AVERIGUACIÓN PREVIA 06/10/2023
CIUDADANO AGENTE INVESTIGADOR DEL MINISTERIO PÚBLICO EN TURNO DE LA FISCALÍA GENERAL DEL ESTADO DE GUANAJUATO.
P R E S E N T E.
MARÍA GUADALUPE REYES SAUCEDO, mexicana por nacimiento, mayor de edad legal, soltera, conmocionada, empleada de autoservicio, señalando como domicilio para oír todo tipo de notificaciones, documentos y citas en el predio marcado con el número dos mil ciento dieciocho de la calle Veracruz entre las calles Chiapas y Yucatán en la Avenida San Pedro Apóstol, del municipio de Concepción, Guanajuato, autorizando para tales efectos a los Ciudadanos Francisco León Valdez, Jorge Luis Carrillo Dávila, María Elena García Herrera y la señora Elma Correa indistintamente el uno del otro; ante Usted Ciudadano del Ministerio Publico, con el debido respeto, comparezco y expongo:
1. Me llamo María Guadalupe Reyes, tengo 29 años y trabajo en el Oxxo de la avenida San Pedro Apóstol frente a la secundaria Técnica #5 de martes a domingo de siete de la noche a dos de la mañana desde hace año y medio.
2. Mi compañera de turno desde hace aproximadamente siete meses se llama Federica Ramírez Valle, tiene 32 años y fue, conmigo, testigo y víctima de lo sucedido.
3. El martes pasado en la noche, como a las 11:30, entró a la tienda un muchacho alto, de pelo y ojos cafés, con uniforme de B.O.S. (la empresa alemana que está a las afueras de la cuidad, me explicó Fede); sé que vino por un café y unos Marlboro blancos reposados. Siempre compra blancos reposados.
4. Yo ya ubicaba al muchacho. Empezó a frecuentar la tienda poco después de que Fede llegara. Venía al menos tres veces por semana, a esta hora más o menos, entre las 11:00 de la noche y la 1 de la mañana. Viene siempre por un café y una cajetilla de Marlboro blancos artesanales. Siempre muy callado él, muy serio. Cuando se acerca a pagar, pide los cigarros de forma apenas audible y balbucea un Gracias más para sí mismo que para que yo lo pueda escuchar.
5. Este muchacho tendrá como 26 o 27 años; muy alto, muy serio. Siempre que viene a la tienda, se dirige sin escalas a la estación del café, se prepara un americano intenso mediano con dos sobres de Splenda y tres porciones de Coffee Mate. Viene a la caja y pide “unos Marlboro de los nuevos” en voz muy baja. Suele mirarme a los ojos durante el intercambio, pero no sonríe ni hace plática. Yo pienso que viene por su café y sus cigarros cuando sale del trabajo a juzgar por su uniforme y las ojeras que le llegan al pecho. Más que cansado, se ve consumido. Cada que venía a la tienda y lo veía así todo taciturno, me recordaba una pintura que alguna vez vi de un hombre sentado cerca de un árbol de peras; su cara encogida en una mueca de congoja y tocándose el pecho. Me parece que el americano intenso mediano y la cajetilla de Marlboro blancos artesanales son su único placer, el único gustito que se permite tres o cuatro veces por semana.
6. Cuando le comentaba a Fede mis impresiones de él, me respondía que a ella se le hacía un güey sangre pesada común y corriente y que dejara de proyectarme en él sólo porque me gustaba.
7. Pues proyección o no proyección, ese martes yo lo vi muy mal. La verdad. A pesar de su altura se veía encorvado y empequeñecido, casi de mi tamaño. Sus ojos oscurecidos y lúgubres. Parecía que quería llorar pero no podía. Se quedó un buen rato mirando la pared con el sobre de Splenda en la mano perfectamente inmóvil y de verdad creí que iba a llorar. Le di un discreto codazo a Fede para que lo viera, algo andaba mal. Ella se le quedó viendo con el ceño fruncido y asintió suavemente, incluso ella podía ver que este hombre estaba sufriendo. Cuando se acercó a pagar el café Fede le indicó con la cabeza que pasara a mi caja para que yo le cobrara.
8. —Buenas noches. ¿Cómo estás? —le dije.
No hubo respuesta. Empecé a meter el código del café en la computadora y después de unos segundos pensé: “Bueno, al toro por los cuernos”.
—Oye, ¿estás bien? Te ves un poco triste.
9. Levantó la cabeza del mostrador y por primera vez en la noche le vi de cerca sus ojitos cafés. Me recordaron la mirada de los ratones cuando caen en las trampas de pegamento; tratan desesperadamente de sacar sus patitas del pantano de silicón, pero sólo se hunden más y más. No es el pegamento lo que los mata; por lo general, su corazón deja de latir por agotamiento. Ya al final, cuando agonizan, en su mirada revelan la profunda extenuación devenida por intentar sobrevivir. Tan cansados, tan derrotados. Paradójica agonía: Quieren vivir, ahí, la trampa letal.
10. Así esos ojos, aterrados y ansiosos; hundido hasta el pecho en arenas movedizas. No dijo nada, sólo me miró suplicante desde su trampa de pegamento e hizo falta toda mi fuerza de voluntad para no besarlo ahí mismo. Quería arroparlo, protegerlo, envolverlo en mis brazos donde estaría a salvo de todo y de todos. Quería abrazarlo tan fuerte que mi piel absorbiera todo el veneno de su alma y dejarlo limpio, transparente y feliz como un niño. ¿Habrá sido feliz alguna vez? ¿Qué le pasó a este muchacho? ¿Qué le hicieron?
11. Sentí venir mi propio llanto así que me di la vuelta y tomé la última cajetilla de Marlboro blanco artesanal. Podría, quizás, invitarme a fumar con él. ¿Cómo reaccionaría si me ofrezco a acompañarlo a su casa? No sé, sólo quería asegurarme de que estuviera bien. ¿Es realmente tan mala idea? Ya escuchaba a Fede regañándome si se lo consultara. ¿Cómo se te ocurre? Estamos en turno y ni lo conoces. ¿Y si es un sicario, loco, asesino, violador, secuestrador, traficante de órganos, proxeneta, hijo de la chingada, explotador, degenerado? Peor aún, ¿y si te dice que no?
12. Me di la vuelta y él me seguía viendo, como que esperaba que yo le dijera algo. ¿Qué podía decirle? Puse la cajetilla en el mostrador, pero él no la tomó, ni se movió, sólo me miraba. No sabía qué hacer, sentía que iba a perder la razón. Tuve que volver a ingresar el código del café otras tres veces; nomás no me podía concentrar, nomás no podía pensar, nomás quería llorar. Fede se me quedó viendo ligeramente alarmada pero no intervino. Creo que intuía lo que iba a hacer. Saqué un billete de cien pesos del bolsillo de mi bata y lo puse en la caja; registré el pago, tomé mi cambio, y más enérgicamente de lo que hubiera querido tomé una de sus manos y puse la cajetilla de Marlboro blancos artesanales en ella. Mucho no podía hacer por él, pero sí podía invitarle un café y unos cigarros.
13. Le acerqué su vaso de café y fingí ocuparme en la computadora. Me hice la que no me daba cuenta de que seguía ahí, mirándome. Mientras tecleaba letras y números a lo tonto, lo veía de reojo, ahí parado frente al mostrador, estudiándome, me veía, veía los cigarros, y otra vez me veía a mí. Me estaba muriendo, la cabeza me daba vueltas y quería vomitar. Mi corazón latía a mil por hora, mis labios empezaban a entumecerse y sentía que iba a desmayarme. Estaba, de nerviosa, lo que le sigue. No quería ni voltear a verlo. La tensión era insostenible, sólo quería que se fuera, dejar de sentir el peso su mirada. Entiende, por favor, ¿qué puedo hacer yo? ¿Qué más puedo hacer por ti? ¡Guadalupe, contrólate! No vayas a llorar, Pita. Respira, no llores, tranquila. Alcancé a ver su silueta, de reojo, metiendo la cajetilla en el bolsillo de su pantalón, luego se quedó como pensando, y la volvió a sacar, se quedó unos segundos así, con los cigarros en la mano.
14. Se me escapó un leve gemido de sorpresa cuando sentí su mano sobre la mía; casi sin darme cuenta, había retirado mi mano del teclado y había depositado en ella la cajetilla en la que me había ofrendado a mí misma. Me la estaba regresando, me estaba rechazando. Ahora sí que iba a llorar.
15. Volteé a verlo a los ojos y vi algo que no había visto antes; algo sutil, casi imperceptible, algo que no puedo describir. Algo, que, al encontrarse con mi mirada, se adentró en mi como una flecha y me sacudió entera, un reconocimiento brutal. Él sabía, me cae de madres que él sabía que yo lo amaba.
16. Nos quedamos viendo el uno al otro no sé cuánto tiempo sin que él soltara mi mano. Yo no hice por retirarla. Una cajetilla de Marlboro blancos artesanales entre su palma y la mía. Apenas podía con mi propio peso, sentía que me iba a caer, mi corazón se hacía presente a través de fuertes palpitaciones en mi nuca, en mis sienes, en mi pecho y entre mis piernas. Respiraba pesado, mi rostro estaba caliente y mis manos heladas. Casi me orino cuando habló.
17. —Mejor quédatelos —me dijo en voz baja pero clara. Sin balbuceos. Sin soltarme—. Y me invitas uno... Ahorita que salgas.
18. Se puso rojo cuando dijo esto último. Yo no dije nada, nomás asentí. Es muy probable que yo también estuviera roja de la cara. Rojísima. ¿Cómo supo que yo también fumo? ¿Me habrá visto? ¡Ay, Pita! ¡Ay, Pita! ¿Qué hacer? No quería ni pensar en las burlas de Fede cuando el chavo se fuera. No me la iba a acabar.
19. —Gracias —me dijo casi sonriendo.
—Sí —le respondí.
20. El celofán de la cajetilla comenzaba a humedecerse con el sudor de nuestras palmas. Él presionó ligeramente su mano contra la mía y yo correspondí el apretón.
21. Desde la otra caja, Fede se nos quedó viendo casi casi con la boca abierta y se puso dizque a acomodar el anaquel de los dulces para estar más cerca de nosotros, abandonando cualquier intento de discreción de su parte.
22. —Salgo hasta las dos —le dije al reflexionar en que tendría que esperarme poco más de dos horas, si decidía quedarse.
—OK —parece que se queda.
—OK.
23. Apreté su mano aún más fuerte. Él hizo lo mismo. Los bordes de la cajetilla comenzaban a lastimarme la piel, pero no me importaba. Necesitaba sentir su piel contra la mía.
24. Muy despacio, empezó a inclinar su cuerpo hacia mí por encima del mostrador, no puedo asegurarlo, pero creo que iba a besarme. Se congeló a medio camino cuando la puerta de la tienda se abrió de golpe. Gritos y anaqueles volcados, entran tres cabrones, cada uno con un revólver en la mano y odio en los ojos.
Vengo por medio del presente ocurso a interponer formal Querella y/o Denuncia, por HECHOS POSIBLEMENTE DELICTUOSOS, que resulten de la integración de la Averiguación Previa correspondiente en contra de quien o quienes resulten penalmente responsables.
H E C H O S
PRIMERO. - Mi vida se congeló en ese espacio temporal y espacial. A partir de este momento todo transcurre dentro de un estado de pesadilla tortuosamente lento, aunque estoy casi segura de que realmente fueron unos minutos. Alguien, uno de ellos, no sé quién, se acercó a nosotros, me arrebató al muchacho de B.O.S. tomándolo de los hombros y, de un solo movimiento, lo estrelló contra el anaquel de los dulces. Fede logró hacerse a un lado segundos antes de que pudieran caerle encima. Yo me puse de cuclillas y protegí mi cabeza con mis brazos detrás del mostrador. Vi de reojo a Fede abriendo su caja registradora y entregándole su contenido a alguien. Lloraba y sus manos temblaban. Respira, Pita.
SEGUNDO. - Desde donde estaba no podía ver lo que pasaba, sólo los escuchaba insultarnos y deshacer la tienda. Respira, Pita, inhala, exhala. Empezaron a escucharse gritos. Uno, dos, Pita, respira. Golpes y más gritos. Dios mío, Pita, inhala, exhala. Gritos de dolor y llanto. Uno, dos, inhala, Pita. Puños y pies sobre carne que llora y que grita. Respira, Pita. Se quedó por ti, Pita.
TERCERO. - Sentí de repente un dolor punzante en mi cuero cabelludo y una mano fuerte que me jalaba hacia arriba. Uno de los infelices me puso de pie de un solo jalón de greñas y quedé de frente a él viéndole su carota de bestia. En sus ojos, nada. Nada de nada; vacío, todo negro. Puso el cañón a pocos centímetros de mi cara y me quitó la cajetilla de Marlboro blancos artesanales que se había quedado en mi mano. Se quedó ahí mirándome unos momentos y yo no le bajé la mirada ni un poco. Sí, tenía mucho miedo y sí, también me hervía la sangre. El pendejo pareció leer mi frustración y me dedicó una sonrisa triunfal y divertida antes de enviarme al piso de un puñetazo en la cara.
CUARTO. - De lo sucedido después de esto no puedo dar cuenta pues quedé inconsciente hasta que llegaron las patrullas y la ambulancia.
AVERIGUACIÓN PREVIA 06/10/2023
CIUDADANO AGENTE INVESTIGADOR DEL MINISTERIO PÚBLICO EN TURNO DE LA FISCALÍA GENERAL DEL ESTADO DE GUANAJUATO.
P R E S E N T E.
FEDERICA RAMÍREZ VALLE, mexicana por nacimiento, mayor de edad legal, soltera y emperrada, empleada de autoservicio, señalando como domicilio para oír todo tipo de notificaciones, documentos y citas en el predio marcado con el número trescientos catorce, interior 12 B de la calle Yucatán entre las calles Chiapas y Veracruz en la Avenida San Pedro Apóstol, del municipio de Concepción, Guanajuato, autorizando para tales efectos a los Ciudadanos Francisco León Valdez, Jorge Luis Carrillo Dávila, María Elena García Herrera y Enrique Serna Monroy indistintamente el uno del otro; ante Usted Ciudadano del Ministerio Publico, con el debido respeto, comparezco y expongo:
Uno de los cabrones tenía a Pita agarrada de las greñas y el otro, el que se les fue, me apuntaba con la pistola y me gritaba que le diera el dinero de la caja, el muy pendejo. El tercero, sí, ese, el de la jeta de buey aporreado, tenía al único cliente inmovilizado en el piso después de haberle metido una chinga. Lo había agarrado de los hombros y lo había estrellado contra el anaquel de los dulces. Yo estaba agachada junto al anaquel y casi se me vienen encima los dos, pero me rodé en el suelo para esquivarlos. El infeliz ese que le digo me pateó las costillas y me ordenó que me parara mientras me apuntaba con la pistola y eso hice, me fui a mi caja y empecé a darle el efectivo. No era mucho, como treinta y siete más o menos. Sí, treinta y siete mil. No, no había más. Era todo el dinero que había y se lo llevaron.
Bueno, mientras yo estaba dándole el dinero, este otro pendejo le estaba dando de patadas al novio de Pita, bueno a su peor-es-nada. Sí, por eso, al cliente. El chavo nomás se hacía bolita en el piso y trataba de cubrirse la cara y la cabeza con los brazos mientras gritaba. En eso, veo que el otro cabrón agarró a Pita de las greñas, la levantó de donde estaba agachada, le quitó los cigarros que tenía en la mano y le metió un putazo en la cara. Así, nomás por sus huevos el hijo de la chingada. Sí, mi amiga perdió la consciencia por el golpe. Entonces los otros dos culeros como que se asustaron o yo no sé, porque nos soltaron al cliente y a mí y se empezaron a decir entre ellos ya cabrón, ya a la verga y no sé qué y se movieron hacia la puerta, seguidos por el tercer baboso que le pegó a Pita. Sí, a mí también me tenían sometida, ¿no lo mencioné? Pues sí, el animal ese me tenía agarrada del brazo, mire cómo me lo dejó. Mire, ahí está el moretón, ¿no lo ve? Pues, bueno, el pendejo que llevaba el dinero salió primero, seguido por el bruto que se madreó al chavo, y atrasito de él, como escondiéndose, el que le pegó a Pita, al último. Yo estaba todavía parada frente a la caja, sin moverme. Estaba como hechizada, veía y escuchaba todo como en un sueño, lejos, lejos; se sentía como si mi cuerpo no fuera mío, como si habitara un templo de mármol frío y silencioso. Tenía miedo de moverme, de hacer ruido, temía hasta pensar muy fuerte. Sólo me quedé ahí parada, entre dos cuerpos en el piso. Creo que me fui, ya no estaba yo ahí realmente. Creo que por eso, en esos segundos, ni cuenta me di de que uno de ellos seguía ahí. Ni que el muchacho se había comenzado a levantar, ni lo que estaba por hacer. Estaba como en shock, pero muy poco tardaría en regresar a mi cuerpo y empezar a partir madres.
Los otros dos ya habían salido de la tienda y el tercero, el que le comento que le pegó a Pita, iba cruzando la puerta, cuando, de la nada, veo una botella de vidrio de Coca-Cola de litro y medio volando a través del anaquel de botanas, pasando el congelador de Holanda y aterrizándole en medio de la cabeza al tipejo.
Silencio, por varios segundos que se sintieron como días, hubo un silencio que no quiero volver a sentir en mi vida. No quería ver al infeliz pero tampoco quería despegarle la mirada. Sin mover un músculo de mi cara, volteé a ver al muchacho de BOS; estaba de pie cerca del refrigerador de lácteos con otra botella de Coca-Cola de vidrio, litro y medio, en una de sus manos. Parecía Nazareno de Vía Crucis; los dos ojos morados, uno cerrado por completo, la boca llena de sangre, la ropa toda empapada y la nariz deshecha.
Nadie se movió ni habló por varios segundos hasta que el cabrón con la cabeza llena de vidrios y sangre recuperó el equilibrio y empezó como a querer caminar hacia el muchacho de B.O.S. y él reaccionó arrojándole la otra botella de Coca-Cola que tenía en la mano. Le cayó en la mera jetota y yo sentí que la catedral de mármol, peligrosamente lúgubre y silenciosa, se venía abajo con una espectacular liberación; recuperé mi voz, mis manos, mis ojos, los nervios de mis manos y, sobre todo, mi coraje. Volví a habitarme, volví a la vida en un frenesí de movimiento y ruido: sangre corriendo por mis venas, pulmones en expansión y contención, lagrimas furiosas saliendo a chorros de mis ojos. Grité, agente. Vaya que grité.
Ni uno ni el otro me pelaron cuando lo hice; a segunditos de que el cliente le aventara la Coca-Cola al vato ese, se salta el anaquel de botanas y aderezos, y se le cuelga del cuello por atrás como queriendo hacerle una llave de lucha libre. Durante el forcejeo, el muchacho se mostró sorprendentemente fuerte y resistente. Dicen que la adrenalina hace eso, ¿no? La verdad que yo misma me desconocí después.
El vato estaba como poseído, nomás no le daba tregua al desgraciado; apretándole el pescuezo con el interior de ambos codos. Yo me quedé donde estaba, junto a la caja, y nomás veía las olas de sangre salpicando de un rostro maltrecho al otro.
Ahí fue cuando me di cuenta de que las pistolas que traían (al menos la que éste traía) no estaban cargadas porque lo único que este tarado hacía para defenderse era agitar sus pinches brazos flacos tratando de pegarle al chavo con el arma. Pero el muchacho ya le traía coraje; apretaba sus brazos cada vez con más fuerza alrededor del cuello del malandro y el otro pendejo nomás abría y cerraba el hocico como pez fuera del agua. Yo empecé a gritarle al chavo: “¡Dale, dale! ¡Chíngatelo! ¡Mira lo que le hizo a tu vieja! ¡Mátalo! ¡Mátalo!”. Pero no lo mató, nomás como que lo dejó sin aire y se cayó al piso. El güey se quejaba, pero no podía levantarse y se esforzaba por jalar aire. El chico B.O.S como que se estaba ya quedando sin fuerza también porque le metió una patada en las costillas y se cayó como bulto encima del malandro.
Y lo que usted tiene que entender, agente, es que, para una, el miedo es mucho, el riesgo es mucho y el poder es poco. A lo mejor usted ya está acostumbrado, pero como le dije, ni Pita, ni el muchacho este ni yo somos brazos ejecutores de la ley con cabezas frías y protocolos parlantes. YO TENÍA MIEDO. Y fue por miedo, por miedo a que el muy hijo de la chingada se levantara y terminara de matar al otro pobre infeliz, a Pita y a mí, que hice lo que hice. ¡Y ni lo maté! O sea, nomás agarre la caja registradora, caminé a los cuerpos hechos machaca, y se la dejé caer en el hocico al tipo. Sólo para asegurarme de que no se levantara. Es más, fui yo quien los llamó.
Respecto a mi amiga Pita, creo que está y estará bien. Muy bien, de hecho. ¿Cómo no estarlo? Atarantada y todo, pero vea, ya cuando llegaron los paramédicos la despertaron sin ningún problema y ¡la cara que puso cuando le platiqué que su crush se había surtido al pendejo que le había pegado! Pita se proyecta mucho en él, como que lo ve muy frágil o qué sé yo. Y sí, el vato es raro, no lo niego. Pero, no sé, siento que mucho de eso es él haciéndose la víctima y queriendo llamar la atención. Para ser muy muy honesta, cuando recién empezó a venir, no me agradaba. Como dije se me hacía muy raro y grosero; ni las gracias daba cuando le cobraba. Pita dice que sí, pero yo nunca lo escuché. Igual le dará gusto saber que no perderá el ojo; yo creo que como que se sintió responsable, ¿sabe? Porque generalmente compra su café y sus cigarros y se va, esta vez se quedó un rato más porque Pita se los invitó. En cualquier caso, se rifó, la verdad. No, no sé cómo se llama, Pita no alcanzó a preguntarle.
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