Saltar al contenido

Diez mil pesos

domingo 28 de julio de 2024
¡Comparte esto en tus redes sociales!

—Te decía, necesito el dinero para hoy o me chingan —me dice mi secretaria quitadísima de la pena mientras toma un Marlboro de mi cajetilla sin pedirlo y lo enciende.

—¿Y eso, Silvita? —ya ni me molesto en ocultar mi erección. Ella necesita ese dinero y sabe lo que tiene que hacer para conseguirlo.

—Sí. Lo que pasa es que Nacho le pidió un préstamo al cabrón de Paco Reza hace casi un año, nos lo dio y con ese dinero nos compramos el terrenito en la San Gabriel. Le pusimos de garantía la casa del Infonavit, dejamos de pagarle en marzo y ahora nos la quiere quitar.

Deja de hablar y me mira fijamente esperando una reacción. Regresa a su explicación cuando no ve ninguna.

—La casa tiene adeudo, así que no pensamos que pudiera quedársela. Cuando empezó a amenazarnos en mayo nos cagamos de risa en su cara. Pero ahora resulta que con la pinche reforma en las leyes de bienes e inmuebles, sí puede reclamarla. Él sabe que Laurita vive ahí con sus niños y parece que hasta gusto le da sacarlos al muy hijo de la chingada.

—Tsss, qué mal, Silvita —respondo después de prender un Marlboro y darle la primera calada.

—Pero te voy a decir algo, Armando; yo no voy a permitir que mis nietos se queden sin techo por treinta mil pesos. Mira qué gandalla el cabrón.

—Pues sí. Hay gente que nomás no se mide cuando se trata de dinero.

El enojo de mi secretaria me parece algo curioso; ella y su esposo habían puesto la casa en garantía precisamente porque tenía adeudo y sabían que Reza no podría quitársela cuando dejaran de pagar el préstamo. Así lo habían hecho ya varias veces con diferentes personas hasta la reciente modificación en la ley de bienes e inmuebles. Era sólo cosa de tiempo antes de que se toparan con otro más vivo.

—Sí —responde tras darle una calada al cigarro y cruza las piernas. La falda se le sube un poco y ella se acomoda dejando impúdicamente al descubierto la mitad de su muslo—. Por eso necesito los diez mil pesos para hoy. Se los daremos a Eugenio Negrete para que su gente vaya a darle un susto a Reza. Ya ves los desmadres que les hacen a los prestamistas usureros que se andan cobrando a lo chino. Negrete nos dijo que con diez mil pesos le destrozan su Xplorer y de paso la cara. También nos dijo que con veinte se andan llevando a su mujer y a uno de sus escuincles, pero a Nacho y a mí no nos gusta meternos con la familia. Con un sustito de diez mil pesos será suficiente para que nos dejen en paz.

Su falda comienza a perder su propósito al dejar al descubierto cada vez más de sus magníficas piernas. Sabe muy bien lo que hace cuando se hace la que no sabe lo que hace.

Silvia lleva casi ocho años trabajado para mí. No es una mujer joven y tampoco es muy bella, pero tiene un magnetismo sexual que nunca había visto. Toda ella: su cuerpo, su forma de caminar, de mirar, de sonreír, es un contagioso y peligroso afrodisíaco. Ella sabe que me vuelve loco y disfruta de hacerse la que no se da cuenta de mis miradas cuando está sentada frente a mi escritorio. Cruzando y descruzando las piernas dejándome ver “accidentalmente” su pantaleta de encaje negro, rosa o morado. Y en los días más benditos, nada.

Su marido sabe que me la cojo al menos dos veces por semana desde que trabaja aquí y a cambio de las jugosas remuneraciones extraoficiales que me permito tener con ella por sus servicios, el conchudo y mil veces cuernudo don Nacho Ayala mantiene la boca cerrada mientras les invita las cubas adulteradas a las buchonas en la cantina del Tohuenyo con el sudor de las nalgas de su esposa.

Silvita siempre ha sabido satisfacerme y tenerme contento. Sandra, mi mujer, es mucho más hermosa y joven que Silvia, pero no le gusta entregarse en el sexo. Desde siempre su forma de hacer el amor consiste en los movimientos, acciones y lugares comunes pero libres de pasión; se mueve mecánicamente, como ensayado, y cuando la veo a los ojos sé que sencillamente no lo está disfrutando. Ella trata nuestros intercambios carnales con la diligencia de un concurso de oratoria: cumple, ejecuta, trabaja en su técnica, se documenta y perfecciona. Porque así es ella; ve todo como una competencia y persigue ferozmente la meta. La meta siendo una eficaz eyaculación mía, sin más ni más. Si no se permite ser egoísta y tomar algo mío para sí misma, si no se apropia de mí, si no se arriesga a entregarse de verdad.

Ya había renunciado a la posibilidad de tener una vida sexual satisfactoria hasta que Silvia se apareció en mi despacho para pedirme trabajo; con su lascivo contoneo de caderas al caminar, su falda apretada, sus labios rojos y su anillo de bodas estratégicamente colgando de un collar a la altura de su escote. A mi Silvita le gusta ensuciarse las manos en el sexo. Me doy cuenta porque ella realmente está presente durante el acto, antes y después. Sus movimientos, el violento anhelo de sus besos, sus bramidos, su mirada anestesiada, todo en ella me habla. No teme expresarse a través de su cuerpo y no le incomodan las sensaciones que le produce ser tocada; por el contrario, ella procura su propio placer, siendo el mío un beneficio colateral. Silvia carece de metodología y técnica, no la necesita, nomás da y recibe. Ella sólo se entrega. De verdad que es una mujer extraordinaria.

Apagué mi cigarro en el cenicero y me acomodé en la silla. La calentura se empieza a volver insoportable. Tengo que tocarla, lamerla, tengo que hacerle el amor ya. No creo poder aguantar hasta después del trabajo.

—¿Entonces? —apaga su cigarro y se pasa una mano por el muslo mordiéndose los labios pintados.

—Vente a la oficina y veré que puedo hacer.

Abandonamos la pequeña terraza del área de fumadores y nos dirigimos a mi oficina. Al llegar, le abrí la puerta a Silvia y la cerré con seguro una vez dentro. Mi secretaria no perdió tiempo en treparse a mi escritorio y subirse la falda hasta la cintura. Yo estoy que reviento. Me saco el pene y le bajo la tanga de encaje color verde manzana hasta los tobillos. Coloco mi rostro entre sus piernas y comienzo a devorar sus fluidos. Ella gime mientras empuja mi cabeza fuertemente contra su sexo. Tras un buen rato de hacerle oral ella se baja de mi escritorio y se pone de cuclillas en el piso. Intuyo lo que quiere y obedezco, como siempre. Me acuesto debajo de ella con mi rostro viendo directamente a su vagina; de ella comienzan a salir tímidas gotas de orina para dar paso a un potente chorro del maravilloso líquido. Lo corta y lo reanuda, retiene y suelta mientras se acaricia los senos por debajo de la blusa y lanza gemidos bestiales. Cuando termina yo me levanto de inmediato y me siento en el pequeño sillón de mi oficina; ella se acomoda en mi regazo quedando frente a frente, me mira como pantera a su presa y empieza a montarme con furia mientras yo acaricio su clítoris con una mano y me apoyo con la otra. Está muy cerca, ya casi llega, lo siento en el furor de sus paredes al apretarme, lo veo en su rostro que se contorsiona en una mueca de gozo inmenso, se está viniendo. Me agarra del pelo y pone mi cabeza bruscamente a la altura de sus senos para que albergue sus deliciosos y endurecidos pezones en mi boca. Encantado, obedezco como siempre.

El clímax llega a ella, violentando todo su cuerpo, y un feroz rugido brota impúdicamente de su boca acompañado de no tan minúsculas gotas de saliva. Mi Silvita encima de mí, jadeante y sudorosa, radiante y gloriosa. Esta imagen de Afrodita bestializada es más de lo que puedo soportar y me entrego a mi propio orgasmo eyaculando dentro de ella.

—Ahí está el dinero, Silvita. Nomás ya sabes. De mí no lo conseguiste —le digo colocando un pequeño sobre de nómina en el escritorio. Silvia me ignora y toma del suelo la tanga color verde manzana, se limpia con ella y me la avienta en el escritorio con una sonrisa socarrona.

—Y esto de mí no lo conseguiste.

Toma el dinero y sale de mi oficina mandándome un beso y un guiño desde la puerta. Ni siquiera es su hora de salida.

Dejo pasar un rato para asegurarme de que ya no está cerca, tomo el teléfono y marco un número que me sé de memoria.

—Don Eugenio. Buenas tardes, ¿cómo está? Soy el licenciado. Ya le di el dinero a Silvita. Se lo va a llevar hoy en la noche y cuando vaya quiero que le diga que subió la tarifa a quince mil. Sí, don Eugenio, su comisión es aparte. Ese dinero ya se lo deposité. No, don Eugenio, no tiene nada que agradecerme. Al contrario, a usted yo le debo mucho. Gracias, hablamos mañana.

Cuelgo el teléfono y me apoyo satisfecho en el respaldo de mi silla. Tomo su tanguita color verde manzana y le doy una larga olfateada; se me hace agua la boca de sólo pensar en lo que haremos mañana. Como dije, es una mujer extraordinaria.

María Fernanda Villegas Cerda
Últimas entradas de María Fernanda Villegas Cerda (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio