando a las moscas.
“Julián, la niña ha nacido con el caballo entre las piernas”, oía Naira a diario a los encargados de las otras cuadras, amigos del padre. “Llévatela de aquí si quieres que aprenda de verdad”. Sin hacer caso, el padre los miraba y les decía que se metiesen en sus cosas; que su hija tenía que estudiar, y que después Dios diría. De este modo, Naira, después de limpiar las cuadras y entrenar a los cuatro potros asignados, se subía al coche de la madre y cruzaban la ciudad muy temprano para llegar a clase. La madre, que aprendió a conducir con la hija a su lado agarrada al freno de mano, conducía despacio: llevaba las manos aferradas al volante y los ojos pegados al capó. No veía más allá. Se acercaba a la cuneta para no estorbar, y cuando los coches de atrás le pitaban para que acelerase, a veces se paraba en el arcén y sacaba el brazo por la ventanilla, y les hacía señas para que la adelantasen, para que la dejasen en paz. “Baja y deja la puerta abierta”, le decía a Naira que inclinaba la cabeza y se escondía, por la vergüenza. Se quedaban allí, sin hablar, hasta que la carretera volvía a estar vacía, entonces la madre se bajaba del coche y, tras la puerta abierta, se levantaba la falda, y en meaba en cuclillas. “¿Por qué lo haces, mamá?”, le preguntaba Naira enfadada con la madre, que sonreía al subirse las bragas. “Es mi único respiro, hija”, le contestaba mientras cerraba los ojos. La odiaba por eso. Por aquellos momentos y por las veces que se quedaba callada ante su padre, que la humillaba, y cuando él se marchaba, lo pagaba con ella. La madre, que se sacrificaba por todos, renunció también a la casa con la que soñaba por culpa de los dichosos caballos. Por culpa del marido empeñado en seguir los pasos de su abuelo el General, por culpa de la hija que no dejaba de soñar. Los caballos la sacaron de su mundo de domingos y comidas familiares. Tuvo que aprender a vestirse elegante para asistir a las carreras del hipódromo. Se ejercitó en el arte de conversar, asistió a fiestas y viajes. Y todo por la hija que aprendió a rebuznar. Todo por el padre que dejó de hacerlo y se creyó marqués.
Naira cruzaba el Atlántico con un par de baúles, una maleta y su caballo, Tarik, amarrado al ramal, dentro del camión. Ella se marchaba por fin a trabajar lejos de todos. Quería perder de vista al padre que no dejaba de espiarla, que tampoco dejaba en paz a Carmen en su timidez y sus estudios, que se reía de la madre que parecía no importarle que la maltratase. Le costó castigos y gritos su consentimiento. “Me han admitido, son unas cuadras importantes”, le dijo a su padre que la miraba con recelo. “Trabajaré a cambio de la preparación, no tienes que preocuparte. Ni enviarme dinero”. Naira había decidido escapar y no pensaba volver. No se lo contó a nadie. Solo la hermana pequeña lo intuía, como cuando adivinó que se había enamorado de Juan, el gitano, y su madre se quería suicidar. En aquellos tiempos, Carmen se escondía en su cuarto en cuanto escuchaba al padre gritar a su hermana: “¡Todo el día en la cuadra, bebiendo y comiendo como un hombre! En medio de conversaciones de hombres. ¡Nos vas a matar!”. En el momento en el que veía que el padre comenzaba a desabrocharse el cinturón y perseguía a Naira, se tapaba la cara para no ver.
El padre puso la condición de que harían el viaje todos juntos, y de eso no pudo escapar. Naira nunca entendió por qué quisieron acompañarla. Podría haber ido sola, con los otros chicos de la escuela de jockeys. Tuvo que acceder, pero cumpliría dieciocho años en un par de meses y después, nadie podría obligarla a regresar.
Cuando cruzaban Francia en su coche, un accidente en la carretera estuvo a punto de estropear su futuro. Naira vio cómo se estrellaba un taco grueso de madera contra el parabrisas. El padre logró esquivarlo, pero golpeó a su madre y a la pequeña Carmen que, enfrascada en su lectura, no se dio cuenta de nada. “¡Has podido matar a mamá!”, le gritó al padre, que quería regresar a España. “Tu padre nos ha salvado a todos”, le contestó la madre, que se resistía a dar la vuelta. Ella, cuando dejó de caminar por el arcén, se quedó mirando de lejos a los tres: la madre se quitaba las esquirlas de vidrio clavadas en el pecho, mientras el padre limpiaba los cristales esparcidos por el coche. Carmen, paciente, se sujetaba la mano ensangrentada esperando su turno. Naira, que los veía lejos de su propio mundo, deseaba subirse al autobús donde viajaban los otros aprendices de jockeys.
Desdoblo otra de las fotografías y la línea del pliegue me parte en dos, sonrío por fin a mi padre que mantiene el visor pegado al ojo. No existe cielo ni horizonte. Sólo la chimenea roja que se alza detrás de mi madre, que devuelve el color a la imagen que escupe la Polaroid. La precariedad de la foto hace que mi padre saque la pequeña Olympus de siempre. Esta vez ya no posamos ni sonreímos; temblamos de frío: no hay foto instantánea. No la queremos ver.
Vuelvo a enfocar la lupa y siento la humedad en el pelo. Me lo retiro hacia atrás y recuerdo los dedos del Gitano jugando con mis bucles. Juan me enseñó a coger la pala para que no me doliese la espalda, a limpiar la cuadra húmeda de orín y excrementos de la noche. Juntos bajábamos las pacas del camión y extendíamos en la cuadra la paja limpia que olía a trigo y a sol. Me gustaba llegar muy temprano, antes que los otros chicos. Me encantaba ver salir el humo del estiércol, y el polvo que soltaba el heno flotar por debajo de las bóvedas. La voz de Juan cuando hablaba con los potros. Su silbido. La espalda de Juan que se contoneaba a un lado y otro del pasillo, deshilachando la alfalfa. Nuestras risas entorpeciendo los relinchos. Nuestros rizos deshechos: las caras pálidas y las bocas rojas. Nos abrazábamos escondidos en el guadarnés, entre las monturas y los hierros. El olor a betún y a grasa recién extendida se mezclaba con nuestros besos.
Hasta aquel día que vi a Juan acompañado por dos hombres más altos que él. Lo agarraban del brazo y lo metieron de un empujón en el coche de mi padre. No volví a verlo. La cuadra entera se estremeció al son de los relinchos. Yo subida al pesebre miraba por el ventanuco. Las moscas chupaban la sal que me empañaba el rostro.
Naira se ocultaba en la cazadora de piel que le dejó el padre. Escondía las manos en los bolsillos abultados: buscapina para los mareos, esparadrapo para proteger las heridas de Carmen, pomada antibiótica para los cortes de la madre, y la pistola de bolsillo del padre. Cuando sintió el frío del arma se tapó la cara con las manos. “¿Por qué trajiste la pistola, papá?”, le dijo tirando la cazadora al suelo. “¡No nos van a dejar pasar! Vamos a un país diferente al nuestro”. El padre, que vivió la guerra siendo niño, no se separaba de la pistola que le regaló su amigo el Guardia: “Cógela, Julián, por lo que pueda pasar”, le dijo cuando los ánimos de la Transición estaban todavía caldeados. Naira caminaba a grandes zancadas sobre la cubierta del barco. Desaparecía y volvía sobre sus pasos. Estaba nerviosa, imaginaba que sus proyectos y sueños se alejaban según avanzaba el viaje. El accidente y ahora la pistola: su padre siempre presente. Su madre que sostiene la locura del padre con sus silencios. Se agarraba a la barandilla oxidada con las manos que más tarde le cubrirán la cara. “Ojalá el mar nos tragase a todos”, suplicó dentro del cuenco húmedo que formaban.
Allí donde se dirigía no la esperaba nadie: era una más de los cuatro chicos que llegaban de España. Pero no le importaban la soledad ni las dificultades, se agarraba a su deseo de un futuro distinto. ¡Qué fracaso sería no llegar!, pensaba. Su madre estaba allí, junto a ella, la sostenía por la cintura mientras vomitaba sin separarse de la barandilla, y con cada vómito lanzaba al mar su grito premonitorio. “Mamá, tengo que bajar a la bodega; el potro necesita agua y algo de heno”, le dijo. “Pregúntale a tu padre, hija. Moverse de aquí sería demasiado peligroso”. Ella la miraba con aquella melancolía que tan bien conocía la madre, y fue entonces cuando buscó la mano de la hija y se la sujetó con fuerza. Entrelazadas, las movían arriba y abajo, sus dedos se abrían y cerraban en un intento de no prolongar el instante. Les daba miedo tenerse y prefirieron hacer como que jugaban antes de que la piel se les erizase. No sabían qué hacer con sus sentimientos, no supieron abrazarse. El vómito les venció a todos menos a Carmen, que continuó pasando las hojas húmedas de su libro de cuentos sin necesidad de ver nada más. Porque en la infancia lo que se ve es muy distinto al recuerdo que tenemos de adulto. Aunque la pequeña Carmen sí guardaba en su memoria las imágenes de las noches negras y el miedo ahogado de la casa en silencio. Recordaba cómo su hermana mayor se movía nerviosa en la cama de al lado, y se levantaba sin hacer ruido para espiar desde el marco de la puerta, ligeramente abierta, lo que no debía oír. Entonces ella le suplicaba: “Acuéstate, Naira”. Pero la hermana mayor, atiborrada de insomnio, le respondía: “Duérmete tú”. Entonces salía al pasillo, esperaba, y en el momento más inoportuno, en voz alta insistía:
—Mamá, no puedo dormir, ¿qué puedo hacer?
—Haz como yo, y cuenta ovejas.
—Papá... —imploraba.
—¿Qué quieres?
—Hola —le decía para comprobar si estaba despierto.
—Vuelve a la cama, cállate y no molestes.
Pero los gemidos y las voces perturbadoras de la madre, que en medio de jadeos gritaba: “¡Tómame, soy tu puta!”, hacían que Naira también gritase para espantar su congoja.
Todo eso lo recordaba Carmen, que llevaba grabada la imagen del padre con el calzoncillo flojo, medio abierto, y la correa en la mano doblada por la mitad. La madre intentaba sujetarle, pero él la apartaba a manotazos. Iba como un loco detrás de Naira, que solo veía monstruos en el hueco de la noche. Tenía miedo de sueños con mandíbulas abiertas y dientes inmensos devorándose. Cuando el padre la alcanzaba, se quedaba arrugada en el suelo, protegiéndose con los brazos el corazón. Carmen, la pequeña, al contrario que su hermana, solo recibía caricias de ese ser violento que moqueaba encima de ella pidiéndole perdón. Fue cuando aprendió a no ver. Y así se mantuvo ciega.
La sal se mezclaba con el óxido. Era tan vivo el olor, que Naira dejó de respirar para retenerlo. Delante de ella, mojada de todas sus lágrimas, aparecieron como fantasmas con los brazos abiertos de bienvenida las rocas blancas de Dover. Habían llegado a Inglaterra. Las miraba desde tan dentro que a la emoción le costó abrirse paso y estalló en risa.
Hoy continúo mirando el mar de la misma manera. Volcada en el horizonte que no llega, reconozco la sensación que me produce su movimiento continuo, su voluptuosidad y su fuerza. Todavía me ahogan las palabras que dejan caer las olas en la orilla. El mar que robó mi futuro es ahora mi aliado. Me lo ha devuelto todo; también mis muertos para llorarlos: los tiré todos al fondo. Dicen que el mar devuelve siempre lo que no es suyo o le sobra. Ahí están amontonadas las algas muertas que nos dejan su olor y su palabra. Siento atracción y repulsión hacia ese olor que me recuerda a la muerte. Es igual cuando la marea sube y las olas me engullen. Me provoca tal fascinación, que a veces podría quedarme inmóvil hasta ser devorada. La risa me eriza el cuerpo cuando veo las toallas y los bolsos boqueando en la arena, burlándose de los turistas. La marea alta no da tregua; se los traga mientras corren y cargan con todo. Es el entusiasmo de la mar llena. Siempre me gustó septiembre. Esa unión con la naturaleza es lo que nos lleva de nuevo a la vida. Eso dice Cata, mi nueva amiga. A ella le encantan mi fascinación y mi risa. Las dos somos forasteras en esta isla que se alza majestuosa sobre sus restos de lava. Vinimos a parar aquí buscando el olvido del tiempo, y miramos juntas el horizonte cuando, al caer el sol, el mar se llena de espejos. Las dos nos sabemos sirenas. No tengo preguntas ni busco respuestas entre las capas de recuerdos que me asolan. Lo último que tiré al mar fue la pistola de mi padre. Con la bala que quedaba disparé al fondo sabiendo que solo conseguiría dispersar sus cenizas.
Despliego otra fotografía y veo a Tarik altivo que sube la rampa del camión. Negro y con su lucero blanco, vuelve la cara para comprobar que le sigo. Es el instante. Cuando conseguimos entrar en la caja del camión, el caballo agonizaba. La tormenta nos retuvo dos días en altamar. Mi padre me arrancó de su cuello para dispararle, a él y a los otros tres potros que viajaban juntos. Todos muertos al instante. Carmen no volvió a ver y mi madre dejó de hablar. No llegamos a desembarcar. De vuelta, sin salir del camarote, cada uno en su litera, nos tragamos los vómitos. Nunca lo perdoné. Viví con la obsesión de alejarme de ellos, de los prados verdes, del estiércol y de los relinchos. Me vine para esta isla en la que encontré un gitano que olía a mar y se recogía los bucles en un moño. Aprendí a sacudirme las moscas y a continuar viviendo sin vergüenza, sin juicios y sin futuro. Coloco las tumbonas y las sombrillas de mi chiringuito mientras Juan duerme la mona. A veces me levanta la mano, pero soy feliz con la música alta. Me gusta caminar descalza por la arena.
Los cielos son los mismos, aunque a veces sean blancos, o azules o grises como los de la fotografía del ferry que rescaté ayer del bolsillo. La he puesto en un marco encima de otra que ya amarilleaba y la he colocado en la mesilla para verla de cerca. Desprende una tranquila intimidad, una inocencia ante lo no vivido. Quizá ahora estaría blanda y con la piel arrugada de la lluvia continua en aquel país donde dibujé mi futuro y, sin embargo, mi cuerpo es un terrón seco a punto de desmoronarse. Esa niña que cubre sus ojos con el flequillo me devuelve a los años entregada a escapar de la vida que ya no me pertenecía. Nunca visité el país que se quedó con Tarik y mi futuro. Mi madre dejó de conducir y se vino conmigo a esta tierra tibia que enseguida sintió suya. Carmen continúa sin ver, y mi padre, muriéndose en la cama del hospital, se tocó los huevos al verme.
Este mar oscuro y solitario arrasó los campos verdes y los prados que me crecían por dentro. Hoy, sentada frente a un Atlántico calmo, en esta isla de volcanes y paisajes como voces de lava, cierro los ojos y sacudo las moscas que me nublan la vista, antes de que me arranque de la tierra el viento.
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