A Tip y a Coll, in memoriam
1. “El inventor”, drama burocrático en un acto
En una oficina decimonónica un hombre con bombín llega a una ventanilla cargado de papeles e ilusiones.
INVENTOR: Buenos días. Yo quería...
OFICINISTA: No se apresure. Oiga, ¿qué hace con ese mono en la cabeza?
INVENTOR: Es el que tiene las ideas.
OFICINISTA: ¿Y es inteligente?
INVENTOR: Mucho. ¿Quiere saber lo que está leyendo últimamente?
OFICINISTA: ¿La regenta?
INVENTOR: La historia del cacahuete.
OFICINISTA: ¿La de Dickens o la de Tolstoi?
INVENTOR: La de Dickens.
OFICINISTA: Menos mal, porque si llega a ser la de Tolstoi se queda usted sin mono. Por cierto, su cara me suena. ¿Ha venido más veces por aquí?
INVENTOR: Claro, soy el de la tortilla de patatas.
OFICINISTA: Ah, sí, ya recuerdo. Usted es el valiente que venía dispuesto a batir unos huevos sobre mi mesa. Dígame, ¿qué desea?
INVENTOR: Quiero patentar un hacedor de decretos ultrarrápido. Lo he llamado “decretón”.
OFICINISTA: ¿Y eso qué es?
INVENTOR: Pues eso es un artilugio que te cocina un decreto en media hora. Es más rápido que Romanones.
OFICINISTA: Vaya, vaya. Me deja usted ojiplático.
INVENTOR: Mire los planos, mire. Por aquí se meten los artículos. ¿Ve este botón de la derecha y el de la izquierda?
OFICINISTA: Los veo.
INVENTOR: Esto es para determinar el signo del gobierno aunque los botones son intercambiables. También dispone de trituradora de decretos anteriores.
OFICINISTA: ¡Arrea! ¿Y todo lo ha hecho usted solo?
INVENTOR: Me ha ayudado mi cuñado, que sabe mucho.
OFICINISTA: Entonces es como Cervantes.
INVENTOR: ¿Usted cree?
OFICINISTA: ¿Cuánto mide?
INVENTOR: Más de dos metros.
OFICINISTA: ¿Lo ve? Su cuñado es un grande. ¿Tiene usted la tasa, amigo?
INVENTOR: Sí.
OFICINISTA: ¿Y los modelos 1880, 1881 y 1882?
INVENTOR: Sí. Traigo además el modelo 1883.
OFICINISTA: Pero si el modelo 1883 no existe.
INVENTOR: Lo he creado por si acaso, como soy inventor.
OFICINISTA: ¿Y esto funciona? ¿Tiene algún decreto cocinado?
INVENTOR: Pues claro. ¿Lo quiere de Cánovas o de Sagasta? ¿Es usted más de dulce o de salado?
OFICINISTA: Tanto monta, mientras tenga bigote y mala leche.
INVENTOR: Fíjese, fíjese en este, con exposición de motivos y todo. De guarnición unas disposiciones adicionales. Todo está en su punto, sin chamuscar. Huela, huela. ¿Nota las entonaciones aromáticas? ¿Y las rimbombancias?
OFICINISTA: Delicioso. ¿Y tiene decretos de coalición? A veces salen rana.
INVENTOR: Los tengo, pero no se diferencian de los anteriores. Yo los he probado y saben igual, insípidos.
OFICINISTA: Me cae usted bien. ¿Dónde quiere que le ponga el sello?
INVENTOR: Uno en la esquina del papel y otro en el brazo, junto al tatuaje de “amor de ciencia”.
OFICINISTA: Marchando un par de sellos. Así que le gusta la cocina, es listo, es agradable, es inventor, lleva gafas, huele bien y además es buen hijo. Usted lo tiene todo, hasta pluma estilográfica.
INVENTOR: Pues aún no sabe lo mejor: leo libros.
OFICINISTA: No es posible.
INVENTOR: Lo es.
OFICINISTA: Pues esto hay que celebrarlo. A ver si queda algo de mosto por aquí.
INVENTOR: Vierta, vierta, genio. He traído dos copas, por si se terciaba algún fasto. ¿Conoce el brindis de “Marina”?
OFICINISTA: Vamos, hombre, hasta lo conozco personalmente.
INVENTOR: Pues venga, a la de tres. ¡A ver ese coro!
OFICINISTA, INVENTOR Y RESTO DE LA COLA, AL ALIMÓN: A beber, a beber y apuraaaar...
2. Dimes y diretes
Señoras y señores, voy a decirles ALGO.
¿Jamás han reído? Eso es que no han pensado en ello seriamente.
La apariencia no existe, aparentemente.
Al menos la historia nos enseña algo: que nadie ha aprendido nada.
La necedad se cura con el tiempo. A veces basta con un par de siglos.
No soporto la envidia. Es más, creo que ella tampoco me soporta.
Es mejor dejar volar la imaginación que esperar a que se nos caiga encima.
Como el ave Fénix, la ignorancia siempre renace de sus cenizas.
Era un gran ilusionista pero carecía de ilusiones.
Tengan cuidado cuando le den la mano a un mago, podría aparecer en el diván de un sátrapa.
El glamour no se hereda. Como mucho se hereda cien millones de duros.
Mi más sincera enhorabuena, déjeme ser el primero en felicitarle por su monumental estupidez.
Es curioso, desde que perdí las alas los años me pasan volando.
Soñó que subía por una interminable escalera de caracol. Cuando llegó a la azotea le habían salido cuernos.
¿Qué es el cuerno de la abundancia? La abundancia de cuernos, más bien, la cornamucha.
Se puso tan solemne que se volvió de mármol.
Su cabeza parecía una jaula enorme. Nunca dejó volar a las ideas.
No tenía miedo a nada, excepto a la nada.
Algunos hablan de la política del autogiro o de por qué algunos, a estas alturas, le siguen dando vueltas a lo mismo.
En momentos complicados suelo hacer uso de la imaginación. Pienso, por ejemplo, en cómo extraerle una muela a mi dentista.
¿Existe la certeza? Claro que existe, pero es tan tímida... Ojalá fuera como la mujer barbuda.
La fama es como un ascensor de ida y vuelta. El verdadero problema son las averías.
Queridos amigos de la prensa, dejen que les cuente un secreto: no tengo ningún secreto que contarles.
Hizo como si no me conociera y sin embargo era cierto, no me conocía.
No me explico cómo en un mundo tan redondo todavía hay cabezas tan cuadradas.
El último editor con el que hablé me dio grandes esperanzas (no se confundan, me refiero a la novela de Dickens).
No era una fiesta de disfraces. Pese a ello nadie aparentaba lo que era.
El otro día conocí a un político sorprendente. Hablaba tan poco pero tanto que decidí escucharle.
Llegó demasiado tarde pero al fin legó.
No es el que el mundo no tenga fronteras, más bien es la ambición que no tiene límites.
¿Cómo es posible que el ser humano fuera capaz de viajar hasta la Luna y, sin embargo, no sea nunca capaz de ver más allá de sus narices?
Se hundió en su poltrona. Lo que fue de él es todavía hoy un misterio. Mejor dicho, un ministerio.
La vida es una autopista de un solo sentido y además te cobran el peaje.
Sí, vosotros también lo conocisteis, era agresivo, egoísta, rencoroso, mezquino, envidioso y malo pero, qué demonios, al menos nos queda su ignorancia.
Oh, sí, aquel espejo se me parecía tanto...
3. Necroilógica
Don Pánfilo Modorro Clavijo Leovigildo fue un hombre noble, limpio y aseado, al menos de pijama para arriba y bueno a más no poder, no se puede ser más bueno salvo que uno nazca bacalao al pil pil, rico, riquísimo hasta decir basta, ¡basta de lingotes, ¿queréis matarme a disgustos?!, y luego está esa sonrisa aterciopelada de qué bueno estaba el chocolate con churros y además doña Elisa Alberta Plácida, su mujer, de buena raigambre como él, y sus hijos nacidos del amor, al menos once, tanto amor que hasta a Cupido le cogió un vahído y se le cayeron las alas de la tos y si nos ponemos a hablar detalladamente del árbol genealógico aquí estaríamos tres años y pico y echaríamos raíces de boniato porque habría que ver las ramas, qué ramas, pardiez, frondosas ellas y llenas de animales rampantes como la jineta de la flor de lis y otros floripondios con pezuñas y me ahorro la descripción del escudo pero que sepan que lleva un as de oros gordísimo del tamaño de Flandes, por eso el primer marqués de su estirpe se llamaba Tute o Tito, marqués de Envido, aunque otros dicen que era filósofo, un tal Pedrín, y le llegaba la barba hasta las rodillas como a Diógenes pero vete tú a saber si tenía rodillas o un orinal enorme y se llamaba en realidad Gundemaro o, san Sulpicio no lo quiera, llevaba sueltos los cordones de los zapatos. Pues bien, sepan que don Pánfilo Modorro Clavijo Leovigildo Cucufato Caballerón Estancio López-Arboledo Pancracio Lopecísimo Hidalgosegismundo Crispín y Canto del Castillo Helio de los Helios de la Ilustre Cizaña Prosperogarcía de la Cumbre fue ante todo un hombre sencillo.
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