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Tres disparates

jueves 18 de julio de 2024
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1. Disparate general

El que menos de nosotros daba á entender que iba á ser Alcalde...
(“Vida del gran tacaño”, Vicente Alemany)

Recuerdo haber cruzado la calle del teatro y dirigirme a la calle principal, que es donde comienza, según se ve, el verdadero teatro. Doblé la esquina y allí estaba él, unido a la amalgama por esa resina que llaman disparate y hace de la gente gólems de tirios, gólems de troyanos, artificio de la nueva política que antes llamaban del ensalmo.

El amigo del que hablo iba pegado a una muchedumbre gris, inquieta, sin orden ni concierto. A veces me pregunto si en medio de este desorden no transcurre el ritmo natural de los seres. Se trata de una pregunta retórica de esas con que se interroga al estómago después del almuerzo, porque antes del almuerzo nada, no hay pensamiento que baile en esa cabeza vacía que es el mundo, y me sé la respuesta: no hay respuesta.

Aurelio, mi amigo, el del cortejo hecho pasmo, tenía el gesto hecho trizas de tanto vaivén. Era (o es, quién sabe) de esos que se creen a sí mismos liberales y se levantan otra cosa. ¿Y qué cosa? Pues ahí está el pasmo, que no se sabe.

—¿Qué pasa ahora?

—Que tenemos un nuevo gobierno, dicen que populista.

—¿Otro?

—Otro, y no sabemos muy bien qué hacer, qué decir, a dónde dirigirse uno porque uno es cesante y mi gato también, que va conmigo a todas partes y maúlla que da gusto.

—¿Y se sabrá pronto?

—Pues no sé, pero ahí andamos todos.

Ahí andamos, en eso se traduce todo, lo de menos es hacia dónde porque el buitre de la política, que es el que sobrevuela y sabe verdaderamente de todo esto, no tiene ni desea respuestas para todo y se muestra a menudo como uno de aquellos apuntes goyescos que acaba por engullir las luces.

—Dime, Aurelio, ¿quién es ese individuo tan extraño?

—¿Quién? Extraños somos todos.

—El de la izquierda con los brazos en alto.

—No lo había visto nunca. No para de berrear y regurgitar consignas. Se ha salido del grupo pero me da en la nariz que es un tunante y no se diferencia de nosotros.

—¿Y qué vas a hacer ahora?

— Me voy a ver al alcalde.

Más de lo mismo. Es la doctrina de la masa ciclópea que ahora adopta la forma del dios Pan, un mar de levaduras mirando a su obligo. ¿Qué pensaría de todo esto don Francisco, el autor del disparate? Sería interesante adivinarlo, pero de esto hablaremos luego, en otro parte, porque esta es la hora de la sopa, de mi querida olla podrida y el pobre estómago no es de piedra, como sí lo son algunos corazones.

 

2. Disparate de carnaval

Si quieres lo que no has menester, eres necio; si lo que otros tienen, eres malo; si lo imposible, eres loco.
(“De los remedios de cualquier fortuna”, Francisco de Quevedo)

Allí estábamos frente a dos humeantes tazas de café, después de tantos lustros, yo y mi viejo amigo Federico. Tenía éste unas ganas de hablar pantagruélicas. Me dijo que había amasado una fortuna en Cuba y volvía a su casa empujado por la nostalgia y el deseo de compartir el resto de sus días con sus seres queridos. Lo dijo de una manera rimbombante, sopesando las palabras a la manera de un hipnotizador. A mí no me convenció en absoluto. Eso sí, el resplandor de cuanto le rodeaba se manifestaba sin tapujos. Afectaba a sus ropas, a su sombrero, al hálito de su gigantesco habano que apenas esbozaba estrechos halos de realidad mundana.

Sospeché que había creado un disfraz a su medida, que tal vez ni siquiera había estado en Cuba y su fortuna no iba más allá de los cuatro andrajos que posee el común de los mortales. Tal vez, pensé, había dado con un sortilegio que le permitía recrear hasta el aspecto más nimio de su nueva vida de burgués a través de objetos irreales, evanescentes desafiando de paso todos los postulados de la ciencia.

—¿Por qué no vienes a mi casa mañana? Vendrá un grupo de amigos. Descubrirás algo maravilloso, lo llaman caviar.

—Estupendo.

—¿A las seis?

—De acuerdo. Me tienes intrigado.

—¿En serio?

Al día siguiente me presenté con mis mejores galas. La casa de mi amigo no era precisamente una barraca de feria; no, señor. Una impresionante mansión emergió de pronto cubierta de oropeles. En el umbral me recibió un mayordomo estirado y, tras rogarme que aguardara en la biblioteca, me dediqué a escudriñarlo todo. Aquella pared forrada de roble tenía una cantidad ingente de volúmenes entre los que sobresalía levemente un precioso ejemplar de “El asno de oro”. Atraído por su bella encuadernación decidí extraerlo para observarlo más de cerca. Fue entonces cuando, en el vacío dejado por el libro, divisé una palanca amarilla, grande y esplendorosa. Pensé si conduciría a una puerta secreta, quizá el lugar donde mi amigo, el mago de lo ilusorio, fabricaba modernas piedras filosofales o ensayaba por su cuenta antiguos encantamientos. La accioné y el resplandor se vino abajo. No apareció ninguna puerta secreta pero se esfumaron la biblioteca, el mayordomo, los cuadros, el reloj y un largo etcétera de objetos hasta que sólo quedó una pequeña y mísera sala acompañada de una mesa y dos sillas. Afortunadamente había traído un par de hermosas manzanas.

—Así que has dado con la palanca.

—Pues claro. Supongo que tienes muchas cosas que contarme.

—No lo dudes. ¿Has oído hablar alguna vez de Arquímedes?

—Me suena.

—¿Y del gran Benengeli?

 

3. Bobalicón

No, no, señor Licenciado...
(Paso “Cornudo y contento”, Lope de Rueda)

—Cinco años de intensísima investigación junto con mi colega de Maguncia y otros diez desenterrando librotes en Sevilla y ni una mísera pista sobre tu origen. Parece como si tu particular historia se la hubiera tragado la noche de los tiempos.

La gárgola lo observa, no habla, no contesta pero lo dice todo porque su discurso es su escorzo y su enigma se halla encerrado en sus entrañas inseparablemente unidas a la roca.

—Tal vez seas íbera, como la bicha de Bazalote, pero tus relieves son célticos y así de recogida pareces la mascota de un príncipe de la antigüedad. Esa pelambrera desordenada, ¿dónde he visto yo esa pelambrera? Creo que tengo un tratado sobre eso pero ¿dónde?

No hay nada en el despacho que iguale el misterioso atractivo de aquella figura de león sedente mitad esfinge, mitad catedrático de historia porque la gárgola o lo que sea, mirada de frente, tiene un poco de sabio erudito de ojos saltones.

—No sé si me acompañará tu enigma a la tumba o si me cogerá un síncope de tanto darle a la lupa, pero mientras tanto eres el pisapapeles perfecto y un reposagafas que para sí quisiera ese infeliz pecoso de la cátedra de antropología. ¿Sabes lo que dice? Que no soy más que un dios Pan con patas de cabra. Y luego ese daimon recomendado que va para decano, ese arqueólogo de chichinabo.

La gárgola no dice nada, pero cuando el erudito pasa una bayeta cuidadosamente sobre su lomo sus gafas de catedrático caen impelidas por una fuerza invisible, asombrosa, y los labios de piedra del bicho parecen dilatarse y encogerse como deseando revelar el secreto de su arcana verdad. El anciano, muerto de espanto, da entonces un paso atrás. Como era de esperar en un hombre de ciencia, se refugia detrás de la lógica o, como decimos todos los demás, del sentido común. Y, ahora sí, tras el silencio se produce la magia. La gárgola adquiere el aspecto de un gigante y el gigante, ese monstruo de antaño, pronuncia su primera palabra en siglos, quién sabe si en milenios.

—¡Ráááááááscameeeeeee!

—¿Que te rasque? ¡Y un cuerno!

Esas son sus últimas palabras. Y es que el erudito, presa de un repentino ataque, espicha rápidamente entre estertores de lenguas muertas. El silencio se adueña nuevamente de la estancia, esta vez para siempre. La lógica ha terminado por desvanecerse y el alma platónica del sabio vuela ya lejos de la caverna, muy lejos de los armarios porque desde ahora no hay armarios en el alma sino un horizonte amplio, bello y misterioso.

Aarón Andrés
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