Cuando nos presentaron, Teomundo y yo sentimos una extraña conexión mental, por lo que rápidamente nos hicimos buenos amigos. A medida que nos íbamos conociendo, esa sincronización se fue tornando en algo más profundo.
Es habitual ver una gran compenetración en personas que comparten gustos, aficiones y formas de pensar; llegando a reaccionar igual ante situaciones o estímulos semejantes. Pero nuestro caso era algo distinto, más... complejo.
Lo descubrimos en una fiesta en la que coincidimos por casualidad. Cuando llegué, observé que un grupo de unas diez personas se reunía en corro alrededor de un hombre muy delgado, que hablaba gesticulando mucho y que vestía como si acabara de atracar su yate en un puerto del Mediterráneo. En un momento en el que se dio la vuelta, descubrí que se trataba de Teomundo. Él no me vio y continuó con su charla.
—¿Quién es ese que está rodeado de tanta gente? —me preguntó una chica que se acercó y a quien conocía levemente de haber coincidido en alguna que otra fiesta; Carolina, se llamaba, no recuerdo su apellido.
—Pues... ese es el marqués de Valdelaspalmas —le contesté con lo primero que me pasó por la mente. Era finales de los años ochenta, internet y los teléfonos móviles todavía no habían entrado en nuestras vidas y se podían hacer esas cosas sin peligro de que Google te delatara en pocos segundos.
”Ha venido desde España en busca de inversores para un negocio de exportación de cacao a Suiza —continué—. Está nadando en billetes, tiene participaciones en muchas empresas, entre ellas una prestigiosa fábrica de chocolate en Ginebra, que es por lo que está aquí —dije convincente—. Aprovecha estas fiestas para conocer a la gente de dinero de Caracas, yo ya le he presentado a alguna persona —aseguré, dejando caer que lo conocía.
Seguí un rato adornando mi invención hasta que Teomundo, al ver que yo también había sido invitado, se acercó a saludarme.
—¡Demomo! ¡Qué alegría verte por aquí! —gritó, dándome un abrazo—. ¡Y en tan buena compañía! —dijo volviéndose hacia Carolina.
Ella le extendió la mano para saludarlo, pero él se la llevó a los labios, dejándola perpleja.
Pensaba que hasta ahí habría llegado mi broma, pero me puse pálido al oír que le decía:
—Marcelino de Pastrana Trendillas, para servirla, marqués de Valdelaspalmas.
La chica, un poco avergonzada, le contestó que sabía quién era y que yo le había puesto al tanto sobre lo de los inversores y el chocolate.
Me miró sorprendido y pude comprobar que era él quien entonces se ponía pálido.
Teomundo, a pesar de no ostentar ningún título nobiliario, sí que tenía dinero. Esa noche nos fuimos de juerga después de la fiesta, acompañados por Carolina y una amiga suya que se encontraba entre el corro de gente que lo rodeaba cuando llegué; Marta era su nombre. Entonces, ambos pudimos comprobar que lo que yo había inventado sobre él coincidía a la perfección con lo que se había ideado sobre sí mismo y contado a los asistentes de la reunión.
Esa noche nos entretuvimos haciendo juegos mentales para explorar los límites de nuestra recién descubierta habilidad. Yo podía adivinar cualquier cosa que él les dijera en secreto a nuestras amigas, pero no sucedía lo contrario.
La noche llegaba a su fin. Recuerdo que pensé que sería genial ir a la playa a ver el amanecer.
De repente, Teomundo dio un volantazo.
—¿Quién quiere ir a la playa a ver el amanecer? —gritó excitado.
Nuestras compañeras secundaron la idea entusiasmadas y, aunque también era lo que yo quería, no dije nada porque estaba desconcertado.
Yo ocupaba junto a Carolina el asiento trasero del Jeep Wrangler descapotable en el que viajábamos. Ella hacía esfuerzos por contener su larga melena que, agitada por el viento, se le iba a la cara. Me acerqué para ayudarla a sujetarla y me sonrió con dulzura. A lo largo de la noche descubrí que era una chica extrovertida y divertidísima, la alegría que transpiraba por sus poros se manifestaba en una peculiar risa, como de guacharaca, de la que era difícil no contagiarse. Hasta entonces no había tenido ocasión de conocerla mejor y me estaba gustando mucho.
Una vez en la playa, vimos el amanecer tumbados en la arena. Cuando terminamos de vaciar la última botella de ron que nos quedaba, me levanté un momento para ir a orinar detrás de unos matorrales. Terminaba de sacudir las últimas gotas cuando sentí que unos brazos rodeaban mi cintura y unas suaves manos femeninas reconocían las fronteras de mi abdomen bajo la camiseta. Me volteé sonriente, esperando ver a Carolina, pero me llevé una sorpresa al descubrir que se trataba de Marta.
—¿Dónde está tu amiga? —le pregunté.
—Allí, rodando en la arena con el marqués —dijo señalando el sitio donde retozaban y se metían mano.
Marta notó decepción en mi mirada y no sucedió nada entre nosotros. Cogí dinero de la billetera de Teomundo, que estaba en uno de los asientos delanteros del Jeep, junto a sus pantalones, y anduvimos en silencio hasta encontrar un taxi.
Me sentó mal que mi amigo me quitara la chica y evité verlo durante algunas semanas.
Por aquel entonces, Chevrolet había sacado un nuevo modelo de Camaro que recuperaba la versión descapotable. La primera vez que lo vi fue en un programa de televisión: el automóvil, de color rojo sangre, recorría a toda velocidad una sinuosa carretera de la costa californiana. Fue amor a primera vista, pero era un vehículo de importación, claramente alejado de mis posibilidades.
Cuál sería mi sorpresa cuando, un día en que me tomaba una cerveza en una terraza con compañeros de la universidad, oigo sonar una bocina repetidamente y que me llaman desde el otro lado de la calle. Era Teomundo que, al volante de un Camaro descapotable rojo sangre, me hacía señas para que me acercara.
Ya no me quedaba ninguna duda, él no podía leer mi mente de la forma en que yo era capaz de leer la suya, pero mis deseos los vivía como propios, sin ser consciente de ello.
La curiosidad pudo conmigo y acudí. Estaba acompañado por un hombre barrigudo, al menos quince años mayor que nosotros, con pinta de musiú.1 Salté ágilmente al asiento de atrás, situándome en el centro; en ese momento supe exactamente qué pasaba, pero ya era tarde para huir, porque Teomundo arrancó el motor y pisó el acelerador. Vestido con camisa hawaiana, pantalones claros y gafas de sol Ray-Ban, se estaba haciendo pasar por un promotor inmobiliario estadounidense llamado Greg Smith.
Sin que me lo dijera, supe que mi amigo quería estafar al hombre que lo acompañaba, convenciéndole de que tenía entre manos el negocio del siglo, y que debía invertir rápido para asegurar su participación. Mi papel era pasar por un joven emprendedor que había metido todo el dinero que tenía en esa empresa, de forma que el engaño fuera más creíble.
Era consciente de que seguirle el juego a Teomundo me convertiría en cómplice de un timo, aunque me negara a disfrutar de parte del botín. También sabía que terminaría arrepintiéndome, pero con la excusa de aprovechar la oportunidad de seguir explorando el alcance de nuestra conexión mental (con la nueva habilidad descubierta), de probar el coche nuevo y, por la naturaleza tan transgresora de la situación, que me produjo una excitación y un subidón de adrenalina a los que no estaba acostumbrado, decidí colaborar.
Una vez consumada la estafa, dejamos al inversor en el hotel Tamanaco Intercontinental, donde se hospedaba. Mi amigo le pagó al botones para que lo ayudara a llegar a su habitación, ya que apenas lograba mantenerse en pie. Iba tan borracho que en los escasos metros entre el vehículo y la marquesina de entrada dibujó con sus pasos medio trazado de la carretera Trasandina.
Así descubrí que la fortuna de Teomundo no era del todo lícita, acostumbraba estafar a gente fingiendo distintos personajes. Esa noche no pude dormir debido al remordimiento y me dije a mí mismo que no volvería a participar en sus engaños, pero no fui capaz de mantener mi promesa. Recaí en dos ocasiones más: una en la que con mi ayuda consiguió colarle unas falsificaciones a un coleccionista de antigüedades, y otra en la que, gracias a que podía saber lo que tenía que decir y a que le proporcioné una coartada que habría sido imposible planificar ni improvisar, logré salvarlo de que unos mafiosos le metieran un tiro.
Andar con Teomundo era para mí como una droga, me lo pasaba francamente bien a su lado, a pesar de que llegaba a anularme al vivir como propios todos mis deseos o caprichos y anticipar mis iniciativas. Gracias a él pude vivir experiencias hasta entonces muy lejos de mi alcance. Era consciente de que su compañía me resultaba nociva, pero no podía evitarle, se presentaba sin avisar y sin importar dónde estuviera para arrastrarme a alguna aventura que casualmente había yo imaginado antes.
Su amistad me estaba consumiendo como persona hasta el punto de empezar a dudar de mí mismo, de mi capacidad para crear, para pensar, para amar... Cuando me dijo que quería matricularse en la Facultad de Artes, saltaron en mi cerebro todas las alarmas, “¡Ese era mi territorio!”, tenerlo dentro sería mi perdición. Debía encontrar la forma de aislar nuestras mentes para poder liberarme de su influjo.
Pensé que quizá rodeando mi cabeza con algún material metálico conseguiría aislar mis pensamientos y así los pondría fuera del alcance de Teomundo. Se me ocurrió entonces forrar el interior de un sombrero con varias capas de papel aluminio. La idea se me antojó estúpida al principio, carente de un razonamiento científico serio que la sustentara, pero lo cierto es que tampoco había una explicación científica para lo que nos sucedía, así que no perdía nada con intentarlo. Para mi sorpresa, la artimaña funcionó. No sé si porque efectivamente el metal contenía mis ondas cerebrales o si el haberme sugestionado a mí mismo de que era una opción válida fue suficiente para que el truco resultara exitoso.
El hecho fue que Teomundo desapareció de mi vida. De repente dejó de llamarme y de buscarme. El nuevo curso académico empezó; temí que se hubiera matriculado, como había dicho que haría, pero pasaron los días y comprobé, con alivio, que no había ni rastro de él en la universidad.
Comencé a coleccionar sombreros cuyo interior forraba con papel de aluminio. Empezaron a formar parte de mi atuendo. De haber estudiado en la Facultad de Derecho me habría visto ridículo, ¿pero en la de Artes?; allí me daban un aspecto atrevido, interesante. Cambiaba de modelos casi tanto como Elton John de gafas y me atrevía con casi todas las formas y colores. Pasé de ser un estudiante más bien tímido y mediocre al más popular y extravagante del campus. Eso repercutió en mi trabajo, que destilaba seguridad y originalidad, ganándome así el respeto tanto de mis compañeros como de mis profesores.
Las paredes de mi casa, que era también mi estudio, las forré con láminas de aluminio, que cubrí luego con una capa de papel pintado. Lo mismo hice con el techo. En las ventanas instalé unas persianas metálicas, tan herméticas que antes de cerrarlas debía encender la luz, para evitar tropezarme con los muebles al buscar el interruptor en la oscuridad. Así, pude disponer de un espacio libre de sombreros, que al menos me permitiera ducharme y dormir cómodamente.
Como trabajo de final de curso de la asignatura de Artes Plásticas, ideé una exposición en la que me planteaba el ejercicio de proponer cómo serían las obras de artistas contemporáneos reinterpretadas por maestros clásicos. Son innumerables los ejemplos de pintores célebres que copiaron, llevando a su terreno, obras de otros que les precedieron y a quienes admiraban: lo hizo Rubens con Tiziano; Van Gogh, Monet y Dalí con Millet; Picasso, y casi todo el mundo, con Velázquez... Pero el doble salto mortal con tirabuzón que decidí acometer suponía concebir todo lo contrario. Realicé cuatro obras en las que tuve que meterme en los pies y la cabeza de el Greco para imaginar cómo habría pintado Construcción blanda con judías hervidas de Dalí; intuir cómo Van Gogh hubiera interpretado Habitación de hotel de Edward Hopper; qué versión de Las señoritas de Avignon de Picasso hubiera ofrecido Ingres, y en qué habría convertido Caravaggio Pintura (1946) de Francis Bacon.
Fue entonces cuando conocí a Isabo. Ella era estudiante de primero de Arquitectura y estaba visitando la muestra con una compañera. Miraban uno de mis cuadros cuando le comentó, casi susurrando, que ese Demomo debía de tener un ego desmesurado para pretender saber qué pensarían los grandes genios del pasado de las obras modernas y encima atribuirse la capacidad de pintar como ellos.
—Creo que hay que ser bastante engreído —afirmé yo a sus espaldas, interviniendo en la conversación—. ¿Qué se habrá creído ese pintor de pacotilla?
Isabo se volteó y ahí estaba yo, con un sombrero amarillo de ala ancha, similar al que pocos años después le veríamos a Jim Carrey en La máscara.
—Demóstenes Montoya —le dije ofreciéndole la mano—, Demomo, para los amigos... y amigas —completé sonriéndole a ambas.
Al verme, Isabo se puso colorada como un tomate. En ese momento yo supe que me había enamorado.
Me invitó a un café como disculpa a su atrevimiento y estuvimos hablando de arte toda la tarde.
—Me has convencido, eres un camaleón con un talento excepcional para adoptar la personalidad de otros —admitió—, pero me gustaría ver qué es lo que pinta Demomo cuando es él mismo.
—Te lo enseño, sólo si me dejas hacerte un retrato.
Fuimos a mi casa-estudio y le mostré los lienzos en los que estaba trabajando. Luego le pedí que se sentara en un taburete y la iluminé cuidadosamente colocando a su alrededor unas lámparas que tenía preparadas con filtros de tonos complementarios. Su blanquísima piel reflejaba los focos como si irradiara luz propia.
Pinté frenéticamente, con colores encendidos, como dopados en esteroides. Complacido con el resultado, al terminar, le dejé ver lo que había hecho.
—¿Qué te parece?
—No está mal —dictaminó—, pero me gustan más los otros que me has enseñado.
—Es que, como habrás notado, mi especialidad son los desnudos.
Tras unos segundos de duda, sonrió con picardía y se atrevió a desabrocharse los botones superiores de su blusa dejando un pecho descubierto.
Según se iba desnudando la iba pintando. Completé cuatro retratos; el quinto quedó inconcluso.
Desperté sintiendo el roce de su cuerpo desnudo contra el mío. La abrazaba por la cintura notando el linde de su espalda encajado en mi vientre y, en mi pecho, un ligero tremor producto de su respiración. Dormía profundamente y parecía que en vez de roncar ronroneaba como una gata. Esa noche nos besamos, lamimos y reconocimos a conciencia de pies a cabeza, pero no me dejó penetrarla.
Me levanté y lo primero que hice fue ponerme uno de mis sombreros, así podría abrir las persianas y dejar entrar la luz del sol antes de que Isabo despertara.
En nuestras citas posteriores evité a toda costa situaciones en las que me pudiera ver obligado a tener la cabeza descubierta y procuraba que de una u otra forma termináramos siempre en mi casa. En todos esos encuentros hicimos el amor sin coito, como expertos en sexo tántrico, a pesar de que para aquel entonces no habíamos siquiera oído hablar de ello.
Sabía que algún día me vería ante una situación en la que no podría encontrar la forma de justificar mi comportamiento, en la que me tendría que sincerar con Isabo y contarle la verdadera razón del uso de los sombreros, a riesgo de que me tomara por loco.
Un día en que la acompañaba a su casa, después de haber ido al cine, me pidió que entrara. Estaba sola, sus padres habían salido en escapada romántica de fin de semana y quería enseñarme su cuarto. Era una habitación amplia, dominada por una gran mesa de dibujo sobre la que estaba una maqueta a medio terminar. Varias cajas con materiales de construcción, herramientas y planos enrollados ocupaban buena parte del espacio. Olía a pegamento plástico y tenía láminas de madera de balsa, PVC y cartón piedra apiladas contra la pared. Una estantería exhibía una importante muestra de libros de arquitectura y un mueble bajo, coronado por un equipo de música, albergaba su colección de vinilos, cintas y cedés. En una esquina había una cama de metal lacado blanco con remates dorados, último vestigio de la niña que una vez fue. Se sentó en ella y, con un gesto, me invitó a que la acompañara.
—Me gustaría perder la virginidad en esta cama. Es una fantasía que tengo desde hace tiempo y me gustaría cumplirla contigo.
Me sentí halagado, no cabía duda de que yo también era alguien especial para ella. A pesar de mi juventud e inexperiencia, o quizá debido a ellas, tenía claro que Isabo era la mujer de mi vida y que no podría vivir sin ella.
Nos besamos, desnudamos y tendimos en la cama.
—¡Quítate ese ridículo sombrero! —dijo a la vez que me lo arrancaba de la cabeza, arrojándolo como un frisbee a una esquina de la habitación.
No opuse resistencia. Aunque no me atrevía a dar el paso por mí mismo, estaba mentalmente preparado para ese momento. Hacía más de un año desde la última vez que vi a Teomundo. Pasado tanto tiempo probablemente ya estaba fuera de peligro, quizá hubiera regresado a España o viajado a otro país en busca de terreno inerme donde no fuera conocido y pudiera proseguir con sus engaños sin peligro de ser descubierto. O tal vez había perecido a manos de una de sus víctimas en una estafa descubierta. De lo que estaba seguro era que no podía pasarme la vida con la paranoia de protegerme de un riesgo quizá inexistente.
—Tengo que contarte algo, me vas a tomar por loco, pero te juro que es cierto —le dije.
En ese momento oímos un portazo, sus padres habían vuelto de forma inesperada y discutían a gritos entre sí.
Sobresaltada, saltó de la cama como impulsada por un resorte y me pidió que me vistiera y que saliera por la ventana. Salté al jardín desde una primera planta, en calzoncillos y con la camisa a medio poner. Casi me rompo un pie en el aterrizaje. Isabo me arrojó el resto de la ropa, toda menos el sombrero. Quise decírselo, pero ya era tarde. Había cerrado la ventana tras lanzarme un beso al vuelo.
Durante unos días no pude volver a verla. Los exámenes de final de curso consumían todo su tiempo. Dejé de ponerme los sombreros y Teomundo seguía sin aparecer; estaba claro que el peligro había pasado. Yo también tenía que estudiar, pero no podía dejar de pensar en ella y en esa última noche en que la vi. La melancolía iba a terminar por arruinar un año académico sobresaliente. No lo podía permitir. Debía encontrar la forma de cerrar el ciclo y terminar lo que habíamos empezado o acabaría por perder el juicio.
Compré un anillo que le regalaría por sorpresa, como muestra de mi amor. Sabía que la encontraría en su casa estudiando, y que estaría sola, ya que sus padres trabajaban hasta tarde.
Como un ladrón, conseguí sortear la verja de su casa saltando desde el techo de mi viejo Land Cruiser J4. Una vez en el patio, comprobé que la ventana de su dormitorio estaba abierta. Cual Romeo conseguí trepar hasta ella, apoyándome en elementos de la fachada que me aportaban algo de sujeción.
Con mucho esfuerzo conseguí conquistar el alféizar, con lo que ya pude alzarme con relativa facilidad.
Al asomarme vi a Isabo que, desnuda y en su cama de niña, saltaba como una cangura a horcajadas sobre el cuerpo de un hombre que no era yo.
Sintiéndose observada se volteó y me vio, pálido y boquiabierto.
—¡Demomo! —exclamó, descabalgando del susto. Entonces pude ver la cara del usurpador.
—Teomundo —pronuncié su nombre, sin sorpresa.
—¿Es que lo conoces? —preguntó Isabo desconcertada.
Salté al jardín y salí a la calle. Conduje hacia mi casa a toda velocidad, las lágrimas anegaban mis ojos como una lluvia torrencial, dificultaban mi visión y fue un milagro que no tuviera un accidente.
Estaba desesperado, dispuesto a acabar con todo. No podía seguir viviendo así, no valía la pena.
Al entrar en mi casa, el teléfono sonaba. El contestador automático saltó reproduciendo el mensaje que Isabo me había ayudado a grabar semanas atrás: “En este momento Demomo no te puede contestar, porque está muy ocupado conmigo. Así que deja tu mensaje después del tono... ¡Beeeep!”.
Parecía una broma de mal gusto, el destino se regodeaba con mi sufrimiento.
—Demomo, ¡contesta, por favor! —escuché que Isabo suplicaba sollozando.
Descolgué el auricular.
—¿Cómo te atrev...?
—¡Está muerto! —me cortó—. ¡No sé qué hacer! Cuando te fuiste empezó a chillar como un loco, de repente salió disparado de la habitación escaleras abajo, hacia la cocina —pausó para sorberse los mocos—. No pude detenerle, cogió un cuchillo y se lo clavó en el corazón... ¡Hay sangre por todas partes!
Nadie supo nunca lo que ocurrió. No volví a hablar con Isabo. Me enteré por terceros de que perdió un año de universidad, pero que consiguió superar el trauma y recuperar su vida.
Hace ya treinta años de aquel acontecimiento y no pasa un día en que no me acuerde de aquella tarde. Por eso se lo cuento, señor inspector. Para liberar mi conciencia.
Es así como conseguí deshacerme de mi mejor amigo.
- El último amanecer de Sherida - sábado 23 de noviembre de 2024
- Isabo - sábado 31 de agosto de 2024
Notas
- En Venezuela se refiere a cualquier persona extranjera, especialmente si es rubia o de tez muy blanca. Deriva del francés monsieur.


