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El hijo

sábado 4 de marzo de 2023
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Han encontrado al hijo de Anastasio en el acantilado de la Isleta, cerca de la Peña Vieja. Dicen que el niño está abrazado a la roca como si no quisiera que le arrancasen de ella. Con el cuerpo boca abajo, los calcetines blancos por los tobillos, el pantalón gris, desteñido. Tiene las piernas amoratadas, el anorak empapado y el pelo revuelto por el viento y el agua, también por la sangre que se le amontona y enreda entre las conchas de las lapas y los burgados. Todavía no lo han movido cuando llega Anastasio.

—¿Cómo podéis estar ahí sin cubrirlo? —les dice a los vecinos que quietos miran al niño.

El padre se quita la cazadora y tapa al hijo. Para no verlo, para que no lo vean.

—No lo hemos querido tocar hasta que tú no llegases, o la policía —le contestan.

Y de rodillas, ante el cadáver del hijo, se santigua.

Socorro, la madre, se ha quedado en casa. No ve. No quiere verlo. Perdió la vista hace años; fue dejando de ver poco a poco mientras el hijo crecía. Acababa de cumplir trece años.

Esta mañana se despertó nerviosa. Anastasio había salido y el perro se fue tras él. No pudo decirle al hijo dónde habían ido. No los vio salir, a ninguno. El niño dando vueltas como un loco le dio miedo.

—Quédate en casa, hijo. Ya volverán.

Distinguió la sombra de un hombre que se alejaba, y una punzada en el pecho le avisó de que el niño jamás volvería.

Pero el niño quiere salir en busca del perro, se suelta de la madre que lo agarra con fuerza. Le ha rozado la cara con la punta de los dedos y ha sentido la caricia de la pelusa que crece y oculta la infancia. Su olor era intenso, y su voz ronca. Al salir, distinguió la sombra de un hombre que se alejaba, y una punzada en el pecho le avisó de que el niño jamás volvería. Tiró de la cabeza hacia atrás y olfateó como una comadreja, el rastro del hijo que no pudo ver. Presintió que no regresaría. Se fue el hijo y al rato llegó el padre.

—Anastasio, ve a buscar al niño, que no ande por ahí solo.

—Deja al niño que ya es un hombre.

La puerta entreabierta; ella, tiesa como un huso, el cuello largo. Con las manos se tapa los oídos. No quiere escuchar lo que le trae el mar, sólo intenta descifrar los sonidos que le llegan desde dentro, los que la tienen amarrada. Ella que dejó al hijo solo, que no quiso verlo crecer en su mudez. Ella es la única culpable de su locura, de que ahora le huya. La chaqueta de lana mal abrochada. Recuerda que ninguno de los dos la miró al salir de casa. El hijo en busca del perro, el hijo, que no tiene ojos para ella. El padre en busca del hijo que no vuelve; el padre que sólo tiene ojos para él. La han dejado allí sola, con las manos de hueso agarradas a la barandilla de la escalera, la trenza a un lado, deshecha. Ella imagina cómo estará el hijo cuando lo encuentren.

 

Socorro nunca se hizo con el niño. Nació en silencio. Le dijeron que todavía dormía.

—Anastasio, el niño no llora.

El niño tampoco sonreía, ni movía los brazos, ni las piernas, ni los ojos, ni miraba. Socorro nunca le oyó hipar, ni toser. El niño ni siquiera balbuceaba ni imitaba sonido alguno. Nunca despertó a Socorro el gorjeo del bebé.

—Anastasio, ¿será sordo?

A los dos años el niño apenas decía papá y mamá y caminaba de puntillas, sin ruido, como si no quisiera ser visto. Socorro tuvo que dejar de abrazarlo; el niño tiritaba si lo besaba, se estremecía. Nunca se le acercaba, y cuando lo vestía, cerraba los ojos para no verla.

—Anastasio, ¿nos tendrá miedo?

—No te preocupes tanto del niño, mujer. Yo también era tímido. Lo atosigas con tus abrazos.

Al cumplir los cuatro años decidieron enviar al niño al colegio. Se pasaba horas con el libro abierto, pasaba la punta de los dedos dibujando el perfil de los animales o los paisajes y se quedaba extasiado, mirando sin ver. La madre de vez en cuando le pasaba la página y el niño prorrumpía en llanto.

—Mejor al colegio de las monjas, ¿verdad, Anastasio?

—Lo que tú quieras, aún es pequeño. Pero después de la comunión, directo al de los frailes.

Socorro temblaba cada día que le veía salir por la puerta con la cartera al hombro y la mirada en el suelo. Del miedo, empezó a verlo todo borroso. A Socorro, las lágrimas se le fueron convirtiendo en una costra blanquecina y salada, hasta que dejó de ver. Con las manos extendidas frente a sus ojos, era incapaz de distinguir las uñas de la carne de los dedos, y comprendió entonces cómo el niño percibía el mundo, y aprendieron los dos a ver sin mirar. Socorro con los ojos convertidos en rocas blancas. Allí se amarraban minúsculas cabezas de percebes moviendo sus pies con uñas de nácar. El niño con los ojos quietos, como dos bolas de cristal.

—Socorro, me han dicho que los niños autistas no dejan de serlo —le dice Anastasio con su mano sobre el hombro del niño.

El niño que dejaba que su padre le diese la mano sin apretársela demasiado, o que le alborotase el pelo. Las manos de la madre que apretujaban inútilmente la madeja de lana para el jersey del niño al que no ve. Se sabe las medidas por el calor que deja su sombra, y no deja de tejer. El sonido de las agujas como el estridular de las chicharras, convertido en gritos.

Aprendió a barrer y a enrollar la manguera, y a cerrar bien el grifo para que no gotease.

También consiguió Anastasio que el niño le ayudase en el taller. Le enseñó a colocar cada tornillo en su sitio, cada llave colgada de su gancho. Los guantes limpios y los trapos escurridos. Todo en orden. Aprendió a barrer y a enrollar la manguera, y a cerrar bien el grifo para que no gotease. Iba cada día después del colegio y volvían juntos a casa. Los dos sin hablar. A veces, cuando el padre se sentía contento, silbaba. Y un día, los dos, inventaron una melodía.

—Socorro, yo creo que el niño dejará de serlo.

—¿El qué?

—Autista.

Y cuando el hijo cumplió diez años, el padre decidió apuntarlo a una escuela de pesca porque ya tiene que ir aprendiendo cosas de hombre. Socorro no está segura, sabe que el niño es valiente porque lo intuye cuando la mira de frente, inmóvil, sosteniendo los brazos a cada lado del cuerpo. No hay abandono en su figura. Anastasio le cuenta que ha visto al niño trepar por las piedras. Es hábil, no tiene miedo de agarrarse a las rocas de playa y bajar a cortar las lapas con el acero. Su paso es firme y constante, no se cansa y resiste bien el embate de las olas. No protesta si hace frío. El niño vive el mar. Con diez años es todo un hombre. Y Anastasio se estira al decirlo y echa los hombros atrás. Está orgulloso de él.

—Anastasio, ¿qué se mueve por ahí que parecen ratas?

—Un perro para el niño, para que lo acompañe cuando subamos al Roque.

—Al Roque ya lo acompañas tú.

—Está bien que tenga un compañero, tú y yo ya no podemos hacer más.

Y Socorro, que ya no puede llorar porque ha dejado que se le ahogase la pena, se agarra el vientre mientras se inclina hacia delante y hacia atrás y gime en su rezo.

El niño abraza al perro: no le ha puesto nombre. Se tumba a su lado mientras duerme y le rodea el cuello con el brazo. Anastasio sonríe cuando los ve, y baja la cabeza cuando la mujer lo mira con la expresión grave. El niño ya no va solo a ninguna parte; ni duerme solo, ni juega solo. Ahora van los tres al taller y al Roque. El niño ha enseñado al perro a traer los palos que le tira en la explanada de Las Coloradas. Allí se pasan los dos las horas que le sobran al día. Socorro le oye hablar. De pie, frente a la ventana, con las manos apoyadas en la traviesa de madera, repite sus palabras. Y se guarda su voz que se convierte en grito para ella.

—¡Perro, toma!

—¿Has oído, Socorro?, el niño habla.

—El niño huele a perro, Anastasio. Ya no soy capaz de distinguirlos.

 

Hoy el niño se levanta inquieto. El perro no está en su cama como cada mañana. El niño le pregunta a su madre. La madre que no ve. La madre que no lo ha visto. El niño sale de la casa aullando, deja la puerta entreabierta. Socorro le grita que no salga solo.

—¡Perro, ven!

El niño se asoma a la explanada.

—¡Perro! ¡Perro!

El niño sube por los caminos de la montaña.

—¿Dónde estás, perro?

El niño llega hasta las rocas del acantilado. Las rocas negras. El perro de rizos blancos se confunde con las crestas de espuma blanca que arroja el mar contra la piedra plateada, lisa.

Unos dicen que lo han visto correr hacia la montaña, otros que ha ido hacia las rocas, donde las lapas.

Nadie sabe dónde está el niño. La madre lo llama desde la ventana. Unos dicen que lo han visto correr hacia la montaña, otros que ha ido hacia las rocas, donde las lapas. Van a buscar a Anastasio al taller. Hoy no recoge ni guarda nada, deja las herramientas desperdigadas. Se limpia la grasa de las manos que tiemblan y sale corriendo desorientado.

—Tu hijo subió a la montaña siguiendo el rastro del perro —le dicen.

—Alguien lo ha visto trepando por las rocas de las lapas —le confunden.

Al perro lo ha engullido la grieta abierta entre dos rocas. Gime, aúlla, está atrapado. El niño ve al perro en la oquedad negra. Abajo distingue sus ojos azules. El niño, de pie, encima de la roca, aúlla, resbala, se escurre. Las costillas se rompen al caer contra la Peña Grande. Los pulmones aprisionados dejan escapar un silbido. No puede respirar. Nadie lo ve. Sólo Socorro escucha los aullidos.

—Anastasio, oigo llorar al niño —le dice al marido que llega desencajado, tiritando—. ¿Tú crees que habrá dejado de serlo?

—¿El qué?

—Autista.

Cuando llega Anastasio, aún no lo han movido.

Paula Castillo Monreal
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  • El hijo - sábado 4 de marzo de 2023

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