La revancha del colesterol
Inés Viñas
Novela
Editorial Ketophile
Cariño, La Coruña (España), 2024
ISBN: 978-8412912128
242 páginas
Amanda sumaba una década guardando sumisamente las apariencias y acatando órdenes que chocaban de frente con sus principios, pero sabía que el CSR no estaba ni curando, ni tampoco entorpeciendo el curso de las enfermedades cardiovasculares. Solo protegía un negocio que generaba cantidades obscenas de dinero y la reputación de algunas “vacas sagradas” del mundillo, como el propio Dalton. Ya había cumplido los 40, pero aquellas tres promesas seguían sin cumplirse. No arreglaba corazones estropeados, ni encontraba princesas que despertasen cerebros, ni tampoco estaba consagrando su vida al servicio de la humanidad. Empezó a sentir cómo los reproches, la autocensura y la desgarradora culpa que se había obligado a engullir durante años golpeaban su pecho desde dentro, luchando por salir. Todas las miradas estaban puestas en ella.
—Dr. Sole, ¿algo que añadir? —le preguntó Dalton, con tono provocador.
Hacía ya mucho tiempo que Amanda no se molestaba en corregir a los anglófonos que ignoraban el acento en la “e” y la llamaban por la voz inglesa de su apellido, Dr. Sole, que sonaba “doctr Soul” y se traducía por “doctor Lenguado”, pero, en vista de que el tribunal ya la había condenado a la hoguera sin más pruebas que la opinión de un zoquete pusilánime con la vanidad tocada, le cedió la palabra a aquella niña que fue.
—Pues mire, Dr. Dalton, sí. Primero, me llamo Solé, que no tiene nada que ver con los peces. Etimológicamente, de hecho, procede del vocablo latín para “sol” y significa brillante. Segundo... —Se volvió hacia D’Angelo, que la miraba sorprendido, aunque con palpable desdén—. No, Bruno, no. Fui una ilusa estúpida que se enamoró de ti aun sabiendo que eres un narcisista patológico que juega con las mujeres como si fueran marionetas, pero no filtré tu estudio. Ni siquiera era consciente de que existía, hasta hoy. Y tercero... —fue mirando uno a uno a los ojos de sus estupefactos compañeros de mesa y prosiguió—, antes de que me mandéis a hacerle compañía a Marcia en la arena del circo con los leones, quiero lanzar una última pregunta. Todos los presentes, menos nuestra Eunice, hicimos un juramento cuando aceptamos el título de médico. Empezaba con “Juro solemnemente consagrar mi vida al servicio de la humanidad”. ¿Alguien lo recuerda? Porque también todos sabemos que no lo estamos cumpliendo.
—Ya es suficiente por hoy —intervino Dalton, cortante—. Doctores, a trabajar.
Todos se levantaron de un salto y huyeron escopeteados de la sala de juntas. Todos, menos Amanda. Permaneció inmóvil y mirando al infinito a través de la pared, como una estatua de bronce, hasta que Eunice se acercó a ella unos segundos después.
—Olé tú —le susurró, en perfecto castellano, visiblemente emocionada.
—Dará igual que no haya sido yo, ¿verdad? —Amanda le dedicó una afligida sonrisa resignada y Eunice asintió con la cabeza—. En fin..., voy a sentarme en mi despacho hasta que el Sumo Inquisidor me invite a devolver mi alzacuello de cardenal tras los veinte latigazos de rigor. He aquí la vuelta al trabajo más corta de la historia.
—Bruno es un completo imbécil. No merece besar el suelo que pisas.
—Gracias, Eunice. Ojalá mi estúpido corazón despedazado opinase lo mismo. Siento que al final sí me perderé tu fiesta de jubilación..., pero no he podido callarme más.
Amanda salió taciturna de la sala de juntas y se acercó a su despacho como quien entra a un museo. Estaba tal cual lo había dejado seis meses atrás. Miró la pantalla del teléfono mientras encendía el ordenador. Tenía 645 llamadas y 243 mensajes de voz. Asumió que muy urgentes ya no serían. Abrió el gestor de correo para contestar a Ethan y redactó su respuesta con agilidad, movida por la sospecha de que no le quedaba mucho tiempo allí.
“Hola Ethan, qué alegría leerte.
Primero, las malas noticias. Ojalá pudiera acompañarte, pero el concilio ha previsto que nuestro emisario en París sea Bruno d’Angelo. Lo reconocerás porque camina sin tocar el suelo y ya habrá ligado con la recepcionista del hotel antes de pisar suelo francés siquiera. Aunque quizás el repasillo que le acaba de caer le haya bajado un poquito los humos. ¿Has leído a Hood? Pues es ESE Bruno d’Angelo. Si supiera quién es nuestro arquero, hoy le mandaba un jamón.:)
Y ya, las noticias peores. Debo confesarte que vengo de lanzar algunas blasfemias contra nuestro Sumo Inquisidor. Y no han sido bien recibidas. Me acusa de ser el topo de Hood en el CSR. Así que es muy posible que este sea el último mensaje que se me permita mandar desde mi cuenta de correo de la universidad, antes de que me excomulgue oficialmente. Y me alegro de que sea para ti.
Si sobrevivo a la lapidación y consigo otro trabajo, te lo haré saber. Si no, quiero que sepas que fue un placer conocerte y que caí con honor.
Un abrazo,
Amanda”
Acababa de pulsar el botón de “enviar” cuando oyó el familiar zumbido de su teléfono de sobremesa. Respiró hondo, resignada, y descolgó.
—Eunice, hola. Ya llegó mi hora, ¿verdad?
—Lo siento, Amanda, de veras. Dalton dice, textualmente, que dejes todo lo que estés haciendo y vayas a su despacho.
—Bueno, al menos me ahorraré escuchar 243 mensajes de voz. Voy. Gracias, Eunice.
Amanda miró a su alrededor. Allí apenas conservaba un par de recuerdos de su corto amorío con Bruno y miles de papeles con anotaciones sobre sus ensayos clínicos. Aparte de un pantalón de repuesto en el que ahora cabrían dos como ella, no había nada que fuera a echar de menos. Decidió dejarlo todo allí. Mientras apagaba el ordenador y colocaba el móvil del trabajo sobre la mesa, se prometió a sí misma que, por muy duro que fuera escuchar lo que Dalton había decidido decir, no mostraría el más mínimo signo de tristeza o desespero. No le daría esa satisfacción. Se levantó y asió su bolso, su abrigo, su paraguas y su postal de bienvenida... y se marchó a afrontar su destino en la segunda planta.
Cuando llegó, Eunice no estaba en su sitio, lo que era poco menos que inaudito. Se acercó al despacho de Dalton y llamó con los nudillos, antes de abrir y cerrar la puerta tras ella.
—Ave César, los que van a morir te saludan —espetó Amanda, desafiante.
—¿Te divierte la situación? Te recuerdo que firmaste un acuerdo de confidencialidad que aplica aun disuelta la relación laboral. Cuando reúna evidencias de que fuiste tú, no creas que dudaré en denunciarte por incumplimiento de contrato y amargarte los pocos años que te queden, por mucho cáncer que tengas.
—Como siempre, un placer hablar contigo... —replicó Amanda, burlona—. No, Mark, no soy el topo. No he filtrado jamás información, ni he faltado nunca a mi compromiso de lealtad, ni con la universidad, ni contigo. Y ahora que mi conciencia dejará de vociferar que somos un atajo de matasanos, podré volver a dormir tranquila, porque no encontrarás indicio alguno de conducta indebida, a menos que lo dispongas tú.
Impasible, Dalton abrió su azucarera de plata y se echó un par de terrones en el café. Terminado su ritual, levantó la vista y la miró, sin dejar traslucir emoción alguna. Amanda sabía que el sentido de la ética del Sumo Inquisidor brillaba por su ausencia y que carecía de escrúpulos que pudieran interponerse entre él y su afán de proteger su reputación o sus cuantiosos ingresos, pero en ese momento distinguió una chiribita de sádico placer en su mirada que no había visto antes. Y lo supo. Estaba decidido. Ella iba a ser su siguiente chivo expiatorio. En efecto, la lanzaría a los leones a pecho descubierto y la entregaría como sacrificio humano al escarnio público, fuera culpable o no.
Tras unos segundos eternos de extenuante combate visual silencioso, mientras removía el café con la mano izquierda, Dalton levantó el puño derecho con el pulgar apuntando hacia abajo. El arrogante emperador romano había decidido sin inmutarse el cruel destino del exhausto gladiador ensangrentado. Amanda le sostuvo la mirada sin pestañear. No le iba a regalar el regocijo adicional de verla hundida, derrotada o suplicando clemencia. Su vida entera se iba de cabeza al carajo, pero se enfrentaría a los leones con valentía y la cabeza bien alta.
—Eunice se encargará de tu papeleo. No necesitarás el ordenador, ni el móvil. Cierra la puerta al salir —dijo Dalton, volviendo la vista hacia su pantalla.
—Pues mira, tienes razón, no los necesitaré. Tengo una memoria excelente. “No creas que dudaré en amargarte los pocos años que te queden, por mucho cáncer que tengas”... Sencillamente, encantador. Estoy pensando que, ahora que ya sabe de dónde sacas las cenas en el Ritz, seguro que a McRaven le encantará conocer los detalles más íntimos y personales de tu inspiradora faceta como líder. No están sujetos a ningún compromiso de confidencialidad. Lo sabes, ¿verdad?
Sin darle tiempo para responder, Amanda abrió la puerta y salió al vestíbulo. Se sentía conmocionada, aunque extrañamente aliviada. Probablemente iba a pagar muy cara su insolencia, pero, al menos, no tendría que bailarle el agua nunca más a ese ruin canalla. Se acercó a la mesa de Eunice, que ya había dispuesto sobre ella las copias firmadas por Dalton de su carta de despido fechada el 31 de octubre, un acuerdo transaccional de extinción de contrato de trabajo y un volante de vacaciones autorizadas hasta fin de mes. Amanda vio que la mujer tenía las manos temblorosas y los ojos vidriosos.
—No te preocupes, Eunice, me irá bien salir de aquí. ¿Eran los japoneses los que tenían una única palabra para expresar crisis y oportunidad? —le dijo, resignada a no oponer resistencia a los designios de la caprichosa diosa Fortuna, al tiempo que estampaba su firma en los papeles, sin ojearlos siquiera.
—Lo siento mucho —dijo Eunice, secándose el lagrimal con un bonito pañuelo blanco con florecillas bordadas.
Amanda se fijó en que llevaba un anillo de oro muy particular en el dedo anular de la mano izquierda, aunque sabía que Eunice no se había casado nunca. Era una joya difícil de olvidar. De hecho, no se parecía a ninguna sortija que hubiera visto antes. Le extrañó no haber reparado nunca en ella. Era una pieza de orfebrería fina con lo que parecía el perfil de un león de pie sobre una de las patas traseras y con la lengua fuera. Le recordó a los que abanderaban los antiguos estandartes y escudos de armas. La figura del leoncito de oro se acomodaba sobre una piedra pulida de un bello color verde oscuro. Levantó la vista hacia Eunice y vio que le temblaban los labios. Aunque sí se llevaban bien, jamás se la habría imaginado perdiendo la compostura por su despido. Decidió aprovechar la coyuntura para desviar un poco el foco de atención.
—Madre mía, Eunice. Ese anillo es absolutamente precioso. ¿Puedo verlo?
—Sí. No suelo ponérmelo, pero... siento que me da fuerza y sospeché que hoy la iba a necesitar. Me lo regaló alguien muy querido.
Eunice se lo acercó y mostró un amago de sonrisa que pretendía recuperar su habitual circunspección. Amanda se arrimó para admirarlo de cerca. Los detalles que ornaban al pequeño león casi abrumaban a la vista. Incluso se apreciaban las zarpas de cada una de sus cuatro patas y los mechoncitos que emergían de la cola. Era una verdadera obra de arte. No desentonaría en un museo de historia junto a la corona de un rey medieval. Amanda se sumergió en la belleza del anillo y perdió de vista el mundo por un momento. Cuando volvió en sí, percibió que su intento de sosegar a Eunice estaba surtiendo efecto.
—Parece una pieza de museo. Es una maravilla. Y ese color verde tan especial... nunca lo había visto, ¿es una esmeralda?
—No, es mármol de Connemara. Lo apodan el “verde irlandés”, porque es una piedra preciosa que solo se encuentra en Irlanda. Se suele asociar con la identidad irlandesa, precisamente, por ese precioso color verduzco tan inusual. —Eunice seguía al borde del llanto, pero Amanda sintió que iba por buen camino.
—Se ve muy antiguo. Parece sacado de un estandarte medieval. ¿Es un león?
—Sí. Representa el escudo de armas de la familia Moore. Su origen se remonta a uno de los Caballeros de la Rama Roja que defendieron Irlanda alrededor del siglo XIV. El oro simboliza la generosidad. El color verde encarna la esperanza y la lealtad. Y el león...
Eunice calló por un momento. Miró a Amanda con los ojos aún llorosos, pero expectantes, como si buscase un empujoncito para proseguir. Vio que la observaba fascinada y terminó su frase, con un hilillo de voz.
—El león rampante es el eterno emblema del valor inmortal.
—Oh, Eunice, ¡no tenía ni idea de que provenías de reyes irlandeses!
—Yo no, pero...
El timbre del teléfono interrumpió ese inesperado paréntesis de respiro y las llevó de vuelta a la cruda realidad. Amanda le devolvió la mano a Eunice, que miró al techo con hastío al ver quién la llamaba.
—Es él. Si no contesto, aparecerá por esa puerta dentro de veinte segundos —auguró, visiblemente alterada.
Amanda sintió que la buena mujer quería decirle algo, pero no sabía cómo. Quizás no fuera el mejor momento, ni el lugar. Le acarició el hombro y le dijo, ya alejándose:
—No te preocupes. Cuando las aguas se calmen, nos tomamos un té a salvo de infames inquisidores y me lo acabas de contar. Gracias por tantas horas de trabajo impecable. Cuídate mucho, Eunice.
Segundos después, la recién excomulgada salía por la puerta de la universidad, rumbo a una libertad incierta, con la postal de bienvenida y el papeleo de su despido bajo el brazo. Si doce años atrás hubiera rechazado esa plaza de doctorado en Oxford, quizás hoy sería una mujer risueña con tres hijos en el sur de Florida en lugar de una triste soltera sin útero, ni trabajo, ni pareja, ni perspectivas de prosperar en el convulso mundo de la investigación cardiovascular. Le acababan de colgar una letra escarlata de loca “conspiranoica”, como a la pobre Marcia. Y la experiencia ajena le susurraba al oído que jamás se la quitaría.
Sintió que eran demasiadas derrotas juntas para asumir digna y resilientemente sin alguna ayudita exterior. Al fin y al cabo, hasta fin de mes estaba de vacaciones. Pensó en pasar unos días en España. Al menos le daría el sol, que su tez se veía casi transparente. Prefirió no preocupar a sus padres innecesariamente y eligió ahorrarles la noticia por el momento. También descartó presentarse en su casa o le sacarían la verdad con sacacorchos en pocos minutos. Y asumió que un hotel en Barcelona le costaría un ojo de la cara. Llevaba quince años viviendo fuera y no osaba forzar la hospitalidad de sus antiguos compañeros de facultad, que estaban todos más o menos felizmente emparejados y apenas si se deseaban próspero año nuevo. Quizás sería mejor buscar un rincón tranquilo en el Pirineo o en las Baleares. Decidió que ya lo cavilaría una vez hubiera comprado un buen vino español para ir dándose la bienvenida a la madre patria. El día se había ganado con honores que Amanda se decidiera a romper su promesa de octubre seco.
Aún con la mente inmersa en una densa bruma de resignada incredulidad, con su piloto automático al mando, se acercó a su vinoteca favorita, que estaba apenas a un paseo de la universidad. No se había permitido pisarla desde su diagnóstico, ya cerca de seis meses atrás, pero aquella velada iba a necesitar algo más que su rutina de meditación. Y aunque los vendieran a precio de lágrima de unicornio y ella no fuera capaz de distinguirlos de los italianos, los franceses o los chilenos, allí encontraba un montón de vinos españoles. Y no sabía si se debía a la mera autosugestión, pero le sabían a casa.
Deambuló por la tiendecilla hasta la habitual sección cuyo protagonismo compartían decenas de tintos riojanos, navarros, catalanes y leoneses, aunque no fue ninguno de ellos lo que captó inmediatamente su atención. Se acercaba la noche de Halloween y los escaparates agobiaban un poco con tanta telaraña saliendo de calabazas y brujas sujetando cartelitos con mensajes más o menos escabrosos, pero este la sorprendió. Quizás se les habría colado uno de San Valentín, porque no encajaba con las fechas. O tal vez estuviera ante un ardid magistral de un genio del marketing. En un lugar de honor, a la altura de sus ojos, escoltando a unos tarros de cristal con pinta de conserva de la abuela cubiertos con un tapete de tela y su lacito, vio un cartel que ponía Love Marmalade, “Mermelada de amor”. Hacía décadas que no tomaba azúcar, solo en ocasiones muy especiales o cuando el alcohol previo le había nublado el juicio, pero el señuelo funcionó. Vencida por la curiosidad, cogió uno de los tarros esperando leer una infausta lista de ingredientes y algún eslogan pegadizo que justificase el nombrecillo, pero no. En efecto, eran mermeladas artesanas, una de vino blanco albariño y otra de tinto mencía, de ahí que estuvieran en una vinoteca. Y provenían de Cariño, La Coruña. En los tarros ponía, textualmente, “mermelada de Cariño”, de ahí la llamativa traducción al inglés que algún alma cándida o hábil estratega había colocado junto a su estante. Cariño... Ni siquiera le sonaba. Amanda sacó espontáneamente el móvil para salir de dudas. Buscó “Cariño, Galicia” y se llevó una sorpresa. Pues sí que existía, sí. Ante sus ojos aparecieron decenas de fotos de una pintoresca villa de pescadores, con variopintas casitas de colores junto a un acantilado y una playa con arena dorada rodeada por dunas salpicadas de arbustos. No entendía que no lo hubiera oído mentar antes. En las fotos, al menos, parecía sacada de una postal. Dio un repaso rápido a los primeros resultados de la búsqueda y se detuvo en un inspirado artículo que alababa la inaudita belleza del barrio de pescadores y de los paisajes que lo rodeaban. Después, sus ojos se pararon en una noticia, publicada en La Voz de Galicia, que describía cómo la llegada de refugiados ucranianos había devuelto el bullicio al pueblo y creado una suerte de Pequeña Ucrania en la Costa Ártabra gallega. Amanda se sintió inmediatamente atraída por aquel lugar. Su nombre, sus paisajes, su hospitalidad, sus mermeladas de vino... Debía ser lo más parecido a un oasis de paz que hubiera en el mundo. Justo lo que necesitaba para escapar.
No había pisado tierras gallegas desde quince años atrás, cuando se fue a celebrar su plaza para el máster de Harvard haciendo el camino de Santiago primitivo que partía de Oviedo, con la tinta de la rúbrica del por aquel entonces rey de España aún fresca en su flamante título de licenciada en Medicina. Lo recordaba con mucha ternura. Había vuelto a casa con dos tallas más y los pies destrozados, pero enamorada de la comida y el carácter gallegos e inmensamente feliz. Pensó que su vieja mochila llevaba esperando desde entonces a ver de nuevo la luz del sol. Quizá ya era hora de aparcar los trajes chaqueta y recuperarla. Puestos a huir de todo... no podía haber sitio mejor que un pueblecito gallego que se llama Cariño. Compró una mermelada de cada y un tinto mencía para acompañar. Aún no lo sabía, pero, apenas unas horas después, se vería huyendo a La Coruña desde el aeropuerto londinense de Gatwick, aun sabiendo que no iba a poder huir de ella misma.
Llegó a casa, se quitó los zapatos y anduvo directa a la cocina. Buscó el descorchador y se sirvió una copa generosa de su recién adquirido jarabe. Se la llevó al pequeño escritorio que tenía en la sala de estar y encendió su portátil personal. Al pobre le llevó una eternidad actualizarse tras tanto tiempo apagado. Asumió que alguien estaría ya curioseando su historial de navegación y los documentos descargados que no se había siquiera molestado en borrar del otro ordenador. Aparte de un par de fotos de sus salidas con Bruno y algunas publicaciones médicas sobre terapias oncológicas, no tenía más que millones de archivos de trabajo. Si ese alguien esperaba encontrar pruebas inculpatorias, se llevaría un chasco.
Esperó, saboreando el vino, hasta que su fiel compañero de fatigas le dio la bienvenida de nuevo. Sin saber muy bien por qué, tecleó en la barra de navegación la dirección web que venía impresa en la etiqueta de los tarros de la mermelada. El aparador online era una monada. Daban ganas de comprarlo entero. Había conservas de todo tipo y mermeladas de mil y un sabores. Vio también que en el pie de página salía la reseña de un hostalillo. Clicó sobre ella y se abrió una pestaña nueva que mostraba la foto de una preciosa casa amarilla con un bucólico patio en pleno monte y con unas espectaculares vistas al mar. Solo salía un número de teléfono, junto al que ponía “Turismo rural en Cariño de Arriba, Cariño de Arriba s/n, Cariño, A Coruña”. No necesitó más. Cogió espontáneamente el móvil y llamó. Apenas había sonado una sola vez cuando le respondió una voz de mujer.
—¿Sí?
—Hola, sí, perdón... —La familiaridad de la respuesta la sorprendió, quizás porque llevaba demasiados años en Reino Unido—. ¿Es la casa rural de Cariño de Arriba?
—Sí, aquí es. ¿Va a venir? ¿A qué nombre reservo? ¿Cuántos son? ¿Cuándo llega?
—Yo sola. Amanda Solé. ¿Mañana puede ser? Creo que me quedaré al menos una semana, aún no sé qué planes tengo.
—Sí, claro, el tiempo que usted quiera. ¿La esperamos para comer o ya para cenar?
—Pues no lo sé, aún no sé cómo llegar.
—Si quiere, la vamos a buscar a Mera. ¿Viene desde Ferrol?
—De Londres... Hay un vuelo que llega a las 10 de la mañana a La Coruña.
—Entonces, coja el autobús a Ferrol, que desde A Coruña pasan un montón. Y de allí sale el que sube hasta Burela, que la deja a 10 kilómetros de Cariño. Y cuando vaya llegando a Ponte de Mera me llama y la voy a buscar. Y así llega a tiempo para comer, ¡que mañana hay callos con garbanzos!
Aquel acento tan melódico y el tono casi maternal le transmitieron una extraña sensación de calidez. Agradeció el ofrecimiento y se despidió hasta el día siguiente, pensando que su anfitriona no le había pedido ni un número de identificación personal, ni una tarjeta de crédito. En Cariño de Arriba debían ser muy hospitalarios y candorosos. No supo cómo ni por qué, pero sintió que había elegido bien. Compró el vuelo de las 6:45, reservó un taxi para que la llevase al aeropuerto a primerísima hora, rescató su vieja mochila de peregrina y la llenó con ropa cómoda y, aprovechando que la iba a facturar, también con las mermeladas de amor. Se sirvió otra copa y abrió una nevera lastimosamente vacía. Había sido un día horrible tras unos meses dignos de olvido, pero la idea de escapar a un lugar llamado Cariño de Arriba para comer callos con garbanzos, curiosamente, la sosegó.
- La revancha del colesterol, de Inés Viñas
(primer capítulo) - viernes 15 de noviembre de 2024



