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Bajo tierra

jueves 28 de noviembre de 2024
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El ruido incesante de las balas al incrustarse en los muros, al estrellarse contra los cristales y hacerse añicos, los gritos de horror de las mujeres, los llantos de los niños, sonidos horribles que resuenan incesantemente en sus oídos, son la sintonía que escucha Alexia en su ciudad desde hace más de tres meses.

Aquel día la joven bibliotecaria no pudo ir a su trabajo. Estaba de prácticas en una de las bibliotecas públicas de Kiev. Una bomba había caído cerca del edificio; le enviaron un mensaje al móvil recomendándole que mejor que no fuera hasta allí, a la otra punta de la ciudad, porque quizá volvieran a bombardear la zona; tal vez otros edificios públicos como el de la biblioteca.

Las sirenas no cesaban de sonar y la muchacha empezó a temblar de miedo; el pánico aumentaba a medida que pasaban los días desde el inicio de esta cruel guerra, como lo son todas las guerras.

Correr y correr, huir de las bombas era lo único que podían hacer, y dirigirse al refugio más cercano, unas veces reducido, otras veces improvisado, mientras en su cabeza escuchaba las olas del mar de la tierra de sus abuelos, allá en la Adés griega, Odessa, la llamada “perla del mar Negro”. Pensar en el agua la calmaba, mientras entraba en uno de esos túneles subterráneos que le recordaban a las catacumbas que recorrían la ciudad de sus antepasados.

La chica no tuvo tiempo de coger nada al huir, ni un libro siquiera de los muchos que tenía en su casa, pero por fortuna sus cuentos siempre la acompañaban en su mente, esas historias que se inventaba desde que era pequeña y que después escribía en cuadernos llenos de tachaduras porque rectificaba lo escrito una y otra vez; era una obsesiva de las palabras, de los signos de puntuación, lo sabía, era consciente de ello, pero así era ella, perfeccionista en su imperfección.

En el garaje bajo tierra de un inmueble se habían refugiado personas de otras zonas de la ciudad; en la penumbra, apenas tamizada por la luz de algunas linternas y hornillos, pudo distinguir a algunos vecinos del barrio como el tendero y su esposa, que lloraba en silencio porque su hijo había partido al frente, apoyada la cabeza en el hombro de su marido. A su lado, como estatuas de cera, la mujer del soldado y las tres hijas casi ni se movían.

Con la pared como respaldo, una joven miraba la foto de su amado voluntario en el teléfono móvil y lo besaba entre lágrimas con la secreta promesa de su boda a su regreso.

Algunos niños jugaban al fútbol con una pelota de plástico desinflada, aunque sus risas no inundaban el espacio; se habían apagado como las luces de la ciudad, se diría que comprendían bien la situación y chutaban y corrían pero sin ilusión.

Más allá, en el otro extremo, pudo ver a una niña pequeña que conocía del barrio, peinaba el cabello liso y fino de su madre con un diminuto peine de carey mientras sus labios susurraban “papá”, “papá”, y sintió cómo las lágrimas empezaban a resbalar por sus mejillas, saladas y tristes, al pensar en su padre y cómo ella podía peinarlo cuando era pequeña sin que él tuviera que partir a ninguna guerra.

Una mujer de mediana edad se levantó y le ofreció una taza de té caliente a modo de bienvenida. Alexia aceptó el ofrecimiento y se sentó en silencio, pesado, abrupto, sólo interrumpido por algunos llantos o voces en susurros; aquel día nadie se atrevía a hablar ni a respirar siquiera. Las horas no tenían fin.

Muchas personas vivían allí de forma permanente porque se habían quedado sin hogar, otras porque temían volver al suyo y que fuera bombardeado con ellas en su interior. Con la ausencia de hombres jóvenes, niños, ancianos, muchachos, mujeres de todas clases y condiciones se congregaban en aquel lugar, hermanados por esa corriente de solidaridad que circula entre los que lo han perdido todo...

Alexia no sabía exactamente qué hacer, se sentía inmovilizada; se decía a sí misma que tenía que volver a su casa pero al mismo tiempo una fuerza la empujaba a quedarse y hacer lo que más le gustaba y, de aquel modo, ayudar a los demás a sobrellevar el dolor, llevarlos de la mano al mundo de los sueños y que una sonrisa volviera a sus labios aunque fuera por un instante.

La joven bibliotecaria se levantó, carraspeó un poco para llamar la atención y empezó a hablar; de su boca salieron las primeras palabras del inicio de un cuento: “Érase una vez...”, y, al conjuro mágico de aquella frase, que todos conocían bien, grandes y pequeños, el silencio se deshizo y dio paso a leves sonrisas de expectación de todo el mundo, ahora público congregado alrededor de la rapsoda con una vasito de té en la mano.

Érase una vez unos pececitos de colores que habían llegado a la playa de Odessa. De colores, sí, aquellos peces eran de colores brillantes, fosforescentes, muy bonitos, eran unos peces muy alegres, para nada eran tristes porque el mar Negro, lugar de donde provenían, no es de color negro, como creen muchos niños cuando son pequeños; el mar Negro, el que comparten muchas gentes y tierras, el que está entre oriente y occidente, es de color muy oscuro, es cierto, pero también puede ser de color azul y en ocasiones lo han llegado a ver de color turquesa, debido a unas plantas que lo habitan...

Los peces querían ver mundo pero no sabían que podían ir a parar a las redes de los pescadores, a las cañas y después a las cestas para ser llevados al mercado...

Unos sonidos de espanto se escucharon entre el público por el futuro inmediato de los pececitos.

Un grupo de niñas y niños jugaban en la playa con sus cubos y palas...

Y ahora seguid vosotros la historia...

Isabel María Rojas Herrera
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